Capítulo 3
El hombre del farol no era el capitán, pero se comportaba como si llevara toda la vida esperando la oportunidad de dar una orden importante.
—Una mujer —dijo, como si necesitara anunciárselo a sí mismo—. Una mujer escondida en la bodega. Doyle, ven a ver esto.
Un segundo hombre apareció por la escotilla, más alto, con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda y una expresión que, a diferencia de la del primero, no tenía nada de divertida.
—Levántese —dijo el de la cicatriz. Rafe Doyle, aunque Rosalind todavía no sabía su nombre—. Despacio.
Rosalind se puso en pie con las piernas temblando por las horas encogida entre los barriles, pero mantuvo la barbilla alta. Si aquellos hombres esperaban una mujer llorosa y suplicante, no iban a encontrarla.
—Exijo que me lleven de inmediato ante el capitán de este barco.
Los dos hombres se miraron, y el del farol —más joven, con una sonrisa que no terminaba de cerrar del todo— soltó una carcajada corta.
—¿Exige? —repitió—. Escúchenla. Cree que está en posición de exigir algo.
—Estoy en un barco mercante rumbo a Calais, y he pagado mi pasaje con la misma legitimidad que cualquier otro pasajero.
—Este no es un mercante —dijo Doyle, y algo en el modo en que lo dijo, seco y sin adornos, le heló la sangre más que cualquier amenaza—. Y no va rumbo a Calais.
—¿A qué se refiere?
Nadie contestó. En vez de eso, Doyle le hizo un gesto con la cabeza al otro hombre y ambos avanzaron hacia ella al mismo tiempo, con la clara intención de sujetarla y llevarla a algún lugar donde Rosalind no tenía ningún interés en ir sin oponer resistencia.
Reaccionó sin pensarlo. Agarró el hatillo y lo lanzó contra la cara del más joven, que soltó una maldición y se llevó las manos a la nariz, y aprovechó el segundo de confusión para intentar esquivar a Doyle y llegar a la escalera.
No lo consiguió. El hombre la sujetó del brazo con una fuerza que no dejaba lugar a discusión, y cuando Rosalind le clavó las uñas en la muñeca con toda la fuerza que le quedaba, él ni siquiera pareció notarlo.
—Suélteme.
—Cálmese.
—¡He dicho que me suelte!
Le dio una patada en la espinilla que le sacó un gruñido de dolor genuino, y por un instante creyó que había conseguido algo, hasta que Doyle le sujetó también el otro brazo y la levantó del suelo como si no pesara nada.
Rosalind se retorció, clavó el codo hacia atrás buscando alguna parte blanda del cuerpo de su captor, y consiguió arrancarle un gruñido más antes de que él le inmovilizara ambos brazos contra el cuerpo con una llave que no dejaba margen de movimiento.
—Deje de forcejear, se va a hacer daño.
—¡Me da igual hacerme daño, suélteme!
—No puedo hacer eso, milady, y cuanto antes lo entienda, antes dejaremos los dos de sudar por nada.
Rosalind siguió debatiéndose unos segundos más, hasta que el agotamiento de dos días sin apenas comer ni dormir pudo más que la determinación, y se quedó quieta entre los brazos de Doyle con la respiración entrecortada y la humillación ardiéndole en la garganta con más fuerza que el propio miedo.
—Llévala a cubierta —dijo Doyle, con la voz tensa por el esfuerzo de mantenerla quieta—. Que decida el capitán qué hacer con ella.
La subieron por la escalera medio a rastras, medio caminando, con Rosalind debatiéndose a cada peldaño hasta que el aire frío de la noche le golpeó la cara y la luz de la luna le hizo entrecerrar los ojos tras tantas horas de oscuridad total.
Cubierta. Hombres por todas partes, deteniendo lo que estaban haciendo para mirar. Y sobre todo, en el centro de aquel silencio repentino, una bandera que Rosalind no había visto ondear en el mástil de ningún barco que hubiera conocido en su vida.
Negra. Sin ningún emblema que ella pudiera identificar en la penumbra, pero negra, y eso solo podía significar una cosa.
—Dios mío —susurró—. Es un barco pirata.
—Corsario —corrigió una voz nueva, desde algún punto detrás de ella—. Hay una diferencia, aunque a estas alturas de la noche dudo que le importe demasiado cuál sea.
Rosalind se giró tanto como Doyle le permitió hacerlo, y se encontró con un hombre que no llevaba ningún distintivo visible de autoridad —ni galones, ni sombrero de tres picos, ni ninguno de los adornos que ella habría esperado en un capitán— y que sin embargo hizo que todos los demás en cubierta se apartaran ligeramente a su paso.
Era alto, con el pelo oscuro atado en la nuca y una barba de varios días que no llegaba a ser descuidada.
Llevaba una camisa remangada hasta los codos, y en el antebrazo izquierdo tenía una cicatriz larga y antigua que desaparecía bajo la manga.
No había nada extraordinario en su rostro tomado pieza por pieza, y sin embargo la suma de todas ellas resultaba en algo que Rosalind no tuvo tiempo de analizar, porque él ya la estaba mirando con una atención que le pareció francamente insolente.
—¿Y usted es?
—El capitán de este barco —dijo—. Ewan Marlowe. Y usted, imagino, la razón por la que Fenwick tiene la nariz sangrando.
—Se lo merecía. Intentaron sujetarme sin ninguna explicación.
—Intentaron sujetarla porque la encontraron escondida en mi bodega, entre mi cargamento, en mitad de la noche. Discúlpeme si el procedimiento le pareció poco cortés.
Había algo en su tono —seco, sin la más mínima intención de disculparse en realidad— que hizo que a Rosalind le hirviera la sangre más de lo que ya le hervía.
—Suélteme el brazo, señor Doyle. No pienso salir corriendo. No hay a dónde correr en mitad del mar.
Marlowe hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza y Doyle la soltó, aunque se quedó lo bastante cerca como para dejar claro que no se fiaba del todo.
Rosalind se frotó la muñeca donde le habían quedado marcados los dedos y se obligó a mantener la mirada fija en el capitán en vez de en la tripulación entera que la observaba como si fuera un animal exótico traído de algún puerto lejano.
A su alrededor, los hombres habían dejado de fingir que trabajaban.
Un marinero corpulento con un pañuelo rojo atado a la cabeza le susurró algo a otro que le costó disimular la risa; un tercero, más joven, la miraba con una mezcla de curiosidad y algo parecido a la lástima, como si ya supiera que las cosas no iban a resultarle fáciles a bordo.
Fenwick, todavía con la nariz sangrando, la fulminaba con una expresión que dejaba claro que aquello no había terminado del todo entre ellos.
—Va a tener que disculpar a mis hombres —dijo Marlowe, sin dirigirse a nadie en particular y sin embargo consiguiendo que Fenwick apartara la mirada de inmediato—. No están acostumbrados a que la carga se defienda.
—No soy carga.
—Ahora mismo, milady, es exactamente lo que es: algo que ha aparecido en mi barco sin que nadie lo pidiera, y que tengo que decidir qué hacer con ello. Considérese afortunada de que suela tratar mi carga con cierta consideración.
—¿Qué barco creía usted que era este? —preguntó Marlowe.
—El Providence. Un mercante rumbo a Calais.
—El Providence zarpa mañana, según creo, desde el muelle contiguo al que estábamos amarrados nosotros. —Algo parecido a la diversión le cruzó el rostro, aunque no llegó a convertirse en sonrisa—. Ha tenido usted muy mala suerte con la geografía, milady. ¿O debo llamarla de otro modo?
—Lady Rosalind Kingsley.
Pronunciarlo en voz alta le pareció, de repente, un error. La expresión de Marlowe cambió apenas, un endurecimiento leve en la línea de la mandíbula, pero lo bastante notable como para que Rosalind se preguntara qué había hecho mal al dar su verdadero nombre.
—Kingsley —repitió él, como si probara el sabor de la palabra—. Un apellido de la nobleza inglesa, huyendo de noche, escondida entre barriles de melaza. Cuénteme, lady Rosalind, ¿qué hace una dama de su posición arriesgándose a algo así?
—Eso no es asunto suyo.
—Ahora mismo, todo lo que ocurre en este barco es asunto mío.
Rosalind apretó los puños dentro de los pliegues de su falda, decidida a no darle la satisfacción de ver que la afirmación la había afectado.
—Necesito llegar a Francia —dijo, eligiendo cada palabra con cuidado—. Tengo mis motivos, y no pienso compartirlos con un desconocido, sea o no el capitán del barco en el que he tenido la desgracia de esconderme.
—Este barco no va a Francia.
—¿Entonces a dónde va?
Marlowe no contestó de inmediato. Miró más allá de ella, hacia la línea oscura del horizonte donde el mar se confundía con el cielo, y cuando volvió a hablar, lo hizo con la voz más baja, más pensativa, como si estuviera calculando algo que aún no había terminado de decidir.
—Eso, milady, es algo que aún estoy considerando. Depende de qué hacer con usted.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que devolverla a Londres significaría entrar en un puerto donde hay más de un oficial de la Marina Real dispuesto a reconocer mi barco, y no tengo ninguna intención de acabar colgado por hacerle a usted el favor de llevarla de vuelta a casa.
—Se cruzó de brazos—. Así que, por ahora, se queda a bordo.
—No puede retenerme aquí.
—Puedo, de hecho. Es mi barco.
—¡Es un secuestro!
—Es una polizona a la que no le está permitiendo, muy generosamente, que se ahogue en el canal de la Mancha por sus propios errores de navegación.
—Se giró hacia Doyle, dando por terminada la conversación con una facilidad que a Rosalind le pareció insultante—.
Que le busquen un camarote. El pequeño, junto al de Quill.
Y que alguien le traiga algo de comer, tiene aspecto de llevar un día entero sin probar bocado.
—No he terminado de hablar con usted, capitán Marlowe.
Él se detuvo, la miró por encima del hombro con una expresión que por primera vez en toda la conversación parecía casi divertida de verdad.
—Yo sí. Buenas noches, lady Kingsley.