La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

Alice llevaba cuatro noches durmiendo en la butaca de la habitación en la que Ingrid se estaba quedando.

No era una butaca especialmente cómoda. Tenía el respaldo demasiado recto y uno de los brazos estaba ligeramente más alto que el otro, de manera que Alice siempre acababa ladeada hacia la derecha, con la mejilla aplastada contra el tapizado y el cuello en una posición que por la mañana le costaba varios minutos deshacer.

Dominic había intentado, sin éxito, convencerla de que se fuera a su cuarto.

La doncella le había llevado una manta sin decir nada, que era la forma más inteligente de manejarse con ella cuando había tomado una decisión.

Porque no había fuerza alguna que la moviese de allí.

El médico había pasado por última vez hacía unas horas.

Ingrid estaba fuera de peligro: sin fiebre, sin riesgo de hemorragia, con el pulso estable por fin.

Le había dejado láudano para que descansara, una dosis pequeña disuelta en agua que la mantendría dormida hasta bien entrada la mañana.

Pero el láudano acabaría por ceder, y en algún momento entre la noche y el alba, Ingrid abriría los ojos con algo parecido a la lucidez, y Alice quería estar allí cuando ocurriera.

Quería ser lo primero que su amiga viera.

De modo que se quedó en la butaca, con la manta que le había traído la doncella y un libro que llevaba cuatro noches sin pasar de la misma página, y esperó.

Pero se acabó quedando dormida. Había estado escuchando la respiración de Ingrid durante horas, el ritmo lento y regular que el láudano le daba, contándola casi sin darse cuenta, como se cuentan las olas, y en algún momento entre las dos y las tres de la madrugada el libro se le escurrió del regazo.

Lo que la despertó fue el silencio. O, más exactamente, un cambio en el silencio. Algo diferente en la respiración al otro lado de la habitación, un movimiento pequeño, el sonido inconfundible de alguien que intenta incorporarse con cuidado para no hacer ruido.

Alice abrió los ojos para ver que Ingrid estaba sentada en la cama.

No dijo nada durante un momento. Se quedó mirándola desde la butaca, asegurándose de que era real, de que los ojos de su amiga estaban abiertos y enfocados y presentes de una manera que no habían estado en seis días.

Luego se levantó, y si las rodillas le temblaron ligeramente al hacerlo, fue cosa suya y de la butaca y de nadie más.

—Ingrid.

Su amiga la miró. Tenía la expresión desorientada, y sus ojos recorrieron la habitación lentamente, como si estuviera intentando adivinar dónde estaba.

—Alice. —Su voz era ronca, pequeña, pero era su voz—. ¿Dónde estoy?

—En Mayfair. —Alice se sentó en el borde de la cama y le tomó las manos antes de haber pensado en hacerlo. Las tenía frías, ya no ardían—. En casa de mi hermano Dominic. Estás a salvo, Ingrid.

Ingrid parpadeó. Miró sus manos entrelazadas con las de Alice como si estuviera intentando convencerse de que eran reales.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Tres días. —Alice lo dijo despacio—. Cuatro si contamos la noche que llegaste.

Has tenido mucha fiebre, Ingrid. Los primeros tres días fueron los peores.

—Hizo una pausa, tratando de controlar las lágrimas que comenzaron a acumularse en sus ojos, porque lo último que deseaba era asustar a Ingrid—.

Pero el médico ha dicho esta tarde que estás fuera de peligro.

—Yo... —Ingrid se llevó las manos al estómago—. Yo...

—Lo sé todo —le dijo Alice.

Ingrid asintió, bajando las manos a cada lado de la cama, y se incorporó lentamente.

—Edmund ha venido cada día a casa de mi hermano —confesó Alice, porque sentía que era justo para el joven que su amiga lo supiese—. Ha intentado verte, pero yo no le he dejado porque estabas muy débil. —Alice suspiró—. Él te ama, Ingrid. No se hubiese desentendido del bebé.

Los ojos de Ingrid se llenaron de lágrimas al escuchar el nombre de Edmund. Ella negó con la cabeza mientras se mordía el labio inferior y volvió a llevarse las manos al estómago. Miró a Alice durante unos instantes antes de hablar.

—No sabía si era suyo, Alice.

—¿Cómo?

—El conde de Haverstock… —comenzó, en un hilo de voz—. Él me obligó, Alice. Yo no quería...

Ingrid fue incapaz de terminar y Alice no se lo exigió, pues no hacía falta que le dijera nada más.

Ese bastardo... Sintió la rabia arderle bajo la piel y apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.

Pero trató de controlarse, porque en esos instantes lo único que Ingrid necesitaba era calma para poder recuperarse del todo.

—Hablaremos de eso más adelante. Ahora necesitas descansar —dijo Alice a la vez que la ayudaba a tumbarse de nuevo en la cama.

—Alice...

—Descansa, Ingrid. Todo va a ir bien.

La joven institutriz se quedó dormida, y Alice juró que el conde pagaría por lo que le había hecho a su amiga. No solo la habían acusado injustamente de robar algo, sino que él la había forzado.

Tras comprobar que Ingrid estaba bien, se levantó y fue hasta el escritorio junto a la ventana, sacó papel y pluma, y escribió. No era una carta larga, no necesitaba serlo: Bastian lo entendería. Y él la ayudaría.

Una vez escrita, salió de la habitación sin hacer ruido y se la entregó a uno de los sirvientes para que se la hiciese llegar al duque.

Él iba a encargarse de que el conde pagase por lo que le había hecho a Ingrid. Porque Alice no era una persona que confiase en los demás, pero, si ella tenía algo claro, era que podía confiar en Bastian.

—Me alegro mucho por vosotros —dijo Alice, sentada en una cómoda en la sala azul de la mansión de su hermano.

Frente a ella, en el sofá, Ingrid y Edmund estaban sentados con las manos entrelazadas y esa expresión particular de las personas que llevan días mirándose como si todavía no acabaran de creer que el otro esté ahí. Hacía una semana que Ingrid se había despertado con lucidez por primera vez.

Hacía tres días que el médico había asegurado que estaba completamente recuperada. Hacía dos que Edmund Carew, que había estado llamando a la puerta con una regularidad que Alice encontraba entre admirable y levemente desesperante, había podido subir por fin a verla.

Ingrid había aceptado a regañadientes, pero Alice la conocía lo suficiente para distinguir su resistencia genuina de la que se ponía como escudo cuando tenía miedo de querer algo demasiado, y aquella tarde la segunda había ganado por mucho.

Aunque, si su amiga no hubiese aceptado, ella hubiese dejado subir a Edmund igual.

Alice era de las personas que daban un empujoncito cuando una amiga lo necesitaba, y un empujón considerable cuando el empujoncito no bastaba.

Lo que había ocurrido en esa habitación durante la hora siguiente Alice no lo sabía con exactitud. Lo que sí sabía era que Edmund había bajado con los ojos enrojecidos y que desde entonces no se había separado de Ingrid más de lo estrictamente necesario.

—Sigo pensando que te estoy complicando la vida —le dijo Ingrid a Edmund.

—No me la estás complicando. —Edmund levantó la mano que tenían unida y le depositó un beso en el dorso, despacio, con una sencillez que no tenía nada de teatral—. La estás mejorando. Considerablemente.

Ingrid abrió la boca para protestar. Era evidente que tenía preparado un argumento, probablemente varios, ordenados y razonables y completamente inútiles.

—Permítete ser feliz, Ingrid, te lo mereces —dijo Alice antes de que esta pudiese hablar.

Ingrid abrió la boca para replicar, pero Edmund se lo impidió.

No con palabras. Le puso dos dedos bajo la barbilla, le volvió la cara hacia él y le dijo algo en voz tan baja que Alice no lo oyó.

Lo que sí vio fue la expresión de Ingrid mientras lo escuchaba: cómo la resistencia se iba deshaciendo capa por capa hasta que debajo no quedaba nada salvo ella misma, sin escudos.

Luego Edmund se volvió hacia Alice.

—El médico ha confirmado que puede viajar. Esta tarde partiremos hacia Gretna Green.

Alice lo miró, confundida.

—¿Esta tarde? ¿No es demasiado pronto?

—Cuanto antes, mejor.

—Edmund. —Ingrid lo miraba con los ojos muy abiertos—. No puedes simplemente...

—Puedo y voy a hacerlo —replicó. Pero, después, cuando su mirada se encontró con la de ella, vaciló—. A menos que tú no quieras, claro.

Ingrid no respondió de inmediato, y Alice pudo ver la batalla que se libraba en los ojos de su amiga. Pero finalmente, con una sonrisa tímida, susurró:

—Quiero. Claro que quiero.

Edmund sonrió.

—Entonces, partiremos esta tarde.

—¿Por qué no os casáis en Londres? —inquirió Alice, que no dejaba de observar a la pareja—. ¿No has dicho que tu familia lo acepta?

—Lo hacen, pero sé que Ingrid no quiere una gran boda. Y yo no quiero esperar para que podamos vivir juntos. Mi madre nos acompañará.

—¿Tu madre? —preguntó Ingrid, que no sabía ese dato.

—Y una de mis hermanas. El resto no pueden salir de Londres ahora mismo. —Hizo una pausa breve, como si quisiera decir algo más y decidiera guardarlo para después—. Tengo que ir a prepararlo todo.

Se puso de pie y, antes de soltar la mano de Ingrid, se la llevó a los labios una vez más.

—Te amo, Edmund.

Las palabras salieron de la boca de Ingrid sin previo aviso. Fueron inesperadas hasta para ella misma, pero no se arrepintió de haberlas pronunciado. Porque llevaba queriendo decirlas desde hacía tiempo y no había tenido el valor hasta ese momento.

Edmund se quedó quieto durante unos instantes. Ni siquiera parpadeó, como si estuviera asimilando lo que acababa de escuchar. Pero no tardó en reaccionar.

—No tanto como yo a ti —dijo él.

Antes de que Ingrid pudiera contestar, Edmund se inclinó y la besó. No fue un beso rápido ni especialmente discreto, para tratarse de una sala en la que había una tercera persona presente.

Y Alice encontró de repente que la vista desde la ventana era extraordinariamente interesante. Los adoquines de la calle, el farolero que ajustaba algo en la farola de enfrente, un caballero que cruzaba la calle...

Cuando volvió a mirar, Edmund estaba ya de pie junto a la puerta con el sombrero en la mano.

—Vendré a las cuatro —dijo antes de desaparecer.

—Él es bueno para ti —comentó Alice.

—Lo es. Ha sido una suerte que nos hayamos conocido. —Ingrid inspiró con fuerza e hizo una pausa, como si estuviera buscando las palabras adecuadas—. Alice, no sé cómo voy a poder agradecerte todo lo que has hecho por mí. Yo... —Las lágrimas se arremolinaron en sus ojos.

Alice se levantó y se sentó a su lado.

—No tienes nada que agradecerme. —Agarró las manos de su amiga y las entrelazó con las suyas—. He hecho lo que tú hubieras hecho por mí.

—Edmund me ha contado que tu prometido movió todos sus contactos y usó todo su poder para que encarcelaran al conde de Haverstock.

Su mujer ha huido al campo, y jamás volverá a ser recibida en los círculos de la alta sociedad.

Y yo no tengo que dar mi testimonio, algo que agradezco, pues no creo que fuese capaz.

—Lo serías —dijo Alice—. Me lo ha contado también a mí. Y que Bastian lo sujetó mientras él le daba una paliza.

—Se merecía esa paliza. —Ingrid se limpió las lágrimas que caían por sus mejillas.

—Todo lo que le pase será poco. —Alice apretó los labios en una fina línea, incapaz de no mostrar su ira—. Aunque me hubiese gustado ser yo quien le diera un buen puñetazo.

Ingrid se rio y se inclinó hacia Alice para abrazarla.

—No sabes cuánto me alegra que seas mi amiga.

—Para siempre, Ingrid.

—Tú también te mereces ser feliz, Alice —dijo Ingrid, separándose de ella.

—Lo soy. Mañana regresaré a Yorkshire, y eso me hace aún más feliz.

Pero en cuanto lo dijo, supo que no era del todo verdad. O sí lo era, pero de una manera incompleta, como un puzle al que le falta una pieza que uno no sabe que faltaba hasta que la ve encajar en otro sitio.

Volver a Yorkshire debería ser lo mejor que podía ocurrirle. Era lo que había querido desde el primer día que pisó Londres: terminar con todo aquello y regresar a casa, al campo. Pero esta vez, por primera vez, la idea no le producía alivio.

—¿Y tu compromiso con el duque? —le preguntó Ingrid.

Ella le había puesto al día a su amiga de toda la situación. Esta, como siempre, le había escuchado sin juzgarla, sin opinar, pero era evidente que tenía algo que decir.

—Estos días no nos hemos visto, aunque nos hemos escrito. Esta noche hay una fiesta en casa de los duques de Ambory. Estará casi toda la sociedad. —Hizo una pausa—. Allí romperé el compromiso delante de todos. Él quedará libre y yo regresaré a Yorkshire por la mañana.

Ingrid la miró en silencio durante un momento.

—¿Es eso lo que quieres?

Alice se encogió de hombros.

—Es lo que acordamos desde el principio.

—No te he preguntado lo que acordasteis, te he preguntado si es lo que quieres.

Alice no respondió de inmediato. Se alisó la falda con las manos, un gesto que Ingrid conocía bien y que significaba que estaba buscando las palabras adecuadas o, más probablemente, que estaba evitando decir las que ya tenía.

—Lo que yo quiera no cambia nada.

—Por supuesto que lo hace, Alice.

—El duque está deseando que le libere de este trato, Ingrid.

—¿Estás segura? Porque las gemelas coinciden en que te mira de una manera especial. Y aunque solo las he visto dos veces, ya sé que es muy raro que estén de acuerdo en algo.

—No debería haberlas invitado a casa y dejar que te visitaran —farfulló Alice con una mueca—. Son una mala influencia.

—No las invitaste —la corrigió Ingrid—, se presentaron ellas solas.

Alice soltó una carcajada.

—Son buenas amigas. —Hizo una pausa y la sonrisa se fue apagando despacio—. Pero eso no cambia nada, Ingrid. Bastian y yo somos demasiado distintos. Él tiene su vida y sus obligaciones y yo tengo las mías. Y debo regresar a Yorkshire. Ahí me espera la libertad que siempre he querido.

—La libertad —repitió Ingrid, con un tono que no era exactamente ironía, pero se le parecía bastante.

—Sí.

—¿Y te sientes libre cuando piensas en marcharte mañana?

Alice no respondió, se quedó callada.

Ingrid asintió despacio, como si esa ausencia de respuesta fuera exactamente la que esperaba.

—Mejor dejemos la charla para otro momento.

—Ingrid esbozó una sonrisa triste, porque la ausencia de respuesta de Alice fue precisamente la mejor respuesta que ella pudo tener a su pregunta—.

Vamos —Alice se levantó y le hizo un gesto con la mano para que la siguiera—, tienes que descansar. Te espera un viaje largo.

Ingrid la miró, pero no se levantó.

—Voy a echarte de menos.

—Nos veremos pronto. No vas a deshacerte de mí tan fácilmente.

Ingrid sonrió, pero sus ojos se llenaron de lágrimas que no llegaron a caer.

—Prométeme que te cuidarás, Alice.

—Siempre lo hago.

—No, no lo haces —dijo Ingrid con suavidad—. Cuidas de todo el mundo menos de ti misma. Esta noche, en esa fiesta, escucha lo que te dice el corazón. No la cabeza, sino el corazón.

Y, de nuevo, Alice no respondió, porque no tenía una respuesta que darle.