Capítulo 19
El juicio se celebró en Londres tres semanas después, en una sala del tribunal que Rosalind encontró mucho más pequeña e íntima de lo que había imaginado, dado el peso de lo que se decidía entre sus paredes.
Julian Farrow, mucho más demacrado que la última vez que Rosalind lo había visto en el almacén de Puerto Real, prestó testimonio con una frialdad calculada que solo se resquebrajó cuando el fiscal lo presionó sobre los detalles exactos de cómo había falsificado las pruebas contra su propio hermano seis años atrás.
—Necesitaba el dinero —admitió, por fin, con una voz que había perdido toda la arrogancia que Rosalind recordaba de Nassau—.
Y Ewan era el obstáculo más sencillo de eliminar.
Nuestro padre siempre lo prefería a él, a pesar de que yo era el heredero, y vi la oportunidad de deshacerme de esa comparación constante al mismo tiempo que resolvía mis propias deudas.
—¿Y no sintió ningún remordimiento al ver a su hermano condenado a prisión por un crimen que no cometió?
Julian se quedó en silencio un momento largo, y cuando volvió a hablar, algo en su tono sugería que aquella pregunta había tocado una fibra que llevaba años intentando ignorar.
—Me dije que se recuperaría. Que encontraría otro camino. No imaginé que se convertiría en lo que se convirtió, ni que yo mismo terminaría trabajando para hombres como Sedgwick, cada vez más hundido en el mismo tipo de decisiones que en su día lo hundieron a él.
El testimonio, combinado con las pruebas documentales que el propio Julian había proporcionado a cambio de una condena reducida, resultó suficiente para que el tribunal, tras una deliberación de apenas dos días, anulara formalmente la condena original contra Ewan Farrow y reconociera, por escrito, que había sido víctima de un fraude deliberado orquestado por su propio hermano.
El barón de Kestwick, padre de ambos, asistió a la lectura de la sentencia sentado al fondo de la sala, mucho más envejecido de lo que Marlowe recordaba, y cuando el veredicto quedó formalizado, se acercó a su hijo con una torpeza que delataba años sin practicar ningún gesto de afecto genuino entre ellos.
—Ewan.
—Padre.
—Debí haberte creído entonces. Debí haber exigido pruebas en vez de conformarme con lo que Julian me presentó tan convenientemente.
—El barón se pasó una mano temblorosa por el rostro, incapaz de sostenerle la mirada del todo—.
No espero que me perdones. Solo quería que supieras que lo sé, ahora, y que llevaré esa vergüenza el resto de mis días.
Marlowe se quedó en silencio un largo momento, sopesando seis años de rabia contra la imagen de aquel hombre encorvado que tenía delante, ya sin ningún poder real sobre su vida.
—No puedo perdonarte todavía, padre. Quizás nunca del todo. Pero puedo, al menos, dejar de cargar con el peso de odiarte cada día. Eso tendrá que bastar por ahora, para los dos.
El barón asintió, aceptando aquella respuesta con una resignación que parecía, de algún modo, aliviarlo tanto como cualquier perdón completo podría haberlo hecho, y se marchó de la sala sin decir nada más, dejando a Marlowe con Rosalind a su lado y una sensación de cierre que llevaba seis años esperando sin saberlo del todo.
La noticia debería haber sido motivo de celebración sin reservas, y en gran medida lo fue: Doyle abrazó a Marlowe con una efusividad poco habitual en él, Quill se permitió una sonrisa que le duró toda la tarde, y hasta Fenwick, presente en la sala como testigo de la operación en Puerto Real, pareció genuinamente aliviado por el resultado.
Pero la victoria llegó acompañada de una complicación que ninguno de ellos había anticipado del todo.
—El perdón real que solicitamos para su actividad como corsario —le explicó Whitfield, después de la sentencia, con la expresión cautelosa de quien trae noticias mixtas— ha sido concedido, capitán Marlowe.
Pero con condiciones. La Corona está dispuesta a perdonar sus actividades pasadas a cambio de que entregue formalmente su barco y disuelva su tripulación.
No pueden permitirse, según me han explicado, sentar el precedente de que un hombre puede operar como corsario durante años y luego simplemente pedir perdón sin ninguna consecuencia real.
El silencio que siguió a aquella noticia fue mucho más pesado que cualquiera de los que Rosalind había presenciado durante toda la travesía.
—¿Disolver la tripulación? —repitió Marlowe, con una voz que apenas conseguía contener la incredulidad—. Esos hombres no tienen otro lugar a donde ir. Los recogí precisamente porque no tenían ningún otro sitio.
—Lo entiendo, capitán, y créame que he presionado todo lo que he podido para conseguir mejores términos. Pero es esto o nada. El perdón para usted personalmente, a cambio de la disolución formal de El Cuervo Negro como embarcación corsaria.
Aquella noche, en la casa de Dover donde se alojaban desde su llegada, Marlowe se encerró en la biblioteca durante horas, y cuando Rosalind por fin se atrevió a entrar, lo encontró sentado frente a la chimenea apagada, con una copa de brandy que no había tocado.
—No puedo aceptarlo. No puedo comprar mi propia libertad al precio de la de ellos.
—¿Han hablado con Whitfield sobre alternativas? ¿Sobre encontrar a cada hombre un lugar legítimo, en vez de simplemente dispersarlos?
—Es más complicado de lo que suena. Algunos de ellos son buscados por delitos propios, cometidos antes de subir a bordo.
Otros no tienen ninguna otra habilidad más que la navegación que aprendieron conmigo.
Disolver la tripulación no es simplemente decirles adiós, Rosalind.
Es, para muchos de ellos, condenarlos a la misma desesperación de la que los rescaté en primer lugar.
Rosalind se sentó a su lado, buscando en su propia experiencia algo que pudiera ofrecer una salida que Marlowe, demasiado cerca del problema, quizás no conseguía ver con claridad.
—¿Y si en vez de disolver la tripulación, la transforma en otra cosa? Algo legítimo, que ya no necesite el perdón de nadie porque ya no opera al margen de la ley.
—¿Como qué?
—Mi familia tiene esa propiedad en Dover, con la ensenada privada que tanto interesaba a Sedgwick.
Podría convertirse en la base de una compañía naviera legítima, comerciando con las mismas rutas que ustedes ya conocen mejor que nadie, pero ahora bajo bandera inglesa, con licencias apropiadas, sin necesitar esconderse de nadie.
Marlowe la miró, con una expresión que empezaba a transformarse de la desesperación inicial en algo mucho más parecido a la esperanza.
—Eso requeriría un capital considerable para empezar. Licencias, un barco nuevo o reformado, contactos comerciales legítimos.
—Mi padre tiene contactos comerciales que nunca ha sabido aprovechar del todo, y una propiedad que hasta ahora solo le ha servido para organizar partidas de pesca ocasionales.
Creo que, dadas las circunstancias, estaría más que dispuesto a invertir en algo que además mantendría a su hija cerca de casa, en vez de perdida en algún rincón del Caribe.
—¿Está proponiéndome un negocio, lady Kingsley?
—Estoy proponiéndole una vida, capitán Marlowe. Una que no requiera elegir entre su libertad y la de su tripulación.
Marlowe se quedó en silencio un largo momento, dando vueltas a la idea con la misma minuciosidad con la que trazaba rutas de navegación, hasta que finalmente, por primera vez desde que había recibido la noticia de Whitfield, una sonrisa genuina le cruzó el rostro.
—Va a tener que hablar con su padre. Y yo voy a tener que aprender a dirigir una compañía naviera legítima, que sospecho tiene reglas bastante distintas a las que he seguido durante los últimos seis años.
—Aprenderá. Tiene práctica enseñando cosas nuevas a la gente, según recuerdo.
—Eso es distinto a aprenderlas yo mismo.
—Entonces yo le enseñaré a usted lo que sé de contabilidad y correspondencia comercial, y usted me enseñará a mí a leer una carta de navegación como es debido. Me parece un intercambio justo.
Edmund Kingsley, consultado la mañana siguiente, aceptó la propuesta con un entusiasmo que sorprendió a Rosalind, quizás motivado tanto por el deseo genuino de reparar el daño causado como por la conciencia de que aquella inversión podía, además, sacarlo definitivamente de las dificultades financieras que Sedgwick había explotado en primer lugar.
—Compañía Naviera Kingsley y Marlowe —propuso, con un entusiasmo casi juvenil que Rosalind no le había visto desde antes de la muerte de su madre—. Tiene buen sonido, ¿no creen?
—Prefiero Marlowe y Kingsley —bromeó Marlowe—, pero estoy dispuesto a negociar los términos exactos con calma.
Whitfield, informado de la propuesta, tardó apenas una semana en confirmar que la Corona aceptaría los nuevos términos: el perdón de Marlowe, la legitimación de su tripulación bajo licencias comerciales apropiadas, y el fin, formal y definitivo, de El Cuervo Negro como embarcación corsaria, aunque el barco en sí, rebautizado para la ocasión, seguiría surcando los mismos mares bajo un nombre y un propósito completamente nuevos.
—¿Cómo vamos a llamarlo? —preguntó Doyle, la noche que celebraron la confirmación con una cena que Bratton insistió en preparar personalmente, a pesar de las protestas de la cocinera de la casa Kingsley, que no estaba del todo convencida de compartir su cocina con un desconocido corpulento de manos llenas de cicatrices.
—El nombre original nunca me pareció particularmente sutil —admitió Marlowe—. Algo menos amenazante, quizás, ahora que ya no necesitamos infundir miedo a nadie.
—La Segunda Oportunidad —propuso Rosalind, casi sin pensarlo, y la mesa entera se quedó en silencio un momento, sopesando la sugerencia.
—Me gusta —dijo Quill, el primero en romper el silencio—. Describe bastante bien lo que ha sido este barco para la mayoría de nosotros.
Marlowe asintió, con una expresión que Rosalind ya reconocía como la de un hombre tomando una decisión que le importaba de verdad, más allá de la mera logística.
—La Segunda Oportunidad, entonces. Que navegue bajo ese nombre durante muchos años más de los que navegó bajo el anterior.
Los meses siguientes transcurrieron entre la burocracia necesaria para formalizar la Compañía Naviera Kingsley y Marlowe, las reformas al barco para adecuarlo a su nuevo propósito comercial, y la lenta pero constante transformación de la ensenada de Dover en algo parecido a un puerto funcional.
Doyle se reveló como un administrador sorprendentemente hábil, capaz de negociar contratos de transporte con una firmeza que no distaba tanto, en el fondo, de la que había empleado dirigiendo abordajes años atrás.
Quill asumió la formación de una nueva generación de marineros, reclutados esta vez de forma completamente legal entre los jóvenes del pueblo cercano que buscaban un oficio honesto en el mar.
Micah, ya con catorce años cumplidos, insistió en continuar sus estudios de lectura y escritura con un maestro contratado por Marlowe expresamente para él, con la ambición declarada de convertirse, algún día, en capitán de su propio barco dentro de la compañía.
Ollie, dos años mayor, empezó a asumir responsabilidades de contramaestre junior bajo la tutela directa de Quill, demostrando un talento natural para el mando que sorprendió a todos salvo, quizás, al propio Marlowe, que llevaba tiempo observando en el chico las mismas cualidades que él mismo había desarrollado bajo circunstancias mucho menos favorables.
Bratton se negó, rotundamente, a ceder la cocina del barco a ningún otro cocinero, pero aceptó, no sin quejas iniciales, formar a un ayudante que pudiera encargarse de las comidas durante las travesías más largas, permitiéndole a él mismo pasar más tiempo en tierra, cerca de una viuda del pueblo con la que había empezado a cortejar con una timidez que contrastaba enormemente con su corpulencia y su temperamento habitual en la cocina.