La dama y el pirata Capítulo 13
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Capítulo 13

Isabela Duarte resultó ser mucho más joven de lo que Rosalind había imaginado, con el pelo negro trenzado apretado contra el cráneo y una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha, no muy distinta a la que Doyle llevaba en la suya propia.

Los recibió en la cubierta de su barco, La Serpiente de Coral, con los brazos cruzados y una expresión que no dejaba entrever ninguna emoción sobre el hecho de que Ewan Marlowe hubiera aparecido, sin previo aviso, después de años sin dar señales de vida.

Su tripulación, observó Rosalind mientras esperaban a que Isabela decidiera si merecían su atención, era mucho más diversa que la de El Cuervo Negro: hombres y mujeres por igual, de acentos que iban del español al portugués pasando por un inglés marcado por el Caribe, todos moviéndose con la misma disciplina relajada que Rosalind ya asociaba con los barcos que de verdad funcionaban bien.

Una mujer de mediana edad, con los brazos cubiertos de tatuajes que representaban lo que parecían ser rutas de navegación enteras, le sonrió al pasar junto a ella, un gesto pequeño que Rosalind agradeció en medio de la tensión del reencuentro.

—Seis años, Ewan. Y apareces pidiendo un favor.

—Aparezco a pagarte lo que te debo, Isabela. Que sea también un favor no cambia lo que es.

Isabela lo estudió un momento más, con una expresión que se suavizó ligeramente, revelando algo del afecto genuino que debía de esconder tras aquella fachada calculadora.

—Has envejecido, Ewan Farrow. —Usó su antiguo apellido con una naturalidad que dejaba claro que entre ellos no hacía falta fingir que el pasado no existía—.

Espero que también hayas aprendido algo en el proceso, porque la última vez que te vi eras un idiota temerario dispuesto a hundirte con tal de no pedir ayuda a nadie.

—He tenido tiempo de reflexionar sobre mis errores.

—Me alegra oírlo. Aunque, por lo que veo, has cambiado un tipo de temeridad por otro. —Sus ojos se posaron en Rosalind, evaluándola con la misma atención con la que examinaba, sin duda, cualquier trato comercial que le presentaran—. ¿Y quién es ella?

Los ojos oscuros de Isabela se posaron en Rosalind con una evaluación que le recordó, incómodamente, al modo en que Sedgwick solía mirarla en los salones de Londres, aunque sin ninguno de los cálculos que empañaban la mirada del barón.

—Rosalind Kingsley.

—La dama inglesa por la que Julian Farrow está removiendo medio Caribe. —Isabela sonrió, sin ninguna calidez en el gesto—. Las noticias viajan rápido entre gente como nosotros, capitán Marlowe. Deberías saberlo mejor que nadie.

Los invitó a bajar a su camarote, mucho más lujoso que cualquiera que Rosalind hubiera visto a bordo de El Cuervo Negro, decorado con objetos que sugerían un gusto ecléctico adquirido en una docena de puertos distintos: telas bordadas, un mapa antiguo enmarcado, una colección de dagas de hojas curvas colgadas en la pared con un cuidado casi reverente.

—Julian estuvo aquí hace dos semanas —dijo Isabela, sirviéndose un vaso de ron sin ofrecerles ninguno—. Preguntando si lo habías buscado. Le dije que no, lo cual era cierto en aquel momento.

—¿Qué más te preguntó?

—Quería saber si conocía las rutas de contrabando de un tal Cornelius Sedgwick. —Isabela observó la reacción de Rosalind con un interés renovado—. Por su cara, deduzco que ese nombre significa algo para usted, lady Kingsley.

—Es el hombre al que mi padre le debía dinero. El hombre con el que se suponía que iba a casarme.

—Entonces permítame decirle algo que quizás no sepa: Cornelius Sedgwick no hizo su fortuna en comercio legítimo, como sin duda le contaron en Londres.

La hizo transportando mercancía que la Corona inglesa preferiría que no cruzara sus fronteras, y durante los últimos diez años ha usado a Julian Farrow, entre otros, como uno de sus principales capitanes en estas aguas.

Rosalind sintió que el suelo volvía a moverse bajo sus pies, esta vez sin ninguna tormenta que lo justificara.

—Entonces la deuda de mi padre...

—Probablemente nunca fue tan simple como una mala racha de cartas. —Marlowe completó la frase por ella, con una expresión sombría—. Sedgwick necesitaba una forma de controlarla a usted, y una deuda de juego resultaba mucho más discreta que cualquier otra alternativa.

—¿Por qué querría controlarme a mí?

Isabela se encogió de hombros, dando otro trago a su ron con una parsimonia que a Rosalind le pareció, en ese momento, exasperante.

—Eso, milady, es algo que voy a tener que averiguar antes de decidir si merece la pena arriesgar mi barco y mi tripulación por usted.

Pero le diré una cosa: los hombres como Sedgwick no se molestan en comprar esposas sin un motivo mucho más práctico que el simple deseo.

Su familia debe de tener algo que él quiere.

Tierras, contactos, algún tipo de acceso que no puede conseguir de otro modo.

Rosalind pensó, con una claridad repentina, en la propiedad de su familia en Dover, heredada de su abuelo materno, con acceso directo a una ensenada privada que su padre nunca había sabido aprovechar más allá de organizar alguna partida de pesca ocasional.

—Dover —dijo, casi sin darse cuenta de que hablaba en voz alta—. Mi familia tiene tierras en Dover, con una ensenada privada. Nunca hasta ahora había pensado en ello como algo valioso.

Isabela y Marlowe intercambiaron una mirada que confirmó, sin necesidad de palabras, que ambos habían llegado a la misma conclusión que ella.

—Una ensenada privada en la costa inglesa, a un tiro de piedra de Francia y de todas las rutas de contrabando del Canal —dijo Isabela, con una sonrisa fría—. Eso sí que es un motivo práctico, milady. Mucho más convincente que cualquier fortuna que su padre le debiera.

—Entonces Sedgwick nunca quiso casarse conmigo. Quería casarse con la ensenada.

—Los hombres como él rara vez separan una cosa de la otra —respondió Isabela—. Pero sí, sospecho que tiene razón.

Marlowe se quedó en silencio un momento, procesando la información con la misma tensión que Rosalind reconocía de sus mejores cálculos de navegación, cuando una ruta equivocada podía costarle el barco entero.

—Esto lo cambia todo. Si Sedgwick necesita esa ensenada para sus operaciones, no va a rendirse solo porque usted esté fuera de su alcance. Va a seguir persiguiéndola, o va a buscar otra forma de conseguir lo que quiere a través de su familia.

—Mi padre —dijo Rosalind, sintiendo que el miedo se le instalaba en el pecho de un modo nuevo—. Si Sedgwick no puede tenerme a mí, podría presionar a mi padre de otras formas. O peor.

Isabela dejó el vaso de ron sobre la mesa con un golpe seco que puso fin a cualquier duda que pudiera quedar sobre su disposición a ayudar.

—Bien. Ahora sí tengo un motivo propio para interesarme en este asunto, más allá de la vieja deuda de Ewan.

Cualquier hombre capaz de construir una red de contrabando tan extensa como para necesitar chantajear a familias enteras por sus tierras es un hombre que me interesa ver caer.

Contad conmigo, capitán Marlowe. Pero quiero que quede claro que no lo hago por ti.

Lo hago porque Cornelius Sedgwick me resulta, de repente, mucho más interesante que cualquier deuda antigua.

—Acepto los términos, sean cuales sean los motivos.

—Bien. Entonces hablemos de cómo vamos a hundir a ese hombre antes de que él consiga hundirlos a todos ustedes primero.

Salieron del camarote de Isabela ya entrada la noche, con un esbozo de plan todavía impreciso pero con la certeza compartida de que Sedgwick, lejos de ser el simple acreedor de una deuda de juego, resultaba ser una amenaza mucho más extensa de lo que ninguno de ellos había imaginado al zarpar de Londres.

—¿Está bien? —le preguntó Marlowe, mientras caminaban de vuelta hacia El Cuervo Negro por las calles oscuras de Puerto Real.

—No lo sé. Descubrir que la persona con la que mi padre quería casarme es, además de todo lo demás, un criminal a gran escala que además veía en mí solo un acceso a unas tierras... no es precisamente reconfortante.

—Al menos ahora sabemos contra qué luchamos con claridad. Eso, en mi experiencia, siempre es mejor que pelear contra sombras.

—¿Y su hermano? ¿Cómo encaja Julian en todo esto?

Marlowe se quedó en silencio un momento, con la mandíbula tensa de un modo que Rosalind ya reconocía como la señal de una herida que todavía no había cicatrizado del todo.

—Sospecho que Julian lleva años trabajando para Sedgwick, o con él, desde mucho antes de que yo supiera siquiera que mi hermano seguía con vida. No me sorprende. Siempre tuvo más talento para encontrar el modo más rentable de traicionar a alguien que para cualquier otra cosa.

—Lo siento.

—No lo sienta. Hace tiempo dejé de esperar otra cosa de él.

Llegaron a El Cuervo Negro en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos, hasta que Rosalind, ya en la pasarela, se detuvo un momento para mirar hacia atrás, hacia las luces de Puerto Real que titilaban contra la oscuridad del mar.

—Sea lo que sea que decidamos hacer con Sedgwick y con Julian, quiero participar en la decisión. No como una espectadora a la que se informa después de que todo esté resuelto.

—Lo sé. —Marlowe le tomó la mano, entrelazando los dedos con los suyos de un modo que ya empezaba a resultarle tan natural como respirar—. Y esta vez pienso cumplirlo.