Capítulo 9
Marlowe no volvió al barco hasta pasada la medianoche, y cuando lo hizo, traía consigo una expresión que Rosalind no le había visto nunca, ni siquiera durante la tormenta: el rostro cerrado de un hombre que ha mirado de frente algo que llevaba años evitando.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó, encontrándolo en el castillo de popa, todavía con la ropa de la cena puesta y el pañuelo azul olvidado en el bolsillo.
—Zarpamos al amanecer. Doyle ya está reuniendo a los hombres.
—Eso no responde a mi pregunta.
Marlowe se giró hacia ella, y por un instante pareció a punto de contarle todo lo que había ocurrido en aquel encuentro con su hermano, antes de que algo, alguna vieja costumbre de guardarse las cosas para sí mismo, se lo impidiera.
—Julian sabe que estoy vivo. Sabe que tengo barco y tripulación propios, y ahora sabe también que llevo a bordo a una dama inglesa que huyó de Londres en circunstancias que él, con su habitual talento para convertir cualquier cosa en ventaja, ya está intentando averiguar.
No es una buena combinación de noticias para nadie que quiera dormir tranquilo esta noche.
—¿Qué quería?
—No lo dijo con claridad. Nunca lo hace. Pero conozco a mi hermano lo suficiente para saber que si ha tardado seis años en buscarme, no ha sido por nostalgia familiar.
No añadió nada más, y Rosalind, reconociendo la misma puerta cerrada que ya había aprendido a identificar en él, no insistió.
Bajó a su camarote con la sensación de que la noche que había empezado con la promesa de un beso terminaba, en cambio, con la sombra de una amenaza que todavía no tenía forma clara pero que ya pesaba sobre todo el barco.
Se sentó en el borde de la litera con el cuaderno entre las manos, pero no escribió nada.
Por primera vez desde que había empezado a llevar aquel diario improvisado, las palabras se le resistían, incapaces de organizar en frases coherentes el torbellino de emociones que la conversación con Marlowe le había dejado: el eco todavía cálido de la cena en la taberna, la promesa interrumpida de aquel beso, y ahora, superpuesta a todo eso, la sombra fría de un hermano capaz de aparecer después de seis años de silencio con intenciones que ninguno de los dos conseguía adivinar del todo.
Pensó en su propia situación, en la deuda de su padre, en Sedgwick esperando en Londres con la paciencia de quien sabe que el tiempo juega a su favor.
Y pensó, con una punzada de miedo que no había sentido desde la noche que se escondió entre los barriles de melaza, que quizás su huida no la había alejado del peligro tanto como había querido creer, sino que simplemente lo había cambiado por otro, distinto pero igual de real.
La partida al amanecer no fue tan sencilla como Marlowe había prometido.
Faltaban provisiones que solo podían conseguirse en el mercado de Nassau, y Quill insistió en que zarpar sin ellas era arriesgarse a quedarse sin agua potable antes de llegar a puerto seguro.
La solución, propuesta por Doyle con una practicidad que no dejaba lugar a discusión, fue dividir a la tripulación en dos grupos: uno se quedaría cargando los últimos barriles mientras el otro, con Marlowe al frente, vigilaba el puerto por si la Providencia Escarlata decidía moverse antes de lo previsto.
—Necesitamos a alguien que pueda moverse por el mercado sin llamar la atención —dijo Doyle, durante la reunión apresurada en cubierta—. Alguien que no sea reconocido como tripulación de este barco.
Todas las miradas se giraron, casi al mismo tiempo, hacia Rosalind.
—¿Yo?
—Usted habla como una dama inglesa, no como una pirata —señaló Quill—. Puede comprar lo que necesitamos alegando que es para su propio barco mercante, sin que nadie sospeche que en realidad abastece a un corsario que su majestad estaría encantada de ver colgado.
—¿Y si alguien me reconoce?
—Nadie la va a reconocer en Nassau, milady. Aquí no llega el registro de sociedad de Londres. —Marlowe la miró con una seriedad que dejaba claro que la decisión, en última instancia, era de ella—. Pero es un riesgo, y no voy a obligarla a asumirlo si prefiere quedarse a bordo.
Rosalind pensó en las semanas que llevaba a bordo, en las redes remendadas, en las heridas vendadas durante el combate naval, en todas las pequeñas formas en que había ido demostrando que no era, como Fenwick insistía en repetir, un peso muerto que la tripulación tenía que arrastrar.
—Lo haré.
Fenwick, que hasta entonces se había mantenido al margen de la conversación, no pudo contener un resoplido de desdén.
—¿Vamos a confiar la provisión de agua a una dama que hace tres semanas no sabía distinguir babor de estribor?
—Fenwick —le advirtió Marlowe, con un tono que no dejaba lugar a réplica.
—Solo digo lo que piensan la mitad de los hombres, capitán. Ella es la razón por la que su hermano nos ha encontrado. Es la razón por la que tuvimos que huir de Londres con la Marina pisándonos los talones. Y ahora le confiamos el agua que necesitamos para sobrevivir la próxima travesía.
El silencio que siguió fue denso, cargado de miradas que Rosalind no supo del todo interpretar: algunas de acuerdo silencioso con Fenwick, otras de una lealtad hacia ella que la sorprendió por su solidez.
—Yo confío en ella —dijo Micah, con la vehemencia de quien no ha aprendido todavía a medir sus palabras—. Me sujetó cuando la ola casi me lleva por la borda durante la tormenta. No estaría aquí si no fuera por ella.
—Y yo confío en su puntería con las tijeras de remendar —añadió Quill, con un tono que pretendía aligerar la tensión y lo consiguió a medias—. Suficiente para saber que no es tan inútil como Fenwick quiere hacernos creer.
—Basta. —Marlowe cortó la discusión con una sola palabra—. Lady Kingsley se encargará de las provisiones, con Doyle vigilando la zona. Fenwick, tú te quedas a bordo asegurando la carga. Es una orden, no una invitación a discutir.
Fenwick se marchó sin decir nada más, pero la expresión con la que se alejó dejó claro que la discusión, para él, no había terminado del todo.
Quill la encontró poco después junto a la borda, todavía procesando la tensión de la reunión, y le tendió una bolsa de monedas con la practicidad de quien ha hecho aquello mil veces antes.
—No regatee demasiado poco. Levantaría sospechas. Pero tampoco pague el primer precio que le ofrezcan, o pensarán que es tan rica como para no necesitar preguntar cuánto cuestan las cosas.
—¿Algún otro consejo?
—Sonría menos de lo que sonreiría en un baile de Londres, y más de lo que sonreiría si estuviera realmente asustada. El término medio es lo que la hará parecer una comerciante cualquiera, en vez de una dama fingiendo serlo.
Rosalind memorizó el consejo con la misma atención con la que había memorizado, semanas atrás, los nombres de los nudos que Micah le había enseñado por pura diversión, y se preguntó, no por primera vez, cuánto había cambiado en las semanas transcurridas desde que había subido a bordo de aquel barco pensando que se trataba de un mercante rumbo a Calais.
El mercado de Nassau, a la luz de la mañana, resultó ser un lugar mucho más nervioso de mantener la compostura de lo que Rosalind había imaginado.
Cada vendedor con el que hablaba parecía escrutarla un segundo de más, cada mirada curiosa le aceleraba el pulso, y solo la práctica adquirida durante años de bailes y veladas sociales —esa habilidad aprendida a la fuerza de sonreír mientras por dentro el estómago se te revuelve— le permitió mantener la voz firme mientras negociaba precios de agua potable y provisiones secas con un comerciante que, por suerte, estaba más interesado en el dinero que en preguntar de dónde salía la dama que se lo ofrecía.
Doyle la seguía a una distancia prudente, fingiendo interés en unas redes de pesca mientras mantenía un ojo puesto en cualquier movimiento sospechoso, y fue precisamente él quien la alertó, con un gesto disimulado de la cabeza, de que dos hombres con el uniforme desgastado de marineros mercantes —aunque Doyle, por el modo en que llevaban las armas, dudaba mucho de que fueran simples marineros— llevaban un rato observándola desde el otro extremo del mercado.
La vendedora de telas que Rosalind había conocido semanas antes, reconociéndola de inmediato, se acercó con el pretexto de mostrarle un nuevo corte de algodón y le susurró, sin levantar apenas la voz, una advertencia que confirmó los peores temores de Doyle.
—Esos hombres preguntaron por una dama inglesa de pelo castaño esta misma mañana, antes de que usted llegara. Ofrecían dinero por información. Yo no dije nada, pero otros comerciantes quizás no sean tan discretos si el precio es lo bastante alto.
—Gracias por avisarme.
—No me dé las gracias. Cómpreme el pañuelo azul que le queda a juego con el que ya tiene, y estaremos en paz.
Rosalind sonrió a pesar de la tensión, y pagó por un segundo pañuelo que no necesitaba, agradecida por la lealtad improvisada de una mujer a la que apenas conocía y que, sin embargo, había decidido protegerla antes que sacar provecho de su situación.
—Termine la compra y camine hacia el muelle sin mirar atrás —le murmuró Doyle, acercándose bajo la excusa de examinar la mercancía—. Puede que no sea nada, pero prefiero no arriesgarme.
Rosalind cerró el trato con manos que solo temblaban un poco, y caminó de vuelta al muelle con el corazón latiéndole con fuerza, resistiendo el impulso de girarse a comprobar si los hombres seguían allí.
Solo cuando la pasarela de El Cuervo Negro estuvo a la vista permitió que la respiración se le acelerara del todo, y solo cuando puso un pie en cubierta se atrevió a preguntarle a Doyle qué había visto exactamente.
Subió a bordo con las piernas todavía temblando, y por un instante, apoyada contra la borda mientras los hombres descargaban las últimas provisiones a su alrededor, se permitió sentir el miedo que había mantenido a raya durante todo el trayecto de vuelta.
No era solo el miedo a ser descubierta, sino algo más profundo: la certeza de que, por muy lejos que huyera, por muchos mares que cruzara, el mundo que había dejado atrás en Londres parecía decidido a seguir alcanzándola tarde o temprano, con la misma tenacidad con la que Sedgwick perseguía cualquier cosa que considerara suya.
—No lo sé con certeza. Pero uno de ellos llevaba una descripción escrita en la mano, y la miraba a usted cada vez que la leía.
—¿Una descripción de mí?
—No puedo asegurarlo. Pero será mejor que se lo cuente al capitán antes de que zarpemos.
Marlowe escuchó el relato con la mandíbula cada vez más tensa, y cuando Doyle terminó, se giró hacia Rosalind con una pregunta que ella ya temía que le hiciera.
—¿Alguien en Londres sabría describirla con suficiente detalle para hacer circular su descripción hasta aquí?
Rosalind pensó en Sedgwick, en sus contactos, en la fortuna hecha en algo que nadie mencionaba en voz alta y que bien podría incluir el tipo de red de información capaz de llegar hasta un puerto franco del Caribe.
—Sí —dijo, con la voz mucho más pequeña de lo que pretendía—. Creo que sí.
Esa misma noche, antes de zarpar, la tripulación entera trabajó a marchas forzadas para terminar de cargar las provisiones y asegurar cualquier detalle que pudiera delatar su paso por Nassau.
Rosalind, incapaz de quedarse de brazos cruzados mientras los hombres cargaban barriles bajo la luz escasa de un par de faroles, se ofreció a ayudar con el inventario, anotando en un cuaderno prestado cada barril, cada saco de provisiones, con una letra apretada que Quill revisó después con una aprobación silenciosa.
—Tiene buena letra —comentó, sorprendido—. Más clara que la de la mitad de mis hombres.
—Años de práctica escribiendo invitaciones y notas de agradecimiento. Nunca pensé que fuera a servirme para contar barriles de agua en mitad de la noche.
—La vida tiene ese sentido del humor, milady. Nunca sabe uno para qué le va a servir lo que aprende.
Trabajaron hasta bien pasada la medianoche, con Marlowe supervisando cada detalle desde el timón, atento a cualquier movimiento sospechoso en el puerto, y cuando por fin la última soga quedó asegurada y el último barril estibado, la tripulación entera compartió un silencio de agotamiento satisfecho que Rosalind, para su propia sorpresa, encontró tan reconfortante como cualquier fiesta de sociedad a la que hubiera asistido en su vida anterior.
Ollie, exhausto, se sentó junto a ella en un rollo de cabo y le ofreció un trozo de pan que había guardado de la cena, partiéndolo cuidadosamente por la mitad para compartirlo.
—Bratton dice que después de una noche así, hay que comer algo antes de dormir, o el cuerpo no descansa bien.
—Bratton parece tener una teoría para todo.
—La tiene. Y la mayoría de las veces acierta. —Ollie masticó pensativo un momento, mirando hacia las luces de Nassau que empezaban a apagarse en la distancia—. ¿Va a echar de menos esto, milady? Cuando todo termine, quiero decir. Cuando pueda volver a su vida de antes.
La pregunta la sorprendió, en parte porque nunca había pensado en su situación en esos términos, como algo temporal que terminaría en algún momento previsible.
—No sé si voy a poder volver a mi vida de antes, Ollie. Y cada día que pasa, sospecho menos que quiera hacerlo.
El chico sonrió, satisfecho con la respuesta, y volvió a concentrarse en su pan sin decir nada más, dejando a Rosalind con la certeza incómoda de que acababa de admitir, en voz alta y sin premeditación, algo que llevaba semanas evitando confesarse a sí misma con tanta claridad.
Subió a su camarote esa noche pensando en las palabras de Ollie, y en lo mucho que habían cambiado, sin que ella se diera del todo cuenta, las cosas que consideraba su hogar.