La dama y el pirata Capítulo 16
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Capítulo 16

Dentro del almacén, Sedgwick caminaba en círculos alrededor de Marlowe con la parsimonia de un hombre que disfruta cada segundo de una victoria que lleva semanas planeando.

—Capitán Ewan Marlowe. O debería decir, lord Ewan Farrow, aunque imagino que ese título dejó de significar algo para usted hace ya bastantes años.

—Diga lo que ha venido a decir, Sedgwick.

—Directo. Me gusta eso en un hombre, aunque sea un pirata.

—Sedgwick se detuvo frente a él, estudiándolo con la misma atención con la que examinaría una mercancía antes de decidir su precio—.

Quiero que me diga dónde está lady Kingsley, y quiero que me diga qué sabe exactamente sobre mis operaciones comerciales.

Después de eso, estoy dispuesto a ser razonable respecto a su futuro.

—No sé de qué me habla.

Julian, apoyado contra las cajas, soltó una risa seca.

—Vamos, hermano. Sabemos que la trajiste hasta Puerto Real. Sabemos que has estado hablando con Isabela Duarte sobre asuntos que no le incumben. No nos insultes fingiendo ignorancia.

Marlowe no contestó, y el silencio pareció agotar la paciencia de Sedgwick con una rapidez alarmante.

—Muy bien. Hagámoslo del modo difícil, entonces. —Se giró hacia uno de sus hombres—. Ve a buscarla. No puede estar muy lejos si él ha venido caminando desde el puerto.

Fue en ese momento, con la amenaza directa hacia Rosalind ya pronunciada en voz alta, cuando Doyle dio la señal que Isabela llevaba esperando: un breve destello de luz reflejada, apenas perceptible, desde una ventana alta del almacén contiguo.

—Ahora —dijo Isabela, y el mundo entero pareció acelerarse de golpe.

La tripulación de La Serpiente de Coral, apostada en los tejados y callejones alrededor del almacén, atacó con una coordinación que dejó claro por qué Isabela había sobrevivido tanto tiempo en aguas tan peligrosas.

Los hombres de Sedgwick, sorprendidos por un ataque que no habían anticipado, se dispersaron en una confusión de gritos y disparos que Rosalind, corriendo ya hacia el almacén con Isabela pisándole los talones a pesar de la orden de quedarse atrás, apenas conseguía procesar del todo.

La mujer de los tatuajes que Rosalind había visto en la cubierta de La Serpiente de Coral apareció por una ventana lateral con una agilidad sorprendente, desarmando a uno de los matones de Sedgwick con un movimiento tan fluido que parecía coreografiado de antemano.

Otro miembro de la tripulación de Isabela, un hombre enorme que respondía únicamente a un apodo que Rosalind nunca llegó a entender del todo, derribó una puerta lateral con el hombro para abrir una segunda vía de entrada, permitiendo que Ollie y Bratton se sumaran a la refriega por un flanco que los hombres de Sedgwick no habían protegido.

—¡Le dije que esperara la señal, no que corriera hacia el peligro en cuanto la viera! —le gritó Isabela, sin dejar de correr ella misma.

—¡La señal ya sonó!

Dentro del almacén, el caos había estallado con la misma violencia que en el exterior.

Marlowe, aprovechando el momento de distracción cuando sus captores se giraron hacia el ruido de la refriega, consiguió liberar un brazo y golpear con el codo al hombre que tenía más cerca, ganándose el espacio suficiente para arrebatarle el arma antes de que el segundo captor pudiera reaccionar.

Rosalind entró en el almacén justo a tiempo para ver a Marlowe enzarzado en un combate cuerpo a cuerpo con uno de los matones de Sedgwick, esquivando un cuchillo por apenas unos centímetros antes de conseguir desarmar a su oponente con una llave que Rosalind reconoció, con una punzada de gratitud absurda dado el momento, como una de las que Doyle le había enseñado a ella misma semanas atrás.

—¡Ewan!

Él se giró al oír su nombre, y ese instante de distracción estuvo a punto de costarle caro: otro hombre, aprovechando el descuido, se abalanzó sobre él por la espalda con un garrote en alto.

Rosalind, sin pensarlo, agarró una barra de hierro que descansaba contra una de las cajas y la lanzó con toda la fuerza que pudo reunir, golpeando al atacante en el hombro con la precisión suficiente para hacerle soltar el garrote y darle a Marlowe el segundo que necesitaba para volverse y neutralizarlo del todo.

—¡Le dije que se quedara con Isabela!

—¡Y yo le dije que no volviera a decidir por mí sin consultarme, así que aquí estoy!

No hubo tiempo para más discusión. Julian, viendo que la situación se le escapaba de las manos, intentó escabullirse hacia una salida trasera, pero Doyle, entrando en ese momento por la misma puerta con el resto de la tripulación de El Cuervo Negro, le cerró el paso con una expresión que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.

—Hola, Julian. Hacía tiempo.

Julian levantó las manos, calculando rápidamente que las probabilidades ya no jugaban a su favor, mientras Sedgwick, en el otro extremo del almacén, intentaba huir aprovechando la confusión general, solo para encontrarse cara a cara con Isabela Duarte, que le apuntaba directamente al pecho con una pistola sostenida con una firmeza que no invitaba a ningún tipo de negociación.

—Cornelius Sedgwick, supongo —dijo Isabela, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. He oído hablar mucho de usted últimamente. Nada bueno, para ser sincera.

—¿Quién demonios es usted?

—Alguien a quien le acaba de hacer perder mucho dinero, y con quien no querrá tener más tratos a partir de hoy. Levante las manos, o mis hombres tendrán mucho gusto en asegurarse de que no vuelva a intentar chantajear a ninguna familia inglesa por sus tierras costeras.

Sedgwick, viéndose acorralado, levantó las manos con una lentitud calculada que no ocultaba del todo el pánico que empezaba a asomar en su expresión.

Cuando por fin el almacén quedó asegurado, con Julian y Sedgwick atados y bajo la vigilancia de los hombres de Isabela, Marlowe se giró hacia Rosalind, con el corte de la ceja todavía sangrando y una expresión que mezclaba el alivio con algo mucho más crudo.

—Podría haber muerto ahí fuera.

—Podría haber muerto usted ahí dentro si yo no hubiera lanzado esa barra a tiempo.

—Rosalind...

—No. —Ella le tomó el rostro entre las manos, con una firmeza que no dejaba espacio para más protestas—.

No voy a disculparme por haber venido. Le quiero, Ewan Marlowe, y quererlo significa que no voy a quedarme al margen mientras alguien intenta matarlo, por muy buenas que sean sus intenciones al querer protegerme.

El silencio que siguió pareció suspender el caos que todavía se resolvía a su alrededor: los gritos de los hombres de Isabela asegurando a los prisioneros, el crujido de las cajas desplazadas durante la refriega, el eco distante de los últimos disparos apagándose en la calle.

—La quiero —dijo Marlowe, por fin, con una voz que temblaba con una emoción que llevaba semanas conteniendo—. Desde la tormenta, quizás desde antes. Y he pasado tanto tiempo intentando protegerla de todo que se me olvidó preguntarle si quería que la protegiera de ese modo.

—Ahora lo sabe.

—Ahora lo sé.

Se besaron entre los restos de la emboscada fallida, con Sedgwick y Julian observando la escena desde el suelo con expresiones de derrota que a Rosalind le supieron mucho más dulces que cualquier venganza que hubiera imaginado durante las semanas de huida desde Londres, y por primera vez desde que había subido a bordo de El Cuervo Negro, sintió que el futuro, por incierto que siguiera siendo, por fin le pertenecía a ella tanto como a cualquier otra persona involucrada en decidirlo.

—¿Qué hacemos con estos dos? —preguntó Doyle, señalando a los prisioneros con un gesto poco ceremonioso.

Marlowe, sin apartar la mirada de Rosalind, sonrió por primera vez desde que había entrado en aquel almacén.

—Entregárselos a las autoridades inglesas más cercanas, con todas las pruebas de contrabando que consigamos reunir. Creo que es hora de que Cornelius Sedgwick descubra lo que se siente cuando el mundo decide, por fin, que no vale lo que él siempre pensó que valía.

Fue Micah quien lo encontró, un rato después, mientras la tripulación aseguraba el almacén y reunía las pruebas necesarias contra Sedgwick: Fenwick, sentado en un callejón cercano, con la cabeza entre las manos y ninguna intención aparente de huir.

—Capitán.

Marlowe se acercó despacio, con una expresión que Rosalind, observando desde cierta distancia, no supo interpretar del todo: no había perdonado la traición, eso estaba claro en la tensión de sus hombros, pero tampoco había en su rostro la ira fría que ella habría esperado.

—¿Por qué te has quedado, Fenwick? Podrías haber huido con el dinero que te pagaron.

—No sé por qué. —La voz de Fenwick sonó rota, muy distinta a la insolencia habitual—. Supongo que quería ver si de verdad iba a pasarle algo a usted, o a ella. Y cuando ha empezado el ataque, no he podido moverme de aquí, solo... esperar a ver cómo terminaba.

—Casi consigues que me maten.

—Lo sé.

Marlowe se quedó en silencio un largo momento, sopesando algo que Rosalind sospechó que tenía menos que ver con el castigo apropiado y más con la misma pregunta que se había hecho antes, sobre las segundas oportunidades y sobre quién las merecía de verdad.

—Vas a devolver ese dinero. Todo. Y vas a trabajar el doble durante los próximos seis meses para reparar la confianza que has roto con esta tripulación, si es que alguna vez se puede reparar del todo.

Pero no voy a entregarte a las autoridades junto con Sedgwick y Julian, por mucho que te lo merezcas.

—¿Por qué no?

—Porque sigo creyendo, aunque hoy me hayas dado motivos de sobra para dudarlo, que la gente puede cambiar cuando alguien decide darle esa oportunidad. No vuelvas a ponerme a prueba de este modo, Fenwick. No habrá una tercera oportunidad.

Fenwick asintió, con los ojos húmedos que no llegó a explicar y que nadie, por decoro, se atrevió a mencionar en voz alta.

Esa noche, con Sedgwick y Julian ya bajo custodia formal de las autoridades inglesas que Isabela había hecho llamar, y con las pruebas de la red de contrabando debidamente entregadas para asegurar que ninguno de los dos escapara fácilmente de la justicia, Rosalind se sentó junto a Marlowe en la cubierta de El Cuervo Negro, observando las luces de Puerto Real reflejadas en el agua tranquila.

—Se acabó —dijo, casi sin creérselo del todo—. Después de todo esto, se acabó de verdad.

—Sedgwick y Julian, sí. —Marlowe le rodeó los hombros con un brazo, atrayéndola hacia sí—. Pero lo nuestro, espero, apenas está empezando.

—¿Qué va a pasar ahora? Con usted, con la tripulación, conmigo.

—No lo sé todavía. Pero por primera vez en seis años, tengo ganas de averiguarlo, en vez de limitarme a sobrevivir un día tras otro sin pensar demasiado en lo que viene después.

Rosalind apoyó la cabeza contra su hombro, sintiendo el peso de las últimas semanas —la huida de Londres, la tormenta, Nassau, la persecución de la fragata, la traición de Fenwick, la emboscada— asentarse por fin en algo parecido a la paz.

—Entonces averigüémoslo juntos.