Capítulo 15
La planificación de la operación contra el almacén de Sedgwick ocupó los tres días siguientes, con Rosalind aportando cada detalle que recordaba sobre los hábitos del barón, sus horarios, la disposición de sus propiedades según lo que había alcanzado a ver durante las visitas que él había hecho a la casa de su padre.
Isabela, para su sorpresa, resultó ser una alumna atenta de aquella información, anotando cada dato con una letra apretada muy distinta a la elegancia despreocupada con la que se movía en persona.
—Sedgwick tiene debilidad por el brandy francés de importación —dijo Rosalind, durante una de aquellas sesiones—.
Y por presumir de sus contactos. Si alguien se presentara pretendiendo ser un comerciante interesado en negocios discretos, sospecho que hablaría más de lo que debería, solo por el placer de sentirse importante.
—Eso podría sernos útil —admitió Isabela—. Un señuelo, en vez de un asalto directo.
Fue Fenwick, sin embargo, quien introdujo el elemento que ninguno de ellos había previsto.
Llevaba días guardando un resentimiento que la reciente reconciliación pública de Marlowe y Rosalind, sumada a la alianza con Isabela, parecía haber agravado en vez de calmar, y la noche antes de que la operación estuviera prevista, desapareció de El Cuervo Negro sin que nadie notara su ausencia hasta la mañana siguiente.
Nadie lo supo entonces, pero Fenwick había pasado esa misma tarde bebiendo solo en una taberna del puerto, dando vueltas a una rabia que llevaba meses sin encontrar salida, hasta que un hombre bien vestido, con el porte de quien está acostumbrado a que otros hagan el trabajo sucio por él, se sentó a su mesa sin ser invitado y le ofreció una cantidad de dinero que Fenwick no había visto junto en toda su vida a cambio de una sola información: el paradero exacto de la dama inglesa que viajaba con el capitán Marlowe.
Fenwick se dijo a sí mismo, mientras aceptaba las monedas, que no estaba traicionando a nadie de verdad, que solo estaba cobrando lo que el mundo llevaba debiéndole desde que el vizconde de Kent había echado a su familia de la única tierra que habían conocido.
Se dijo que Marlowe, con su generosidad hacia grumetes huérfanos y contramaestres desahuciados, nunca había extendido esa misma generosidad hacia él, que llevaba cuatro años a bordo sin que nadie le hubiera ofrecido nunca aprender a leer ni recibido ningún gesto que se pareciera al que Ollie o Micah recibían con tanta naturalidad.
Se dijo muchas cosas esa noche, mientras el hombre bien vestido anotaba cada detalle que Fenwick le proporcionaba, y ninguna de esas justificaciones consiguió, cuando amaneció y la resaca del ron se mezcló con una vergüenza que no esperaba sentir, hacerle sentir mejor por lo que había hecho.
—Se ha llevado un bote pequeño —informó Quill, con el rostro pálido de quien empieza a temer lo peor—. Y ha desaparecido en dirección a la ciudad.
—¿Creéis que nos ha traicionado? —preguntó Doyle, aunque la pregunta sonaba más a confirmación que a duda genuina.
Marlowe no contestó de inmediato. Se quedó mirando el punto donde el bote de Fenwick se había alejado, con una expresión que mezclaba la rabia con algo mucho más doloroso: la decepción de un hombre que llevaba años intentando ofrecer una segunda oportunidad a quienes el mundo había descartado, y que ahora se enfrentaba a la posibilidad de que aquella confianza le costara mucho más que un simple malentendido.
—Debí haberlo visto venir —dijo, más para sí mismo que para el resto—. Llevaba semanas resentido, y yo estaba tan ocupado con Julian y con Sedgwick que no le presté la atención que merecía.
—No es culpa suya, capitán —intervino Quill, con una firmeza poco habitual—. Cada hombre decide sus propias traiciones. Usted le dio un lugar a bordo cuando nadie más se lo habría dado. Lo que ha hecho con esa oportunidad es responsabilidad suya, no de usted.
—Cambiamos el plan. Ahora mismo. Si Fenwick ha ido a informar a Julian o a los hombres de Sedgwick, cualquier cosa que hayamos planeado ya no es segura.
No hubo tiempo para cambiar gran cosa. Antes del mediodía, un mensajero llegó al muelle donde tenían amarrado el barco, con una nota dirigida específicamente a Rosalind, escrita con una caligrafía que ella reconoció de inmediato, con una punzada de terror que le heló la sangre.
"Querida lady Kingsley: Qué agradable sorpresa descubrir, gracias a un informante bien dispuesto a cooperar por el precio adecuado, que se encuentra usted tan cerca.
He tomado la libertad de invitar al capitán Marlowe a una reunión esta misma tarde, en mi almacén del puerto, para discutir el futuro de todos los implicados en este pequeño enredo.
Si él no se presenta antes del atardecer, me temo que tendré que buscar otras formas, mucho menos civilizadas, de recuperar lo que considero mío. Atentamente, Cornelius Sedgwick."
—Es una trampa —dijo Doyle, de inmediato—. Obviamente es una trampa.
—Lo sé.
—Entonces no vas a ir.
Marlowe se quedó en silencio, con la carta todavía en las manos, calculando probabilidades del mismo modo en que calculaba rutas de navegación en mitad de una tormenta.
—Si no voy, Sedgwick cumplirá su amenaza. Y no tengo ninguna duda de que esa amenaza involucra hacerle daño a Rosalind, o a su familia, o a cualquiera que use para presionarme.
—Si vas, caminas directamente hacia una trampa que Fenwick ha ayudado a preparar.
—Entonces tenemos que ir preparados para que la trampa se cierre sobre ellos, no sobre nosotros.
Isabela, consultada de inmediato, aceptó desplegar a su propia tripulación como refuerzo oculto, apostados en los alrededores del almacén sin que Sedgwick tuviera modo de saber que la reunión estaba siendo vigilada desde varios frentes a la vez.
El plan, improvisado a toda velocidad, dependía de un margen de error mucho más estrecho del que a Rosalind le habría gustado, pero era, en aquellas circunstancias, lo mejor que podían construir con las horas que les quedaban.
Doyle y el segundo de a bordo de Isabela, un hombre corpulento de pocas palabras que respondía al nombre de Ferreira, pasaron la última hora antes de la operación repasando posiciones sobre un plano improvisado del almacén, dibujado a partir de los recuerdos de Rosalind sobre la disposición general de las propiedades de Sedgwick y de la información que los hombres de Isabela habían conseguido reunir en las tabernas del puerto durante las horas previas.
—Necesitamos a alguien vigilando la puerta trasera, por si Sedgwick decide huir en cuanto las cosas se compliquen —señaló Ferreira, marcando el punto en el plano—.
Y necesitamos que la señal sea inconfundible, algo que se pueda ver desde cualquier ángulo del almacén sin depender de que todo el mundo esté mirando en la dirección correcta al mismo tiempo.
—Un destello de espejo desde la ventana más alta —propuso Doyle—. Funcionó antes, en otras operaciones. Funcionará ahora.
Micah, demasiado joven para participar directamente en el ataque, insistió en ayudar de otro modo, ofreciéndose para llevar mensajes entre los distintos grupos apostados alrededor del almacén, una tarea que Marlowe aceptó a regañadientes solo después de que el chico prometiera, con una seriedad poco habitual en él, mantenerse siempre fuera del alcance de cualquier disparo.
—Quiero ir —dijo Rosalind, cuando el plan ya estaba casi completo—. No a entrar en el almacén, lo entiendo, pero quiero estar cerca. Necesito verlo con mis propios ojos, después de todo lo que me ha hecho.
Marlowe, recordando la conversación de días atrás, no discutió la petición del modo en que lo habría hecho antes.
—Se queda con Isabela, en la posición de refuerzo. Nada más cerca que eso.
—Acepto.
Las horas previas a la operación transcurrieron con una lentitud que a Rosalind le resultó casi insoportable.
Se probó y volvió a probarse el cuchillo corto que Doyle le había regalado tras las lecciones de defensa, sujetándolo de distintas formas en la manga de su vestido hasta encontrar una que le permitiera sacarlo con rapidez sin que se notara desde fuera.
Repasó mentalmente cada detalle que recordaba sobre Sedgwick, cada gesto, cada costumbre, buscando algo que pudiera servirles de ventaja en el último momento.
La tarde llegó con una lentitud angustiosa, y cuando por fin Marlowe se dirigió hacia el almacén, solo en apariencia aunque rodeado de aliados ocultos entre las sombras de los edificios cercanos, Rosalind sintió que el corazón le latía con una fuerza que amenazaba con delatar su posición incluso a esa distancia.
Todo salió mal casi de inmediato.
En vez de los pocos hombres que Sedgwick había prometido en su nota, el almacén resultó estar lleno de al menos una docena de matones armados, con Julian Farrow apoyado contra una pila de cajas con una sonrisa que dejaba claro cuánto había disfrutado orquestando aquella encerrona junto a su antiguo aliado convertido en socio de negocios.
—Hermano —saludó Julian, cuando Marlowe entró—. Qué puntual. Siempre lo fuiste, incluso cuando yo no me lo merecía.
—Julian.
—Cornelius está deseando conocerte. Dice que quiere entender exactamente qué clase de hombre ha estado protegiendo a su prometida durante todo este tiempo.
La emboscada se cerró antes de que Marlowe pudiera reaccionar: dos hombres lo sujetaron por los brazos mientras un tercero le arrebataba el arma de la cintura, y para cuando Cornelius Sedgwick salió de detrás de una hilera de barriles, con la misma sonrisa de comerciante satisfecho que Rosalind recordaba de la biblioteca de su padre, Marlowe ya estaba inmovilizado, sangrando de un corte en la ceja donde uno de los hombres lo había golpeado con la culata de una pistola.
Desde su posición oculta, a una distancia que de repente le pareció insuficiente, Rosalind vio todo aquello a través del catalejo que Isabela le había prestado, y sintió que el pánico le subía por la garganta con una fuerza que no había sentido ni durante la tormenta ni durante la persecución de la fragata.
Los minutos que siguieron se estiraron de un modo que Rosalind no habría creído posible, cada segundo cargado con la imagen de Marlowe inmovilizado, sangrando, rodeado de hombres armados que superaban en número a cualquier posibilidad razonable de escape.
Contó las respiraciones para no gritar, apretó los dedos contra el catalejo hasta que los nudillos se le pusieron blancos, y se repitió, una y otra vez, que Doyle sabía lo que hacía, que Isabela sabía lo que hacía, que lanzarse ahora hacia el almacén sin ningún plan solo conseguiría empeorar una situación que ya era, de por sí, terriblemente precaria.
—Tenemos que hacer algo.
—Todavía no —le advirtió Isabela, sujetándole el brazo con firmeza—. Si nos precipitamos ahora, con la ventaja numérica que tienen ahí dentro, lo único que conseguiremos es que los capturen a los dos. Esperamos la señal.
—¿Qué señal?
—La que Doyle nos dará en cuanto tenga una posición clara para actuar sin que Marlowe salga herido en el proceso.
Rosalind, con el corazón desbocado y las manos temblando alrededor del catalejo, obligó a sus piernas a quedarse quietas, confiando en un plan que dependía de la paciencia, justo cuando cada instinto en su cuerpo le exigía correr hacia aquel almacén sin pensar en las consecuencias.