La dama y el pirata Capítulo 17
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Capítulo 17

Las autoridades inglesas llegaron a Puerto Real dos días después, alertadas por un mensaje que Isabela había hecho llegar a través de contactos que prefería no explicar en detalle, y con ellas llegó un magistrado colonial de aspecto cansado que escuchó el relato completo de las operaciones de contrabando de Cornelius Sedgwick con una mezcla de incredulidad y creciente indignación profesional.

—Documentos de embarque falsificados, sobornos a funcionarios portuarios en al menos cuatro colonias, y ahora esto: intento de chantaje contra una familia de la nobleza inglesa mediante secuestro y coacción.

—El magistrado, un hombre llamado Whitfield, negó con la cabeza mientras revisaba las pruebas que Isabela y Marlowe habían reunido durante la operación—.

Lord Sedgwick va a pasar el resto de su vida en una prisión de Su Majestad, si es que consigue evitar la horca, lo cual, francamente, dudo bastante.

Rosalind, escuchando el recuento de los crímenes de Sedgwick expuestos con tanto detalle, sintió una mezcla extraña de satisfacción y náusea: satisfacción por ver finalmente reconocido, con toda la autoridad de la ley inglesa, lo que aquel hombre había sido capaz de hacer; y náusea al pensar en lo cerca que había estado de convertirse, sin saberlo del todo, en una pieza más de aquella maquinaria criminal, atada a Sedgwick por un matrimonio que la habría dejado completamente indefensa ante cualquier cosa que él decidiera hacer con ella o con la propiedad de su familia.

—¿Cuántas familias más ha chantajeado de este modo? —preguntó, incapaz de contener la pregunta.

Whitfield consultó sus notas con expresión sombría.

—Al menos tres que hemos podido confirmar hasta ahora, lady Kingsley. Sospechamos que hay más, pero llevará tiempo desenredar la extensión completa de sus operaciones. Su testimonio, cuando llegue el momento, será fundamental para asegurar que no vuelva a hacerle esto a ninguna otra familia.

Rosalind pensó en aquellas otras familias, en otras hijas que quizás no habían tenido la suerte de esconderse en el barco equivocado en la noche adecuada, y sintió que su determinación de testificar, que hasta entonces había sido más una obligación que un deseo, se transformaba en algo mucho más parecido a una misión propia.

—Testificaré con gusto. Y si hace falta, buscaré a esas otras familias yo misma, para que sepan que no están solas en esto.

—¿Y Julian Farrow? —preguntó Marlowe, con una tensión que no conseguía ocultar del todo.

Whitfield consultó sus notas con el ceño fruncido.

—El caso de su hermano es más complicado.

Colaboración en las operaciones de Sedgwick, sin duda, pero también parece dispuesto a cooperar con la investigación a cambio de una condena más leve.

Ha mencionado, de hecho, información sobre un fraude cometido hace seis años en Devonshire que podría interesarle a usted personalmente, capitán Marlowe.

El corazón de Rosalind dio un vuelco al oír aquello, comprendiendo de inmediato lo que significaba.

—¿Está dispuesto a confesar que falsificó las pruebas contra usted?

—Está dispuesto a lo que sea que reduzca su propia condena, lady Kingsley —respondió Whitfield, con la franqueza pragmática de quien lleva años tratando con criminales dispuestos a negociar—.

Pero si su confesión incluye admitir que fabricó pruebas para incriminar a su hermano, y si esa confesión se presenta correctamente ante un tribunal inglés, podría bastar para anular la condena original.

Marlowe se quedó en silencio, con una expresión que Rosalind no supo interpretar del todo: no era alegría, ni siquiera alivio, sino algo más complicado, cargado de seis años de rabia que de pronto encontraban, quizás, un cauce hacia algo parecido a la justicia.

—¿Qué necesitaría de mí?

—Su testimonio. Y probablemente su presencia en Inglaterra, ante un tribunal, algo que imagino no le resultará sencillo dado su... historial reciente como capitán de un barco corsario.

—Podrían arrestarlo en cuanto pise suelo inglés —intervino Doyle, que había escuchado toda la conversación con los brazos cruzados y una expresión cada vez más preocupada—.

Aunque consiga limpiar su nombre respecto al fraude, sigue siendo buscado por las actividades de El Cuervo Negro durante estos seis años.

Whitfield se aclaró la garganta, con la incomodidad de quien está a punto de ofrecer algo que no debería ofrecer del todo, pero que su conciencia profesional no le permite callar.

—Existe un procedimiento, capitán Marlowe, aunque poco común.

Un perdón real, concedido en reconocimiento a servicios prestados a la Corona.

La captura de una red de contrabando de esta magnitud, sumada a su disposición a testificar contra su hermano y contra Sedgwick, podría constituir un argumento razonable para solicitarlo.

No puedo prometerle nada, pero puedo, si usted lo desea, iniciar los trámites necesarios.

Rosalind observó a Marlowe procesar aquella información con la misma cautela con la que trazaba una ruta entre bajíos peligrosos, calculando riesgos que nadie más en la sala podía ver del todo.

—¿Y mi tripulación? Si acepto esto, ¿qué pasa con los hombres que han navegado conmigo estos seis años?

—Eso, capitán, dependerá de los términos exactos que se negocien. No puedo prometerle una amnistía general, pero puedo asegurarle que su cooperación en este caso jugará a favor de cualquier clemencia que se solicite para ellos.

Marlowe miró hacia la puerta del despacho improvisado donde se celebraba aquella conversación, hacia donde Doyle, Quill y el resto de la tripulación esperaban noticias con una paciencia tensa que Rosalind reconocía de cada momento crítico que habían compartido a bordo.

—Necesito hablar con ellos antes de decidir nada.

—Por supuesto. Tómese el tiempo que necesite, capitán. Pero le sugiero que no sea demasiado tiempo. Estas ventanas de oportunidad tienden a cerrarse tan rápido como se abren.

Cuando salieron del despacho, Rosalind le tomó la mano sin que ninguno de los dos dijera nada durante un buen rato, dejando que el peso de la decisión que se avecinaba se asentara entre ellos con toda su complejidad.

—¿Qué va a hacer? —preguntó, por fin.

—No lo sé. Llevo seis años construyendo una vida a partir de las cenizas de la que perdí. Y ahora me ofrecen la posibilidad de recuperar parte de lo que perdí, pero al precio de arriesgar todo lo que he construido desde entonces.

—¿Y qué dice su instinto?

—Mi instinto dice que si no lo intento, pasaré el resto de mi vida preguntándome qué habría pasado si hubiera tenido el valor de intentarlo. Pero también dice que no tengo derecho a arriesgar la libertad de treinta y un hombres que confían en mí sin que ellos tengan voz en la decisión.

Rosalind sonrió, a pesar de la gravedad del momento, reconociendo en aquellas palabras la lección que ella misma le había enseñado apenas unos días antes.

—Entonces pregúnteles.

Marlowe la miró, y algo parecido al alivio le suavizó la expresión.

—Voy a necesitar que me acompañe. Esta decisión también la afecta a usted, más de lo que cualquiera de los dos hemos hablado todavía.

—Estaré ahí.

Reunió a la tripulación esa misma tarde en cubierta, con Isabela y su propia gente observando desde La Serpiente de Coral amarrada al lado, y expuso la situación con una honestidad que Rosalind sospechó no era habitual entre capitanes acostumbrados a mantener sus cartas cerca del pecho.

—Puedo solicitar un perdón real. Si me lo conceden, dejaría de ser un hombre buscado, y podría, quizás, ofrecerles a algunos de ustedes la misma oportunidad, aunque no puedo prometer que se extienda a todos por igual.

Pero también podría fallar, y en ese caso, habré llamado la atención de la Corona sobre este barco y esta tripulación de un modo que podría ponernos a todos en más peligro del que ya corremos.

El silencio que siguió se llenó, poco a poco, de las voces de hombres que llevaban años confiando su vida al juicio de aquel capitán, y que ahora, por primera vez, tenían la oportunidad de devolverle parte de esa confianza.

—Yo digo que lo intente —habló Quill, el primero en romper el silencio—. Llevo quince años huyendo de una acusación falsa. Si hay una posibilidad, por pequeña que sea, de que la verdad finalmente importe, prefiero intentarlo a seguir huyendo para siempre.

—Ollie querrá saber leer bien antes de decidir nada por su cuenta —bromeó Micah, ganándose una risa nerviosa de varios hombres—, pero yo también digo que lo intente, capitán. Nos ha protegido durante años. Es hora de que alguien lo proteja a usted.

Bratton, secándose las manos en el delantal que nunca parecía quitarse del todo, asintió con la cabeza antes de añadir su propia opinión.

—He cocinado para esta tripulación durante cinco años, capitán. He visto a hombres llegar rotos y marcharse enteros, o al menos más enteros de lo que llegaron. Si hay una oportunidad de que usted también consiga esa clase de reparación, no voy a ser yo quien le diga que no la busque.

Doyle, que llevaba más tiempo que nadie a bordo salvo el propio Marlowe, se adelantó un paso, con una expresión que mezclaba la preocupación práctica de siempre con algo mucho más personal.

—Te conozco desde antes de que fueras capitán de nada, Ewan. Te he visto cargar con esta injusticia como una piedra en el pecho durante seis años, incluso cuando fingías que ya no te importaba. Inténtalo. Y si algo sale mal, encontraremos otro modo de salir adelante, como siempre lo hemos hecho.

Uno tras otro, con distintos grados de entusiasmo pero una unanimidad que sorprendió incluso a Rosalind, los hombres de El Cuervo Negro dieron su aprobación, hasta que solo quedó Fenwick, todavía cargando el peso de su reciente traición, sin haber dicho una sola palabra.

—Fenwick —lo llamó Marlowe—. ¿Y usted?

Fenwick tardó un momento en contestar, con la mirada baja y la voz ronca de quien todavía no ha encontrado el modo de perdonarse a sí mismo del todo.

—Creo que si alguien merece que el mundo por fin le haga justicia después de tanto tiempo, es usted, capitán. Aunque solo sea por dármela a entender a mí, que no me la merecía.

Marlowe asintió, sin decir nada más sobre el asunto, y Rosalind vio, en aquel intercambio breve, el comienzo de algo que quizás, con tiempo, podría llegar a parecerse a una reconciliación genuina.

Isabela, que había escuchado toda la conversación desde la borda de La Serpiente de Coral, se acercó cuando la reunión se disolvió, con una expresión que oscilaba entre la despedida y algo más difícil de nombrar.

—Así que Inglaterra, después de todo. Nunca pensé que vería el día en que Ewan Farrow decidiera enfrentarse a su pasado en vez de seguir huyendo de él.

—¿Vendrás con nosotros?

—Hasta donde pueda. Mi barco no puede permitirse el lujo de un viaje tan largo sin descuidar mis propios negocios, pero os acompañaré hasta que las aguas se vuelvan demasiado inglesas para mi gusto. Después de eso, tendréis que arreglároslas sin mí.

—Te debemos más de lo que podremos pagarte nunca, Isabela.

—Lo sé. Guárdalo para cuando de verdad lo necesite, que sospecho que será pronto, dado lo complicada que es tu vida últimamente.

—Se giró hacia Rosalind, con una sonrisa que por primera vez desde que se conocían no tenía ningún cálculo detrás—.

Cuide bien de él, lady Kingsley. Se merece, después de tanto tiempo, algo parecido a la felicidad.

—Pienso hacerlo, capitana Duarte.

—Entonces está decidido —dijo Marlowe, girándose hacia el despacho de Whitfield con una determinación nueva—. Vamos a Inglaterra.