Capítulo 6
El cielo empezó a cambiar de color a media tarde, un verde sucio que Quill señaló con el ceño fruncido mucho antes de que Rosalind entendiera qué significaba.
—Tormenta —dijo, sin necesidad de mirar dos veces—. Y de las malas.
La orden de asegurar la carga llegó minutos después, y en cuestión de una hora el ambiente relajado de la tarde se había transformado en una actividad frenética que Rosalind no había visto desde el combate contra el bergantín de la Marina Real.
Los hombres corrían de un lado a otro atando cabos, arriando velas, cerrando escotillas, con una urgencia que se le contagió antes de entender del todo qué se avecinaba.
—A su camarote —le dijo Marlowe, cruzándose con ella en mitad de la cubierta con una cuerda al hombro—. Y esta vez le pido que se quede allí, lady Kingsley. No es una sugerencia.
—¿Puedo ayudar en algo?
—Puede ayudar no estorbando.
No sonó cruel, solo apremiante, y Rosalind decidió, por una vez, hacerle caso sin discutir.
Bajó a su camarote y se sentó en el borde de la litera, escuchando cómo el viento empezaba a aullar contra el casco con una intensidad que crecía minuto a minuto, hasta que el barco entero empezó a balancearse con un vaivén tan violento que tuvo que sujetarse al borde de la litera para no caer al suelo.
El primer golpe de agua contra el casco sonó como un disparo de cañón.
El segundo hizo que un candil colgado del techo se soltara de su gancho y cayera al suelo, apagándose al instante y dejando el camarote sumido en una oscuridad completa, rota solo por los relámpagos que se colaban por las rendijas de la escotilla.
Rosalind aguantó cuanto pudo, encogida en un rincón, contando los segundos entre cada relámpago y el trueno que lo seguía, hasta que un crujido distinto a todos los anteriores —más profundo, más ominoso, como si algo se hubiera partido en algún lugar del casco— la convenció de que quedarse encerrada en una caja de madera a oscuras era mucho peor que desobedecer una orden.
Subió a cubierta luchando contra el viento que amenazaba con arrancarle la puerta de las manos, y lo que encontró arriba superó cualquier imagen que se hubiera formado en la cabeza mientras esperaba abajo.
Olas más altas que el propio barco rompían contra la proa, empapando a los hombres que luchaban por mantener las velas arriadas bajo una lluvia que caía casi en horizontal.
El palo de mesana se había partido por la mitad, y varios hombres intentaban despejar los restos antes de que la jarcia enredada arrastrara a alguien por la borda.
El viento le arrancó la capucha de la capa antes de que hubiera dado tres pasos, y el agua salada le golpeó la cara con una fuerza que le cortó la respiración un instante.
A su alrededor, los gritos de los hombres se mezclaban con el rugido del temporal en una cacofonía que hacía imposible distinguir órdenes de advertencias, y Rosalind avanzó a trompicones por la cubierta resbaladiza, agarrándose a cualquier cabo o baranda que encontraba a mano, buscando la silueta familiar de Marlowe entre el caos.
—¡Le dije que se quedara abajo!
Marlowe apareció junto a ella, empapado hasta los huesos, con una expresión que no dejaba lugar a discusión.
—¡Algo se ha partido, lo he oído desde el camarote!
—¡El palo de mesana! ¡Ya lo hemos visto! ¡Baje!
—¡Puedo ayudar!
—¡Puede morir arrastrada por una ola, que es lo que va a pasar si no...!
No terminó la frase. Una ola rompió contra el costado del barco con una fuerza que hizo que ambos perdieran el equilibrio, y Rosalind sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies un instante antes de que Marlowe la sujetara del brazo con una fuerza que le dejaría marca, tirando de ella hacia el mástil principal y rodeándola con el otro brazo justo cuando el agua barrió la cubierta entera.
Se quedaron así un momento, empapados, con los corazones latiendo tan rápido que Rosalind podía sentir el de él tanto como el suyo propio, y por primera vez desde que había subido a bordo, el miedo que sentía no tenía nada que ver con la tripulación ni con el destino incierto de su viaje, sino con la certeza física, indiscutible, de que el mar era mucho más grande y mucho más indiferente que cualquier peligro que hubiera imaginado en Londres.
El brazo de Marlowe seguía rodeándola, y Rosalind notó, entre el frío y el pánico, el calor concreto de su cuerpo a través de la ropa empapada, la firmeza con la que la sostenía contra el mástil como si su propio peso pudiera anclarla al barco mejor que cualquier cuerda.
Fue un instante nada más, quizás dos, pero se le grabó con una nitidez que el resto de la tormenta, caótica y confusa, no consiguió igualar.
Un grito distinto, más agudo, cortó el rugido del viento un momento después: Micah, intentando asegurar un cabo suelto cerca de la proa, había perdido el equilibrio cuando una ola barrió la cubierta, y solo la rápida reacción de Quill, que lo sujetó del brazo justo antes de que la resaca se lo llevara por la borda, evitó una tragedia mayor esa misma noche.
—¡Sujétalo bien, Quill! —gritó Marlowe, ya soltando a Rosalind y corriendo hacia la proa con una urgencia que dejaba claro cuánto le importaba aquel chico.
Rosalind, aterrada, vio cómo entre Quill y Marlowe conseguían arrastrar a Micah hasta un lugar seguro, tosiendo agua de mar y temblando de frío y de miedo, pero entero.
Marlowe lo abrazó un instante, breve, casi violento en su intensidad, antes de volver a ponerse en pie y seguir dando órdenes como si nada hubiera pasado, aunque Rosalind pudo ver, incluso desde la distancia, que le temblaban las manos.
—Sujétese al mástil y no lo suelte pase lo que pase —le dijo Marlowe, con la boca pegada a su oído para que pudiera oírlo sobre el rugido del viento—. Voy a ayudar a Doyle con la jarcia. Si algo se suelta, agáchese.
—¡Marlowe!
Él se giró un instante antes de soltarla del todo, y Rosalind, sin pensarlo, le sujetó la manga empapada.
—Tenga cuidado.
Algo cruzó su expresión, rápido, imposible de nombrar con precisión bajo la lluvia y la oscuridad, y por un segundo pareció que iba a decir algo más, hasta que otro grito de Doyle pidiendo ayuda lo devolvió a la urgencia del momento.
—Sujétese al mástil —repitió, y desapareció entre la lluvia.
Rosalind obedeció, con los brazos rodeando la madera empapada y los nudillos blancos de la fuerza con la que se aferraba, viendo a los hombres luchar contra el temporal con una determinación que no dejaba espacio para el pánico, aunque el pánico, sospechaba, estuviera presente en cada uno de ellos exactamente igual que en ella.
La tormenta no amainó hasta bien entrada la noche.
Cuando por fin el viento empezó a perder fuerza y las olas volvieron a un tamaño que ya no amenazaba con tragarse el barco entero, Rosalind seguía junto al mástil, incapaz de moverse por el frío y el agotamiento, mientras la tripulación evaluaba los daños a la luz de faroles que costaba mantener encendidos.
—El palo de mesana está perdido —informó Quill, calado hasta los huesos, con un corte en la ceja del que ni siquiera parecía haberse dado cuenta—. Y hemos perdido a Grimes por la borda.
Un silencio distinto, más pesado que cualquiera de los que había conocido hasta entonces, cayó sobre la cubierta. Marlowe cerró los ojos un instante, solo un instante, antes de asentir con la cabeza.
—Que conste su nombre. Mañana, cuando amanezca, le rendiremos los honores que merece.
Grimes. Rosalind no había llegado a conocerlo bien, apenas un nombre entre treinta y dos, un rostro que quizás había cruzado en cubierta sin llegar a fijarse del todo.
Y sin embargo, la noticia de su muerte le encogió el pecho de un modo que no esperaba, como si en las últimas dos semanas hubiera empezado, sin darse cuenta, a considerar a aquellos hombres algo más cercano a una familia que a unos captores.
Marlowe la encontró todavía junto al mástil cuando el resto de la tripulación ya se dispersaba a atender las reparaciones más urgentes.
—Debería bajar a cambiarse antes de que el frío la enferme.
—¿Está usted bien?
La pregunta pareció sorprenderlo. Se pasó una mano por la cara, apartándose el pelo empapado de los ojos, y por un momento su expresión perdió toda la fachada de autoridad que solía mantener, dejando ver algo más crudo debajo.
—Grimes llevaba conmigo cuatro años. Se subió a este barco huyendo de una deuda de juego de su padre, no muy distinta a la que la trajo a usted hasta aquí, aunque él nunca tuvo un padre tan generoso como para dejarle escapar antes de venderlo.
—Lo siento.
—No lo sienta. No es culpa suya. —Suspiró, y añadió, con una voz más baja, casi como si no pretendiera que ella lo oyera—: Es culpa mía. Soy el capitán. Los hombres que se suben a este barco confían en que yo los traiga de vuelta.
—No puede controlar una tormenta, capitán Marlowe.
—No. Pero puedo elegir el rumbo que los lleva a través de ella.
No supo qué contestar a eso. Se quedaron un momento en silencio, ambos empapados, ambos agotados, con el olor a sal y a madera astillada flotando en el aire nocturno, y Rosalind sintió, con una claridad que la asustó más que la propia tormenta, que la distancia entre ellos, la que había existido desde la primera noche entre barriles de melaza, se había reducido esa noche a algo mucho más pequeño de lo que estaba preparada para admitir.
—Gracias —dijo él, por fin—. Por sujetarse al mástil. Por no complicarme más las cosas de las que ya estaban complicadas.
—De nada, capitán.
—Ewan.
—¿Perdón?
—Puede llamarme Ewan. Después de esta noche, me parece que "capitán" resulta un poco formal.
Algo en el pecho de Rosalind se aflojó y se tensó a la vez, una sensación extraña que no supo nombrar del todo.
—Entonces usted puede llamarme Rosalind.
—Rosalind —repitió él, probando el sonido del nombre con una lentitud deliberada que le provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con la ropa mojada—. Baje a cambiarse antes de que se congele. Eso sí es una orden.