La dama y el pirata Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Tengo treinta y dos hombres que dependen de mis decisiones para seguir con vida, lady Kingsley. Eso es responsabilidad, no libertad. Son cosas distintas, aunque a veces se parezcan.

—¿Y qué sería, entonces, la libertad para usted?

Marlowe la miró un momento largo, con una intensidad que le aceleró el pulso de un modo que ya no podía achacar solo al vino.

—No lo sé todavía. Pero empiezo a sospechar que se parece más a esto de lo que llevo admitiendo desde hace semanas.

—¿Y qué hará cuando Nassau quede atrás? ¿Volverá a ser solo el capitán, y yo solo la carga que decidió no devolver a Londres?

—No creo que pueda volver a mirarla como carga, aunque quisiera. Llevo intentándolo desde la primera noche, y cada día se me da peor.

—¿Eso es un cumplido, capitán Marlowe?

—Es una confesión, lady Kingsley. Y no las hago a menudo, así que le sugiero que la aprecie como se merece.

Rosalind se rio, sintiendo que el calor de la taberna, del vino, de la mirada de aquel hombre, se le subía a las mejillas de un modo que no tenía nada que ver con el clima caribeño.

Salieron de la taberna ya de noche, caminando de vuelta hacia el puerto por calles iluminadas por faroles colgados de los aleros, y en algún punto del trayecto, sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado, sus manos se rozaron, y ninguno de los dos las apartó.

—Rosalind.

Se detuvo al oír su nombre en aquel tono, más bajo de lo habitual, y se giró para encontrarlo mucho más cerca de lo que esperaba, con la luz del farol más próximo dibujándole sombras suaves en el rostro.

—¿Sí?

—Llevo semanas diciéndome que esto es una mala idea.

—¿El qué?

—Que usted suba a cubierta cada noche antes de dormir, sabiendo que yo también voy a estar ahí.

Que le enseñe a Ollie a leer sabiendo que usted va a estar mirando.

Que la lleve a cenar esta noche, sabiendo perfectamente cómo iba a terminar la velada si me dejaba llevar por lo que llevo semanas intentando ignorar.

—¿Y cómo iba a terminar?

—Así.

No contestó con palabras. Le apartó un mechón de pelo de la cara con una lentitud deliberada, un gesto tan simple que debería haber sido inofensivo y que sin embargo le aceleró el pulso de un modo que Rosalind no supo disimular, y se inclinó hacia ella con una intención que no dejaba lugar a dudas.

Sus labios estaban a apenas un suspiro de distancia cuando un grito rompió la calma de la calle.

—¡Capitán! ¡Capitán Marlowe!

Micah corría hacia ellos, sin aliento, con el pelo revuelto y una expresión de urgencia que hizo que Marlowe se apartara de inmediato, toda la suavidad de un momento antes reemplazada por la tensión familiar del hombre al mando.

—¿Qué pasa?

—Doyle dice que venga enseguida. Ha llegado un barco al puerto, capitán. La Providencia Escarlata. Y el hombre que lo capitanea pregunta por usted por su nombre. Por su verdadero nombre.

El nombre pareció golpear a Marlowe como un puñetazo. Rosalind lo vio palidecer bajo la luz del farol, la mandíbula tensándose de un modo que no había visto ni durante la tormenta.

—¿Ha dicho para qué me busca?

—Doyle dice que ha preguntado si el barco de lord Farrow seguía navegando bajo bandera negra. Y que ha sonreído al decirlo, capitán, como si ya supiera la respuesta.

Marlowe cerró los ojos un instante, y cuando volvió a abrirlos, cualquier rastro del hombre que un momento antes había estado a punto de besarla había desaparecido por completo, sustituido por alguien mucho más duro, mucho más alerta.

—Vuelva al barco, Rosalind. Ahora mismo.

—¿Quién es?

—Alguien de mi pasado que debería haber quedado enterrado hace seis años. —Se giró hacia Micah—. Dile a Doyle que reúna a los hombres. Nos vamos de Nassau esta misma noche, en cuanto yo resuelva esto.

—Ewan.

Se detuvo al oír su nombre, y por un instante, solo un instante, Rosalind volvió a ver algo de la vulnerabilidad de un momento antes, enterrada ahora bajo capas de urgencia y cautela.

—Vaya al barco —repitió, con una suavidad que contradecía la dureza de la orden—. Se lo explicaré todo. Se lo prometo. Pero ahora necesito que confíe en mí y vuelva al barco.

Rosalind asintió, y observó cómo se alejaba hacia el corazón de Nassau con Micah pisándole los talones, llevándose consigo la promesa de un beso que no había llegado a producirse y la certeza, incómoda y creciente, de que la historia que Doyle le había contado en la proa esa mañana era solo el principio de algo mucho más grande, mucho más peligroso, que estaba a punto de alcanzarlos a todos.

Caminó de vuelta al puerto sola, con el corazón todavía acelerado por lo que casi había pasado y por lo que acababa de interrumpirlo, y encontró a Doyle esperándola junto a la pasarela de El Cuervo Negro, con una expresión tensa que no se molestó en disimular.

—¿Sabe quién capitanea la Providencia Escarlata? —le preguntó, sin más preámbulo.

—No. Marlowe no me lo ha dicho.

—Julian Farrow. El hermano del capitán. —Doyle escupió el nombre como si le supiera mal en la boca—.

El mismo que lo mandó a prisión hace seis años.

No sé qué hace en Nassau ni por qué ha decidido buscarlo ahora, después de tanto tiempo, pero le aseguro, milady, que no ha venido hasta aquí para pedir disculpas.

Rosalind sintió que se le helaba la sangre, comprendiendo de golpe la magnitud de lo que se avecinaba, y subió a bordo con la mirada puesta en las luces de Nassau, preguntándose cuánto tiempo tendría Marlowe antes de que su pasado, finalmente, lo alcanzara del todo.