La dama y el pirata Capítulo 8
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Capítulo 8

Nassau apareció en el horizonte diez días después, una franja de arena blanca y palmeras que Rosalind no había imaginado con tanta claridad hasta que la tuvo delante, con el agua de un azul tan intenso que le costó creer que fuera el mismo mar gris y hostil que casi se los había tragado a todos durante la tormenta.

—Bienvenida al único lugar del mundo donde nadie le va a preguntar su apellido —le dijo Marlowe, apareciendo a su lado en la borda mientras el barco maniobraba hacia el puerto—. Aquí, lo único que importa es si puede pagar lo que compra y si sabe mantener la boca cerrada sobre lo que ve.

El puerto de Nassau era un caos organizado de barcos de todas las banderas imaginables, mercantes junto a corsarios junto a algún que otro navío que Rosalind sospechó, por el modo en que la tripulación de El Cuervo Negro evitaba mirarlo directamente, que pertenecía a alguien con quien no convenía cruzarse.

Las calles que se extendían más allá del muelle bullían de gente: comerciantes gritando precios en media docena de idiomas, mujeres vendiendo fruta desde cestas sobre la cabeza, niños correteando entre las piernas de los adultos con una libertad que Rosalind no había visto nunca en las calles ordenadas de Londres.

—Puede bajar a tierra, si quiere —le dijo Marlowe—. Doyle la acompañará. Solo le pido que no se aleje demasiado y que no mencione su apellido a nadie que se lo pregunte.

—¿Y usted no viene?

—Tengo negocios que atender. Pero nos encontraremos esta noche, si le apetece cenar en tierra por una vez.

Rosalind pasó la tarde recorriendo las calles de Nassau con Doyle un paso por detrás, comprando un vestido de algodón ligero mucho más práctico que cualquiera de los que había traído de Londres, probando una fruta que Doyle llamó mango y que le manchó la barbilla de un modo que le hizo reír como no recordaba haber reído en meses, y escuchando, en cada esquina, conversaciones sobre rutas comerciales y cargamentos que le hicieron entender, por primera vez con claridad, la magnitud del mundo que existía fuera de los salones de baile londinenses.

—¿Siempre ha sido así? —le preguntó a Doyle, mientras observaba a un grupo de mujeres reír a carcajadas frente a una taberna, sin ningún hombre que las acompañara ni las vigilara—. ¿Este tipo de libertad?

—Nassau vive de gente que no encaja en ningún otro sitio. Contrabandistas, corsarios, esclavos que han comprado su libertad, mujeres que han huido de maridos que no merecían tenerlas. Aquí nadie pregunta de dónde vienes, solo qué puedes ofrecer.

—Suena casi como un paraíso.

—No se deje engañar por la arena blanca, milady. También hay peligro de sobra para quien lo busca. Pero sí, para alguien como usted, imagino que debe de parecer algo parecido a la libertad.

Pasaron por delante de un mercado donde una mujer mayor vendía telas de colores que Rosalind no había visto nunca en Londres, tejidos con estampados que parecían contar historias enteras en cada metro de tela, y se detuvo el tiempo suficiente para que la mujer, al notar su interés, le ofreciera tocar uno de los cortes con una sonrisa desdentada.

Más allá, un hombre vendía loros de colores imposibles encaramados a una percha improvisada, y otro ofrecía especias en pequeños sacos de arpillera cuyo olor —canela, clavo, algo más picante que Rosalind no supo identificar— le recordó, extrañamente, a la Navidad de su infancia, cuando su madre todavía vivía y la cocina de la casa olía así durante semanas enteras.

Se detuvo un momento más de lo necesario frente a aquel puesto, dejando que el olor le trajera un recuerdo que hacía tiempo no visitaba, hasta que Doyle, respetuoso con el silencio repentino, la dejó terminar de rememorar antes de seguir caminando.

—Para una dama con ojos como los suyos —dijo la mujer, en un inglés marcado por un acento que Rosalind no supo identificar—. El azul le sentaría bien.

—No tengo dinero para permitirme telas tan finas.

—No he dicho que la compre, solo que la toque. Tocar es gratis.

Rosalind se rio, y compró, al final, un pañuelo pequeño del mismo azul que la mujer le había señalado, con las pocas monedas que le quedaban del collar de perlas vendido en Londres, sintiendo que aquella compra insignificante le pertenecía de un modo que ninguna de las joyas que había dejado atrás le había pertenecido nunca del todo.

Cuando el sol empezó a bajar, Doyle la llevó a una franja de playa apartada del bullicio del puerto, donde el agua se volvía transparente sobre la arena y unos pocos pescadores recogían las últimas redes del día.

—El capitán viene aquí cuando necesita pensar —le contó Doyle, sentándose sobre una roca con la familiaridad de quien ha estado en ese mismo lugar muchas veces—. Dice que el sonido del agua le ordena la cabeza. Yo creo que solo le gusta estar en algún sitio donde nadie espera nada de él.

—¿Viene a menudo a Nassau?

—Cada vez que los negocios lo permiten. Aquí tiene contactos que confían en él, gente que no le pregunta por qué dejó de ser Ewan Farrow.

—Doyle recogió una piedra plana y la lanzó contra el agua, contando los rebotes con la satisfacción de un niño—.

No se lo va a decir él mismo, así que se lo digo yo: llevaba mucho tiempo sin traer a nadie a esta playa.

A nadie que no fuera de la tripulación, quiero decir.

Rosalind no supo qué responder a eso, y Doyle, satisfecho con haber sembrado la idea, se levantó y anunció que la esperaría junto al puerto mientras ella se cambiaba para la cena, dejándola sola unos minutos frente al agua, con el pañuelo azul todavía en la mano y una sensación cálida instalándose en el pecho que no tenía nada que ver con el calor del atardecer caribeño.

Se quedó allí más tiempo del que había planeado, dejando que el agua le mojara los pies descalzos mientras observaba a los pescadores recoger las últimas redes del día, cantando algo en un idioma que no reconoció pero que le pareció, de todos modos, hermoso.

Pensó en Londres, en los salones cerrados, en las conversaciones medidas por el rango social de cada interlocutor, y se preguntó cuánto tiempo llevaba sin sentirse tan completamente ella misma como se sentía en ese momento, con los pies en el agua y ningún apellido que proteger.

Se reunieron para cenar poco después, en la misma taberna donde Doyle le había asegurado que servían el mejor pescado del puerto, y Rosalind se descubrió, mientras se arreglaba el pelo con el pañuelo recién comprado, poniendo más cuidado del habitual en su aspecto, una vanidad que llevaba semanas sin permitirse y que le resultó, para su sorpresa, agradable en vez de frívola.

Cenaron esa noche en una taberna junto al puerto, Rosalind y Marlowe solos por primera vez desde que se conocían sin la tripulación entera observando cada gesto, con una mesa de madera desgastada entre ambos y una botella de vino que ninguno de los dos había pedido pero que el tabernero les llevó de todos modos, insistiendo en que era su especialidad de la casa.

—Es la primera vez que lo veo sin esa expresión de estar calculando el próximo movimiento de la tripulación —dijo Rosalind, observándolo a la luz de las velas con una atención que no se molestó en disimular del todo.

—Es la primera vez en semanas que no tengo que calcular nada. Nassau tiene ese efecto.

—¿Extraña Devonshire?

La pregunta lo sorprendió, y por un momento Rosalind temió haberse excedido, haber tocado de nuevo un terreno que él prefería dejar cerrado. Pero Marlowe, en lugar de cerrarse como solía hacer, se quedó pensativo, dando vueltas a la copa entre los dedos.

—A veces. Extraño los campos en primavera, y el sonido de la lluvia contra las ventanas de la biblioteca de mi padre. No extraño a las personas que vivían allí, salvo quizás mi madre, que murió antes de que todo aquello ocurriera y se libró así de tener que elegir un bando entre sus dos hijos.

—Lo siento.

—Ya no lo siento yo, así que no hace falta que lo sienta usted. —Le sonrió, con una calidez que Rosalind ya empezaba a reconocer como reservada para muy pocos momentos—. Cuénteme algo de usted. Algo que no tenga que ver con Sedgwick ni con la deuda de su padre.

—¿Como qué?

—Como qué haría, si pudiera elegir cualquier vida, sin deudas ni matrimonios forzados ni barcos piratas.

Rosalind se quedó pensando, sorprendida de lo difícil que le resultaba responder a una pregunta tan sencilla, como si nadie, en toda su vida, le hubiera preguntado antes qué quería ella, más allá de lo que se esperaba que quisiera.

—Me gustaría viajar. Ver lugares como este, que no salían en ningún libro de los que me dejaban leer.

Y me gustaría, quizás, escribir sobre ello.

Mi madre escribía cartas maravillosas, llenas de observaciones que hacían reír a cualquiera que las leyera.

Siempre pensé que había heredado algo de eso, aunque nunca he tenido ocasión de comprobarlo.

—Tiene ocasión ahora.

—¿Usted cree?

—Está sentada en una taberna de Nassau, con vino que no ha pedido, hablando con un capitán corsario sobre las ventanas de la biblioteca de su infancia. Yo diría que tiene mucho de lo que escribir.

Rosalind se rio, una risa genuina que le sacudió el pecho entero, y Marlowe la observó reír con una expresión que había perdido toda la cautela habitual, algo abierto y cálido que le cambiaba el rostro por completo.

—¿Y usted? —preguntó ella, después—. Si pudiera elegir, sin Devonshire ni El Cuervo Negro de por medio, ¿qué haría?

Marlowe se quedó pensativo, girando la copa entre los dedos con la misma lentitud con la que parecía pensar las respuestas que de verdad le importaban.

—Tendría una casa cerca del mar, pero en tierra firme. Un lugar donde pudiera ver el agua sin tener que depender de ella para sobrevivir. Y no volvería a deberle nada a nadie, ni un favor, ni una disculpa, ni una explicación sobre quién soy o quién fui.

—Eso último ya lo tiene, ¿no? Es el capitán de su propio barco.