La dama y el pirata Capítulo 11
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Capítulo 11

Se quedaron un momento en silencio, mucho más cerca el uno del otro de lo que la prudencia habría aconsejado, con el peso de la persecución, de Fenwick, de Julian Farrow y de Cornelius Sedgwick flotando a su alrededor como una tormenta que todavía no había terminado de descargar del todo.

Llevaban así, cerca pero sin llegar a tocarse del todo, desde que se habían despedido en Nassau con un beso interrumpido.

Durante el día, Rosalind lo había sorprendido mirándola más de una vez desde el timón, apartando la vista con una brusquedad que a ella le resultaba, para su propia sorpresa, más halagadora que ofensiva.

Ella misma había evitado cruzarse con él en los pasillos estrechos del barco, consciente de que la cercanía forzada de aquellos espacios diminutos convertía cualquier roce accidental en algo mucho más cargado de lo que debería.

—Hace semanas que quiero preguntarle algo —dijo Marlowe, por fin, con una voz mucho más baja que la que había usado con Fenwick apenas media hora antes—. Y hace semanas que me digo que no debería, que complicaría las cosas más de lo que ya están.

—¿Y esta noche ha decidido preguntármelo de todos modos?

—Esta noche he estado a punto de perder este barco entero a manos de la Marina Real, y he descubierto que lo único en lo que podía pensar mientras esa fragata nos perseguía era en si volvería a tener ocasión de terminar lo que empezamos en Nassau.

El corazón de Rosalind dio un vuelco que no tenía nada que ver con el miedo de las últimas horas.

—Yo he pensado lo mismo. Durante la persecución, mientras veía cómo se acercaba esa fragata, no pensaba en Sedgwick, ni en mi padre, ni siquiera en la deuda.

Pensaba en que si aquello terminaba mal, lo último que lamentaría no sería mi propia vida, sino no haber vuelto a sentir lo que sentí en aquella calle de Nassau.

—Eso es peligrosamente parecido a lo que yo mismo he estado pensando, lady Kingsley.

—Entonces quizás deberíamos dejar de pensarlo por separado.

—¿Y qué pregunta es esa?

—Si todavía quiere que la termine.

No hizo falta que contestara con palabras. Se giró hacia él, y la distancia que los separaba, ya mínima, terminó de desaparecer cuando Marlowe le tomó el rostro entre las manos con la misma delicadeza con la que le había curado la herida de la palma, y la besó.

Fue un beso lento al principio, como si ambos necesitaran comprobar que aquello era real y no otro de los sueños que Rosalind llevaba semanas teniendo, y luego, cuando la certeza se impuso sobre la cautela, se volvió algo más urgente, más profundo, cargado de todo lo que habían estado conteniendo desde la primera tormenta, desde la primera vez que sus manos se rozaron sin apartarse en las calles de Nassau.

—Llevo queriendo hacer esto desde la noche de la tormenta —murmuró Marlowe contra sus labios, sin llegar a separarse del todo—. Puede que desde antes, si soy sincero conmigo mismo.

—Yo llevo queriéndolo desde que le vi enseñando a leer a Ollie, aunque me costara admitirlo.

Él sonrió contra su boca, y volvió a besarla, esta vez con una lentitud que le arrancó a Rosalind un temblor que empezó en los labios y le recorrió el cuerpo entero.

Las manos de Marlowe, ásperas de cabos y timón, se deslizaron por su cintura con un cuidado que contrastaba con la urgencia que Rosalind podía sentir contenida bajo la superficie, como si él estuviera decidido a no apresurar nada que pudiera, después, hacerla arrepentirse.

—Llevo semanas conteniéndome —admitió él, con la frente apoyada contra la de ella—. Cada vez que la veía remendando redes con Quill, o riéndose con Micah, o defendiendo a Fenwick después de que él la insultara. Cada pequeño gesto suyo ha ido minando cualquier resistencia que intentara mantener.

—Yo pensaba que era la única que sentía algo así. Que quizás me lo estaba inventando, encerrada en un barco durante semanas sin más compañía masculina que la tripulación entera.

—Le aseguro que no se lo está inventando.

—Rosalind. —Su voz sonó ronca, cargada de una pregunta que no llegó a completar del todo.

—No voy a arrepentirme —dijo ella, respondiendo a la pregunta que él no se atrevía a hacer—. Llevo semanas segura de esto. Más segura de esto que de casi nada en mi vida.

Fue suficiente. Marlowe la tomó de la mano, sin prisa pero sin dudar tampoco, y la guio hacia su propio camarote, mucho más amplio que el que le habían asignado a ella, con una cama de verdad en lugar de una litera estrecha y una ventana pequeña por la que se colaba la luz plateada de la luna.

Cerró la puerta tras ellos con un gesto lento, casi ceremonial, y cuando se giró hacia ella, cualquier resto de la autoridad de capitán que solía llevar como una armadura había desaparecido por completo, sustituido por algo mucho más vulnerable, mucho más humano.

—Si en algún momento quiere que pare...

—Lo sé. Pero no va a ser esta noche.

Lo que siguió transcurrió a la luz de la luna y de una sola vela que Marlowe encendió antes de reunirse de nuevo con ella, entre susurros que se mezclaban con el crujido familiar de la madera del barco y el sonido distante del agua contra el casco.

Rosalind descubrió, esa noche, que las manos que dirigían un barco corsario a través de tormentas y persecuciones podían ser también extraordinariamente delicadas cuando se lo proponían, y que la misma paciencia que Marlowe empleaba enseñando a leer a un grumete de trece años la empleaba también, multiplicada, en aprender cada reacción de su cuerpo, cada suspiro, cada punto donde su respiración se entrecortaba.

Se entregaron el uno al otro con la misma intensidad con la que habían resistido la tormenta juntos, aferrados el uno al otro como si el resto del mundo —Fenwick, la Marina Real, Julian Farrow, Cornelius Sedgwick— hubiera dejado de existir durante esas horas, reducido todo a la calidez compartida bajo las mantas, al peso de un cuerpo contra otro, a los nombres susurrados como promesas entre la penumbra del camarote.

Después, mucho después, cuando la vela ya se había consumido casi por completo y el barco se mecía con el ritmo tranquilo de una noche sin tormentas ni persecuciones, Rosalind se quedó recostada contra el pecho de Marlowe, escuchando el latido de su corazón todavía acelerado bajo la piel, mientras él le acariciaba el pelo con una lentitud que no tenía ninguna prisa por terminar.

—¿En qué piensa? —le preguntó él, notando quizás que su mente se había alejado un momento del presente.

—En que hace un mes estaba a punto de casarme con un hombre al que no soportaba, en una vida que sentía que ni siquiera era mía. Y ahora estoy aquí, en esto, y no sabría explicarle a nadie de mi antigua vida cómo he llegado a sentirme tan en casa en un lugar tan improbable.

—A veces lo improbable resulta ser exactamente donde debíamos estar.

—Eso suena sospechosamente romántico para un hombre que hace un mes me amenazó con dejarme ahogarme en el canal.

Marlowe se rio, una risa baja y sincera que Rosalind sintió vibrar contra su propia piel, y la abrazó con más fuerza, como si quisiera, por unas horas al menos, mantener a raya todo lo que los esperaba fuera de aquel camarote: la amenaza de Julian, la sombra de Sedgwick, la tripulación dividida entre la lealtad y el miedo.

—¿Qué va a pasar con nosotros, Ewan? Cuando todo esto termine, cuando Julian y Sedgwick dejen de perseguirnos, si es que algún día lo hacen. ¿Qué lugar hay para una antigua lady inglesa y un antiguo lord convertido en corsario?

—No lo sé. Nunca he planeado tan lejos, para ser sincero. Este barco ha sido mi único hogar durante seis años, y no sé imaginarme una vida fuera de él, aunque a veces, por las noches, sueño con esa casa junto al mar de la que le hablé en Nassau.

—Podríamos construirla juntos. Esa casa.

—Es una idea peligrosamente tentadora, lady Kingsley.

—Entonces guárdela. Para cuando todo esto termine.

—Lo haré.

Se quedaron así, entrelazados, hasta que el sueño empezó a pesarles a los dos por igual, y Rosalind, justo antes de cerrar los ojos del todo, pensó que aquella conversación sobre una casa junto al mar que quizás nunca llegaran a construir era, de todos modos, la promesa más sincera que le habían hecho en toda su vida, mucho más real que cualquier compromiso formal firmado ante notario en un salón de Londres.

—Duerma —le dijo, besándole la frente con una ternura que contrastaba con la dureza que mostraba ante el resto del mundo—. Mañana el mar seguirá ahí, con todos sus problemas. Esta noche, al menos, es solo nuestra.

Rosalind cerró los ojos, envuelta en el calor de su cuerpo y en el sonido reconfortante del mar contra el casco, y por primera vez desde que había subido a bordo de El Cuervo Negro, se durmió sin ningún miedo pendiendo sobre ella, solo la certeza tranquila de que, fuera lo que fuera lo que les esperara a partir de entonces, iba a enfrentarlo desde un lugar que por fin podía llamar, sin ninguna duda, suyo.

Despertó una vez más durante la noche, cuando la vela ya se había apagado del todo y solo quedaba la luz plateada de la luna colándose por la ventanilla, y encontró a Marlowe despierto, observándola con una expresión que no intentó disimular al descubrir que ella también lo miraba.

—¿No puede dormir?

—Estaba pensando en lo raro que resulta esto. Llevo seis años sin permitirme confiar en nadie que no fuera parte de esta tripulación, y ahora aquí estoy, incapaz de dejar de mirarla mientras duerme como si fuera a desaparecer si aparto la vista un segundo.

—No voy a desaparecer.

—Lo sé. Pero las cosas buenas, en mi experiencia, tienden a hacerlo cuando uno menos se lo espera.

Rosalind se incorporó lo suficiente para besarlo de nuevo, despacio, con una ternura que no tenía nada de la urgencia de horas antes, y sintió cómo la tensión de sus hombros se aflojaba bajo sus manos.

—Entonces disfrutemos de lo bueno mientras dure, capitán Marlowe, en vez de pasarnos la noche temiendo que se acabe.

—Ewan.

—Ewan —repitió ella, sonriendo contra su boca—. Duerma, Ewan. Yo seguiré aquí por la mañana.

Y así fue.