Capítulo 40
—Londres le ha cambiado —le dijo Margaret a Alice mientras esta desayunaba en el salón de la casa de campo en Yorkshire.
Alice le dio un mordisco al pan.
—Soy la misma que se fue.
—No, no lo es. Le han roto el corazón.
Alice dejó el pan sobre el plato.
Llevaba dos días en Yorkshire. Dos días de silencio y aire limpio y senderos conocidos que deberían haberle devuelto algo y que, sin embargo, se sentían extrañamente vacíos. Como una ropa que ya no le quedaba igual que antes.
No quería ocultarle la verdad a Margaret. Pero no estaba preparada para pronunciar las palabras en voz alta, porque pronunciarlas significaba que eran reales y, mientras no las dijera, podía seguir existiendo en ese espacio intermedio donde todo dolía, pero nada era del todo definitivo.
—Me lo he roto yo misma —reconoció al fin—. He cometido el error de enamorarme.
Margaret negó con la cabeza.
—Enamorarse nunca es un error.
—Lo es. Ya lo creo que lo es —dijo Alice a la vez que se levantaba y se acercaba a la ventana.
El jardín de la mansión estaba igual que siempre. Los mismos robles, el mismo sendero de grava que llevaba hasta el establo, la misma luz gris de la mañana que ella había amado toda su vida. Nada había cambiado.
El problema era ella. Tal y como Margaret había dicho, estaba cambiada. Y ella no estaba segura de que fuese para bien.
—¿Él no la ama?
—Me ama, no tengo duda de eso. —Porque Alice estaba convencida, a pesar de todo, de que Bastian no mentía cuando le había confesado su amor—. Pero ha descubierto que no soy quien pensaba que era. Y parece que eso le ha pesado demasiado.
—Es su pérdida entonces, no la suya.
Alice se volvió hacia Margaret con una sonrisa triste que no llegaba a los ojos.
—Supongo que necesito un poco de tiempo para verlo así. Estar ocupada ayudando a las sirvientas me ayudará.
—¿No estará pensando en intentar cocinar de nuevo? —le preguntó Margaret, abriendo mucho los ojos—. La cocinera aún se está recuperando del desastre de ayer.
—Ya la conoces. Es una exagerada. —Alice entornó los ojos a la vez que chasqueaba la lengua—. No llegué a quemar nada.
—Por poco. Casi nos mata a todas del susto.
Alice hizo un gesto con la mano.
—Oh, porque al igual que ella, sois todas unas exageradas.
—Casi le chamuscó el pelo a la pobre Janice —le recordó Margaret, nombrando a la cocinera—. Afortunadamente no pasó nada, pero, por un instante, pensé que se quedaría sin pelo cuando la vi saliendo corriendo al jardín.
Alice miró a Margaret en silencio durante unos instantes, y después, con los hombros hundidos y un largo suspiro, dijo:
—Está bien, me mantendré alejada de la cocina por unos días.
—Es lo más sensato que ha dicho desde que llegó.
—No exageres. Soy una mujer muy sensata.
—Ese es precisamente el problema, señorita Alice —Margaret recogió el plato del desayuno—, que no exagero.
—Tal vez pueda ir al cuarto de costura y remendar ropa —pensó Alice en voz alta, ignorando las palabras de Margaret—. Escuché cómo ayer una de las sirvientas se quejaba de que tenía demasiada ropa por remendar.
—Tal vez sea mejor que no lo haga. —Margaret se detuvo frente a ella, con el plato entre las manos—. Le recuerdo que, cuando la costurera intentó enseñarle hace unos años, acabó con tres dedos pinchados y dos metros de tela arruinados.
—¿Es que acaso todas empezáis sabiendo? —se quejó Alice, llevándose las manos a las caderas—. Era mi primer intento.
—Era su quinto —le recordó Margaret—. Los conté. La costurera también los contó, lo recuerda continuamente.
—Exageradas todas —resopló Alice—. Entonces iré a dar de comer a los animales. Eso se me da bien.
—Eso es cierto —dijo Margaret—. Siempre y cuando...
Alice no esperó a que terminase. Salió de la sala y se dirigió hacia los establos.
Empezaría por los caballos.
La mañana transcurría sin ningún sobresalto.
Alice había terminado con los caballos, había pasado por la pocilga y ahora se encontraba en el corral de las gallinas, con el cubo de pienso bajo el brazo, lanzando puñados al aire con ese movimiento amplio y circular que había perfeccionado desde niña. Las gallinas se arremolinaban a sus pies.
Estaba lanzando otro puñado cuando escuchó un quejido a su espalda.
Se dio la vuelta esperando ver a cualquier persona menos a Bastian. Él estaba dentro del corral, tan guapo como siempre, incluso con la expresión de disgusto que tenía en su rostro mientras se tocaba la mejilla.
—Veo que sigues con la costumbre de tirar cosas a la gente.
Por un instante, Alice estuvo segura de que aquel era otro de sus sueños. Pues no lo reconocería en voz alta, pero no había habido ni una sola noche desde que había regresado a Yorkshire en la que no hubiese soñado con Bastian. Incluso se pellizcó levemente la piel de la mano.
Pero ella estaba despierta. Aquello era real.
—Bastian. —La sorpresa fue genuina y, durante un instante, solo un instante, algo cálido se abrió paso en su pecho al verle—. ¿Qué haces aquí?
—Tenemos que hablar.
Y entonces, aquella sensación cálida fue sustituida por una furia ardiente que comenzó a arder bajo su piel.
—No quiero escuchar tus reproches. —¿Qué pretendía, humillarla aún más de lo que su exprometida había hecho?—. Márchate —espetó, volviéndose hacia las gallinas.
—Alice...
—He dicho que te marches.
—He venido desde Londres. No me voy a marchar sin...
—Llegas tarde —lo cortó ella.
—Fuiste tú quien salió corriendo.
—Y tú quien no fue tras de mí.
—Fui tras de ti en cuanto pude, pero tú ya...
—Que te marches, Bastian.
—No pienso hacerlo. No voy a irme hasta que no hables conmigo, Alice.
—¿Así que no piensas irte, no? —Alice se cruzó de brazos y se giró, pero no para mirar a Bastian, sino a las gallinas, que curiosamente la observaban expectantes—. Vamos, pequeñas, tenemos un intruso. Atacadle.
Bastian se rio.
—Alice, no son perros de presa entrenados. No van a obedecerte.
Ella metió la mano en el cubo y sacó un puñado generoso de pienso. Uno verdaderamente generoso. Y lo lanzó directamente a los pies de Bastian.
Lo que ocurrió a continuación fue inmediato.
Veinte gallinas se lanzaron hacia él como una marea de plumas y picos con una determinación que habría impresionado a cualquier general.
Bastian pegó un respingo que no era exactamente digno de un duque y echó a correr hacia la puerta del corral, abriéndola de un golpe y cerrándola tras de sí con rapidez, dejando al otro lado de la valla a las gallinas, apiñadas contra la madera y cacareando con indignación.
Alice lo miraba desde dentro del corral con los brazos cruzados y una expresión de satisfacción.
—No he necesitado entrenarlas. A veces, es cuestión de técnica.
Bastian se recolocó la casaca y recuperó la respiración.
—Estás siendo irracional.
—¿No decías que te gustaba eso de mí? ¿O también eran palabras vacías, como tus promesas?
Bastian suspiró.
—Nada de lo que te dije fue vacío, Alice. Y lo sabrías si te hubieras molestado en escucharme.
Había un reproche en su voz. Pero Alice también estaba enfadada con él.
—Regresa a Londres, Bastian.
—No sin ti.
Alice negó con la cabeza.
—Tan solo soy una bastarda, Bastian. No soy digna de un duque.
—A pesar de que lo único que Alice anhelaba era volver a la ciudad con Bastian, no podía hacerlo.
Lo de ellos, después de hacerse pública su bastardía, no funcionaría—.
Lo ha dicho tu amiga lady Eliza. —No evitó el retintín con el que pronunció aquella palabra.
—Ella dejó de ser mi amiga hace muchos años. Y si no fui tras de ti en ese mismo instante fue porque necesitaba asegurarme de algo primero.
Alice lo miró.
—Quería saber si el marido de Eliza estaba detrás de lo que había ocurrido.
Si había sido un plan deliberado o un impulso de ella.
—Hizo una pausa—. No lo estaba. Lord Harcastle era completamente ajeno a todo.
Tu padre se lo contó a él una noche de borrachera, hace años, y ni siquiera estaba seguro de cuánta verdad había en ello.
—Su voz era tranquila, sin rastro de acusación—.
Se lo contó como un secreto a su mujer y esta lo guardó como un arma hasta que encontró el momento de usarla.
—No era difícil suponer que todo era obra de esa despiadada mujer —murmuró Alice con un suspiro—. Está acostumbrada a salirse con la suya.
—Lo está, pero esta vez le ha salido mal.
Su marido, que es menos pusilánime de lo que ella cree, se ha cansado.
—Bastian hizo una pausa—. Ha declarado públicamente que su mujer lo inventó todo, fruto de un ataque de histeria.
—Una sonrisa breve y sin humor le cruzó los labios—.
Es el diagnóstico que algunos hombres usan para las mujeres que dan demasiados problemas.
En circunstancias normales me parecería injusto.
En este caso, me cuesta encontrar la compasión.
—Aun así habrá quien siga pensando que es verdad que soy una bastarda.
—¿Y crees que me importa lo que piensen los demás?
—Bastian aprovechó que las gallinas se habían dispersado para entrar en el corral de nuevo, cerrando la puerta tras de sí con cuidado—.
¿Crees acaso que me importa que seas una bastarda?
—Su voz no era de enfado, sino de algo más parecido a la exasperación—.
Por Dios, Alice. Si no salí corriendo tras de ti en ese mismo instante fue porque estaba seguro de que tú sabías que no me importaría lo más mínimo.
—Pues te equivocabas —dijo ella.
—Evidentemente. —Dio un paso hacia ella—. ¿Por eso no me lo contaste? ¿Porque pensabas que te rechazaría?
—Estuve a punto de contártelo aquella noche, en la mansión de Carlisle, pero luego se me olvidó —dijo ella, y había en su voz algo que no era excusa, sino simple verdad—.
Pero en el fondo supongo que sí lo pensaba.
Nunca me importó ser una bastarda. Tampoco me habría importado que la gente se enterase algún día, porque las normas de la alta sociedad me traían sin cuidado.
No pensaba vivir en ella. —Hizo una pausa—.
Pero cuando me enamoré de ti sin quererlo, todo cambió.
Bastian no dijo nada. La dejó hablar.
—De repente, sí me importaba. —Alice bajó la vista al cubo que seguía sosteniendo entre las manos, como si no supiera qué hacer con él—. No por mí, sino por ti. Porque eres un duque y tienes un nombre y una reputación y obligaciones con tu familia y con tu título.
—Eso es lo más absurdo que te he escuchado decir —dijo Bastian—. Y te he escuchado decir cosas verdaderamente absurdas.
—No es absurdo.
—Lo es —dijo él, cerrando la distancia que les separaba y rodeándole la cintura con el brazo para acercarla a él—.
La única razón por la que me he asegurado de que quede claro que eres la hija legítima del vizconde de Rothwell es porque no quiero que la gente, que puede ser muy cruel y muy maliciosa, llegue a hacerte daño.
O a hacérselo a nuestros hijos. Porque, desgraciadamente, Alice, vivimos en un mundo en el que tendremos que relacionarnos con esa gente, nos guste o no.
—¿Nuestros hijos?
—Nuestros hijos —repitió él, sin apartar los ojos de los de ella—.
Los que van a trepar a todos los árboles que encuentren y a lanzar manzanas a los invitados y a darles nombres a los animales del campo.
—Una sonrisa breve le cruzó los labios—.
Y a los que voy a tener que vigilar constantemente para que no incendien la cocina.
—Has hablado con Margaret —dijo ella.
—Sí, y me ha resultado una mujer...
—Una chivata —terminó ella por él, pero sonrió—. Así que vamos a tener hijos.
—Tres mínimo —dijo él.
—Ya veremos —respondió ella.
—Cinco entonces.
—Estás negociando en la dirección equivocada.
—Es una táctica. Si empiezo en cinco, tres me parecerá una victoria razonable .
Alice puso los ojos en blanco, pero la sonrisa que llevaba intentando contener desde que él había entrado en el corral terminó por escaparse.
Una sonrisa de verdad, de las que le llegaban a los ojos y que Bastian había aprendido a distinguir de todas las demás porque eran las más difíciles de conseguir y las más imposibles de olvidar.
Él le puso la mano en la mejilla con esa delicadeza suya que siempre la pillaba desprevenida, y Alice dejó de resistirse a lo que llevaba días necesitando.
Se besaron entre las gallinas, con el olor a paja y a campo y a mañana de Yorkshire, sin nada de lo que habían tenido en Londres, sin salones ni música ni miradas calculadoras.
Solo ellos dos y el sol que empezaba a abrirse paso entre las nubes y el sonido ridículo y perfecto de las gallinas cacareando a su alrededor.
Cuando se separaron, Alice apoyó la frente en su hombro.
—Tres —dijo.
—¿Tres? —repitió él.
—Tres hijos. Dos niñas y un varón.
Bastian le rodeó la cintura con los brazos y sonrió contra su cabello.
—¿Sabes que no podemos controlarlo, verdad?
En realidad, él sabía que había ciertos métodos, aunque no eran del todo fiables y, desde luego, no los usaría con ella. Tendrían tantos hijos como Dios les diese y él esperaba que fuesen muchos.
Alice levantó la cabeza para mirarlo.
—Podemos intentarlo.
—Teniendo en cuenta todo el tiempo que tengo pensado pasar en nuestra alcoba encerrados cuando regresemos a Londres, tres hijos se nos queda corto.
Alice le dio un golpe en el pecho que él ni siquiera intentó esquivar.
—Eres incorregible.
—Tú me has hecho así.
—Yo no he hecho nada.
—Has hecho todo —dijo Bastian, y lo dijo de una manera que no tenía nada de gracioso y sí mucho de verdadero.
Alice le sostuvo la mirada un momento. Había en los ojos de Bastian algo que Alice ya sabía reconocer y que seguía pillándola desprevenida cada vez.
—Nunca pensé que sería tan feliz —reconoció—. Amarte es la mejor aventura que nunca viviré.
—¿Mejor que trepar árboles?
—Mucho mejor.
Bastian se rio. Una de esas carcajadas genuinas y escasas que Alice había aprendido a atesorar porque sabía que eran suyas, solo suyas, de nadie más.
Luego la besó con todo el amor que llevaba dentro.
—Te quiero, Alice —le dijo cuando el beso se rompió.
—Y yo también te quiero a ti, Bastian.