Capítulo 39
Cuando entraron en el salón de nuevo, Alice notó un cambio en el ambiente.
Algo imperceptible, pero que ella sabía que estaba allí.
No tenía nada que ver con que el vals hubiese terminado ni con que la fiesta estuviese dando sus últimos coletazos.
Tampoco con que la orquesta guardase los instrumentos, los camareros recogiesen las copas y los grupos de invitados se fuesen deshaciendo poco a poco entre despedidas y reverencias.
Era algo más. Algo silencioso que anunciaba un desastre.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, como si algo dentro de ella lo anticipase antes de que ocurriera.
—¿Estás bien? —le preguntó Bastian en voz baja.
—Sí —dijo ella, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Tengo que buscar a mi tía. Querrá que nos marchemos pronto.
La vio al fondo del salón y se despidió de Bastian con una última mirada que intentó que pareciese completamente normal. No había dado ni diez pasos cuando el silencio cayó sobre el salón.
Fue entonces cuando lady Eliza se puso en pie.
No levantó la voz, pues no necesitaba hacerlo. Tenía esa habilidad particular de ciertas mujeres para conseguir que el silencio se extendiera a su alrededor antes incluso de abrir la boca, como si el aire mismo se preparase para lo que venía.
—Perdonad que os robe un momento —dijo, con una sonrisa maliciosa que le iluminó los ojos de una manera que no tenía nada de agradable—.
Mi marido no ha podido acompañarme esta noche.
Como sabéis, su salud no se lo permite. —Hizo una mueca triste, demasiado frívola para que a alguien le resultase verdadera—.
Pero antes de venir me pidió que anunciase algo en su nombre, pues él considera que era su obligación hacerlo antes de que fuese demasiado tarde.
—Hizo una pausa calculada, dejando que el silencio del salón se espesara a su alrededor—.
Mi marido fue durante muchos años amigo íntimo del difunto vizconde de Rothwell.
Un hombre honorable al que todos respetábamos profundamente.
Y ese hombre, en un momento de debilidad y de conciencia, le confesó a mi marido su mayor secreto.
Le pidió que lo revelase únicamente si llegaba a ser necesario.
—Sus ojos se posaron en Alice—. Y ha resultado que lo es.
Alice se quedó rígida en su sitio. Sintió cómo se le helaba la sangre mientras observaba a lady Eliza, anticipando cuáles iban a ser sus palabras antes de pronunciarlas.
Ella lo sabía. Ella sabía su secreto.
—Lady Alice Thorne es una bastarda —continuó, sin mostrar el menor rastro de compasión—.
Su madre engañó al vizconde. Él guardó las apariencias y mantuvo el secreto, pero con una condición: que Alice viviese en el campo, apartada de la sociedad.
El vizconde de Rothwell , no quería engañar a nadie, y mucho menos permitir que su nombre manchase el de una familia honorable como la del duque de Weston.
Pero ella no ha tenido los mismos escrúpulos.
Se ha comprometido con él con engaños y malas artes.
El silencio que siguió fue absoluto.
Alice sintió el peso de cada mirada del salón posarse sobre ella al mismo tiempo. Algunas con curiosidad, otras con lástima, y otras con esa satisfacción mal disimulada de quien lleva semanas esperando que ocurra algo así.
Pero a ella no le importaban las miradas, ni el murmullo que ya empezaba a extenderse a su alrededor, ni tampoco lo que pudiesen decir de ella. Nunca le había interesado lo más mínimo encajar en la sociedad.
Pues lo único que le importaba era Bastian. Y no había sido sincera con él cuando él lo había sido con ella.
No lo había hecho a propósito. Al principio no se lo había contado porque el compromiso no era de verdad, y su bastardía no le incumbía.
Y después, cuando había comenzado a sentirse atraída por él, había estado a punto de confesárselo una vez, hacía unos días, cuando habían estado juntos en la mansión de los Carlisle, pero luego había pasado lo de Ingrid y se había olvidado. Y ahora pesaba más que nunca.
No se atrevió a mirar a Bastian, porque estaba convencida de que el dolor y la traición que encontraría en su mirada romperían su corazón en mil pedazos.
Él debía de estar furioso con ella; a Alice le hubiera gustado que él se hubiese enterado por ella, pero no había sido así.
Y sabía que Bastian jamás iba a perdonarla.
Y entonces hizo algo que nunca hacía: huyó.
Se recogió las faldas y salió corriendo hacia la puerta del salón sin mirar atrás. Recorrió el pasillo hasta la puerta de entrada y bajó las escaleras de dos en dos para buscar su carruaje cuando estuvo afuera.
—Alice.
Era Cecily. Y Frances detrás de ella, corriendo y sofocadas.
—Dejadme —les pidió Alice, sin detenerse.
—¡No vamos a dejarte! —le gritó Frances, casi sin voz.
—Alice, escúchanos. —Cecily le puso una mano en el brazo, provocando que se detuviera. La pobre tenía el aliento entrecortado—. Nos importa un absoluto bledo si lo que ha dicho esa mujer es verdad o no.
—Nos da igual si eres bastarda o no. Tu sangre no nos importa y nunca lo ha hecho. —Frances se paró al lado de su hermana—. Y a él tampoco va a importarle, sabes que no.
Alice las miró. Tenía los ojos secos, que era lo más extraño de todo, porque por dentro sentía que algo se había roto de una manera que no sabía si tenía arreglo.
—Necesito irme —fue lo único que consiguió decir.
—Alice...
—Por favor. —Su voz salió más pequeña de lo que pretendía—. Necesito irme.
Las gemelas compartieron una mirada que, en aquel momento, Alice, tan rota por dentro, no fue capaz de interpretar.
Pero Cecily apretó un poco más el agarre en el hombro de Alice tan solo unos instantes, hasta que su hermana le hizo un gesto con la cabeza y esta levantó la mano con un suspiro resignado.
—Te queremos, Alice. Escríbenos cuando llegues, por favor.
Alice asintió y se dio la vuelta, subiéndose al carruaje.
El traqueteo de las ruedas sobre los adoquines llenó el silencio mientras la mansión de los Ambory se perdía a sus espaldas. Alice miraba por la ventanilla sin ver nada, con las manos cruzadas sobre el regazo y los dedos entrelazados con más fuerza de la necesaria.
Bastian no la había seguido.
Se lo había repetido tres veces desde que había subido al carruaje, como si la repetición pudiera cambiar el significado. Había tenido tiempo de sobra para ir tras ella, de la misma manera que lo habían hecho sus amigas.
Frances estaba equivocada. A él sí le importaba su sangre.
Claro que le importaba, porque Bastian era, ante todo, un duque, y un duque no se casaba con una bastarda.
Por mucho que la quisiese, por mucho que lo hubieran prometido en el invernadero hacía apenas una hora, la realidad de su mundo era más fuerte que cualquier promesa susurrada en la oscuridad.
En el fondo, ella lo sabía desde el principio. Siempre lo había sabido.
Lo que no había calculado era lo mucho que iba a doler cuando llegara el momento de recordarlo.
—Ayúdame a empacar. Me voy esta misma noche —le dijo Alice a su doncella en cuanto llegó a la casa.
La joven la estaba esperando despierta, como hacía siempre. La observó un momento con los ojos muy abiertos, sin decir nada, y la acompañó escaleras arriba hasta su habitación.
—Voy a llevarme lo justo. —Alice abrió el armario y empezó a sacar ropa sin demasiado orden—.
Solamente los vestidos sencillos, los de algodón.
Lo que sirva para el campo. —Dejó sobre la cama un montón de telas que Ellen empezó a doblar con eficiencia—.
Los otros, déjalos. No los voy a necesitar.
—Ella no iba a volver a acudir a un baile durante el resto de su existencia.
Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no escuchó la puerta de la habitación abrirse.
—¿Qué está sucediendo aquí?
Dominic estaba en el umbral, con la ropa de casa y el cabello ligeramente revuelto, como si acabase de despertarse.
—Parto a Yorkshire esta misma noche. —Apenas lo miró un momento y, después, siguió sacando vestidos de su armario.
Dominic entró en la habitación y miró a su hermana durante unos instantes antes de posar sus ojos verdes en la doncella.
—Por favor, Ellen. Déjanos solos y cierra la puerta al salir.
La joven no tardó ni un instante en soltar la prenda que sostenía y abandonar la estancia.
—No te vas a ir a ningún lado, Alice —le dijo cuando estuvieron solos.
Pero ella no le escuchaba. Siguió abriendo cajones, sacando prendas y apilándolas sobre la cama. Porque si mantenía las manos ocupadas no tenía que pensar. Y si no pensaba, no sentía. Y si no sentía, podía seguir respirando.
—Alice, ¿me estás escuchando?
Lo hacía, pero Alice ignoró la voz de su hermano. Abrió el cajón de la mesilla, sacó unas cartas y las metió en el bolso de viaje.
—Alice. —La mano de Dominic le rodeó el brazo con firmeza, deteniéndola en seco—. Para.
Ella intentó soltarse.
—Suéltame, Dominic.
—No. —Su voz era tranquila, pero no cedía—. Para un momento. Solo un momento.
Alice dejó de moverse. No porque quisiera, sino porque de repente las piernas no le respondían con la misma convicción de hacía un instante. Se giró para mirar a su hermano.
—¿Qué sucede?
No supo qué fue, si el cúmulo de emociones de todo lo que había sucedido aquella noche o tal vez la cruda preocupación reflejada en los ojos de su hermano, o quizá ambas cosas, lo que hizo que se derrumbara.
—Soy una bastarda, Dominic —confesó, sentándose en el borde de la cama—. Nuestra madre engañó a nuestro padre. Esta noche una mujer odiosa lo ha hecho público delante de todo Londres. Padre se lo contó a su marido y ella me odia, así que ha aprovechado la ocasión.