Capítulo 37
—Tu prometido aún no ha llegado —observó Cecily mientras le daba un sorbo a la limonada.
El baile en la mansión de los duques de Ambory transcurría con normalidad. Aunque, para Alice, no había nada de normal en aquella noche.
—Llegará —dijo Alice—. Me ha confirmado por medio de una nota que lo hará.
—¿Y cómo vas a romper el compromiso? —le preguntó Frances.
Alice alzó los hombros con falsa indiferencia, tratando de ocultar su nerviosismo.
—Rompiéndolo.
—Eso ya lo sabemos. —Frances entrecerró los ojos—. Lo que pregunto es el método. Hay varios y no todos tienen el mismo resultado social.
—¿El mismo resultado social?
—Frances ha estado investigando —explicó Cecily.
—He sido metódica —la corrigió su hermana—. Hay básicamente tres opciones. —Levantó un dedo—. La primera: acercarte a él discretamente, decírselo en voz baja y retiraros los dos con dignidad. Daño mínimo para ambos. El rumor tardará dos días en extenderse, pero será moderado.
—Demasiado aburrido —murmuró Cecily.
—La segunda —continuó Frances, ignorándola y levantando un segundo dedo—: hacerlo en medio de una conversación con testigos. Alguien lo oye, alguien lo cuenta, y mañana por la mañana todo Londres lo sabe. Daño considerable, pero repartido entre los dos.
—¿Y la tercera? —preguntó Alice.
Frances levantó el tercer dedo e hizo una pausa antes de hablar, tratando de hacerse la interesante.
—Esperar al vals. Justo en medio de la pista, cuando todos os estén mirando, se lo dices. El efecto es inmediato, teatral y absolutamente definitivo. Nadie en este salón olvidará que fuiste tú quien rompió el compromiso con el duque de Weston en mitad de un vals.
—A mí se me ocurre otra manera —sugirió Cecily con una sonrisita—. Podrías anunciar a grito pelado, delante de todos, que has decidido hacerte monja.
Alice frunció el ceño.
—¿Os estáis riendo de mí?
Las gemelas soltaron una carcajada sincronizada.
—Un poco —reconoció Cecily—. Pero es que las dos creemos que no deberías romper nada esta noche. Estáis enamorados y el amor tiene que triunfar.
—Yo lo creo por razones prácticas —añadió Frances, haciendo una mueca—. Es un duque respetado, con una fortuna considerable y una reputación intachable. Es un buen partido, Alice.
—Además —Cecily le dio la copa a su hermana y dio un paso hacia Alice para sostener sus manos con las de ella—, te quedarás en Londres, junto a nosotras. ¿No sería maravilloso, las tres juntas en la ciudad, viviendo aventuras?
Alice esbozó una sonrisa triste que no llegó a los ojos. Porque, por un instante, pudo imaginarlo con tanta intensidad que casi pareció real. Pero no lo era.
—No va a pasar. —Bajó las manos, apartándolas de las de su amiga—. Bastian no está enamorado de mí.
Cecily la miró durante unos instantes, ladeando la cabeza hacia un lado, con gesto reflexivo.
—No has dicho que tú no estás enamorada —observó.
—No, no lo he dicho.
Alice no se molestó en negarlo.
Porque ¿a quién iba a engañar a esas alturas? No sabía cómo había sucedido ni cuándo, pero Bastian Weston se había adueñado de su corazón. Ella, que no creía que el amor fuese para ella, se había enamorado profundamente.
—Yo estoy segura de que te ama. —Cecily interrumpió sus pensamientos, apoyando una mano en su hombro y mirándola con ese aire soñador que tan habitual era en ella—. He visto cómo te mira y cómo se ha embarcado en la búsqueda de Ingrid por ti. Eso solo lo hace un hombre enamorado.
—Me ha ayudado porque nos pillaron en una situación comprometida y yo le propuse un trato beneficioso para ambos.
—Tal vez al principio, pero después lo ha hecho por amor.
—¡Por Dios! —Frances entornó los ojos—. Ves amor por todos lados.
—Lo veo donde lo hay. —Cecily se cruzó de brazos, firme en sus ideas—. Además, estoy segura de que no se va a presentar, para que no puedas romper el compromiso con él delante de todo el mundo.
—Eso es absurdo —dijo Alice—. Si no hay una ruptura pública...
Cecily no pudo terminar de hablar porque Frances la interrumpió.
—Ha llegado. Está saludando a la anfitriona.
Cecily hizo un mohín de disgusto.
—Qué inoportuno.
—Al contrario, es perfectamente oportuno.—Frances miró a Alice—. Dile que has cambiado de idea. Que te has dado cuenta de que no quieres que tu reputación se vea manchada de por vida. Se casará contigo.
Alice no respondió de inmediato, pues sus ojos estaban puestos en Bastian y en lo único en lo que podía pensar era en lo apuesto que estaba esa noche.
—Lo haría —reconoció Alice en voz baja cuando finalmente pudo apartar la mirada de Bastian—. Se casaría conmigo si se lo pidiese porque, si algo me ha demostrado, es que es un hombre de honor. Pero sería una mentira, pues mi reputación no me importa. Y no quiero que se case conmigo por deber.
—Hay matrimonios en la alta sociedad que han empezado exactamente así —trató de razonar Frances—. Y son perfectamente felices.
Puede que así fuera, pero Alice deseaba que Bastian se casara con ella porque la amaba de la misma manera que ella lo amaba a él.
—Si me disculpáis —dijo—, necesito un poco de aire.
Y, sin esperar respuesta, se dirigió hacia los ventanales del fondo, los empujó con suavidad y bajó los escalones que llevaban directamente al jardín.
Estaba iluminado por los faroles de aceite que bordeaban el camino principal entre los parterres.
Anduvo sin rumbo fijo entre ellos, dejando que sus pasos la llevaran donde quisieran, hasta que se detuvo junto a uno de los setos recortados.
Se quedó allí de pie, con los brazos cruzados y la mirada perdida en la oscuridad del jardín, pensando en demasiadas cosas a la vez y sin ser capaz de ordenar ninguna de ellas.
—Pensaba que iba a encontrarte subida a un árbol.
Alice se giró para descubrir que Bastian estaba a unos pasos de ella. La luz del farol más cercano le iluminaba de lado, dibujando la línea de su mandíbula y el brillo tranquilo de sus ojos, que la miraban con ese brillo especial que tanto le gustaba a ella.
—Bastian —el nombre de él salió en un murmullo.
Él dio un paso hacia ella.
—¿Estás bien?
—Lo estoy —respondió, pero dio un paso hacia atrás, alejándose de él.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—¿Y qué haces aquí sola? —preguntó él.
—Pensando la mejor manera de romper el compromiso.
Bastian abrió la boca para responder, pero en ese momento llegaron desde el camino principal voces y el crujido de pasos sobre la grava. Alguien había salido también al jardín. Sin decir nada, Bastian descolgó uno de los farolillos del poste más cercano y le hizo un gesto con la cabeza.
—Este no es lugar para hablar de eso.
Alice dudó un instante, pero lo siguió.
Bastian la condujo por un sendero lateral que se alejaba de los parterres principales, bordeando un muro cubierto de hiedra hasta llegar a una estructura pequeña de cristal y hierro forjado, medio oculta entre los árboles.
Empujó la puerta, que cedió con un leve quejido, y esperó a que Alice entrase primero.
—No me gustan los invernaderos —dijo ella, mirando a su alrededor.
—¿Por qué? —preguntó Bastian, dejando el farolillo sobre una silla.
—Son demasiado ordenados. —Alice recorrió con la mirada las hileras de macetas alineadas, las plantas podadas con precisión, cada cosa en su sitio exacto—. La naturaleza no es así. En el campo crece como quiere, sin que nadie le diga dónde tiene que estar.
—Algunos prefieren el orden.
—Ya lo sé. —Alice se volvió hacia él—. Tú eres de esos.
—Cierto. Me gusta el orden y la disciplina. Y tú eres desordenada e indisciplinada.
Alice lo miró con las mejillas ardiendo de ira.
—Entonces es una suerte para ti que hoy se termine todo. En menos de una hora volverás a estar soltero y yo mañana regresaré a Yorkshire.
—No tiene por qué terminarse.
—¿Y por qué no? —preguntó ella, dando un paso hacia él—. Si tanto te gusta sacar a relucir lo que consideras mis defectos.
—No he dicho que sean defectos, ni mucho menos que no me gusten —dijo Bastian, acortando la distancia hasta quedar a apenas unos centímetros de ella—. Me he dado cuenta de que un poco de locura y desorden era justo lo que necesitaba. Que te necesito a ti.
—Y aun así, aquí estás.
Él la miró.
—¿Y dónde querías que estuviese?
—No lo sé. Pero si has venido es porque quieres que rompa el compromiso, como quedamos.
Bastian arqueó una ceja.
—¿Eso crees?
—Sí.
Bastian no respondió con palabras. Antes de que Alice pudiera procesar su respuesta, él cerró el escaso espacio que los separaba y la besó.
Ella respondió sin reservas, sus manos enredándose en la nuca de él, atrayéndolo más.
Alice entregó todo lo que sentía en ese beso.
Por primera vez en su vida, se permitió entregarse a otra persona. Sin miedos, sin dudas.
Sin romper el contacto de sus labios, Bastian la levantó en vilo.
Alice ahogó un gemido de sorpresa mientras sentía la fuerza de sus brazos rodeándola.
Con un movimiento brusco y decidido, él la llevó hacia la mesa de trabajo.
Bastian barrió con el brazo todo lo que había sobre la madera: el estruendo de las macetas de terracota al romperse contra el suelo de piedra resonó en el invernadero, pero ninguno de los dos se detuvo.
La sentó sobre el borde de la mesa. Alice sintió el contraste de la madera fría contra la calidez de su propia piel a través de las finas capas del vestido de muselina. Ahora, a su altura, Bastian se encajó entre sus piernas.
Él bajó el beso hacia la curva de su cuello, su respiración ronca quemándole la piel. Las manos de Bastian, grandes y seguras, subieron por sus piernas, apartando la seda de las faldas hasta encontrar el inicio de sus muslos. Alice echó la cabeza hacia atrás.
—Te deseo, Alice, más de lo que he deseado nada en mi vida.
—¿Quieres hacerme el amor? —le preguntó ella, de esa forma tan poco decorosa y directa que tenía de decir las cosas.
—Más que nada. Pero no estamos casados, no deberíamos...
—Ya lo hicimos una vez —le recordó ella.