Capítulo 3 #2
Y se alejó hacia el castillo de popa sin mirar atrás, dejando a Rosalind en mitad de la cubierta, rodeada de una tripulación de piratas que la miraban como si fuera lo más interesante que había pasado a bordo en semanas, con el mar abierto en todas direcciones y ni una sola idea clara de qué iba a ser de ella a partir de entonces.
El camarote que le asignaron, junto al del contramaestre, tenía el tamaño justo para una litera estrecha, un baúl y un espacio de pie lo bastante amplio para que Rosalind pudiera girarse sin golpearse contra las paredes.
Alguien —sospechó que Micah, por la torpeza con que estaban dobladas— había dejado dos mantas sobre la litera y una palangana con agua junto a la puerta.
Se sentó en el borde del catre y por primera vez desde que había salido de casa de su padre se permitió llorar, no por miedo, sino por el puro agotamiento de haber sostenido durante tres días una entereza que no sentía del todo.
Lloró en silencio, con la cara hundida entre las manos, hasta que ya no le quedaron lágrimas y solo quedó el cansancio, denso y agradecido, que la llevó a dormirse vestida encima de las mantas sin ni siquiera quitarse los zapatos.
Se despertó horas más tarde con el sonido de unos nudillos contra la puerta.
—¿Milady? —Era Micah, con una bandeja que apenas le cabía entre las manos—. El capitán dice que coma algo antes de dormir del todo.
—¿Qué hora es?
—Pasada la medianoche. Lleva usted durmiendo desde que oscureció.
Rosalind aceptó la bandeja —pan duro, un trozo de queso curado, algo de carne salada que no supo identificar del todo— y comió sentada en el suelo del camarote, con la puerta entornada y Micah apoyado en el marco, incapaz de disimular su curiosidad.
—¿Es verdad que la encontraron escondida entre los toneles de melaza?
—Es verdad.
—Doyle dice que le mordió la mano cuando intentó sujetarla.
—Le arañé la muñeca. No lo mordí.
Micah soltó una risa que intentó disimular llevándose la mano a la boca, y por un momento, sentada en el suelo de un camarote diminuto en mitad del canal de la Mancha, comiendo pan duro a la luz de un farol, Rosalind sintió algo parecido a la normalidad, extraña e inesperada en un lugar donde nada debería resultarle normal todavía.
Doyle apareció en el umbral cuando Micah ya se retiraba con la bandeja vacía, y su presencia bastó para que el chico se escabullera con una rapidez que dejaba claro que el segundo de a bordo no era de los que perdonaban a la tripulación que perdiera el tiempo charlando con la carga.
—El capitán quiere que sepa una cosa —dijo Doyle, sin entrar en el camarote, apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados—. Esta puerta no tiene cerrojo por fuera. Puede salir cuando quiera de día. De noche, quédese dentro.
—¿Es una petición o una orden?
—Es un consejo. Hay treinta y dos hombres en esta tripulación, milady, y la mayoría son buena gente, pero llevan meses en el mar y usted no deja de ser una mujer bonita paseando por cubierta. No le conviene tentar a la suerte más de lo que ya la ha tentado.
No lo dijo con amenaza, sino con la franqueza áspera de quien ha visto suficientes cosas en el mar como para no andarse con rodeos. Rosalind asintió, incómoda por el fondo de verdad que encerraba la advertencia.
—Gracias por decírmelo con claridad.
—No le doy las gracias a menudo a la gente.
Considérelo un favor. —Se giró para marcharse, pero se detuvo un instante, como si algo más quisiera decir y estuviera decidiendo si valía la pena—.
Le arañó la muñeca al capitán con bastante fuerza, ¿sabe?
La mayoría de los hombres que se lo hacen a él terminan en el agua.
—¿Y por qué yo no?
Doyle no contestó. Se limitó a mirarla un momento más, con una expresión que Rosalind no supo del todo interpretar, y desapareció por el pasillo dejándola con la pregunta sin resolver flotando en el aire cerrado del camarote.
No consiguió dormir enseguida. El barco crujía a su alrededor con sonidos que todavía no sabía identificar, y desde algún lugar de la cubierta le llegó, apagada por las paredes de madera, la voz de un hombre cantando algo en un idioma que no era inglés, seguida por las risas y los golpes de jarra contra mesa de una tripulación entera acompañando el estribillo sin conocer del todo la letra.
Se asomó a la puerta, incapaz de resistir la curiosidad, y encontró el pasillo vacío y una escalera que llevaba a un espacio común donde una docena de hombres se apretaban alrededor de una mesa improvisada con tablones, compartiendo una botella que ya debía de haber pasado por más manos de las que Rosalind podía contar.
Un marinero mayor, de barba blanca y un solo ojo bueno, tocaba un violín desafinado con un entusiasmo que compensaba con creces la falta de técnica.
Otro, más joven, llevaba el ritmo golpeando la mesa con las palmas.
Nadie la vio al principio, y Rosalind se quedó un momento en la penumbra de la escalera, observando algo que no había esperado encontrar en un barco pirata: no crueldad, ni amenaza, sino la misma clase de camaradería sencilla que había visto en las cocinas de su propia casa, entre las criadas, en las noches en que su padre salía y la servidumbre se permitía relajarse un poco.
—¿Le apetece un poco de ron, milady? —le preguntó el del violín, al descubrirla, sin dejar de tocar—. Es malo, pero abunda.
—Creo que paso, gracias.
—Sabia decisión. Amos lo destila él mismo y todavía no ha matado a nadie, pero solo porque nadie se ha atrevido a beber lo suficiente para comprobarlo.
Se rieron todos, y Rosalind, para su propia sorpresa, se rio también.
Se quedó un rato más, apoyada en el marco de la escalera, escuchando historias que sospechaba exageradas sobre tormentas y capturas y puertos lejanos, hasta que el cansancio pudo más que la curiosidad y volvió a su camarote con una sensación extraña, como si aquellos hombres a los que hasta esa misma mañana había considerado sus captores hubieran empezado, sin que ella se diera del todo cuenta, a convertirse en algo menos hostil.
Marlowe no había estado entre ellos. Lo encontró, al pasar de nuevo junto a la escotilla de cubierta, solo en la proa, con los brazos apoyados en la borda y la mirada perdida en un horizonte que la oscuridad había convertido en una línea apenas distinguible entre el cielo y el mar.
Había algo en su postura —los hombros caídos, el modo en que sostenía el peso del cuerpo como si llevara cargando algo mucho más pesado que el propio cuerpo— que Rosalind no había visto durante el día, cuando la tripulación entera lo observaba y él parecía saberlo.
No se acercó. Fuera lo que fuera lo que ocupaba la mente del capitán en ese momento, algo le dijo que no era un pensamiento que quisiera compartir con la mujer que unas horas antes le había arañado la muñeca en la bodega, y volvió a su camarote sin que él llegara a notar su presencia, con la imagen de aquella soledad guardada en algún lugar que no supo, todavía, cómo interpretar.