La dama y el pirata
© inepub.com
Capítulo 1
La vela de sebo se había consumido hasta dejar un charco de cera sobre la bandeja de plata, y nadie en el salón de los Ashcombe se había dado cuenta de que Rosalind Kingsley llevaba diez minutos sin sonreír.
—Tu padre te busca.
Hannah se lo dijo al oído, entre dos giros del vals, con la voz de quien lleva toda la noche buscando el momento de decir algo que no quiere decir.
Rosalind soltó la mano de su pareja de baile, un joven cuyo nombre había olvidado en cuanto se lo dijeron, y se disculpó con una inclinación de cabeza que no llegó a los ojos.
—¿Dónde está?
—En la biblioteca. Con lord Sedgwick.
El nombre le cayó encima como un jarro de agua fría en pleno enero.
Cornelius Sedgwick llevaba tres semanas apareciendo en cada velada a la que asistía su padre, siempre con la misma sonrisa de comerciante satisfecho, siempre situándose donde Rosalind no pudiera evitar verlo.
Tenía cuarenta y tantos años, una fortuna hecha en algo que nadie mencionaba en voz alta y un interés por ella que no se molestaba en disimular.
Cruzó el salón esquivando abanicos y comentarios sobre el tiempo, y para cuando llegó a la puerta de la biblioteca ya sabía, con esa certeza que se instala en el estómago antes que en la cabeza, que lo que fuera a encontrar dentro no le iba a gustar.
—Ah, aquí está.
Su padre se levantó del sillón con más brío del que llevaba usando en meses.
Edmund Kingsley, vizconde de un título que ya no correspondía a ninguna fortuna, tenía las mejillas encendidas y una copa de brandy vacía en la mano.
Sedgwick permaneció sentado, observándola con la misma calma con la que un hombre observa algo que ya considera suyo.
—Lady Rosalind. —Sedgwick inclinó la cabeza, sin levantarse—. Su padre y yo estábamos terminando de arreglar un asunto que le concierne.
—¿Qué asunto?
Su padre no la miró al contestar. Eso, más que ninguna otra cosa, le dijo todo lo que necesitaba saber.
—Lord Sedgwick ha tenido la generosidad de proponer... una solución a ciertas dificultades que hemos venido arrastrando.
—¿Qué dificultades, padre?
—Catorce mil libras —dijo Sedgwick, sin darle a Edmund tiempo a elegir sus palabras—. Es lo que su padre me debe, lady Rosalind. Una cantidad considerable, adquirida a lo largo de varias... veladas de juego memorables.
Catorce mil libras. Rosalind conocía la cifra de las cuentas de la casa, de las facturas que se acumulaban sin pagar, del modo en que su padre evitaba mirarla a los ojos desde hacía meses. No conocía esa cifra en concreto, y desde luego no conocía el nombre de Sedgwick asociado a ella.
—Y su generosa solución es...
—El matrimonio. —Sedgwick se puso en pie por fin, y al hacerlo pareció ocupar el doble de espacio del que en realidad ocupaba—. Cancelo la deuda. Usted se convierte en mi esposa. Su padre conserva la casa, el apellido, la posición. Todos ganamos.
—Todos menos yo.
—Rosalind. —Su padre dio un paso hacia ella, y la mano que le tendió temblaba lo suficiente para que se le derramara el poco brandy que le quedaba en la copa—. No hay otra salida. Lo he intentado todo.
—¿Lo has intentado todo, o has jugado hasta que ya no quedaba nada que intentar?
El bofetón no llegó a producirse, pero la mano de su padre se cerró en el aire, a medio camino entre el gesto y su freno. Sedgwick observaba la escena con el interés de quien contempla una obra de teatro cuyo final ya conoce.
—La boda se celebrará dentro de tres semanas —dijo, como si la conversación anterior no hubiera sucedido—. Le enviaré a mi modista para el vestido. Prefiero el color marfil a lo que suele llevarse ahora.
Rosalind no contestó. Salió de la biblioteca con la espalda recta y las manos apretadas contra la tela de la falda, y solo cuando estuvo fuera, en el pasillo vacío, permitió que la respiración se le acelerara.
Hannah la esperaba junto a la escalera de servicio, con el chal de Rosalind ya en las manos, como si hubiera sabido antes que ella misma que iba a necesitarlo.
—¿Milady?
—Tres semanas —dijo Rosalind—. Tengo tres semanas para dejar de existir.
—No diga eso.
—No me refiero a morirme, Hannah. Me refiero a desaparecer antes de que ese hombre pueda comprarme como si fuera una yegua de cría.
Bajaron juntas la escalera de servicio, entre el olor a cera de vela quemada y el ruido apagado de la orquesta al otro lado de las paredes.
Rosalind pensó en Francia, en una prima lejana de su madre que vivía en Calais y a la que no había escrito en años, en cualquier lugar donde el apellido Kingsley y la fortuna de Sedgwick no significaran nada.
—Hay un barco —dijo Hannah, despacio, como si llevara la idea guardada desde hacía rato y solo ahora se atreviera a soltarla—. El hijo del cocinero trabaja en los muelles. Dice que hay un mercante que zarpa hacia Calais dentro de dos noches. El Providence.
—¿Y crees que voy a poder comprar un pasaje sin que mi padre se entere antes de que el barco zarpe?
—No he dicho que compre un pasaje, milady.
Rosalind se detuvo en el último escalón y miró a su doncella con una expresión que debió de ser bastante elocuente, porque Hannah se apresuró a añadir:
—Solo digo que hay barcos que zarpan de noche y que nadie cuenta a los pasajeros que suben por la pasarela de carga.
Era una locura. Rosalind lo sabía mientras la idea echaba raíces en su cabeza con una velocidad que no debería haber tenido.
Una mujer sola, colándose en la bodega de un barco mercante, cruzando el canal sin más equipaje que lo que cupiera en un hatillo.
Si la descubrían antes de zarpar, su reputación quedaría hecha pedazos sin ni siquiera haber llegado a ninguna parte.
Si la descubrían durante la travesía, no quería ni pensar qué clase de hombres tripulaban un barco de carga y qué harían con una polizona.
Pero la alternativa era Cornelius Sedgwick sentado a la cabecera de su propia mesa durante el resto de su vida.
—Dos noches —dijo, más para sí misma que para Hannah—. Necesito dos noches para reunir lo que pueda vender sin que nadie lo note.
—¿Y si su padre se da cuenta antes?
—Mi padre lleva meses sin darse cuenta de nada que no tenga que ver con las cartas. No creo que empiece ahora.
Volvieron al salón por separado, Hannah por la puerta de servicio y Rosalind por la principal, recomponiendo el gesto en algo parecido a la compostura antes de que nadie pudiera preguntarle por qué había desaparecido tanto rato.
Bailó dos veces más, sonrió cuando tocaba sonreír, y en ningún momento dejó que su mirada se cruzara con la de Sedgwick, que la observaba desde el otro extremo del salón con la paciencia de un hombre que ya ha ganado.
Al llegar a casa, ya de madrugada, se sentó frente al espejo de su tocador y empezó a hacer una lista mental de lo que podía vender sin que se notara: un collar de perlas que había sido de su madre, un par de pendientes que nunca le habían gustado, tres libros con las cubiertas de piel que algún librero de segunda mano pagaría bien.
No era mucho. Tendría que ser suficiente.
En el pasillo, oyó a su padre subir las escaleras tarareando algo, feliz, ajeno por completo a que su hija estaba a punto de desaparecer de su vida antes de que él pudiera venderla.
—Tres semanas —murmuró Rosalind al espejo—. No, lord Sedgwick. Ni una noche más de las que yo decida.
A la mañana siguiente, bajó a desayunar como si la noche anterior no hubiera existido.
Su padre ya estaba en la mesa, leyendo el periódico con una taza de café que no había tocado, y por un instante, viéndolo así, con las gafas resbaladas hasta la punta de la nariz y el pelo todavía revuelto de dormir, Rosalind sintió una punzada de algo que se negó a llamar cariño.
—Lord Sedgwick vendrá a cenar el jueves —dijo su padre, sin levantar la vista del periódico—. Espero que estés preparada para recibirlo con la cortesía debida.
—Por supuesto, padre.
—No pongas esa cara, Rosalind. Otras muchachas matarían por un partido así. Es rico, tiene buena posición, y no es feo del todo.
—Es exactamente el hombre al que le debes catorce mil libras, padre. Perdóname si no encuentro el romanticismo que tú pareces ver en el asunto.
Edmund bajó por fin el periódico y la miró con una expresión que oscilaba entre la irritación y algo más parecido a la vergüenza, aunque no llegara nunca a convertirse en disculpa.
—Hago lo que puedo por esta familia.
—Haces lo que puedes por seguir jugando a las cartas sin que las consecuencias te alcancen a ti.
No esperó respuesta. Se levantó de la mesa sin haber probado el desayuno y subió a su habitación, donde Hannah ya la esperaba con la puerta cerrada y el hatillo escondido bajo la cama, listo para las dos noches que faltaban antes de que todo cambiara.
—¿Ha ido bien? —preguntó Hannah, en voz baja.
—Ha ido exactamente como esperaba. Lo cual, viniendo de mi padre, es lo más parecido a una certeza que voy a conseguir en esta casa.
Se sentó en el borde de la cama mientras Hannah recogía las cosas del desayuno que Rosalind no había tocado, y por un momento se quedó mirando el retrato en miniatura de su madre que guardaba en la mesilla, un óvalo de marfil pintado el año antes de su muerte, con esos mismos ojos claros que Rosalind veía cada mañana en el espejo.
—A veces me pregunto qué habría hecho ella —dijo, más para sí misma que para Hannah—. Si habría luchado, o si habría cedido y se habría dicho a sí misma que era lo más sensato.
—Su madre, con el debido respeto, milady, nunca cedió en nada en su vida. Se casó con su padre en contra de la opinión de toda su familia, si mal no recuerdo lo que cuentan las criadas más veteranas.
—¿Y mira cómo terminó eso?
—Terminó en usted —dijo Hannah, con una sencillez que a Rosalind le apretó algo en el pecho—. No todo lo que empieza mal termina mal.
No volvió a ver a su padre hasta la noche, en la cena, donde Edmund Kingsley pasó buena parte de la comida en un silencio poco habitual en él, dando vueltas a la comida en el plato sin llevársela apenas a la boca.
Cuando Rosalind se levantó para retirarse, él la llamó por su nombre con una voz que había perdido la aspereza de la mañana.
—Tu madre habría sabido qué decirte en un momento como este —dijo, sin mirarla del todo—. Yo nunca he sabido decir las cosas bien. Ni siquiera cuando ella vivía.
Fue lo más parecido a una disculpa que Rosalind recibiría de él, y durante un instante, viéndolo ahí sentado, envejecido de golpe por una culpa que no llegaba a reconocer del todo, sintió una compasión que no quería sentir, porque la compasión, en ese momento, no le servía de nada.
Solo asintió, y subió a su habitación sin decir una palabra más, guardando aquel instante en algún lugar que no volvería a abrir hasta mucho después.
Antes de que Hannah la avisara, la velada había sido, por una vez, casi agradable.
Rosalind había bailado con lord Aldworth, un viudo de mediana edad que solo hablaba de sus perros de caza y al que resultaba fácil sonreír sin esfuerzo, y había pasado un buen rato junto a la ventana con Charlotte Wray, su amiga desde la infancia, comentando entre risas los sombreros cada vez más absurdos que lucía la señora Halloway.
—Tu padre parece contento esta noche —había dicho Charlotte, señalando con la barbilla hacia el rincón donde Edmund Kingsley conversaba con dos hombres mayores, copa en mano, riendo con una risa demasiado alta para resultar del todo natural—. Hace tiempo que no lo veía tan animado.
—Mi padre siempre está contento cuando cree que le va a tocar una buena mano de cartas.
—Rosalind.
—Es la verdad, Charlotte. No pretendo que sea agradable, solo que sea cierta.
Charlotte no había insistido. Llevaba conociendo a Rosalind el tiempo suficiente para saber cuándo un comentario escondía algo más profundo que no valía la pena remover en mitad de un baile, y se había limitado a apretarle la mano antes de que ambas volvieran a la pista.
Rosalind pensó en aquel momento, más tarde, ya de madrugada, sentada frente al espejo con la lista de objetos vendibles a medio hacer.
Pensó en lo poco que había sabido, apenas unas horas antes, mientras se reía de sombreros ridículos, de lo que su padre estaba a punto de negociar con Cornelius Sedgwick en la habitación de al lado.
Ese era, quizá, el detalle que más la enfurecía: no la deuda en sí, ni siquiera la propuesta de matrimonio, sino el hecho de que su padre hubiera sido capaz de sonreír y bailar y beber brandy mientras ya sabía, con toda seguridad, lo que le esperaba a su hija.
Guardó el collar de perlas de su madre en el fondo del hatillo, envuelto en un pañuelo, y por un momento dudó si debía llevárselo.
Había sido de ella. Pero también era, ahora, la única moneda de cambio que tenía para comprarse una vida distinta, y decidió que su madre, de haber podido opinar, habría preferido ver el collar vendido antes que ver a su hija casada con un hombre como Sedgwick.