La dama y el pirata Capítulo 18
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Capítulo 18

La travesía de vuelta a Inglaterra duró seis semanas, mucho más larga que cualquier trayecto que hubieran hecho hasta entonces, con El Cuervo Negro navegando bajo un pabellón de tregua provisional que Whitfield había gestionado personalmente para garantizar que no serían atacados por ningún barco de la Marina Real antes de llegar a puerto y presentarse formalmente ante las autoridades.

Rosalind pasó buena parte de aquellas semanas escribiendo, no ya en el pequeño cuaderno que Quill le había prestado meses atrás, sino en hojas sueltas que pensaba usar para redactar una carta a su padre, una carta que reescribió media docena de veces sin conseguir nunca dar con el tono adecuado entre el rencor que todavía sentía y el afecto que, a pesar de todo, no había conseguido extinguir del todo.

—¿Cómo se empieza una carta así? —le preguntó a Marlowe, una noche, mostrándole el último intento tachado casi por completo—. "Querido padre, espero que estés bien, a pesar de que intentaste venderme a un criminal" no me parece el inicio más prometedor.

—Quizás no hace falta que sea prometedor. Quizás solo hace falta que sea honesto.

Al final, la carta que envió por delante de su llegada, a través de un correo rápido organizado por Whitfield, resultó mucho más breve de lo que había imaginado en sus primeros borradores:

"Padre: Estoy viva y estoy bien. Sedgwick ha sido arrestado por delitos que van mucho más allá de cualquier deuda de juego, y su prisión debería, espero, liberarte de cualquier obligación hacia él.

Vuelvo a Inglaterra dentro de unas semanas, aunque no sé todavía si vuelvo a Londres.

Tengo mucho que contarte, y sospecho que tú tienes mucho que explicarme. Rosalind."

La respuesta llegó semanas después, cuando ya estaban a solo unos días de la costa inglesa, entregada por un bote pesquero que Whitfield había organizado para interceptarlos antes de la llegada oficial.

Rosalind la leyó a solas en su camarote, con las manos temblando lo suficiente para que las palabras le costaran de enfocar.

"Rosalind: No tengo palabras para expresar el alivio de saber que estás viva.

He pasado meses imaginando lo peor, y la culpa de saber que mis propias decisiones te empujaron a un peligro que ni siquiera puedo imaginar del todo me ha perseguido cada noche desde que desapareciste.

Sedgwick, según me han informado las autoridades, había estado usando su relación conmigo desde el principio con fines que nunca sospeché, y saber que estuve a punto de entregarte a un hombre así, por mi propia debilidad con las cartas, es una vergüenza que llevaré el resto de mi vida.

Vuelve a casa, hija. No como una obligación, sino porque quiero, si me lo permites, intentar ser el padre que debí haber sido desde el principio. Edmund."

Marlowe la encontró llorando sobre la carta, y se sentó a su lado sin decir nada, dejando que ella decidiera cuándo estaba lista para hablar.

—Quiere que vuelva a casa.

—¿Y usted quiere volver?

—No lo sé. —Rosalind se secó las lágrimas con el dorso de la mano, buscando en su propio pecho una respuesta que todavía no tenía del todo formada—.

Quiero perdonarlo. Creo que ya lo he perdonado, en el fondo, aunque me cueste admitirlo.

Pero volver a Londres, a esa vida, a esa versión de mí misma que aceptaba lo que se le ofrecía sin cuestionarlo...

no sé si puedo volver a ser esa persona.

—Nadie le está pidiendo que vuelva a serlo.

—Lo sé. Pero Londres tiene un modo de recordarte quién se supone que debes ser, incluso cuando ya no quieres serlo.

Marlowe le tomó la mano, entrelazando los dedos con una firmeza silenciosa que Rosalind ya reconocía como su forma particular de ofrecer consuelo sin recurrir a palabras vacías.

—Sea lo que sea que decida, iré con usted. A Londres, a Dover, a donde haga falta. Pero quiero que sepa que no tiene que decidir esto en función de lo que yo necesito o de lo que la sociedad espera de usted. Decida en función de lo que usted quiere, de verdad, sin nadie más pesando en la balanza.

—¿Y si lo que quiero es una vida que no encaja en ningún molde conocido? ¿Ni el de dama inglesa respetable, ni el de esposa de un capitán corsario, sino algo intermedio que todavía no sé cómo nombrar?

—Entonces construiremos ese molde nosotros mismos, aunque tengamos que inventarlo desde cero.

Llegaron a Dover tres días después, no a Londres, una decisión que Rosalind tomó casi en el último momento, prefiriendo enfrentar primero a su padre en terreno neutral, lejos de los salones y las miradas curiosas de la sociedad que llevaba meses, sin duda, especulando sobre su desaparición.

Edmund Kingsley los esperaba en el muelle, mucho más delgado de lo que Rosalind recordaba, con el pelo más gris y una postura encorvada que hablaba de meses de una culpa que había hecho mella en él de un modo que ninguna carta podía transmitir del todo.

—Rosalind.

Su padre pronunció su nombre con una voz que se quebró a mitad de camino, y Rosalind, después de un instante de duda que le pareció eterno, cruzó la distancia entre ambos y lo abrazó, sintiendo cómo él temblaba contra ella con un llanto silencioso que nunca lo había visto derramar en toda su vida.

—Lo siento —dijo Edmund, una y otra vez, contra su hombro—. Lo siento tanto, hija.

—Lo sé, padre. Lo sé.

No fue un perdón completo, ni una reconciliación instantánea que borrara meses de rabia y de dolor acumulado.

Pero fue un comienzo, y Rosalind, observando a su padre recomponerse mientras se secaba los ojos con evidente vergüenza, sintió que aquel comienzo, imperfecto y frágil como era, valía más que cualquier disculpa perfectamente redactada que hubiera podido imaginar durante las semanas de travesía.

Caminaron juntos hacia la casa, padre e hija, con un silencio que ya no pesaba del mismo modo que el silencio de la biblioteca meses atrás, cuando Sedgwick había anunciado su propuesta de matrimonio como quien anuncia una transacción comercial cualquiera.

—He vendido el resto de las joyas de tu madre —confesó Edmund, en algún punto del camino, con una vergüenza que no intentó disimular—.

No para pagar más deudas de juego, sino para empezar a devolver, poco a poco, el dinero que gasté irresponsablemente durante años.

No es suficiente, lo sé. Pero es un comienzo.

—¿Has dejado de jugar?

—Del todo. Desde el día que desapareciste. No podía mirarme al espejo sabiendo lo que mi propia debilidad había estado a punto de costarte.

Rosalind no supo qué contestar a eso, así que simplemente le apretó el brazo, un gesto pequeño que pareció bastarle a su padre para continuar caminando con la cabeza un poco más alta que antes.

—¿Y este es...? —Edmund miró hacia Marlowe, que esperaba a una distancia respetuosa, con una expresión cautelosa que no llegaba del todo a la hostilidad.

—Ewan Marlowe. El hombre que me salvó, aunque las circunstancias de cómo empezó todo sean... complicadas de explicar.

—Lord Edmund Kingsley. —Marlowe se adelantó, tendiéndole la mano con una formalidad que Rosalind no le había visto usar desde que lo conocía—. Un placer conocerlo, aunque hubiera preferido que las circunstancias fueran menos dramáticas.

Edmund estrechó la mano ofrecida, estudiando a Marlowe con la misma atención con la que, sin duda, había estudiado a cada pretendiente que se había acercado a su hija a lo largo de los años, aunque esta vez, sospechó Rosalind, sin ninguno de los cálculos financieros que habían guiado esas evaluaciones anteriores.

—Mi hija me ha contado, en las cartas que consiguió hacerme llegar durante el viaje, que le debo su vida, capitán Marlowe. Es una deuda que no sé cómo pagar.

—No me debe nada, milord. Lo que hice, lo hice porque quise hacerlo, no porque esperara una recompensa.

Edmund asintió, y por primera vez desde que Rosalind lo había abrazado en el muelle, algo parecido a una sonrisa genuina le cruzó el rostro.

—Entonces permítame al menos ofrecerles hospitalidad en la casa de Dover mientras deciden sus próximos pasos. Es lo mínimo que puedo hacer, dadas las circunstancias.

La tripulación de El Cuervo Negro, que había esperado a bordo mientras Rosalind y Marlowe se reunían con Edmund, encontró alojamiento en las cabañas de los trabajadores de la propiedad, vacías desde hacía años por falta de fondos para mantener el número de sirvientes que la casa había tenido en tiempos más prósperos.

Doyle y Quill inspeccionaron el terreno con el mismo ojo crítico con el que evaluaban una ruta de navegación, calculando distancias hasta la ensenada, posibilidades de atraque, y la viabilidad general de convertir aquel rincón olvidado de la costa inglesa en algo parecido a un puerto base.

—Podría funcionar —admitió Quill, la primera noche, mientras cenaban todos juntos en la cocina de la casa principal, con Edmund insistiendo en que no había necesidad de separar a la tripulación del resto de la familia—.

La ensenada tiene buena profundidad, y está lo bastante escondida de las rutas comerciales habituales para no llamar demasiado la atención mientras establecemos la operación.

—¿Y la Marina Real? —preguntó Rosalind, todavía preocupada por la sombra de las persecuciones pasadas—. ¿No sospecharán algo si de repente aparece actividad naval en una propiedad privada?

—Por eso necesitamos las licencias apropiadas antes de mover un solo barco —respondió Marlowe—. Todo legal, todo documentado. Nada que se parezca, ni de lejos, a lo que hemos hecho hasta ahora.

Edmund, escuchando la conversación con un interés que sorprendió a Rosalind, se aclaró la garganta antes de intervenir.

—Tengo contactos en la Cámara de Comercio, de mis días más prósperos, antes de que el juego empezara a consumir tanto de mi tiempo y mi fortuna. Podría ayudar a acelerar el proceso de las licencias, si me lo permiten.

—Se lo agradeceríamos enormemente, milord.

—Edmund, por favor. Si vamos a ser socios en este negocio, y suegro y yerno además, sospecho que "milord" va a sonar innecesariamente formal muy pronto.

Marlowe sonrió, quizás por primera vez desde que había pisado suelo inglés con la libertad todavía incierta, ante la perspectiva de una familia que, contra todo pronóstico, empezaba a sentirse menos como una obligación y más como algo genuinamente suyo.

Rosalind, paseando por los jardines de la casa de su infancia unos días después, se sorprendió reconociendo cada rincón con un cariño que no esperaba sentir tan pronto después de haber huido de aquel mismo lugar con tanta desesperación meses atrás.

El rosal que su madre había plantado junto a la ventana de la biblioteca seguía floreciendo, descuidado pero vivo, y Rosalind se descubrió arrodillada junto a él, arrancando las malas hierbas con las mismas manos que habían aprendido a remendar redes y a manejar un cuchillo corto durante los meses de travesía.

—No esperaba encontrarla jugando a ser jardinera —comentó Edmund, encontrándola así una tarde, con una sonrisa que ya no llevaba la culpa constante de las primeras semanas.

—El rosal de mamá se merece algo mejor que el abandono, padre. Igual que esta casa. Igual que nosotros.

—¿Crees que podrás ser feliz aquí? Después de todo lo que has visto, de todos los lugares que has conocido.

Rosalind se quedó pensando la pregunta con la misma seriedad con la que Marlowe solía calcular una ruta de navegación, sopesando el Caribe, Nassau, Puerto Real, el mar abierto en todas sus formas, contra la certeza tranquila de aquel jardín que llevaba generaciones en su familia.

—Creo que sí, padre. Porque he aprendido que la felicidad no depende tanto del lugar como de con quién y de qué manera se vive en él. Y aquí, por primera vez en mucho tiempo, puedo elegir ambas cosas por mí misma.