La dama y el pirata Capítulo 20
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Capítulo 20

La boda se celebró en primavera, en la pequeña iglesia del pueblo cercano a la propiedad de Dover, con una sencillez que Rosalind había insistido en mantener a pesar de las protestas iniciales de su padre, que habría preferido algo mucho más ostentoso para anunciar al mundo que su hija se casaba, después de todo, con un hombre de posición.

—No necesito que todo Londres sepa de esta boda, padre. Necesito que las personas que de verdad importan estén presentes.

Y así fue. Isabela Duarte, que había cruzado el Atlántico específicamente para la ocasión, ocupó un lugar de honor junto a Doyle y Quill, ambos incómodos con la ropa formal que la ceremonia exigía pero visiblemente orgullosos de estar presentes.

Micah, ya con catorce años cumplidos y una lectura considerablemente mejorada, sirvió de paje improvisado, tomándose el papel con una seriedad que hizo reír a más de un asistente.

Ollie, Bratton, y el resto de la tripulación que había decidido quedarse con la nueva compañía naviera llenaban los bancos traseros de la pequeña iglesia, ataviados con sus mejores galas, muchas de ellas prestadas para la ocasión.

Fenwick, para sorpresa de casi todos, había pedido permiso para acompañar a Rosalind hasta el altar, un gesto que ella había aceptado después de una conversación privada en la que ambos, sin necesidad de muchas palabras, habían encontrado una especie de paz respecto a los meses de tensión que habían compartido a bordo.

—No sé por qué me lo pidió a mí —le había dicho Fenwick, la noche anterior, con una incomodidad que no conseguía disimular del todo—. No soy exactamente de la familia.

—Es exactamente por eso, señor Fenwick. Porque usted representa, mejor que nadie a bordo, lo que puede pasar cuando alguien decide dar y recibir una segunda oportunidad, aunque el camino hasta llegar ahí sea complicado.

Hannah, localizada por fin a través de la casa de su hermana, había hecho el viaje desde Londres con lágrimas de alegría que no consiguió contener en cuanto vio a Rosalind vestida de novia, mucho más sencilla de lo que la moda londinense habría dictado, pero radiante de un modo que ninguna moda podría haber conseguido replicar.

—Sabía que lo conseguiría —le susurró Hannah, ajustándole el velo por última vez antes de la ceremonia—. Desde la noche que la ayudé a subir a aquella pasarela, supe que usted encontraría su propio camino, fuera cual fuera.

—No habría podido hacerlo sin usted, Hannah. Sin su valor aquella noche.

—El valor fue todo suyo, milady. Yo solo señalé la puerta.

Marlowe la esperaba al final del pasillo, vestido con un traje que Rosalind sospechaba le resultaba tan poco familiar como a ella los pantalones y camisas que había aprendido a llevar a bordo, con una expresión que combinaba los nervios con una felicidad que ninguna de sus máscaras habituales de capitán conseguía disimular del todo.

—Está usted preciosa —le susurró, cuando por fin llegó a su lado.

—Y usted parece a punto de saltar por la borda del pánico, capitán Marlowe.

—Solo un poco. Nunca me han gustado demasiado las multitudes.

—Piense en ello como una tripulación distinta. Una que ha venido a celebrar, no a exigir órdenes.

La ceremonia transcurrió con la sencillez que Rosalind había deseado, breve pero cargada de una emoción genuina que se reflejaba en cada rostro presente, desde el de su padre, que lloró abiertamente sin ningún pudor, hasta el de Isabela, que se limitó a asentir con aprobación desde su banco, como si estuviera certificando personalmente que Marlowe había elegido bien.

Cuando el párroco finalmente los declaró marido y mujer, y Marlowe la besó con una ternura que contrastaba con la urgencia de aquella primera noche a bordo de El Cuervo Negro, la pequeña iglesia estalló en vítores que, sospechó Rosalind, probablemente escandalizarían a cualquier dama de sociedad londinense que hubiera presenciado la escena, y que a ella le parecieron, sin ninguna duda, el sonido más hermoso que había oído en toda su vida.

La recepción, celebrada en los jardines de la propiedad de Dover con vistas a la ensenada que pronto albergaría los primeros barcos de la nueva Compañía Naviera Kingsley y Marlowe, se prolongó hasta bien entrada la noche, con música improvisada por el violinista tuerto de la tripulación de Isabela y suficiente comida y bebida para satisfacer incluso a Bratton, que declaró, con la boca todavía llena, que aquella era la mejor fiesta a la que había asistido en su vida, superando incluso las celebraciones más memorables de sus años en el mar.

Quill, tras varias copas de vino que suavizaron considerablemente su habitual reserva, insistió en bailar con Isabela una pieza que ninguno de los dos parecía conocer del todo, ganándose las risas de toda la tripulación reunida y una expresión de genuina diversión en el rostro de Edmund Kingsley, que observaba la escena desde una mesa cercana con una copa en la mano y una sonrisa que Rosalind no le veía desde hacía años.

—Su padre parece haber encontrado, por fin, algo de paz —comentó Marlowe, siguiendo su mirada.

—Creo que sí. Sospecho que ayuda saber que su hija ha encontrado la suya propia, y que él tuvo, al final, algo que ver en hacerlo posible, aunque el camino hasta llegar ahí fuera tan tortuoso.

Micah se acercó en algún momento de la noche, con las mejillas encendidas por el baile y la emoción, para pedirle a Rosalind, con una formalidad que contrastaba con su edad, el honor de un baile que ella no pudo negarle a pesar del cansancio de la jornada entera.

—Va usted a tener que enseñarme a bailar como es debido, milady. Aquí en tierra no valen los pasos que aprendí en cubierta durante las celebraciones del barco.

—Será un placer, Micah. Aunque sospecho que usted va a aprender rápido, como aprende todo lo demás.

Rosalind encontró un momento, ya avanzada la noche, para alejarse un poco de la multitud y caminar hasta el borde del acantilado que dominaba la ensenada, con el sonido distante de la música y las risas mezclándose con el rumor constante del mar contra las rocas.

—¿Huyendo ya de su propia boda? —Marlowe la encontró allí, con dos copas de vino que le tendió una a ella antes de apoyarse junto a Rosalind en la barandilla improvisada.

—Solo necesitaba un momento para asimilarlo todo. Hace un año, estaba a punto de casarme con un hombre al que despreciaba, en una vida que sentía completamente ajena. Y ahora estoy aquí, casada con un antiguo pirata, a punto de dirigir una compañía naviera con mi propio padre como socio comercial.

—¿Se arrepiente de algún paso del camino?

—Ni uno solo. Aunque no puedo evitar preguntarme, a veces, qué habría sido de mí si aquella noche hubiera conseguido subir al Providence en vez de a El Cuervo Negro.

—Entonces yo seguiría siendo un capitán solitario huyendo de mi propio pasado, y usted probablemente ya estaría casada con Sedgwick, sin saber nunca la verdad sobre sus verdaderas intenciones hasta que fuera demasiado tarde.

—Un pensamiento aterrador.

—Prefiero pensar en el camino que sí tomamos.

Rosalind se giró hacia él, apoyando la cabeza contra su hombro mientras contemplaban juntos la ensenada oscura que pronto se llenaría de vida, de barcos legítimos navegando bajo un nombre que ya no tendría que esconderse de nadie.

—¿Cree que Doyle y Quill se adaptarán bien a la vida de comerciantes legítimos?

—Doyle se quejará de la burocracia cada día durante los próximos diez años, mientras hace exactamente lo que se le pide sin ninguna resistencia real.

Quill, sospecho, disfrutará enseñando a la próxima generación de marineros el oficio que él mismo aprendió de mí, ahora sin necesidad de ocultarse de la Marina Real.

—¿Y usted? ¿Cree que se adaptará a esta nueva vida, capitán convertido en empresario naviero?

Marlowe se quedó pensativo un momento, contemplando la ensenada con la misma expresión calculadora que Rosalind había aprendido a reconocer durante los meses de travesía compartida, aunque ahora, por primera vez, sin ninguna sombra de peligro inminente ensombreciendo aquel cálculo.

—Creo que sí, siempre que pueda seguir navegando de vez en cuando, sin toda la parte de la piratería que complicaba tanto las cosas. Y siempre que tenga a alguien a mi lado que me recuerde, cuando lo olvide, que las decisiones se toman mejor compartidas que solas.

—Eso puedo prometérselo, Ewan Marlowe. El resto de nuestras vidas, si hace falta.

Se besaron bajo la luz de la luna, con el sonido del mar como único testigo además de las estrellas, y Rosalind supo, con una certeza que no había sentido nunca respecto a nada en su vida anterior, que aquel final —imprevisto, improbable, construido a partir de una huida desesperada que la había llevado al barco equivocado en la noche adecuada— era exactamente el que había estado buscando, sin saberlo, desde mucho antes de subir a aquella pasarela en los muelles oscuros de Londres.

Un año después, La Segunda Oportunidad completó su décima travesía comercial bajo bandera inglesa, transportando mercancía legítima entre Dover y los puertos del Caribe con una regularidad que habría sido impensable durante los años de El Cuervo Negro.

Doyle, ascendido a socio formal de la compañía, se quejaba con regularidad de la cantidad de papeleo que la vida legítima exigía, aunque nadie a bordo dudaba de que lo disfrutaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Quill había formado ya a media docena de jóvenes marineros del pueblo, cada uno de ellos capaz de leer una carta de navegación con la misma soltura con la que Ollie, ahora un joven de dieciséis años orgulloso de su instrucción, leía novelas enteras sin ayuda de nadie.

Fenwick permanecía a bordo, ganándose poco a poco una reputación de hombre serio y confiable que contrastaba notablemente con la amargura que había definido sus primeros años en el barco, y que Rosalind sospechaba tenía mucho que ver con la paciencia constante que Marlowe, a pesar de todo, había seguido ofreciéndole desde aquella noche en el almacén de Sedgwick.

Isabela Duarte visitaba Dover al menos dos veces al año, siempre con nuevas historias de sus propias aventuras en el Caribe, y Rosalind sospechaba, aunque nadie lo había confirmado abiertamente, que sus visitas cada vez más frecuentes tenían tanto que ver con los negocios compartidos como con cierto interés creciente hacia Quill, que se sonrojaba de un modo poco habitual en él cada vez que la capitana aparecía en el puerto.

Edmund Kingsley, liberado por fin del peso de sus deudas y de la sombra de Sedgwick, había encontrado en la gestión comercial de la compañía naviera una pasión que Rosalind nunca le había conocido antes, y pasaba sus días revisando cuentas y negociando contratos con un entusiasmo que compensaba, aunque fuera parcialmente, los años perdidos en las mesas de juego.

Y Rosalind, que había subido a un barco equivocado en una noche desesperada creyendo que huía hacia lo desconocido, descubrió que aquel desconocido, con el tiempo, se había convertido en la vida más propia y más suya que jamás había imaginado posible: una casa junto al mar, un marido que la trataba como una igual en cada decisión, una familia reconstruida a partir de las ruinas de la anterior, y una ensenada privada donde los barcos legítimos entraban y salían con la misma libertad que ella misma había encontrado, contra todo pronóstico, en aquella primera noche entre barriles de melaza.