La dama y el pirata Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—El capitán, querrá decir. Yo no recojo a nadie, milady, solo trenzo cuerdas y remiendo redes.

—Pero lo dijo con un brillo en los ojos que desmentía la modestia de la frase, y Rosalind entendió, sin que hiciera falta decirlo en voz alta, que Quill hablaba de Marlowe con el mismo cariño con el que un hermano mayor habla de alguien a quien admira sin llegar a decírselo nunca directamente.

—¿Y quién le enseñó a usted, señor Quill? Cuando llegó, dijo que se lo debía todo a Marlowe.

—El propio capitán, con la misma paciencia con la que trata a Ollie ahora. Aunque a mí me costó más que a Ollie, se lo aseguro. Ya tenía cuarenta años cuando empecé, y las viejas costumbres se resisten más que las nuevas.

Rosalind sonrió, imaginándose la escena: un Marlowe más joven, recién salido de su propia tragedia, sentado con paciencia infinita frente a un contramaestre de mediana edad que se resistía a admitir que necesitaba ayuda.

Aquella imagen, tierna y absurda a la vez, se le quedó grabada durante el resto de la tarde.

Esa noche, cuando subió a cubierta a tomar el aire antes de dormir, lo encontró de nuevo solo junto al timón, aunque esta vez, en lugar de marcharse sin más como había hecho la primera vez, se quedó parada a una distancia prudente, sin saber muy bien si quería que la notara o no.

—Puede acercarse, lady Kingsley. No muerdo.

—No estaba segura de que quisiera compañía.

—No suelo quererla. —Se giró hacia ella, con la luna dibujándole sombras marcadas bajo los pómulos—. Pero hoy voy a hacer una excepción.

Rosalind se acercó y se apoyó en la borda a una distancia que le pareció, al mismo tiempo, prudente y demasiado cercana.

—Ollie me ha contado que le está enseñando a leer.

—Ollie habla demasiado.

—Es un detalle bonito, capitán. No se lo tome a mal.

—No me lo tomo a mal. Simplemente no me gusta que la tripulación hable de cosas que no son asunto de nadie más que mío.

—¿Y de dónde saca la paciencia? Yo llevo dos semanas intentando entender cómo funciona este barco y todavía confundo babor con estribor la mitad de las veces.

Algo que casi podía llamarse una sonrisa le cruzó la boca, breve como todas las suyas.

—La paciencia se aprende del mismo modo que se aprende a leer, lady Kingsley. Con tiempo, y con alguien dispuesto a repetir las cosas las veces que haga falta.

—¿Alguien le enseñó a usted?

La pregunta pareció tensarlo de un modo casi imperceptible, un cambio pequeño en la postura de los hombros que Rosalind ya empezaba a reconocer como la señal de que se había acercado demasiado a un terreno que él prefería no pisar.

—Mi madre —dijo, para sorpresa de Rosalind, que ya daba por hecho que la pregunta quedaría sin respuesta—.

Antes de que todo lo demás ocurriera. Se sentaba conmigo cada tarde en la biblioteca, con la misma paciencia que intento tener yo ahora con Ollie.

Supongo que en cierto modo sigo haciendo lo que ella me enseñó a hacer, solo que con alumnos que ella nunca habría imaginado.

—Eso no suena tan terrible como para que le costara tanto contarlo.

—No es la parte terrible. La parte terrible viene después, y esa prefiero guardármela para otra noche.

—¿Habrá otra noche, entonces?

Marlowe la miró un momento, con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y algo más cálido que no llegó a nombrar.

—Es tarde —dijo él, en cambio, sin contestar del todo a la pregunta—. Debería bajar a dormir.

—Siempre hace lo mismo cuando le pregunto algo que le incomoda.

—¿Y qué hago?

—Cambia de tema, o me manda a dormir, como si fuera una niña que necesita que la acuesten a una hora prudente.

Marlowe la miró un momento más de lo estrictamente necesario, con una expresión que Rosalind no supo interpretar del todo, entre la irritación y algo más suave que no llegó a definirse.

—Buenas noches, lady Kingsley.

Y ahí estaba de nuevo, ese cierre en seco que Rosalind ya conocía bien, y que sin embargo, esa noche, no le dolió del mismo modo que antes.

Bajó a su camarote pensando que, poco a poco, empezaba a entender el idioma silencioso de aquel hombre, y que descifrarlo se había convertido, sin que ella lo hubiera decidido del todo, en el pasatiempo más interesante que había tenido en años.

Esa noche, tumbada en la litera con el balanceo del barco meciéndola como nunca antes lo había hecho, se sorprendió pensando en detalles que no tenían ninguna razón de ser tan presentes en su memoria: el modo en que las manos de Marlowe, ásperas de manejar cabos y timón, se movían con una delicadeza inesperada al pasar las páginas del libro de Ollie; el modo en que la línea de su mandíbula se tensaba cuando algo lo incomodaba, un segundo antes de que su voz cambiara de tono; el sonido concreto de su risa, poco frecuente y por eso mismo más valiosa cuando aparecía.

No era la primera vez que notaba esas cosas.

Llevaba notándolas, se dio cuenta con cierta alarma, desde la tormenta que casi se los llevó a los dos por delante, quizás incluso desde antes, desde la primera noche en que él se había quedado mirando el horizonte con los hombros cargados de un peso que ella todavía no entendía.

Pero era la primera vez que se permitía reconocer, sin apartar la mirada de la idea, que aquellas observaciones no tenían nada de casual.

Se dijo que era solo curiosidad, el interés natural de quien lleva semanas encerrada con un puñado de desconocidos y no tiene otra distracción disponible. Se lo repitió varias veces, hasta que el sueño la venció, sin llegar a convencerse del todo.

Empezó, esa misma semana, a llevar un pequeño cuaderno que le había pedido prestado a Quill, que resultó tener una provisión modesta de papel guardada para anotar cuentas de la travesía y que le cedió sin hacer demasiadas preguntas.

Escribía por las noches, a la luz de un cabo de vela, anotando lo que veía durante el día: el modo en que la luz cambiaba sobre el agua al atardecer, las historias que los marineros contaban entre risas durante la cena, los pequeños gestos de la tripulación que ya empezaba a conocer lo suficiente para distinguir sus manías particulares.

No escribía sobre Marlowe. O no directamente, aunque cuando releía las páginas después se daba cuenta de que su nombre aparecía, de un modo u otro, en casi todas las entradas: "el capitán ha dicho hoy...

", "la tripulación obedece al capitán con una lealtad que no había visto nunca en un salón londinense...

", "me pregunto qué habrá querido decir el capitán con... "

Cerró el cuaderno una noche, tras notar el patrón, con una risa incómoda dirigida a sí misma.

—Esto es ridículo —murmuró, en voz alta, aunque no hubiera nadie en el camarote para oírla—. Es un pirata, Rosalind. Un pirata que apenas conoces desde hace tres semanas.

La advertencia no sirvió de mucho. Al día siguiente, el cuaderno volvió a llenarse de observaciones sobre el capitán Ewan Marlowe, y Rosalind decidió, por fin, dejar de fingir ante sí misma que aquello no significaba nada.