La dama y el pirata Capítulo 10
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Capítulo 10

Zarparon con la marea de media mañana, antes de que los dos hombres del mercado pudieran confirmar lo que fuera que sospechaban, y durante los tres días siguientes El Cuervo Negro navegó con una tensión nueva a bordo, distinta a la que había existido antes de Nassau: ya no era solo la incomodidad de tener a una dama inglesa entre la tripulación, sino el miedo concreto de que aquella dama llevara consigo un peligro capaz de alcanzarlos a todos.

—Su padre no dejaría de buscarla así como así —le dijo Marlowe, la segunda noche, mientras ambos revisaban las cartas de navegación en su camarote, con la puerta abierta de par en par por respeto a las apariencias que Rosalind ya no sabía si le importaban tanto como antes—.

Pero su padre no tiene ni el dinero ni los contactos para hacer circular descripciones hasta Nassau. Eso requiere otra clase de recursos.

—Sedgwick.

—Sedgwick. —Marlowe pronunció el nombre con el mismo desprecio con el que Rosalind pronunciaba el suyo propio—.

Un hombre que le debe catorce mil libras de fortuna a su padre y que estaba dispuesto a comprarla a usted para cancelar la deuda no es de los que renuncian fácilmente a lo que considera suyo.

—No soy suya.

—Lo sé. Pero él probablemente no lo vea del mismo modo, y ese es precisamente el problema.

El cuarto día, el vigía dio la voz de alarma que todos, sin decirlo en voz alta, llevaban esperando desde Nassau.

—¡Vela a proa! ¡Bandera de la Marina Real!

Esta vez no había tormenta ni bergantín solitario dispuesto a un intercambio de cañonazos.

Era una fragata, más grande y mejor armada que cualquier barco que hubieran encontrado hasta entonces, y navegaba directamente hacia ellos con una determinación que dejaba poco espacio para la esperanza de una huida limpia.

—No podemos ganarle en velocidad ni en artillería —dijo Quill, con la carta de navegación ya desplegada sobre la mesa del timón—. Si nos alcanza, capitán, esto no va a terminar como el bergantín.

—No pretendo que nos alcance en mar abierto. —Marlowe señaló un punto en la carta, un archipiélago de islotes bajos que Rosalind no habría sabido interpretar por sí sola—. Si conseguimos llegar a esos bajíos antes que ellos, la fragata no podrá seguirnos. Calan demasiado.

—Es un riesgo enorme con este viento.

—Todo lo que hacemos es un riesgo enorme, Tobias. Llevamos así seis años.

La maniobra que siguió fue la más tensa que Rosalind había presenciado a bordo, más incluso que el combate contra el bergantín, porque esta vez no había cañones que disparar ni enemigo visible al que responder, solo la carrera silenciosa entre dos barcos, uno huyendo y otro persiguiendo, con el destino de treinta y dos hombres —y el suyo propio— pendiendo de quién llegara antes a un puñado de rocas apenas visibles sobre el agua.

—Van a intentar cortarnos el paso —anunció Doyle, con el catalejo pegado al ojo—. Han virado a estribor.

—Lo sé. Lo estoy viendo.

—Si nos alcanzan antes de los bajíos...

—No nos van a alcanzar.

Marlowe lo dijo con una convicción que Rosalind no supo si creer del todo, pero que bastó para que el resto de la tripulación redoblara los esfuerzos, tensando cada centímetro de lona disponible, exprimiendo del barco una velocidad que parecía imposible para una embarcación que apenas unas semanas antes había perdido un mástil entero en una tormenta.

La fragata se acercó lo suficiente para que Rosalind pudiera distinguir, con el corazón encogido, las figuras de los marineros en cubierta, el brillo del metal de los cañones asomando por las troneras, la bandera ondeando con una autoridad que representaba todo el peso de un imperio dispuesto a hacer cumplir sus leyes hasta el último rincón del mar.

Ollie corría de un extremo a otro de la cubierta, ajustando cabos bajo las órdenes gritadas de Quill; Bratton, abandonando por una vez su cocina, se sumaba a la maniobra tirando de una driza con toda la fuerza de sus brazos enormes; hasta Fenwick, a pesar de la tensión de la cena que aún no había llegado, trabajaba con una entrega que no dejaba lugar a dudas sobre su lealtad al barco, aunque no fuera a la mujer que viajaba en él.

Rosalind, sin que nadie se lo pidiera, se sumó a la tarea de asegurar la carga suelta bajo cubierta para que nada se desplazara con los bruscos virajes, con las manos entumecidas por el esfuerzo pero decidida a no ser, esa vez, una espectadora más.

—¡Nos están dando el alto! —gritó Quill—. ¡Van a disparar un cañonazo de advertencia!

El estruendo llegó segundos después, una bola de cañón que cayó al agua a una distancia prudente pero suficiente para dejar clara la intención: deténganse, o el próximo disparo no fallará a propósito.

—No nos detenemos —dijo Marlowe, sin apartar la vista de los bajíos que cada vez se veían más cerca—. Manténganse firmes.

—¡Capitán, si nos disparan de verdad...!

—¡No van a arriesgarse a hundirnos entre las rocas, Doyle! ¡Necesitan el barco intacto para poder confiscarlo, y lo saben tan bien como nosotros!

Fue un cálculo arriesgado, pero resultó ser correcto.

La fragata disparó un segundo cañonazo de advertencia, más cerca esta vez, pero mantuvo el rumbo sin llegar a apuntar directamente al casco de El Cuervo Negro, y cuando el barco pirata por fin se internó entre los primeros islotes del archipiélago, con las rocas asomando peligrosamente cerca a ambos lados de la proa, la fragata se vio obligada a virar bruscamente para no encallar, quedándose atrás con una frustración casi palpable incluso a la distancia.

El alivio que siguió fue tan intenso que Rosalind sintió que las piernas le flaqueaban, y tuvo que sujetarse a la borda para no perder el equilibrio.

—Lo hemos conseguido —murmuró, casi sin creérselo.

—Todavía no del todo. —Marlowe, aunque visiblemente aliviado, no bajó la guardia—. Van a informar de nuestra posición a cualquier otro barco de la Marina en la zona. Tenemos que seguir moviéndonos.

A pesar de la advertencia, un grito de júbilo recorrió la cubierta cuando los últimos islotes quedaron atrás y la fragata se convirtió en un punto cada vez más pequeño en el horizonte.

Ollie abrazó a Micah con una efusividad que hizo reír a ambos; Bratton anunció, a voz en grito, que esa noche habría doble ración de ron para celebrar, y hasta Quill permitió que una sonrisa le cruzara el rostro curtido, algo que Rosalind no le había visto hacer desde la muerte de Grimes.

—Se lo han ganado —le dijo Marlowe, notando su expresión mientras observaba la celebración—. Después de todo lo que hemos pasado desde Nassau, no les voy a negar una noche de alivio, aunque sepa que el peligro no ha terminado del todo.

Fue esa noche, mientras la tripulación por fin se permitía relajar la tensión acumulada durante la persecución, cuando Fenwick decidió que había llegado el momento de decir en voz alta lo que llevaba días masticando en silencio.

—Deberíamos entregarla.

Lo dijo en mitad de la cena, con la suficiente fuerza para que todos en la mesa común lo oyeran, y Rosalind sintió que se le helaba la sangre.

—¿Qué has dicho? —La voz de Marlowe llegó desde el otro extremo de la mesa, gélida.

—He dicho que deberíamos entregarla, capitán. A la próxima autoridad inglesa que encontremos. Antes de que su presencia a bordo nos cueste el barco, o algo peor. Hoy ha sido un cañonazo de advertencia. La próxima vez podría no serlo.

—Ella no tiene la culpa de que la Marina nos persiga. Nos persigue desde mucho antes de que ella subiera a bordo.

—Pero ahora tiene un motivo añadido. Un motivo con nombre y apellido, capitán, y ese motivo come de nuestras provisiones y duerme en uno de nuestros camarotes.

El silencio que siguió fue el más tenso que Rosalind había presenciado en toda la travesía.

Vio a Quill tensar la mandíbula, a Doyle apoyar la mano, despacio, sobre el mango de su cuchillo sin llegar a desenvainarlo, a Micah mirar entre Fenwick y el capitán con una expresión asustada que no le correspondía a un chico de trece años.

—Fenwick. —Marlowe se puso en pie, despacio, con un control que a Rosalind le pareció más aterrador que cualquier grito—.

Voy a decir esto una sola vez. Lady Kingsley se queda a bordo de este barco mientras yo sea el capitán.

Si vuelves a proponer lo contrario, delante de mí o a mis espaldas, lo consideraré un motín. ¿Ha quedado claro?

Fenwick sostuvo la mirada un instante más de lo prudente, calculando quizás cuántos hombres de la mesa lo respaldarían si decidía llevar la confrontación más allá. Debió de concluir que no eran suficientes, porque finalmente bajó la vista y masculló algo parecido a un asentimiento.

—Como diga, capitán.

Bratton, más tarde, mientras recogía los platos de la cena, le ofreció a Rosalind una explicación que no había pedido pero que agradeció de todos modos.

—No lo disculpo, pero quizás le ayude entenderlo.

La familia de Fenwick trabajaba las tierras de un vizconde en Kent.

Un vizconde que los echó de la granja que habían cultivado durante tres generaciones porque decidió que le convenía más arrendarla a un granjero nuevo que le ofrecía mejor renta.

Fenwick tenía catorce años. Vio a su madre morir de fiebre esa misma temporada, en una choza junto al camino, sin que el vizconde moviera un dedo por ayudarlos a pesar de haberles servido lealmente durante años.

—No sabía eso.

—Nadie a bordo habla mucho de su vida antes de este barco, milady. Pero cuando lo mira a usted, no la ve a usted. Ve al vizconde que le arrebató la única vida que conocía sin ni siquiera dignarse a mirarlo a la cara mientras lo hacía.

Rosalind se quedó pensando en aquello mucho después de que Bratton hubiera vuelto a su cocina, sintiendo que la rabia de Fenwick, aunque mal dirigida, no era tan distinta de la que ella misma sentía hacia Sedgwick, hacia un mundo que decidía el valor de las personas según su apellido en vez de según quiénes eran de verdad.

La cena continuó después en un silencio incómodo que ni siquiera Micah, con sus habituales bromas, consiguió aligerar del todo.

Rosalind, con el apetito completamente perdido, se disculpó pronto y subió a cubierta, donde el aire fresco de la noche le pareció el único alivio disponible frente al peso de lo que acababa de presenciar.

Micah la alcanzó antes de que llegara a la escalera, con la respiración todavía agitada por la tensión de la cena.

—No le haga caso a Fenwick, milady. La mayoría de los hombres no piensa como él.

—¿Y los que sí piensan como él?

—Son pocos. Y ahora, después de lo que ha dicho el capitán, van a ser todavía más discretos al respecto. —Micah se encogió de hombros, con esa sabiduría precoz que Rosalind ya había aprendido a esperar de él—. A bordo, uno aprende rápido de qué lado le conviene estar.

Quill se cruzó con ella un momento después, y aunque no dijo nada, le apretó el hombro con una firmeza silenciosa que a Rosalind le dijo más que cualquier palabra habría podido decirle.

Aquellos pequeños gestos, acumulados uno tras otro, le recordaron que la lealtad de la tripulación, aunque frágil en algunos rincones, era mucho más sólida de lo que el arrebato de Fenwick había querido hacerle creer.

Se quedó un momento a solas antes de que Marlowe la encontrara, dejando que el aire fresco de la noche le calmara el pulso todavía acelerado.

Pensó en la advertencia de Fenwick, en la posibilidad real, por primera vez articulada en voz alta delante de toda la tripulación, de que su presencia a bordo pudiera costarle a aquellos hombres algo más que una persecución incómoda.

Pensó también en la firmeza con la que Marlowe la había defendido, sin dudar ni un segundo, arriesgando su propia autoridad frente a un hombre que llevaba más tiempo a bordo que ella.

No supo, en ese momento, si aquel gesto la hacía sentir protegida o culpable. Sospechó que ambas cosas a la vez.

Marlowe la encontró allí poco después, apoyada en la borda con la mirada perdida en la estela plateada que la luna dibujaba sobre el agua.

—Siento lo de Fenwick.

—No tiene que disculparse por él.

—Tengo que disculparme por haberla puesto en esta situación. Por no haberla devuelto a Londres cuando todavía era sencillo hacerlo, antes de que mi pasado y el suyo empezaran a enredarse de un modo que ahora pone en peligro a toda mi tripulación.

—¿Se arrepiente?

La pregunta lo pilló desprevenido, y Rosalind vio, a la luz de la luna, cómo dudaba antes de contestar.

—No. Y eso es lo que más me inquieta de todo esto.

Se quedaron un momento en silencio, mucho más cerca el uno del otro de lo que la prudencia habría aconsejado, con el peso de la persecución, de Fenwick, de Julian Farrow y de Cornelius Sedgwick flotando a su alrededor como una tormenta que todavía no había terminado de descargar del todo.