La dama y el pirata Capítulo 4
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Capítulo 4

El camarote que le asignaron era poco más que un armario con una litera, pero tenía puerta con pestillo, y después de dos días sin ninguna clase de intimidad, a Rosalind le pareció casi un lujo.

—El capitán dice que puede subir a cubierta durante el día —le informó el muchacho que le llevó la bandeja de comida esa primera mañana, un chico de no más de trece años con las orejas demasiado grandes para su cabeza y una curiosidad que no se molestaba en disimular—.

Pero no toque nada del aparejo. Y no se acerque a la cocina, el señor Bratton no soporta que le molesten mientras trabaja.

—¿Cómo te llamas?

—Micah, milady.

—No hace falta que me llames milady, Micah. Ya no estoy segura de que ese título signifique gran cosa a bordo de un barco pirata.

Micah sonrió, mostrando un hueco donde le faltaba un diente, y desapareció por la puerta antes de que Rosalind pudiera preguntarle nada más.

Lo volvió a ver esa misma tarde, sentado solo en un rincón de cubierta, remendando una red con una destreza que no encajaba con sus manos todavía pequeñas de niño.

Cuando Rosalind se acercó a preguntarle cómo había ido a parar a un barco corsario con trece años, el chico se encogió de hombros con una naturalidad que a ella le costó más disimular que a él contar.

—Mi padre era pescador en Bristol. Se ahogó cuando yo tenía nueve años, y mi madre no podía alimentar a cinco bocas con lo que ganaba lavando ropa ajena. El capitán Marlowe pasó por el puerto buscando grumete, y mi madre le pidió que me llevara con él antes de que yo se lo pidiera a ella.

—¿Y no la echas de menos?

—Todos los días. —Lo dijo sin dramatismo, atando un nudo con dedos ágiles—. Pero aquí como todos los días, y en Bristol no siempre. El capitán manda parte de mi paga a mi madre cada vez que atracamos en puerto inglés, aunque él nunca lo diría en voz alta.

Rosalind guardó aquel detalle en algún lugar de la memoria, junto a la pregunta sin responder de Doyle sobre por qué a ella no la habían arrojado por la borda, y empezó a sospechar que el capitán Ewan Marlowe tenía muchas más capas de las que mostraba en cubierta.

Subió a cubierta después de comer, más por necesidad de moverse que por verdadero interés, y descubrió que la tripulación había decidido, colectivamente, tratarla con una mezcla de curiosidad y desconfianza que no terminaba de inclinarse hacia ningún lado.

Algunos hombres apartaban la mirada cuando pasaba.

Otros la observaban abiertamente, como si esperaran que hiciera algo digno de comentar más tarde en la bodega.

Tobias Quill, el contramaestre, un hombre de barba entrecana y manos como cuero curtido, fue el único que le dirigió la palabra sin que ella tuviera que pedirlo.

—No es la primera dama que sube a este barco —dijo, sin dejar de trenzar la cuerda que tenía entre las manos—. Pero sí es la primera que se cuela sola en la bodega en vez de que la traigan.

—¿Debería sentirme halagada?

—Debería sentirse afortunada. El capitán podría haberla dejado en Londres con una nota explicando dónde encontrarla. No lo ha hecho.

—¿Por qué no?

Quill se encogió de hombros, con el gesto de quien conoce la respuesta pero ha decidido no compartirla con una desconocida.

—Eso pregúnteselo a él.

No tuvo ocasión de hacerlo hasta el tercer día, cuando Marlowe apareció en cubierta al atardecer y, en vez de ignorarla como había hecho hasta entonces, se detuvo junto a la borda donde ella estaba apoyada, mirando el mar.

—¿Se está acostumbrando?

—Me estoy acostumbrando a que su tripulación me mire como si fuera a convertirme en gaviota en cualquier momento.

Algo parecido a una sonrisa le cruzó la boca, breve, ahí y desaparecida antes de que Rosalind pudiera estar segura de haberla visto.

—Se acostumbrarán. No es habitual tener a bordo a alguien que no forma parte de la tripulación, eso es todo.

—¿Y usted, capitán? ¿Se ha acostumbrado ya?

—Yo llevo tres días decidiendo qué hacer con usted. No diría que me he acostumbrado a nada todavía.

Rosalind se giró para mirarlo de frente.

De cerca, a la luz anaranjada del atardecer, notó cosas que no había notado la primera noche: que tenía los ojos de un gris muy oscuro, casi negro, y que la cicatriz del antebrazo no era la única, había otra más pequeña que le cruzaba el pómulo izquierdo, apenas visible bajo la barba de varios días.

—¿Y ha decidido algo?

—He decidido que no voy a arriesgar mi barco y a mi tripulación entrando en un puerto inglés solo para devolverla a una vida de la que, por lo que veo, estaba dispuesta a huir escondiéndose entre barriles de melaza. Así que, por ahora, viaja con nosotros hasta que se me ocurra algo mejor.

—¿Y si yo prefiero decidir mi propio destino?

—Puede intentarlo. El mar está justo ahí.

Lo dijo sin la menor crueldad, casi con humor, y eso fue lo que hizo que Rosalind, para su propia sorpresa, tuviera que contener algo que se parecía peligrosamente a una risa.

—Es usted un hombre exasperante, capitán Marlowe.

—Me lo dicen a menudo.

Se quedaron ahí un momento, mirando el mar en silencio, y Rosalind se descubrió pensando que aquel silencio no le resultaba incómodo del modo en que debería resultarle incómodo compartir espacio con un desconocido que la retenía contra su voluntad.

Pensó en preguntarle por la cicatriz del pómulo, y decidió que no era buen momento.

—¿Por qué no me ha devuelto a Londres directamente, sin más? Habría sido más sencillo.

La pregunta pareció cambiar algo en él. Se apartó de la borda, y cuando volvió a hablar, su tono había perdido el humor de hacía un momento.

—Porque conozco lo que le espera a una mujer de su posición cuando huye de algo lo bastante grave como para esconderse en la bodega de un barco desconocido. Y no tengo ninguna prisa por devolverla a ello.

No dijo nada más, y Rosalind tampoco preguntó.

Había algo en la forma en que lo dijo —seco, cerrado, con una experiencia detrás que no invitaba a más preguntas— que le recordó que aquel hombre, fuera quien fuera antes de convertirse en el capitán de un barco corsario, tenía sus propias razones para desconfiar de la aristocracia inglesa.

La calma duró hasta el amanecer del cuarto día, cuando el grito del vigía en el palo mayor rompió el silencio de la cubierta con una sola palabra que hizo que toda la tripulación se pusiera en movimiento a la vez.

—¡Vela a estribor! ¡Bandera de la Marina Real!

Rosalind, que había subido a cubierta a tomar el aire de la mañana, se quedó paralizada un instante mientras los hombres corrían a su alrededor, desplegando más lona, ajustando cabos, cargando algo que solo podían ser cañones bajo lonas que hasta entonces había tomado por simple carga.

—Abajo —dijo Marlowe, apareciendo a su lado con la misma rapidez con la que había desaparecido el humor de la conversación de la tarde anterior—. A su camarote. Ahora.

—¿Qué está pasando?

—Un bergantín de la Marina, y no parece que tenga intención de dejarnos pasar de largo. Abajo, lady Kingsley, esto no es momento para preguntas.

—Si nos detienen, ¿qué será de mí?

—Si nos detienen, lo menos que le pasará es que la interroguen sobre qué hace una dama inglesa a bordo de un barco corsario, y lo más probable es que ni usted ni yo tengamos ocasión de dar una explicación satisfactoria antes de que empiecen a disparar.

Eso bastó. Rosalind bajó corriendo hacia su camarote, pero en vez de encerrarse dentro como le habían ordenado, se detuvo en la escalera que daba a cubierta, lo bastante escondida entre las sombras para ver sin ser vista.

El Cuervo Negro viró con brusquedad, aprovechando un cambio de viento que Marlowe pareció anticipar antes de que el resto de la tripulación lo notara siquiera, y durante unos minutos pareció que la maniobra iba a funcionar, que la distancia entre ambos barcos aumentaría lo suficiente para perder al bergantín en la línea del horizonte.

No funcionó.

El primer cañonazo cayó al agua a menos de veinte metros de la popa, levantando una columna de espuma que empapó a media tripulación. El segundo dio en el blanco.

El impacto sacudió todo el barco con una violencia que hizo que Rosalind perdiera el equilibrio y se agarrara al marco de la escotilla con ambas manos.

Un trozo de la borda de estribor voló en astillas, y los gritos de dolor de al menos un hombre se mezclaron con las órdenes que Marlowe lanzaba desde el timón con una voz que ya no tenía nada de la calma irónica de la tarde anterior.

—¡Doyle, cañones de babor, ahora! ¡Quill, esas velas, necesito ese viento!

—¡No podemos ganarles en artillería, capitán!

—¡No necesitamos ganarles, necesitamos perderlos! ¡Fuego!

La descarga de El Cuervo Negro sacudió la cubierta bajo los pies de Rosalind, un estruendo que le repicó en los oídos y le hizo apretar los dientes.

A través del humo vio a los hombres moverse con una coordinación que no había esperado de una tripulación que hasta hacía un momento le había parecido desordenada: cargando, disparando, recargando, cada uno en su sitio con una precisión que solo se consigue después de haberlo hecho muchas veces antes, en muchas batallas antes de esa.

Un segundo impacto del bergantín arrancó parte de la jarcia del palo de mesana, y esta vez el hombre que cayó no se levantó solo.

Rosalind vio a Micah correr hacia él entre el humo, y sin pensarlo dos veces salió de su escondite y corrió también, ignorando los gritos de alguien —creyó que era Doyle— que le ordenaba que volviera abajo.

—Ayúdame a levantarlo —le dijo a Micah, arrodillándose junto al hombre caído, un marinero mayor con un corte profundo en el brazo que sangraba con una abundancia que le revolvió el estómago—. Necesito algo para vendar esto.

—¡No hay tiempo, milady, tenemos que...!

—Tu camisa, Micah. Ahora.