Capítulo 4 #2
El chico se la quitó sin discutir, y Rosalind la rasgó en tiras con las manos temblando pero decididas, apretando la herida con una firmeza que había aprendido, años atrás, ayudando a la señora del pueblo a atender a los niños que se hacían daño jugando cerca del río.
Nunca había vendado una herida de metralla.
Aprendió sobre la marcha, mientras el mundo entero parecía sacudirse a su alrededor con cada nueva descarga.
—Tiene buena mano —dijo el marinero, con la voz tensa por el dolor pero todavía con humor suficiente para intentar sonreír—. Para ser una dama.
—Cállese y no se mueva.
En algún momento entre un cañonazo y el siguiente, El Cuervo Negro consiguió meterse entre un banco de niebla baja que llevaba toda la mañana acumulándose sobre el agua, y cuando salió por el otro lado, el bergantín de la Marina Real ya no estaba a la vista.
El silencio que siguió fue casi tan violento como el estruendo que lo había precedido.
Marlowe soltó el timón solo cuando estuvo seguro de que no había ningún otro barco a la vista, y cuando se giró y vio a Rosalind arrodillada en mitad de la cubierta, con las manos manchadas de sangre y la camisa de Micah convertida en vendaje, algo en su expresión cambió de un modo que ella no supo interpretar del todo.
—Le dije que bajara a su camarote.
—Y yo decidí que un hombre desangrándose era más importante que seguir sus órdenes.
Marlowe se acercó, se agachó junto a ella y examinó el vendaje improvisado con una atención que Rosalind no esperaba de un hombre que hacía cinco minutos estaba dando órdenes de fuego en mitad de una batalla naval.
—Aguantará hasta que pueda revisarlo mejor —dijo por fin, y cuando levantó la vista hacia ella, la irritación de su voz se había suavizado en algo que se parecía, incómodamente, al respeto—. Gracias.
—No lo he hecho por usted.
—Lo sé. —Se puso en pie y le tendió una mano para ayudarla a levantarse, y Rosalind, tras un instante de duda, la aceptó—. Aun así. Gracias.
Sus dedos se quedaron un segundo de más entrelazados con los de ella antes de que ambos, al mismo tiempo, decidieran soltarse.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Rosalind, más para llenar el silencio que por verdadera necesidad de saberlo—. Después de esto.
Marlowe miró hacia el horizonte, hacia el sur, hacia algún punto que Rosalind no podía identificar pero que a él parecía resultarle perfectamente familiar.
—A un lugar donde nadie va a hacer preguntas sobre por qué llevo a bordo a una dama inglesa y varias marcas de metralla en el casco.
—Se giró hacia ella, y esta vez la diversión había vuelto a su expresión, aunque atenuada por el cansancio de la batalla—.
Se acostumbrará a esto, lady Kingsley. O no.
Pero mientras tanto, bienvenida a bordo, oficialmente.
Rosalind se miró las manos manchadas de sangre ajena, el barco astillado a su alrededor, la tripulación que empezaba a moverse de nuevo, recomponiendo el orden después del caos, y pensó que tres semanas atrás su mayor preocupación había sido el color del vestido de novia que Cornelius Sedgwick quería imponerle.
Le pareció, extrañamente, que había hecho bien en escapar.
Esa noche, mientras la tripulación reparaba lo peor de los daños a la luz de faroles colgados de la jarcia, Quill se acercó a ella con un cuenco de estofado y se sentó a su lado en un rollo de cabo, sin pedir permiso.
—Marlowe no suele dar las gracias —dijo, sin más preámbulo—. A nadie. Lo ha hecho hoy con usted.
—No sé si eso es un cumplido o una advertencia, señor Quill.
—Ninguna de las dos cosas. Es solo información. —Dio un sorbo directamente del cuenco, sin cuchara—. Lleva seis años al mando de este barco. En seis años, no había visto a ninguna dama inglesa arrodillarse en mitad de un combate para vendarle el brazo a Symmons.
—¿Symmons es el hombre al que ayudé?
—El mismo. Lleva con nosotros desde antes que yo. No es de los que se dejan impresionar fácilmente, y esta noche no ha dejado de hablar de usted.
Rosalind no supo qué contestar a eso, así que no contestó nada.
Se quedó mirando el trabajo de los hombres, el modo en que se movían entre las astillas y las cuerdas rotas con la misma coordinación que había visto durante la batalla, reconstruyendo en unas horas lo que un enemigo había tardado minutos en destrozar.
En algún lugar de Londres, se dijo, Cornelius Sedgwick estaría preparando su próxima visita a la casa de los Kingsley, sin saber todavía que la novia que esperaba vestir de marfil llevaba ya cuatro días surcando el canal de la Mancha a bordo de un barco corsario, aprendiendo a vendar heridas de metralla y descubriendo que el miedo, cuando se le da la vuelta el tiempo suficiente, puede empezar a parecerse a otra cosa.
No sabía todavía a qué. Pero sospechaba que lo averiguaría antes de que terminara el viaje.
En el castillo de popa, mientras Rosalind terminaba su estofado junto a Quill, Doyle encontró a Marlowe inclinado sobre la carta de navegación, trazando con el dedo una ruta que se apartaba del rumbo habitual.
—Deberíamos haberla dejado en el primer puerto inglés que encontráramos —dijo Doyle, sin preámbulos, con la confianza de veinte años de amistad que le permitía decir en voz alta lo que ningún otro hombre de la tripulación se habría atrevido a sugerir—.
Una dama de la aristocracia a bordo es un problema que no necesitábamos, Ewan.
—Ya lo sé.
—Y aun así, la primera vez que un bergantín nos disparó, tú...
—Ya lo sé, Rafe. —Marlowe no levantó la vista de la carta, aunque la tensión en su mandíbula decía más que cualquier palabra—. No hace falta que me lo repitas.
—Solo digo que tenía razón cuando le dijiste que este barco no va a Francia. La pregunta es a dónde va exactamente, y si esa dirección tiene algo que ver con lo que lleva usted seis años evitando volver a pisar.
—No es lo mismo, Rafe.
—No he dicho que lo fuera. Solo digo que te conozco desde antes de que fueras capitán de nada, desde que eras un segundo hijo de baronet sin título propio que ni te correspondía y con más orgullo del que te convenía, y sé reconocer cuándo algo te recuerda a lo que perdiste.
Esa muchacha lo hace. No hace falta ser adivino para verlo.
—Lo que perdí no tiene nada que ver con ella.
—Puede. —Doyle se cruzó de brazos, sin dar el asunto por zanjado del todo—. Pero la miras como si tuviera algo que ver, y eso, capitán, es lo que de verdad me preocupa. No la Marina Real. A ti.
Marlowe levantó por fin la cabeza, y en sus ojos había algo que Doyle reconoció de inmediato, porque lo había visto antes, en otro hombre, mucho tiempo atrás, antes de que ese hombre se convirtiera en el que ahora tenía delante.
—Nassau —dijo Marlowe—. Ponemos rumbo a Nassau. Allí nadie hace preguntas sobre pasajeros ni sobre pasados, y tendremos tiempo de decidir qué hacer con ella sin la Marina Real pisándonos los talones.
—¿Y después de Nassau?
—Después de Nassau, Rafe, ya se verá.
Doyle no insistió más. Conocía a su capitán lo suficiente para saber que, cuando Marlowe hablaba en ese tono, cerrado y definitivo, no había ninguna conversación en el mundo capaz de sacarle una palabra más.
En Londres, mientras El Cuervo Negro ponía rumbo al sur con las velas remendadas a toda prisa, Cornelius Sedgwick recibía en su despacho a un hombre de aspecto poco recomendable que se ganaba la vida averiguando cosas que otros preferían mantener ocultas.
—El Providence zarpó sin ningún pasajero que coincida con la descripción de la dama —informó el hombre, con el sombrero entre las manos y la mirada baja, como quien sabe que las malas noticias se reciben mejor desde una postura humilde—.
Pero un vigilante del muelle contiguo recuerda haber visto a una mujer sola, con capa oscura, subiendo por la pasarela de un barco distinto esa misma noche.
—¿Qué barco?
—Un mercante con papeles en regla, según el registro portuario.
El Fortuna's Grace. —El hombre dudó un instante antes de continuar—.
Aunque el vigilante también dice que ese barco lleva meses sin cargamento declarado que justifique sus travesías, y que su capitán tiene fama de moverse por aguas donde la Marina Real prefiere no meter las narices.
Sedgwick se quedó en silencio un momento, dando vueltas a un anillo que llevaba en el meñique, con una expresión que no era exactamente de preocupación, sino de un interés renovado que no tenía nada que ver con el afecto.
—Un barco de contrabandistas —dijo, más para sí mismo que para el hombre que tenía delante—. O algo peor. Interesante elección para una dama que huye de un matrimonio ventajoso.
—¿Desea que sigamos investigando, milord?
—Por supuesto que sí. —Sedgwick se levantó, se acercó a la ventana desde donde se veía, a lo lejos, la línea gris del Támesis—.
Catorce mil libras es una deuda que no desaparece porque la novia decida esconderse entre contrabandistas, y tengo la sensación de que lady Rosalind está a punto de descubrir que hay peores destinos que casarse conmigo.