La dama y el pirata Capítulo 2
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Capítulo 2

El hatillo pesaba menos de lo que Rosalind había imaginado durante dos noches de cálculos: un collar, unos pendientes, tres libros, dos vestidos que no llamaran la atención y el poco dinero en efectivo que había conseguido reunir vendiendo lo demás a un prestamista de Cheapside que ni preguntó ni miró dos veces su cara cubierta por la capucha.

—Todavía está a tiempo de no hacer esto —dijo Hannah, apretando la cuerda del hatillo con una fuerza que traicionaba lo poco convencida que estaba de sus propias palabras.

—No, no lo estoy.

Los muelles de noche eran otro mundo. Rosalind había visto el Támesis desde la ventanilla de un carruaje, de día, con el agua brillando bajo el sol y los barcos como juguetes ordenados en fila.

De noche olía a brea, a pescado podrido y a algo más profundo que no supo nombrar, y los hombres que se movían entre las sombras de los cascos no tenían nada de juguetes.

—Aquél —susurró Hannah, señalando un barco de tres palos amarrado en el extremo más alejado del muelle, con las luces de cubierta apagadas salvo por un farol junto a la pasarela—. El hijo del cocinero dijo que cargaban esta noche y zarpaban con la marea de mañana.

—¿Estás segura de que es el Providence?

—Segura del todo, no. Pero es el único que carga de noche y no tiene vigilante en la pasarela.

Eso último debería haberle parecido una señal de alarma más que una ventaja. En ese momento, a Rosalind solo le pareció una puerta abierta.

Se despidieron rápido, sin abrazos que pudieran llamar la atención de cualquiera que estuviera mirando. Hannah le sujetó la mano un segundo de más antes de soltarla.

—Escríbame en cuanto pueda. A casa de mi hermana, no a la suya. Su padre revisará el correo.

—Lo haré.

No lo haría, probablemente, al menos no pronto, pero mentir en ese momento le pareció más amable que la verdad.

—¿Por qué me ayudas, Hannah? —le preguntó, antes de que su doncella pudiera darse la vuelta—. Podrían despedirte si mi padre descubre que lo sabías.

Hannah tardó un momento en contestar, con la mirada fija en el barco lejano, como si le costara menos hablar sin mirarla a los ojos.

—Mi hermana se casó a los diecisiete años con un hombre que le doblaba la edad porque nuestro padre le debía dinero a su familia.

—Lo dijo sin dramatismo, como quien cuenta un hecho conocido desde hace tanto tiempo que ya no duele del mismo modo—.

La vi marchitarse durante ocho años antes de que él muriera y la dejara viuda con tres hijos y ninguna herencia.

No voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo le pasa lo mismo a usted, milady, aunque me cueste el puesto.

Rosalind no supo qué decir. Apretó la mano de Hannah con más fuerza de la que pretendía, y por primera vez en toda la noche sintió que las lágrimas que llevaba conteniendo desde la biblioteca amenazaban con desbordarse de verdad.

—Gracias.

—Váyase ya, antes de que las dos nos arrepintamos de esto.

Cruzó el muelle pegada a las sombras de los almacenes, con el corazón latiéndole en la garganta cada vez que un hombre pasaba cerca.

Nadie la miró dos veces. Con la capa oscura y la capucha subida, envuelta en su propia urgencia, era una silueta más entre otras muchas siluetas que se movían de noche por los muelles de Londres por razones que nadie preguntaba.

La pasarela crujió bajo sus pies con un sonido que le pareció ensordecedor.

Se detuvo, contuvo la respiración, esperó.

Nadie gritó. Nadie vino corriendo. En algún lugar del barco, unos hombres discutían sobre el modo de estibar unos toneles, sus voces amortiguadas por la distancia y el ruido del agua contra el casco.

Bajó por una escotilla que encontró entreabierta, hacia una oscuridad tan densa que tuvo que guiarse con las manos, palpando cajas de madera, cuerdas enrolladas, algo que olía a especias y algo más que olía a brea caliente.

Encontró un hueco entre dos filas de barriles, lo bastante amplio para sentarse con las rodillas contra el pecho, y se metió dentro con el hatillo abrazado contra el cuerpo.

Las horas que siguieron fueron las más largas de su vida.

Oyó pasos sobre su cabeza, gritos de órdenes que no entendió, el chirrido de cadenas y el golpe sordo de más cargamento siendo bajado a la bodega.

En algún momento se quedó dormida, agotada por dos noches sin apenas descanso, y se despertó sobresaltada cuando el suelo bajo ella empezó a moverse de un modo que no había sentido antes: un balanceo lento, constante, distinto al vaivén de un barco amarrado.

Habían zarpado.

Debería haber sentido alivio. En cambio sintió algo más parecido al pánico, la certeza repentina de que ya no había vuelta atrás, de que estaba encerrada en la bodega de un barco desconocido, rumbo a un destino que solo conocía de oídas, sin más compañía que el crujido de la madera y sus propios pensamientos.

Hubo un momento, horas después, en que estuvo segura de que la habían descubierto.

Unos pasos se habían detenido justo encima de su escondite, y una voz de hombre había preguntado, en voz alta, si alguien había bajado a la bodega a revisar la estiba de los toneles de melaza.

Rosalind se había quedado inmóvil, con el hatillo apretado contra el pecho y la respiración contenida hasta que le dolieron los pulmones, mientras otra voz respondía que no, que todo estaba en orden, que subieran de una vez porque el segundo de a bordo quería a todos en cubierta antes del cambio de guardia.

Los pasos se habían alejado. Rosalind había tardado varios minutos en atreverse a respirar con normalidad de nuevo, y en ese tiempo había tenido ocasión de pensar, con una claridad incómoda, en todo lo que podía salir mal: que la descubrieran y la devolvieran a Londres con la reputación arruinada; que la descubrieran durante la travesía y decidieran que una polizona sin familia a la vista no merecía ninguna consideración; que el barco se hundiera, que se perdiera en el canal, que ella muriera de sed encerrada entre cajas de mercancía sin que nadie supiera nunca dónde buscarla.

Había apartado esos pensamientos del mismo modo en que apartaba las arañas que a veces encontraba en el jardín de la casa de campo: reconociendo su existencia, decidiendo que no servía de nada quedarse mirándolas, y siguiendo adelante.

El segundo día fue peor que el primero. El balanceo del barco, que al principio le había resultado casi reconfortante, empezó a revolverle el estómago de un modo que no tenía nada que ver con el hambre, y tuvo que morderse el interior de la mejilla para no vomitar entre los barriles y delatar su presencia con el olor.

Pensó, con una especie de humor amargo que la sorprendió a sí misma, que ninguna de las novelas que había leído de joven mencionaba nunca el mareo como parte de las grandes fugas románticas.

Para no pensar en el estómago, pensó en Sedgwick.

En la primera vez que él le había besado la mano en un baile, tres meses atrás, deteniéndose un segundo más de lo estrictamente cortés, con una sonrisa que en ese momento le había parecido simplemente anticuada y que ahora, en la oscuridad de la bodega, se le antojaba mucho más calculadora de lo que había querido admitir entonces.

Pensó en las flores que le había enviado cada semana desde entonces, siempre las mismas, siempre acompañadas de una nota breve que hablaba más de sus propios logros que de ella.

Pensó en cómo su padre había empezado a invitarlo a cenar cada vez con más frecuencia, mucho antes de que Rosalind supiera el motivo real, y en cómo ella misma había preferido no preguntar, ocupada en fingir que aquella atención insistente era solo la torpeza social de un hombre acostumbrado a los negocios y no a las damas.

Se preguntó, arrodillada entre cajas de mercancía ajena, si había alguna versión de sí misma que hubiera aceptado el matrimonio sin rebelarse, que hubiera cerrado los ojos ante la diferencia de edad y el modo en que Sedgwick hablaba de ella como quien habla de una adquisición bien negociada.

Decidió que sí, que probablemente existía esa versión de Rosalind Kingsley en algún universo más dócil que el suyo, y decidió también que se alegraba profundamente de no ser ella.

En Londres, aquella misma mañana, Edmund Kingsley descubrió que su hija no bajaba a desayunar por segundo día consecutivo y, tras enviar dos veces a una criada a llamar a su puerta sin respuesta, entró él mismo en la habitación para encontrarla vacía, la cama sin deshacer y el joyero de su difunta esposa abierto sobre el tocador con un hueco evidente donde antes descansaba el collar de perlas.

—¿Dónde está mi hija? —le preguntó a Hannah, que fingió una sorpresa que no sintió en absoluto.

—No lo sé, milord. Anoche se retiró temprano, decía que le dolía la cabeza.

—¡No está en su habitación, mujer! ¡La cama ni siquiera está deshecha!

Edmund recorrió la casa entera, gritando el nombre de su hija por los pasillos con una angustia que a Hannah le pareció, en el fondo, más relacionada con lo que diría lord Sedgwick que con ningún temor genuino por el paradero de Rosalind.

Cuando finalmente se sentó en la biblioteca, derrotado, con la cabeza entre las manos, mandó llamar a Sedgwick de inmediato.

El barón llegó antes del mediodía, y la noticia no pareció sorprenderle tanto como debería haberle sorprendido a un hombre a punto de perder a su prometida.

—Interesante —fue todo lo que dijo, tras escuchar el relato entrecortado de Edmund—. Muy interesante.

—¿Interesante? ¡Mi hija ha desaparecido!

—Su hija, lord Kingsley, ha huido. Hay una diferencia considerable entre ambas cosas, y la segunda dice mucho más sobre su carácter de lo que yo mismo había calculado.

—Sedgwick se sirvió una copa del brandy de Edmund sin que nadie se la ofreciera—.

No se preocupe. Tengo contactos en los muelles y en las oficinas navieras.

Una joven de su posición, viajando sola, dejará un rastro tarde o temprano.

Y cuando lo encuentre, lord Kingsley, la deuda seguirá en pie exactamente igual que antes, con o sin su hija de por medio.

Edmund no supo si aquello era una amenaza o una promesa de ayuda, y decidió, con la cobardía que lo caracterizaba, no preguntar.

Contó las horas por el hambre. Tenía un poco de pan y queso que había traído consigo, pero lo racionó con el cuidado obsesivo de alguien que no sabe cuándo volverá a comer.

El agua era más problema: no había traído suficiente, y el aire cerrado de la bodega, cargado de olor a brea y a madera húmeda, le secaba la garganta con una eficacia cruel.

Fue el hambre, más que el valor, lo que finalmente la empujó a moverse.

Calculó que llevaba al menos un día entero escondida —quizá más, era difícil saberlo en la oscuridad total— y el estómago le dolía de un modo que ya no podía ignorar.

Si conseguía llegar a algún lugar donde hubiera comida sin que nadie la viera, podría aguantar hasta que el barco atracara en Calais.

Salió del hueco entre los barriles con las piernas entumecidas y avanzó a tientas por la bodega, guiándose por una línea de luz tenue que se filtraba desde algún punto sobre su cabeza.

Encontró una escalera, subió unos peldaños, y se asomó por una escotilla entreabierta a un pasillo estrecho iluminado por un farol.

Voces. Cerca. Demasiado cerca.

Retrocedió, pero el pie se le enredó en algo —una cuerda, una caja, nunca lo supo con certeza— y el ruido que hizo al caer resonó por toda la bodega como un disparo.

—¿Qué demonios ha sido eso?

El farol se acercó antes de que pudiera volver a esconderse. Rosalind se apretó contra los barriles, consciente de lo inútil del gesto, mientras la luz barría la bodega y finalmente se detenía sobre ella.

—Bueno, bueno —dijo una voz de hombre, con un tono que no era exactamente amable ni exactamente cruel, sino algo peor: divertido—. Miren lo que ha traído la marea.