La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

—Lo sé. Pero la próxima vez quiero que sea en nuestra alcoba en la noche de bodas.

Ella lo empujó, pillándolo desprevenido, lo que le sorprendió.

—No quiero esperar —espetó, bajando de un salto de la mesa.

Alice se deshizo de las ataduras de sus enaguas, dejando que el lino blanco cayera al suelo sobre los restos de terracota.

Se levantó la falda del vestido de muselina y, con un gesto audaz, volvió a sentarse en el borde de la mesa de madera.

El contacto directo de su piel desnuda contra la superficie fría y rústica le arrancó un jadeo, pero no apartó la mirada de la de él.

Bastian la observó, con la mandíbula tensa y el deseo oscureciéndole los ojos hasta el punto de parecer casi negros. Dio un paso hacia ella, situándose de nuevo entre sus piernas.

—No voy a poseerte aquí, Alice —susurró él; su voz era una vibración baja que ella sintió en el vientre—. La próxima vez que te posea serás mi mujer.

—No me has pedido que me case contigo.

Él se agachó frente a ella, pero, para sorpresa de Alice, no hincó una sola rodilla como dictaba el protocolo, sino las dos. Se colocó entre sus muslos, separándolos con una determinación que la dejó sin aliento.

—¿Qué haces? —preguntó ella, aferrándose al borde de la mesa.

—No eres una mujer convencional, Alice, y esa es una de las muchas razones por las que te amo.

Escuchar aquellas palabras fue como sentir un estallido de luz en mitad de la noche; el corazón de Alice dio un vuelco, latiendo con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas. Intentó decir algo, pero él no le dio oportunidad.

—Y como no lo eres, no te voy a pedir matrimonio de una manera convencional.

—¿Y cómo lo vas a hacer? —preguntó ella, con la respiración entrecortada.

—Dándote placer.

Alice lo miró con una mezcla de desconcierto y deseo.

—No te has quitado la ropa —dijo ella, genuinamente confusa.

Bastian le guiñó un ojo. A pesar de su valentía y su rebeldía, y de que ya no era virgen, seguía habiendo una parte de ella profundamente inocente; no alcanzaba a imaginar todas las formas en las que él podía adorar su cuerpo sin necesidad de desvestirse.

Pero se las enseñaría todas, una y otra vez.

No había prisa; tenían toda la vida para ello.

—A veces, Alice, las manos y los labios dicen mucho más que los actos —susurró él, justo antes de que su boca encontrara la calidez de su centro.

Alice soltó un jadeo que quedó atrapado entre los cristales del invernadero. El contacto era húmedo, firme y de una precisión que la obligó a arquear la espalda, buscando instintivamente más de aquella sensación abrasadora. Sus dedos se hundieron en el cabello de él, aferrándolo con fuerza.

La lengua de Bastian trazaba un camino lento y experto por su intimidad, mientras uno de sus dedos encontraba el punto exacto de su sensibilidad. El contraste entre la presión firme y la caricia húmeda hizo que Alice perdiera el sentido de la realidad.

—Bastian, esto es demasiado —gimió ella.

Él no respondió; al menos, no con palabras.

Al movimiento de su lengua unió otro dedo que se adentró en su interior. Alice apretó los muslos contra los hombros de Bastian, incapaz de contener los sonidos que brotaban de su garganta, sin darse cuenta o sin importarle si alguien podía escucharla.

La tensión en su vientre se volvió un nudo insoportable, una vibración que se extendía por cada nervio de su cuerpo hasta que, finalmente, Alice estalló.

Su espalda se arqueó, sus dedos se hundieron en el cabello de él, y el placer la inundó en oleadas largas y profundas, robándole hasta el último gramo de fuerza.

Cuando los espasmos remitieron, Bastian se detuvo, pero no se alejó de inmediato. Apoyó la frente contra el muslo de ella, respirando con la misma agitación que Alice, dejando que el silencio del invernadero volviera a envolverlos.

En el momento en el que Bastian se levantó, ella ya había recuperado el aliento.

—Supongo que puedo tomarme tu reacción como un sí —murmuró Bastian con una sonrisa.

Alice soltó una carcajada que a Bastian le pareció el sonido más bello que había escuchado nunca. No, mentía; lo más bello habían sido los gemidos que ella emitió mientras él le daba placer.

—¿Estás seguro de que quieres casarte conmigo? —le preguntó ella.

Él se acercó y volvió a colocarse entre sus muslos.

—No he estado tan seguro de nada en toda mi vida.

Alice lo miró durante unos instantes y, hundiendo los hombros, con un suspiro, confesó:

—No sé si sirvo para vivir en Londres.

—Entonces pasaremos el mayor tiempo posible en el campo.

Alice acercó sus labios a los de él y le besó, un sello suave y definitivo que contrastaba con la intensidad de los minutos anteriores.

—Entonces supongo que no puedo rechazarte.

—No, no puedes —dijo él, con una nota de triunfo en la voz, a la vez que le ayudaba a bajar de la mesa con cuidado.

Ella recogió su ropa interior del suelo y, con una naturalidad que solo la intimidad compartida permitía, se la puso bajo el vestido mientras Bastian la observaba.

—Como no voy a romper el compromiso, podríamos irnos del baile —sugirió Alice.

—Nada me gustaría más que escaparme contigo —confesó Bastian con un resoplido—. Pero debemos hacer las cosas bien.

Alice suspiró.

—¿De verdad?

—Así es. Regresaremos al baile cada uno por su lado. Bailaremos un baile y cada uno se irá a su casa.

Alice entornó los ojos.

—Todo muy convencional.

—No todo —dijo él a la vez que le daba un beso en la nariz—. No vamos a esperar a las tres amonestaciones. Voy a pedir una licencia especial. Con suerte, nos casaremos en unos pocos días. Una boda pequeña, solo con los familiares más cercanos. ¿Te parece bien?

Alice sonrió.

—No podría desear otra cosa.