La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

—¡Sabía que os ibais a casar! —Cecily pegó pequeños saltitos a la vez que aplaudía—. Es una historia de amor preciosa.

Alice sonrió como una tonta. Desde que había regresado al salón no podía dejar de hacerlo. Estaba en una nube.

Bastian la amaba de la misma manera que ella lo amaba a él.

—Y yo, que no creía en las historias de amor —reconoció con un suspiro—. Cuánto me equivocaba.

—Ahora solo falta que creas tú —le dijo Cecily a Frances.

—Aunque me alegro mucho por ti, Alice —añadió antes de mirar a su hermana—, eso no va a pasar.

—Pasará cuando encuentres a tu príncipe azul —apuntó Cecily con una sonrisita.

Después, ignorando a Frances, que acababa de entornar los ojos, alzó las manos con nerviosismo cuando escuchó cómo los primeros compases del vals resonaban en el salón—.

Es el último baile —anunció con los ojos brillantes, buscando ya entre la concurrencia al caballero al que le había concedido ese baile.

El joven de cabello pelirrojo que llevaba toda la noche mirando a Cecily desde el otro extremo del salón no tardó en aparecer a su lado con una reverencia y el brazo extendido. Cecily lo aceptó con una sonrisa radiante y desapareció hacia la pista sin mirar atrás.

Frances, para sorpresa de Alice, fue reclamada por un caballero de expresión seria y modales impecables, al que ella aceptó con poco entusiasmo, dejando a Alice sola.

Su mirada recorrió el salón, buscando a Bastian.

Le había prometido que bailarían el vals.

Habían salido juntos del invernadero, pero, al acercarse a la casa, ella se había adelantado unos pasos para que nadie les viera entrar juntos y sacara conclusiones.

Que, por otro lado, habrían sido completamente acertadas.

Y a Alice no podía importarle menos, pero él quería hacer las cosas bien.

Recorrió el salón una vez más, pero Bastian no estaba en ninguna parte.

Quizás se había entretenido saludando a alguien o quizá su madre le había interceptado. No, eso segundo no, porque la vio conversando con su tía y otras dos mujeres. A falta de algo mejor que hacer, decidió buscarlo ella misma.

Se abrió paso entre los grupos de invitados con la disculpa justa y la sonrisa necesaria, mirando por encima de los hombros, rodeando los corrillos. Lo encontró cerca de las puertas que daban al corredor lateral, de espaldas a ella.

Lo reconoció antes de verle la cara. Los hombros, el porte, la casaca oscura. Y entonces vio algo que hizo que su corazón se encogiera, o mejor dicho, alguien: lady Eliza.

Estaba frente a él, con la mano posada en su brazo con una familiaridad que a Alice le revolvió algo por dentro. Le hablaba en voz baja, inclinada levemente hacia él, con una sonrisa coqueta.

Los ojos de lady Eliza se desviaron hacia ella durante un instante, viéndola llegar. Estiró su mano, posándola en el hombro de Bastian y se inclinó hacia él, con la clara intención de besarlo.

Alice no lo pensó. Dio los tres pasos que faltaban, rodeó el brazo de Bastian con el suyo y lo apartó de lady Eliza con la misma naturalidad con que habría apartado una rama del camino.

Bastian se giró, sorprendido.

—Alice...

—Buenas noches, lady Eliza —dijo Alice, mirando a la mujer con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. ¿Ya le ha dicho Bastian que está invitada a la boda?

—No, no me ha dicho nada. Estábamos ocupados hablando de asuntos más importantes —replicó lady Eliza con una suficiencia que a Alice le hubiese gustado borrar de un plumazo.

Pero esta vez decidió que, por una vez en su vida, iba a portarse como una dama; o, por lo menos, como una con la lengua muy afilada.

En lugar de retroceder, dio un paso al frente.

Bastian, captando la tensión en el ambiente, reaccionó de inmediato: pasó su brazo por la cintura de Alice, atrayéndola hacia él con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre a quién pertenecía su lealtad.

—Siento mucho haberos interrumpido —dijo Alice, ensanchando su sonrisa mientras sentía el calor del cuerpo de Bastian contra el suyo—. Imagino que estabais compartiendo anécdotas del pasado.

Lady Eliza abrió la boca para responder, pero Alice no le dio tregua.

—Es comprensible que se aferre a las viejas anécdotas; después de todo, cuando no se tiene nada nuevo que ofrecer, el pasado es lo único que queda, ¿verdad?

—Alice ladeó la cabeza con fingida simpatía—.

Espero que la invitación a la ceremonia no le resulte dolorosa.

Sería una pena que se perdiera el evento de la temporada solo por un exceso de nostalgia.

Bastian soltó una pequeña risa seca, deleitado por la mordacidad de su prometida, y la apretó un poco más contra su costado.

—Alice tiene razón, Eliza —añadió él, con un tono gélido que terminó de hundir a la otra mujer—. Mi tiempo y mis intereses están ahora donde deben estar. No te robaremos más minutos con recuerdos que ya no tienen valor.

Lady Eliza se puso roja de indignación. Sus labios temblaron, pero al ver la unidad absoluta de la pareja frente a ella, comprendió que no tenía ninguna oportunidad.

Con un bufido de desprecio que resultó más patético que altivo, se dio la vuelta y se alejó a pasos rápidos, haciendo que la seda de su vestido fustigara el aire con su enfado.

—Ella iba a besarte —le dijo Alice, soltándose del agarre de él.

—Y yo no se lo iba a permitir —respondió Bastian.

Algo en la forma en la que él lo dijo, o tal vez que Alice confiaba plenamente en Bastian, hizo que asintiera y, con un suspiro, dijera:

—Lo sé.

Bastian arqueó una ceja, sorprendido.

—¿Lo sabes?

—Claro que lo sé. Aunque eso no significa que me haya gustado verla con las manos encima.

Bastian esbozó una sonrisa lenta.

—¿Estabas celosa?

—Por supuesto que lo estaba. ¿Cómo habrías actuado tú si un caballero estuviera a punto de besarme, aunque supieses que yo no iba a dejarle?

—Rompiéndole las costillas. —Bastian apretó la mandíbula con tan solo imaginarlo. Nunca se había considerado un hombre posesivo hasta que la había conocido—. Eres mía, Alice, nadie te toca.

Aquellas palabras, que dichas por cualquier otro hombre hubieran hecho que ardiera de furia, pues ella no era de nadie, hicieron que un cosquilleo agradable le recorriera el pecho. Porque le gustaba ser de Bastian.

—Y tú eres mío —declaró.

Bastian sonrió.

—Lo soy.

Alice sonrió. Después, miró hacia donde lady Eliza había desaparecido.

—¿Vas a contarme tu historia con lady Eliza?

—Lo voy a hacer, pero no aquí —dijo cuando unas voces se acercaron por el corredor.

Le tomó la mano y la condujo de vuelta al salón. La música del vals los recibió en cuanto cruzaron el umbral, cálida y envolvente, y Bastian no se detuvo. La llevó directamente a la pista, le puso la mano en la cintura con esa calma suya de siempre y comenzaron a girar.

—Estamos bailando —dijo Alice.

Bastian se rio.

—Eso parece.

—Pensaba que íbamos a hablar.

—Y hablaremos. —La guió con suavidad hacia el lado del salón donde las puertas acristaladas daban al exterior—, pero primero esto. Recuerda que te he prometido un baile. Y yo siempre cumplo mis promesas.

Alice no protestó. Bastian bailaba bien, lo había sabido desde la primera vez que bailaron, y había algo en girar con él entre la música y las velas que le resultaba difícil resistir. Fueron avanzando poco a poco, vuelta a vuelta, hasta que se encontraron junto a las puertas.

Bastian las abrió sin dejar de moverse, con la habilidad de quien tiene un plan y no piensa desvelarlo hasta el último momento, y los dos salieron al balcón sin que prácticamente nadie lo advirtiera.

El balcón era estrecho y largo, con una balaustrada de piedra que daba al jardín oscuro, y estaba vacío. La música llegaba amortiguada desde el interior, lo justo para seguir sintiéndola sin que el salón los reclamara.

Bastian la soltó despacio. Se apoyó en la balaustrada y la miró. Esperó unos instantes antes de hablar, como si estuviera midiendo las palabras que iba a decir o quisiera poner en orden sus ideas.

—Lady Eliza y yo nos conocemos desde la infancia —comenzó.

—Eso me lo dijiste.

Bastian hizo una mueca.

—Sé que lo que voy a pedirte es un gran esfuerzo para ti, pero te agradecería que no me interrumpieses cada frase.

Ella puso los ojos en blanco.

—Habla...

—De pequeños ni siquiera nos llevábamos especialmente bien.

Ella es un año menor que yo, pero parecía disfrutar burlándose de mí cada vez que la veía.

No la soportaba; durante años pensé que era la criatura más insoportable y pedante de toda Inglaterra.

Pero supongo que las cosas cambiaron a medida que crecimos.

O quizá fui yo quien cambió. Era joven y un necio, que es la combinación más peligrosa que existe.

Me convencí de que estaba enamorado de ella.

Y Eliza... bueno, Eliza se dejó querer. Llegamos a comprometernos en secreto.

Habíamos acordado hacerlo público poco después de su decimoctavo cumpleaños.

Recuerdo que pasé semanas enteras imaginando cómo sería nuestra vida juntos.

—Bastian soltó una risa amarga, como si no pudiera entender lo necio que había sido—.

Y entonces, el día antes de anunciarlo oficialmente, descubrí que Eliza se había comprometido con otro hombre.

El conde de Harcastle. Un hombre que le triplicaba la edad.

—¿Su padre la obligó? —preguntó Alice, olvidando que había prometido no interrumpir.

—Eso pensé al principio. Fui a verla, dispuesto a plantarle cara a quien hiciera falta.

—Una sonrisa sin humor le cruzó los labios—.

Pero ella me reconoció que no había sido así.

Que Harcastle ya era conde, que tenía el título, la casa y el dinero.

Que yo tendría que esperar años a que mi padre muriese para heredar.

Y que ella no quería esperar. —El rostro de Bastian se ensombreció—.

En ese instante, me prometí que no volvería a enamorarme.

Que me casaría por conveniencia, por deber, por cualquier razón menos por amor.

—Inspiró con profundidad y después sus ojos se clavaron en los de Alice—.

Pero entonces te conocí a ti y me di cuenta de que nunca había estado enamorado de ella.

Porque lo que sentía por Eliza no se parecía en nada a esto.

—Él señaló el espacio que los separaba a ambos—.

Ella nunca consiguió que me olvidase de mis problemas.

Nunca me hizo reír sin quererlo. Nunca me tiró una manzana a la cabeza ni me robó el caballo ni se coló en un club de caballeros disfrazada, convencida de que nadie la reconocería.

Ella nunca me hizo sentir tan vivo como tú.

Alice sonrió.

—Soy muy convincente.

—Eres un desastre —dijo él, con una ternura que quitaba cualquier filo a las palabras—. El mejor y más dulce de los desastres. —Dio el último paso que quedaba entre los dos—. Te quiero, Alice. Te quiero porque eres la persona más auténtica que he conocido en mi vida.

—Yo también te quiero. —Y, a pesar de que no era la primera vez que se lo decía, su corazón latía desbocadamente en su pecho—. Aunque eres insoportable la mayor parte del tiempo.

—Lo sé.

—Y condescendiente.

—También.

Alice exhaló despacio.

—Lo que no entiendo es por qué, si fue ella la que terminó vuestra historia, hoy casi te besa.

Bastian suspiró.

—Llevaba semanas intentando hablar conmigo.

Me ha enviado notas a casa que he ignorado una y otra vez, pero esta noche me ha acorralado.

—Hizo una pausa—. Me ha dicho que aún me amaba.

Que era joven cuando tomó aquella decisión y que tenía miedo de casarse con un hombre del que estaba enamorada por temor a sufrir.

—¿Y la has creído? —preguntó Alice.

—No. —Bastian fue directo—. Aunque tampoco habría cambiado nada si lo hiciese.

—Se apoyó en la balaustrada y cruzó los brazos—.

Eliza no se casó con Harcastle únicamente porque ya tuviera el título.

Hay algo más. Su marido es un hombre enfermizo y débil con el que ella hace lo que quiere.

Tienen un único hijo varón, lo que significa que, no necesita acostarse más con el y que cuando Harcastle muera, el niño heredará el título y ella quedará libre con una fortuna considerable y sin ataduras.

Alice lo miró.

—¿Y esta noche qué quería exactamente?

—Proponerme que fuésemos amantes mientras tanto —dijo, con una voz completamente plana—. Que esperásemos juntos a que su marido muriese. Sobra decir que me negué.

—Y aun así, intentó besarte.

—Supongo que te vio llegar y pensó que saldrías corriendo y romperías el compromiso.

—Me conoce muy poco.

—No, no te conoce en absoluto —dijo él. Le rodeó la cintura con el brazo y la atrajo hacia sí con una firmeza tranquila—. Su error ha sido creer que lo hacía.

Alice apoyó la mano en su pecho sin decir nada. Podía sentir el latido constante de su corazón bajo la tela de la casaca.

—¿Volverá a intentarlo? —preguntó al fin.

—No —dijo Bastian—. Esta noche ha entendido que no hay nada que hacer. Y, si alguna vez se le olvida, tú ya has demostrado que sabes manejar la situación perfectamente.

Alice alzó la vista hacia él.

—He sido muy discreta.

—Has sido perfectamente tú —la corrigió—. Que es mucho mejor.

Ella se rio y, antes de que la risa terminara del todo, acercó los labios a los de él.

—Soy tan feliz —dijo cuando el beso se rompió.

—Y lo vas a ser siempre —respondió él—. No permitiré que nadie vuelva a borrarte esa hermosa sonrisa del rostro.

Desgraciadamente, Bastian estaba a punto de descubrir que eso no estaba en su mano.