La dama y el pirata Capítulo 5
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Capítulo 5

Al décimo día a bordo, Rosalind descubrió que ya no contaba las horas por el hambre, sino por las tareas que Quill le había ido asignando sin que nadie, en ningún momento, le hubiera preguntado si las quería.

—No va a pasarse todo el viaje mirando el mar como una dama de salón —le había dicho el contramaestre la primera mañana, plantándole en las manos un cesto de redes que remendar—. A bordo, todo el que come, trabaja. Incluso la carga.

Había protestado, al principio, por pura costumbre de una vida en la que nadie le pedía que hiciera nada con las manos salvo bordar o tocar el pianoforte.

Pero remendar redes resultó ser, para su propia sorpresa, un trabajo que aquietaba algo en su cabeza que llevaba semanas revuelto, y para el quinto día ya se sentaba junto a Quill cada tarde sin que nadie tuviera que pedírselo, con los dedos llenos de pequeños cortes que ya no le dolían tanto como al principio.

—Tiene mejor mano con la aguja que la mitad de mis hombres —admitió Quill, examinando una de las redes que ella había terminado—. Aunque eso no dice demasiado a su favor, porque la mitad de mis hombres tiene manos como zarpas de oso.

—¿Debo tomármelo como un cumplido?

—Tómeselo como quiera. Yo solo digo lo que veo.

El resto de la tripulación había ido, poco a poco, suavizando la desconfianza inicial.

Bratton, el cocinero, un hombre enorme con un genio que hacía honor a su tamaño, había empezado a guardarle el mejor trozo de pan sin que ella se lo pidiera, después de que Rosalind le hubiera sugerido, con la cautela de quien no sabe si va a recibir un grito por respuesta, que un poco de romero en el caldo de pescado no le haría ningún daño al sabor.

Bratton había probado la sugerencia, había gruñido algo que sonaba a desaprobación, y desde entonces el romero aparecía en el caldo cada dos días sin ningún comentario adicional por su parte.

El único que seguía manteniendo las distancias era Fenwick, el marinero de la nariz rota, que la miraba con un rencor que no se molestaba en disimular cada vez que sus caminos se cruzaban en cubierta.

Rosalind había decidido, tras la segunda semana, que no valía la pena intentar ganarse su simpatía y se limitaba a devolverle la misma indiferencia con la que él la trataba.

Marlowe era harina de otro costal.

Lo veía cada día, a veces varias veces, y sin embargo seguía sin poder decir, con certeza, qué clase de hombre era.

Lo había visto imponer disciplina con una autoridad tan tranquila que no necesitaba levantar la voz, y lo había visto también, una tarde, sentado en la cocina con Bratton, discutiendo con genuino interés sobre la mejor forma de conservar la carne salada durante travesías largas, como si aquel detalle práctico le importara tanto como cualquier decisión de rumbo.

Un día lo sorprendió enseñando a leer a uno de los marineros más jóvenes, un chico llamado Ollie que apenas sabía firmar su propio nombre, sentados los dos en la proa con un libro gastado entre las manos mientras Marlowe señalaba las palabras con el dedo, repitiendo cada sílaba con una paciencia que Rosalind no habría esperado de un hombre al que había visto dar órdenes de fuego en mitad de un combate naval.

Se acercó lo suficiente para oír, sin llegar a interrumpir, y descubrió que el libro era una vieja edición de relatos marineros, con las páginas ablandadas por la humedad y los bordes doblados de tanto uso.

—"El... el ca-pi-tán" —leyó Ollie, con la lengua asomando por la comisura de los labios en un gesto de concentración absoluta—. "El capitán... miró... el ho-ri-zon-te."

—Muy bien. Otra vez, sin deletrear esta vez.

—El capitán miró el horizonte.

—Perfecto. —Marlowe le revolvió el pelo con un gesto casi paternal que contrastaba enormemente con la imagen que Rosalind se había hecho de él la primera noche—. Mañana seguimos con el siguiente párrafo.

Ollie se marchó corriendo, exultante con su pequeño triunfo, y Marlowe se quedó un momento mirando el libro cerrado antes de notar la presencia de Rosalind a pocos pasos.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—Lo suficiente para saber que "El capitán miró el horizonte" es la frase más emocionante que he oído en toda la travesía.

—Búrlese cuanto quiera. Ese chico no sabía ni sujetar una pluma hace tres meses.

—No me burlo. Me parece admirable.

Fue esa misma tarde cuando Fenwick, cruzándose con ella junto a la cocina, masculló algo entre dientes que Rosalind no llegó a entender del todo, aunque el tono no dejaba lugar a dudas sobre su naturaleza.

Bratton, que lo oyó desde dentro, salió con un cucharón todavía en la mano y una expresión que hizo que Fenwick se alejara sin añadir nada más.

—No le haga caso —le dijo Bratton, volviendo a su caldero—. Fenwick lleva rencor guardado desde que le partió la nariz. Se le pasará, o no se le pasará, pero no es asunto suyo preocuparse por ello.

—¿Por qué me odia tanto?

—No la odia a usted. Odia lo que usted representa: todo lo que él nunca tuvo y nunca tendrá. Deje que se lo cocine él solo. A algunos hombres no les sienta bien que les remuevan según qué cosas.

Rosalind guardó el consejo, aunque no pudo evitar notar, en los días siguientes, que Fenwick seguía observándola con una atención que no tenía nada de amistosa.

La tensión llegó a un punto de fricción real una tarde en que Rosalind, cargando un cubo de agua hacia la cocina, tropezó con un cabo mal enrollado que Fenwick, deliberadamente o no, había dejado atravesado en mitad del pasillo.

El agua se derramó entera sobre las botas de él, y por un instante ambos se quedaron mirándose, ella esperando una disculpa que sabía que no iba a llegar, él con una sonrisa que no tenía nada de arrepentida.

—Debería mirar por dónde camina, milady.

—Y usted debería recoger sus cabos en vez de dejarlos donde cualquiera puede tropezar.

—Aquí no hay ningún "cualquiera". Solo tripulación. Usted es la única que sobra.

—Fenwick.

La voz de Marlowe cortó el aire desde el otro extremo del pasillo, y Fenwick se irguió de inmediato, toda la insolencia de un momento antes desapareciendo bajo la mirada del capitán.

—Recoge ese cabo y discúlpate.

—No hace falta que se disculpe —intervino Rosalind, sorprendida de encontrarse defendiendo al mismo hombre que acababa de insultarla—. Ha sido un accidente.

—No ha sido un accidente, y los dos lo sabemos.

—Marlowe no apartó la mirada de Fenwick, que masculló una disculpa apenas audible antes de recoger el cabo y alejarse con el orgullo herido—.

La próxima vez que tenga un problema con lady Kingsley, Fenwick, me lo dice a mí. No lo resuelve con cabos mal colocados.

Cuando se quedaron a solas, Marlowe se giró hacia ella con una expresión que Rosalind no supo del todo interpretar.

—Gracias por defenderlo, aunque no se lo mereciera.

—No lo he defendido a él. He intentado evitar más problemas de los que ya hay a bordo.

—Es lo mismo, en el fondo. —Le sonrió, brevemente—. Es usted más generosa de lo que este barco se merece, lady Kingsley.

—¿Por qué hace eso? —le preguntó a Quill esa misma noche, mientras remendaban redes bajo la luz de un farol.

—¿El qué?

—Enseñar a leer a Ollie. No parece que le vaya a servir de mucho en un barco pirata saber leer.

Quill se quedó callado un momento, con las manos quietas sobre la red, como si estuviera decidiendo cuánto quería contarle.

—El capitán cree que un hombre que sabe leer tiene más opciones en la vida que uno que no sabe.

Y este barco no es el destino final de nadie, milady, al menos no según él.

Es un lugar de paso para hombres que no tenían otro sitio a donde ir.

Él quiere que, cuando llegue el momento, tengan algo más que ofrecer que un brazo fuerte y buena puntería.

—Eso suena más a filántropo que a pirata.

—Llámelo como quiera. Yo solo sé que la mitad de esta tripulación estaría muerta de hambre en algún callejón de Bristol o Londres si Marlowe no los hubiera recogido, y que él nunca lo menciona, así que le agradecería que tampoco lo mencionara usted delante de él.

Rosalind guardó silencio, dándole vueltas a aquella información como quien da vueltas a una piedra pulida por el mar, examinando cada ángulo antes de decidir qué forma tenía en realidad.

El capitán Ewan Marlowe, que la había amenazado con dejarla ahogarse en el canal la primera noche, que dirigía un barco corsario con mano firme y silencios cortantes, resultaba tener también una paciencia infinita para enseñar el alfabeto a un grumete y una costumbre de recoger a hombres sin otro lugar a donde ir.

No encajaba con la idea que se había hecho de él. Y esa discrepancia, para su propia inquietud, empezaba a interesarle mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—¿Y usted, señor Quill? —le preguntó una tarde, mientras remendaban redes juntos como ya era costumbre—. ¿Cómo terminó a bordo de este barco?

—Esa es una historia larga y poco interesante.

—Tengo toda la tarde y una cesta entera de redes por remendar.

Quill soltó un resoplido que casi podía pasar por una risa, y por primera vez desde que se conocían, se permitió contar algo de sí mismo sin que Rosalind tuviera que insistir demasiado.

—Fui contramaestre de la Marina Real durante quince años.

Buen historial, ascensos regulares, la clase de carrera que cualquier hombre de mi origen podía soñar con tener.

Hasta que un teniente con más apellido que sentido común decidió que mi puesto le convenía más a un primo suyo recién salido de la academia, y me acusaron de un robo que no cometí para poder quitarme de en medio sin tener que dar explicaciones.

—¿Y Marlowe lo encontró después de eso?

—Marlowe me encontró bebiendo lo poco que me quedaba de paga en una taberna de Portsmouth, dispuesto a hundirme del todo. Me ofreció un puesto a bordo sin hacer preguntas sobre lo que decían de mí, y aquí sigo, quince años después de dejar la Marina y seis después de subir a este barco.

—Parece que tiene usted debilidad por recoger a hombres a los que el mundo ha tratado mal.