La dama y el pirata Capítulo 12
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Capítulo 12

Despertó sola. La luz del amanecer entraba por la ventanilla del camarote de Marlowe, y por un momento, antes de que el peso de la noche anterior terminara de asentarse en su memoria, Rosalind sonrió al recordar exactamente por qué se encontraba allí y no en su propio catre estrecho.

Encontró su ropa doblada con cuidado sobre una silla, y una nota escrita con una letra apretada que reconoció de inmediato como la de Marlowe: "Doyle me necesita en cubierta. Reúnase conmigo cuando esté lista. E."

Se vistió con una calidez todavía instalada en el pecho que ninguna preocupación sobre Fenwick, sobre la Marina Real o sobre Julian Farrow consiguió disipar del todo, y subió a cubierta esperando encontrar la misma sensación de paz que había cerrado la noche anterior.

Lo que encontró en su lugar fue a Marlowe, pálido, con una carta abierta en las manos y una expresión que le heló la sangre antes incluso de preguntar qué ocurría.

—¿Qué pasa?

—Un bote nos alcanzó al amanecer. Un pescador que decía tener un mensaje urgente para el capitán de El Cuervo Negro, pagado por adelantado para entregarlo en cuanto nos localizara.

—¿De quién?

Marlowe le tendió la carta sin decir nada más, y Rosalind la leyó con un temor creciente que se confirmó, palabra por palabra, a medida que avanzaba.

"Querido hermano: Espero que la dama que llevas a bordo esté disfrutando de la travesía tanto como debe de estar disfrutando lord Sedgwick de saber, gracias a la información que le hice llegar hace una semana, exactamente en qué barco viaja su prometida fugitiva.

Resulta que el barón y yo compartimos ciertos intereses comerciales desde hace tiempo, y que ambos coincidimos en que sería una lástima que tu pequeño idilio con lady Kingsley terminara mal para todos los implicados.

Sugiero que hablemos, Ewan. Como caballeros, si es que todavía recuerdas cómo comportarte como tal.

Nassau, en un mes. Ven solo, o no vengas en absoluto, porque entonces me veré obligado a compartir con lord Sedgwick información mucho más detallada sobre tus actividades de los últimos seis años, información que estoy seguro que la Marina Real encontraría sumamente interesante.

Tu hermano, que te aprecia más de lo que crees, Julian. "

Rosalind sintió que el suelo se movía bajo sus pies de un modo que no tenía nada que ver con el balanceo del barco.

—Sedgwick y su hermano se conocen.

—Eso parece.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé. Pero por el tono de la carta, diría que desde hace más tiempo del que ninguno de los dos estaría dispuesto a admitir libremente.

Rosalind releyó la carta una segunda vez, buscando algún detalle que le hubiera pasado desapercibido, alguna pista sobre la naturaleza exacta de aquellos "intereses comerciales" que Julian mencionaba con tanta ligereza.

—Sedgwick hizo su fortuna en algo que nadie mencionaba nunca en voz alta en los salones de Londres —dijo, despacio, atando cabos que hasta entonces no había tenido motivo para atar—.

Comercio, decían, sin especificar de qué.

Ahora me pregunto si ese comercio tenía algo que ver con el tipo de negocios que un hombre como Julian Farrow podría encontrar interesantes.

—¿Contrabando?

—O algo peor. No lo sé con certeza. Pero empiezo a sospechar que la deuda de mi padre no fue algo tan simple como una mala racha en las cartas.

Marlowe se pasó una mano por la cara, con el agotamiento de quien lleva demasiadas horas sin dormir procesando una noticia que cambia por completo el terreno sobre el que creía estar pisando.

—Sea lo que sea, ahora tenemos dos hombres que quieren algo de nosotros, y ambos parecen dispuestos a usarnos el uno contra el otro para conseguirlo.

Julian quiere que vuelva a Nassau, solo, presumiblemente para negociar algo que no va a beneficiarme en absoluto.

Y Sedgwick quiere recuperarla a usted, y probablemente no le importe demasiado si eso implica que la Marina Real termine hundiendo este barco en el proceso.

—¿Qué vamos a hacer?

—No lo sé todavía. —Marlowe dobló la carta con un cuidado que contrastaba con la tensión de su mandíbula—. Pero sí sé una cosa: no voy a ir a Nassau solo, y no voy a permitir que ninguno de los dos vuelva a decidir por mí, ni por usted, qué es lo que merecemos.

Doyle se acercó en ese momento, con la expresión grave de quien ha escuchado más de lo que debería a través de la puerta entreabierta del camarote.

—Capitán, si Sedgwick y Julian están confabulados, tenemos que asumir que cualquier puerto donde atraquemos a partir de ahora podría estar vigilado. No solo Nassau. Cualquier lugar donde tengamos contactos conocidos.

—Lo sé, Rafe.

—¿Qué rumbo tomamos, entonces?

Marlowe miró hacia el horizonte, hacia el sur, con una expresión que Rosalind ya empezaba a reconocer como la de un hombre calculando riesgos que ninguna carta de navegación podía representar del todo.

—Vamos a necesitar aliados que ni Julian ni Sedgwick puedan comprar ni intimidar. Y conozco un lugar donde encontrarlos, aunque no me guste especialmente la idea de pedir ese favor.

—¿Dónde?

—Puerto Real. Hay alguien allí que me debe una deuda de hace años, y que tiene tantas razones para desconfiar de la Marina Real y de la aristocracia inglesa como yo mismo.

—¿Puedo preguntar de quién se trata?

—Isabela Duarte. Capitanea su propio barco desde hace más tiempo que yo el mío, y conoce estas aguas mejor que cualquier hombre que haya navegado bajo bandera inglesa.

Le salvé la vida hace ocho años, en circunstancias que preferiría no repetir ahora mismo, y desde entonces me ha dicho más de una vez que me debe un favor que todavía no le he cobrado.

—¿Qué circunstancias?

Marlowe dudó un momento, sopesando cuánto quería contarle, antes de decidir que, después de la noche que acababan de compartir, no tenía mucho sentido seguir guardándose según qué historias.

—Su barco anterior fue abordado por corsarios españoles que no tenían ninguna intención de dejar supervivientes que pudieran identificarlos después.

Yo estaba de paso, con mucha menos tripulación de la que tengo ahora, y decidí que no me gustaba el modo en que los números estaban desequilibrados en su contra.

Perdimos a tres hombres en aquel combate, pero ella sobrevivió, y desde entonces construyó su propio barco y su propia reputación, con una determinación que siempre me ha recordado, un poco, a la que veo en usted.

—¿Está usted comparándome con una capitana pirata, capitán Marlowe?

—Corsaria —corrigió él, con el asomo de una sonrisa que la tensión del momento no consiguió borrar del todo—. Y sí, lo estoy haciendo, y lo digo como el mayor de los cumplidos.

—¿Confía en ella?

—Confío en que odia a la Marina Real y a los hombres como Sedgwick más de lo que confía en cualquier otra cosa en este mundo, y eso, en estos momentos, me parece una base bastante sólida sobre la que construir una alianza.

Doyle asintió, aunque su expresión seguía cargada de la preocupación práctica de quien ha visto demasiados planes bien intencionados torcerse en el último momento.

—¿Y si Julian ya ha llegado a Isabela antes que nosotros? Si sus contactos son tan amplios como sugiere esa carta, no sería la primera vez que compra la lealtad de alguien que creíamos segura.

—Es un riesgo que tendremos que asumir. No tenemos muchas más opciones, Rafe.

La noticia del cambio de rumbo corrió rápido por el barco, y Rosalind notó, durante el resto de la mañana, un nuevo tipo de tensión instalándose entre la tripulación: no la desconfianza hacia ella que había dominado las primeras semanas, sino un miedo compartido hacia un futuro que ninguno de ellos, ni siquiera el capitán, podía predecir con certeza.

—Quiero ayudar —le dijo a Marlowe, más tarde, encontrándolo a solas revisando las cartas de navegación—. No quiero quedarme en mi camarote esperando a que decidan mi destino otra vez, como hicieron mi padre y Sedgwick.

—¿Qué propone?

—No lo sé todavía. Pero debe de haber algo que pueda hacer, alguna forma de ayudar a convencer a esa capitana de que merece la pena aliarse con nosotros, más allá de una vieja deuda que a estas alturas podría no bastar.

Marlowe la miró con una mezcla de orgullo y preocupación que Rosalind ya empezaba a reconocer como su expresión habitual cuando ella insistía en no quedarse al margen.

—Isabela respeta el valor por encima de casi cualquier otra cosa. Si consigue demostrarle que no es solo la dama inglesa que causó todo este lío, sino alguien capaz de sostener su propio peso en una negociación, quizás eso cuente más que cualquier deuda antigua.

—Entonces tendré que estar preparada para demostrarlo.

Doyle, que había escuchado la conversación desde la puerta entreabierta, se ofreció esa misma tarde a enseñarle lo básico del manejo de un cuchillo corto, con la practicidad de quien considera que ninguna alianza vale la pena si la persona que la negocia no puede al menos defenderse a sí misma en caso de que las cosas se tuerzan.

—No pretendo convertirla en una espadachina, milady. Pero si alguna vez alguien la agarra por sorpresa, quiero que sepa cómo hacerle soltarla lo bastante rápido para correr.

Practicaron en cubierta durante una hora, con Doyle mostrándole movimientos sencillos —cómo girar la muñeca para liberarse de un agarre, dónde golpear con el codo para causar el máximo daño con el mínimo esfuerzo— mientras el resto de la tripulación, ocupada en sus propias tareas, les lanzaba miradas curiosas de vez en cuando.

—Tiene buenos reflejos —admitió Doyle, al final de la sesión, frotándose el brazo donde Rosalind le había asestado un golpe más certero de lo que ninguno de los dos esperaba—. Casi tan buenos como su puntería con el hatillo la noche que la descubrimos.

—Viniendo de usted, señor Doyle, sospecho que eso es un cumplido considerable.

—Sospeche lo que quiera. Solo digo lo que veo.

Tres días después, el vigía anunció, por fin, la línea difusa de tierra que Marlowe había señalado en la carta como Puerto Real.

Rosalind, apoyada en la borda junto a Marlowe mientras el barco se aproximaba a la costa, sintió una mezcla de determinación y nervios que no había sentido desde su primera noche escondida entre barriles de melaza.

—¿Cómo es ella? Isabela Duarte.

—Feroz. Leal a quien se gana su confianza, e implacable con quien la traiciona. Creo que se llevarán bien, aunque también creo que va a ponerla a prueba antes de decidir si merece su ayuda.

—¿Qué clase de prueba?

—No lo sé con certeza. Isabela nunca hace las cosas del modo que uno espera.

—Marlowe le apretó la mano, con una firmeza que buscaba tranquilizarla tanto como tranquilizarse a sí mismo—.

Pase lo que pase ahí abajo, recuerde que no está sola en esto.

Sea lo que sea que Isabela decida, lo enfrentaremos juntos, como dijo usted misma.

El puerto se acercaba cada vez más, con sus casas de colores desvaídos por el sol y un ajetreo de barcos que, a diferencia de Nassau, parecía moverse con una cautela deliberada, como si toda la ciudad supiera guardar secretos mejor que cualquier otro lugar que hubieran visitado hasta entonces.

Rosalind respiró hondo, aferrándose a la mano de Marlowe, y se preparó para lo que fuera que Puerto Real y su enigmática capitana tuvieran reservado para ellos.

Doyle se unió a ellos en la borda, con el catalejo todavía en la mano, escrutando el puerto en busca de cualquier bandera que pudiera reconocer.

—No veo el barco de Isabela. Podría estar fuera, en alguna travesía, o podría estar escondido a propósito hasta que sepa quién se acerca.

—Isabela nunca se esconde, Rafe. Si no está en el puerto, es porque de verdad no está.

—¿Y si eso significa que tenemos que esperar?

—Entonces esperaremos. No es lo peor que hemos tenido que hacer en las últimas semanas.

Rosalind, escuchando el intercambio, sintió que la incertidumbre de lo desconocido pesaba tanto como cualquier peligro concreto al que se hubieran enfrentado hasta entonces: al menos una tormenta, una fragata o un hermano rencoroso tenían una forma reconocible.

Una capitana desconocida, con lealtades que ninguno de ellos podía predecir del todo, resultaba mucho más difícil de anticipar, y Rosalind se descubrió deseando, por primera vez desde que había subido a bordo de El Cuervo Negro, que las cosas volvieran a ser tan sencillas como esconderse entre barriles de melaza.

Rosalind, observando la determinación que empezaba a asentarse en el rostro de Marlowe, sintió que la calidez de la noche anterior daba paso a algo distinto: la certeza fría de que la amenaza que había dejado atrás en Londres nunca había estado tan lejos como había querido creer, y que el camino que quedaba por delante iba a exigirles a ambos mucho más que una travesía tranquila hacia ninguna parte.

—Sea lo que sea que encontremos en Puerto Real —dijo, apretándole la mano con una firmeza que sorprendió a ambos—, lo enfrentaremos juntos.

Marlowe la miró, y por primera vez desde que había leído la carta de su hermano, algo parecido a una sonrisa le suavizó la expresión.

—Empiezo a sospechar, lady Kingsley, que esa es exactamente la razón por la que Julian y Sedgwick deberían estar mucho más preocupados de lo que probablemente están.