Capítulo 39 #2
Al menos, Dominic iba a enterarse por su boca, no por otras personas.
Porque, a esas alturas, Alice sabía que ya la mitad de la ciudad debía de estar enterada.
Sin embargo, Alice no encontró ningún tipo de emoción en el rostro de su hermano.
No parecía sorprendido ni tampoco furioso.
La observaba con una expresión casi neutra.
—No eres ninguna bastarda —dijo Dominic.
—Lo soy. —Alice estiró las piernas y apoyó las manos en las rodillas—.
Con siete años escuché a padre y madre hablar en el despacho de él.
Ella le reprochaba el poco caso que me hacía y él le dijo que yo tan solo era una bastarda que no merecía ni un poco de su atención.
—A pesar de todos los años que habían pasado y las muchas veces que se había dicho a sí misma que no le importaba lo que su padre pensase de ella, repetir aquellas palabras aún dolía—. Siento no habértelo dicho.
Dominic exhaló un suspiro y se sentó en la cama a su lado.
—Tenía mis sospechas de que lo sabías —murmuró.
Alice alzó la vista para mirarlo.
—¿Tú lo sabías?
—Padre se aseguró de que lo supiese.
—¿Y aun así me has traído a Londres en busca de marido?
Durante los últimos años, Alice había estado segura de que Dominic se distanciaría aún más de ella si descubría su bastardía.
—Eres mi hermana, Alice. —Dominic pasó un brazo alrededor de sus hombros y la atrajo hacia él en un gesto de afecto poco habitual en él—. Una Thorne, no importa la sangre que corra por tus venas.
—A padre le importaba. Nunca pasaba tiempo conmigo. Me ignoraba.
—Y no sabes la suerte que tenías. —El tono de voz tenía más amargura que reproche, provocando que Alice le mirase sorprendida—. Era un mal hombre, Alice. Cruel y egoísta. Hizo la vida imposible a nuestra madre. No la culpes por haberle engañado.
—Nunca la he culpado —dijo ella en voz baja—. ¿Sabes quién es mi padre? —le preguntó antes de ser consciente de que estaba haciendo esa pregunta.
Dominic la miró como si estuviese decidiendo si debía contárselo o no. Al final, decidió la primera opción.
—Mi profesor de equitación de aquella época. En cuanto se enteró de que madre estaba embarazada, se marchó por miedo a las consecuencias.
—Menudo cobarde —masculló Alice, apretando los labios con fuerza—.
Me alegro, porque aunque me cueste reconocerlo, quería ir en su búsqueda.
Me sentía culpable por no hacer nada, por si él no sabía de mi existencia, y tenía la esperanza infantil de que me amaría en cuanto lo supiese.
Ahora sé que no es así. ¿Padre te dijo quién era?
—Él nunca lo supo y nunca se interesó por saberlo.
—¿Madre entonces?
—Por supuesto que no. Cuando ella falleció, yo era joven aún.
—Hizo una pausa—. Pero años después, investigué.
Lo busqué. Quería saber quién era, por si acaso podía ser alguien para ti.
Alguien que te diese lo que nuestro padre nunca te dio.
—Su expresión se ensombreció levemente—.
Resultó ser un cobarde y un malnacido. Por suerte para todos, falleció poco después de tu nacimiento.
—¿Cómo?
—Un accidente con el caballo. —Dominic eligió las palabras con cuidado—.
Los testigos dijeron que, en los últimos meses antes de morir, estaba muy nervioso.
Paranoico, casi. Convencido de que alguien le seguía, de que le vigilaban.
Ese día espoleó al caballo con demasiada fuerza, el animal se desbocó y no pudo esquivar un tronco caído en el camino.
—Hizo una pausa—. Nunca se supo con certeza qué le impulsó a correr así.
—¿Y tú qué crees? —preguntó Alice en voz baja.
Dominic la miró un momento antes de responder.
—Que tenía miedo de que nuestro padre hubiese descubierto la verdad y mandado a alguien para asesinarle. Falleció por su propio miedo. Que es, a mi juicio, la manera más miserable de morir.
—No lo entiendo, Dominic. —Alice suspiró—. Si lo buscaste por mí, ¿por qué tú te alejaste de mí? No necesitaba un padre, pero sí te necesitaba a ti.
Dominic la miró con una expresión que Alice no le había visto antes. Más suave, más honesta.
—Me mantuve alejado porque padre me amenazó con enviarte a un convento si me acercaba demasiado.
Era su manera de controlar las cosas, de asegurarse de que nadie cuestionase sus decisiones.
Prometí que nunca te traería a Londres ni te presentaría en sociedad.
Era la única manera de mantenerte a salvo.
—Y, aun así, me has presentado en sociedad.
—Por supuesto. —Dominic esbozó una sonrisa triste—. Porque eres mi hermana y porque ninguna promesa hecha a un hombre como él merece ser cumplida. —Se pasó una mano por el cabello—. Debí haber encontrado la manera antes, debí haber estado más presente. Lo siento.
Alice no respondió de inmediato. Miraba a su hermano, a ese hombre del que apenas sabía nada después de años de distancia, pero entonces, debajo del vizconde, vio al niño que había sido.
Al hermano mayor que le enseñó a trepar al árbol del jardín de Yorkshire, que le leía en voz alta cuando su madre estaba enferma y que le cogía la mano en los momentos en que el mundo le parecía demasiado grande.
Ese niño había hecho lo que creía mejor para protegerla. Porque la quería.
Alice rompió la distancia que los separaba y lo abrazó. Rodeó su cuello con las manos y apoyó la cabeza en el pecho de él.
No dijo nada, pues no hacía falta. Dominic se quedó quieto un instante, sorprendido, y luego le devolvió el abrazo con una torpeza que tenía algo de sincero, pues era la torpeza de dos personas que llevan demasiado tiempo sin hacerlo y han olvidado cómo encajan.
Cuando se separaron, Alice vio que a su hermano le brillaban los ojos.
—Voy a solucionarlo, Alice. Eres mi hermana y negaré que eres una bastarda. Si ese hombre corrobora lo que su mujer ha dicho, diré que nuestro padre mentía. Que lo hacía porque odiaba tener una hija, porque nunca supo quererla. Lo creerán. No sería el primer hombre que hace algo así.
—No me importa lo que piensen los demás, Dominic. Nunca lo ha hecho. Pero quiero regresar a Yorkshire.
—¿Y Bastian? —le preguntó él.
—Se ha enterado como el resto de que soy una bastarda. No va a querer casarse conmigo.
—¿Pero al final sí ibais a casaros? Pensaba que romperías el compromiso esta noche.
Alice se quedó quieta, observando a Dominic durante unos instantes.
—¿Lo sabes?
—¿El qué?
—Que nuestro compromiso no era de verdad.
Él se rio.
—Lo supuse. Te conozco, Alice. Sé que no habrías aceptado casarte con un hombre solo porque la sociedad te lo impusiese.
Y cuando apareciste con Ingrid, aunque no llegaste a contarme toda la historia, supuse que, para que no te enviase de regreso a Yorkshire y poder encontrarla, convenciste a Bastian de comprometeros.
Alice suspiró. Su hermano se había dado cuenta de todo. Dominic la conocía demasiado bien.
—Y aun así permitiste que siguiésemos adelante.
Él se encogió de hombros.
—Bastian es un hombre honorable. Si, tras todo lo ocurrido, terminaba pidiéndote que fueses su esposa de verdad, no lo haría por obligación ni por salvar las apariencias.
Lo haría porque te amaba. Y un hombre que ama a mi hermana y es digno de ella merece que yo no me interponga en su camino.
—La miró fijamente—. Aunque el camino lo haya iniciado con una farsa.
—Esta noche me ha pedido que me casase con él. —Ella recordó cómo se lo había pedido y no pudo evitar ruborizarse—. Pero ya nada importa. Ahora que sabe que soy una bastarda, no se querrá casar conmigo.
—¿Te lo ha dicho él?
—Me he ido antes de tener que enfrentarme a él.
—No te tenía por una cobarde, hermana.
—Y no lo soy —dijo ella—. No fui sincera con él. Lo olvidé, o quizá no quise recordarlo. Tal vez sí soy una cobarde, Dominic. Porque no podría soportar que me despreciase. —Se levantó antes de que su hermano pudiese abrir la boca—. Tengo que irme a Yorkshire ahora.
Dominic se levantó también.
—Te equivocas. —Ella abrió la boca, pero no le permitió hablar—. Conozco a Bastian, no le dará importancia a eso.
Alice negó con la cabeza.
—¿Entonces por qué no está aquí ahora? ¿Por qué no me ha seguido?
—Alice —comenzó Dominic, intentando hacerla entrar en razón.
—Tengo que irme ahora. No puedo quedarme un instante más.
Dominic la miró en silencio durante un instante, de la misma manera en la que las gemelas se habían mirado entre ellas, y terminó asintiendo con la cabeza.
—Está bien. Haré que preparen el carruaje.
Y aunque aquello era exactamente lo que había querido apenas unos minutos antes, Alice no sintió alivio, sino un vacío lento, pesado y doloroso que parecía haberse instalado justo en mitad del pecho.
Porque, en el fondo de sí misma, todavía conservaba la absurda esperanza de escuchar el sonido de los cascos de un caballo deteniéndose frente a la casa, el eco apresurado de unos pasos atravesando el vestíbulo y la puerta abriéndose de golpe.
Ver aparecer a Bastian antes de que fuera demasiado tarde.
Que la detuviera, que discutiera con ella, que le dijera que estaba siendo absurda y orgullosa y completamente imposible.
Pero él no estaba allí.
Y eso fue algo que hizo que el corazón de Alice terminara de romperse.