Capítulo 14
El plan que trazaron esa tarde, entre Isabela, Marlowe y Doyle, con Rosalind sentada a la mesa aunque cada vez más consciente de que su opinión pesaba menos de lo que le gustaría, consistía en localizar uno de los almacenes de Sedgwick en la costa, reunir pruebas de la operación de contrabando, y usarlas para presionar a las autoridades inglesas a investigar al barón antes de que pudiera hacerle daño a la familia Kingsley o a cualquier otra persona que se interpusiera en su camino.
—Va a ser peligroso —dijo Isabela, sin ningún tacto especial al respecto—. Los almacenes de Sedgwick estarán vigilados, probablemente por los mismos hombres de Julian. No es una excursión de recreo.
—Entonces cuenta conmigo para participar.
—No.
La respuesta de Marlowe llegó tan rápida y tan tajante que Rosalind se giró hacia él con una sorpresa que rápidamente se transformó en indignación.
—¿Perdón?
—Se queda en el barco, con Bratton y un par de hombres de guardia. Esto no es como cargar provisiones en un mercado, Rosalind. Vamos a entrar en propiedad de Sedgwick, robar documentos, y probablemente enfrentarnos a hombres armados que no van a dudar en disparar primero y preguntar después.
—Y precisamente por eso debería estar ahí. Es mi familia la que está en peligro. Es mi futuro el que Sedgwick quiere controlar.
—Y por eso mismo es exactamente la persona a la que él más querría capturar si las cosas salen mal. No voy a arriesgarme a que la usen contra mí, o contra usted misma, como moneda de cambio.
—No soy una posesión que proteger, Ewan. Soy una persona que puede decidir sus propios riesgos.
—No estoy tratándola como una posesión. Estoy tratándola como alguien que me importa, y a quien no pienso poner en el camino de una bala si puedo evitarlo.
—¡Eso es exactamente lo que hizo mi padre!
—La voz de Rosalind se elevó más de lo que pretendía, resonando en el camarote de Isabela con una fuerza que hizo que Doyle e Isabela intercambiaran una mirada incómoda—.
Decidir por mí lo que era mejor para mí, sin preguntarme qué quería yo. Pensaba que usted era distinto.
—¡Soy distinto! Pero no voy a disculparme por querer mantenerla a salvo.
—¡No necesito que me mantenga a salvo, necesito que confíe en mí!
Llevo toda mi vida rodeada de hombres que decidían por mi propio bien sin preguntarme nunca qué pensaba yo del asunto.
Mi padre decidió mi matrimonio por mi propio bien.
Sedgwick decidió mi futuro entero por mi propio bien.
No pensé que usted fuera a hacer exactamente lo mismo, solo que con mejores intenciones.
—Esto no tiene nada que ver con eso.
—Tiene todo que ver. El resultado es idéntico, Ewan: yo sin voz, y usted decidiendo qué es lo mejor para mí.
El silencio que siguió fue denso, cargado de la clase de tensión que solo puede acumularse entre dos personas que se han conocido lo suficiente para saber exactamente dónde duele más presionar.
Isabela se aclaró la garganta, incómoda, y sugirió con una diplomacia poco habitual en ella que quizás sería buena idea que continuaran la conversación en privado.
Salieron a cubierta, donde el aire fresco de la noche no consiguió enfriar del todo la tensión entre ambos.
—No es lo mismo que su padre —dijo Marlowe, por fin, con la voz más baja pero no menos firme—. Su padre la vendió por dinero. Yo la estoy protegiendo porque la quiero, y esa diferencia debería importar.
—Importa. Pero el resultado es el mismo: usted decidiendo qué puedo y qué no puedo hacer con mi propia vida, sin darme voz en el asunto.
—¿Y si le pasa algo? ¿Y si esta operación sale mal y usted termina herida, o algo peor, porque yo la dejé venir?
—Entonces será una decisión que yo tomé, con los ojos abiertos, sabiendo los riesgos. No una decisión que usted tomó por mí, encerrándome en un barco como si fuera de porcelana.
Marlowe se pasó una mano por la cara, con la frustración de alguien que sabe que está a punto de perder una discusión pero no encuentra el modo de ceder sin sentir que está fallando en algo esencial.
—Llevo seis años tomando decisiones solo. Protegiendo a mi tripulación sin tener que rendirle cuentas a nadie sobre esas decisiones. No sé cómo hacer esto de otro modo.
—Entonces aprenda. Porque si de verdad quiere que esto —hizo un gesto entre los dos, abarcando todo lo que había crecido entre ellos desde la primera noche en la bodega— funcione, va a tener que aprender a confiar en mí tanto como confía en Doyle o en Quill.
—Doyle y Quill llevan años demostrándome que puedo confiar en su juicio.
—Entonces déjeme demostrarle el mío. No voy a poder hacerlo si me mantiene encerrada cada vez que algo se pone difícil.
—No es tan sencillo.
—No he dicho que fuera sencillo. He dicho que es necesario.
Se quedaron mirándose, ninguno de los dos dispuesto a ceder del todo, hasta que Marlowe, finalmente, dejó escapar un suspiro que sonó a rendición parcial más que a derrota completa.
—No voy a llevarla al almacén. Eso no es negociable, y no por desconfianza hacia usted, sino porque necesito tener la cabeza despejada durante esa operación, y no puedo tenerla despejada si estoy preocupado por su seguridad en cada segundo.
—¿Y qué propone, entonces?
—Que participe en la planificación. Que su conocimiento de cómo piensa Sedgwick, de sus contactos, de sus costumbres, se use para diseñar la operación, en vez de dejarla al margen por completo.
Y que, si en algún futuro plan su presencia resulta genuinamente necesaria y no solo un riesgo añadido, no vuelva a excluirla sin discutirlo primero con usted.
No era todo lo que Rosalind quería, pero era, reconoció, un punto de partida honesto, mucho más honesto que cualquier negociación que su padre le hubiera ofrecido jamás.
—Acepto esos términos. Por ahora.
—¿Por ahora?
—Por ahora. —Rosalind se acercó lo suficiente para apoyar la frente contra la de él, con la ira ya cediendo paso a algo más parecido al cansancio compartido—.
Pero la próxima vez que decida algo sobre mi seguridad sin consultarme, capitán Marlowe, esta discusión va a parecerle un juego de niños comparada con la que vamos a tener.
—Anotado.
Se besaron, brevemente, un armisticio más que una reconciliación completa, y Rosalind supo, mientras volvían juntos hacia El Cuervo Negro bajo la luz de la luna, que aquella no sería la última vez que sus dos maneras de entender la protección y la confianza chocarían de aquel modo.
Pero también supo, con la misma certeza, que preferiría mil veces aquellas peleas honestas a cualquier silencio complaciente que hubiera fingido en Londres para mantener la paz con un hombre al que ni siquiera respetaba.
Esa noche, ya en su propio camarote, Rosalind escribió en su cuaderno durante largo rato, procesando la discusión con la misma minuciosidad con la que había procesado, semanas atrás, la historia del pasado de Marlowe.
Escribió sobre el miedo que había visto en sus ojos cuando hablaba de perderla, un miedo que no tenía nada que ver con el control y todo que ver con una vulnerabilidad que él llevaba años sin permitirse mostrar ante nadie.
Escribió también sobre su propia rabia, todavía viva pero ya templada por la comprensión de que aquel hombre, criado para proteger y traicionado por quienes deberían haberlo protegido a él, no sabía todavía cómo compartir esa responsabilidad sin sentir que estaba fallando en su deber.
Al día siguiente, Quill la encontró en cubierta, revisando junto a Isabela los detalles de la operación que se avecinaba, y se sentó a su lado con la familiaridad ya establecida entre ambos.
—Me han contado que anoche hubo palabras subidas de tono entre usted y el capitán.
—¿Se ha enterado todo el barco?
—Se entera todo el barco de todo, milady.
Es una de las desventajas de vivir tan apretados.
—Quill sonrió, sin ninguna malicia en el gesto—.
Solo quería decirle que me parece bien lo que hizo.
Llevo años viendo a Ewan tomar decisiones solo, sin dejar que nadie más cargue con el peso de ellas.
No le hace ningún bien a un hombre acostumbrarse a eso.
—¿Cree que aprenderá a hacerlo de otro modo?
—Creo que ya está aprendiendo. Ayer no le habría cedido ni un centímetro de terreno. Hoy, al menos, está dejando que usted participe en la planificación. Para un hombre como él, eso es un cambio considerable.