Capítulo 6 #2
Ella sonrió, a pesar del cansancio, a pesar del nombre de Grimes que todavía flotaba en el aire como una herida abierta, y bajó por fin hacia su camarote, dejando a Marlowe —a Ewan— solo en la cubierta destrozada, mirando el horizonte donde la tormenta ya se alejaba hacia algún otro barco, algún otro capitán, alguna otra tripulación que tendría que enfrentarse a su propia versión de aquella misma noche.
Ya en su camarote, con la ropa mojada colgada de un clavo para que se secara y una manta seca sobre los hombros, Rosalind se sentó en el borde de la litera y se llevó los dedos a los labios, como si todavía pudiera sentir ahí el calor del aliento de Marlowe cuando le había hablado al oído entre el rugido del viento.
No había pasado nada entre ellos, no de la forma en que su educación londinense le habría enseñado a temer o a esperar, y sin embargo algo había cambiado, algo tan real como el corte en su palma que todavía le escocía, y Rosalind supo, con una certeza que no había sentido nunca respecto a ningún hombre, que aquel cambio no iba a deshacerse con la luz del día.
Los dos días siguientes se dedicaron por completo a las reparaciones.
Rosalind, incapaz de quedarse de brazos cruzados mientras la tripulación entera trabajaba sin descanso, se ofreció a ayudar a Bratton a estirar las raciones de comida que quedaban tras la tormenta, y pasó horas enteras cortando la carne salada en porciones más pequeñas de lo habitual mientras el cocinero calculaba, entre gruñidos, cuántos días más podrían aguantar antes de tocar puerto.
—Grimes solía robarme el pan de más cada mañana —dijo Bratton, en un momento de la tarde, sin que nadie le hubiera preguntado nada—. Yo hacía como que no me daba cuenta. Era su forma de reírse de mí, y a mí me gustaba dejarle ganar esa pequeña batalla.
—¿Cuánto tiempo llevaba con ustedes?
—Cuatro años, como dijo el capitán. Yo lo vi crecer, prácticamente. Llegó con dieciséis años y las manos temblando de miedo, y se fue convirtiendo poco a poco en uno de los mejores hombres de la jarcia que hemos tenido a bordo.
Bratton no dijo nada más, pero Rosalind notó que aquella tarde le sirvió una ración de pan idéntica a la que solía guardarle a Grimes, sin que ninguno de los dos mencionara la coincidencia.
Algo había cambiado también en el modo en que el resto de la tripulación la trataba desde la tormenta.
Ollie le sonrió esa mañana con un gesto de complicidad que antes no existía; incluso Fenwick, aunque siguió sin dirigirle la palabra, dejó de apartarse ostensiblemente cada vez que se cruzaban en cubierta.
Fue Ollie quien lo puso en palabras, mientras Rosalind lo ayudaba a repasar la lectura del día.
—Los hombres dicen que se quedó agarrada al mástil sin gritar ni una vez, milady. Dicen que la mayoría de los pasajeros que hemos llevado a bordo habrían llorado y suplicado que los bajaran a un bote. Usted se quedó ahí, aguantando.
—No tenía muchas más opciones, Ollie.
—Puede. Pero eligió la que había que elegir, y eso es lo que cuenta a bordo de un barco como este.
Marlowe, por su parte, se mantuvo ocupado desde el amanecer hasta bien entrada la noche, supervisando cada reparación con una atención que Rosalind reconoció, después de la conversación de aquella madrugada, como una forma de mantener a raya un duelo que no se permitía sentir del todo delante de la tripulación.
Lo vio, en un par de ocasiones, detenerse un instante frente al lugar exacto donde el cuerpo de Grimes había caído al mar, con la mano apoyada en la borda y la mirada perdida, antes de recomponerse y volver a dar órdenes con la misma firmeza de siempre.
Fue Micah quien notó el corte que Rosalind tenía en la palma de la mano, resultado de haberse aferrado al mástil con demasiada fuerza durante la tormenta, y quien insistió, con la autoridad inesperada de un grumete de trece años, en que el capitán tenía que verlo antes de que se infectara.
—No es nada, Micah, de verdad.
—El capitán dice que las heridas de mar se infectan más rápido de lo que uno cree. Insisto, milady.
Marlowe la examinó esa misma tarde en la cocina, con Bratton fingiendo estar demasiado ocupado con sus cacerolas para prestar atención a lo que ocurría a pocos pasos de él.
Le sostuvo la mano con una delicadeza que contrastaba con la aspereza de sus propios dedos, limpiando el corte con un paño humedecido en algo que olía a alcohol y le escoció lo suficiente para hacerla contener un siseo.
—Lo siento.
—No pasa nada.
—Debería habérselo dicho antes. Estas cosas se complican rápido a bordo.
—Estaba más preocupada por Grimes que por un rasguño en la mano.
Marlowe levantó la vista hacia ella, todavía sujetándole la mano entre las suyas más tiempo del que el vendaje requería, y por un instante ninguno de los dos dijo nada, conscientes ambos de la cercanía, del calor de la piel del otro, de algo que empezaba a formarse entre ellos y que ninguno de los dos parecía dispuesto todavía a nombrar en voz alta.
—Ya está —dijo él, por fin, soltándole la mano con una brusquedad que a Rosalind le pareció más defensiva que descuidada—. Cámbiese el vendaje mañana. Y la próxima vez que se haga daño, dígamelo antes de que tenga que enterarme por Micah.