La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

El carruaje iba a buen paso, dejando atrás las calles anchas y bien iluminadas de Mayfair. Alice miraba por la ventanilla sin ver nada en particular, con la nota de Nicholas doblada en su mano, aunque ya se la sabía de memoria.

Eran tres líneas en las que le pedía a Bastian que acudiera inmediatamente a una dirección donde había encontrado a Ingrid.

Estaba en Southwark, el mismo barrio donde había estado viviendo, pero en una dirección diferente.

Aunque no lo ponía en la nota, era evidente que algo no iba bien.

Incluso sin apenas conocerlo, Alice ya sabía que Nicholas no era hombre de urgencias innecesarias.

—¿Y si está gravemente herida? —preguntó, inquieta.

—No sabemos nada todavía. —Bastian posó una mano sobre su rodilla, tratando de tranquilizarla—. No adelantes acontecimientos. Lo importante es que Nicholas la ha encontrado y que vamos hacia allí.

—Espero que esté bien —susurró. Después, ladeó la cabeza para mirar a Bastian—. Gracias por no obligarme a quedarme.

—Estarías más segura en casa de tu hermano, pero sé que te escaparías en cuanto cerrara la puerta. —Sus dedos acariciaron la rodilla de ella por encima de la tela del vestido—. Y sé que necesitas venir.

Ellos habían salido por la puerta trasera, evitando a la doncella de Alice que les había acompañado y esperaba fuera, ya que el anfitrión solo había permitido la entrada a los invitados de la lista.

—No podría quedarme en casa esperando —reconoció, con la angustia invadiendo su pecho—. No sé cómo está ella. No sé si está viva, Bastian.

Él le rodeó la cintura con el brazo y la acercó hacia sí.

Alice apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.

Pensó en Ingrid, en su risa, en la manera en que siempre había sabido ver lo mejor de cada persona antes de que esa persona se lo mostrara.

Pensó en Edmund Carew dormido en su silla del Brooks's, diciendo que estaban enamorados.

Pensó en todo el tiempo que habían perdido ya.

—La hemos encontrado —dijo Bastian, en voz baja—. Eso es lo que importa ahora. No pienses en nada más.

Alice no respondió, pero no levantó la cabeza de su hombro, y él no se movió, y el carruaje siguió avanzando en silencio hasta que se detuvo frente a una pequeña casa de dos plantas que se inclinaba ligeramente hacia la derecha.

La fachada estaba ennegrecida por el humo y la humedad, con la pintura desconchada en tiras largas que dejaban ver la piedra gris debajo. Una de las ventanas del segundo piso tenía el cristal roto y tapado con un trapo oscuro que se movía con la brisa.

—¿Es aquí? —preguntó Alice, incorporándose.

—Es la dirección que nos ha dado Nicholas.

—Esto es peor que la lavandería.

—Aunque Lambeth es un mal barrio, Southwark es peor. Pero esta zona juraría que es de las peores del barrio.

Nicholas estaba en la puerta. Alice lo reconoció en cuanto el carruaje se detuvo y bajó antes de que el cochero pudiera siquiera sujetar las riendas. Bastian la siguió de cerca.

Los miró a los dos, y algo en sus ojos le dijo a Alice todo lo que necesitaba saber antes de que abriera la boca.

—No sabía que la traerías —le dijo a Bastian y miró a Alice con una delicadeza que, por lo que conocía de él, no le era habitual—. Quizás sería mejor que subieras tú solo primero, Bastian, y luego...

Pero Alice no esperó a que terminara. Cruzó la puerta, que estaba abierta, y entró.

El interior olía a humedad y a algo más difícil de nombrar, algo rancio y dulzón que se pegaba a la garganta desde el primer paso. El pasillo era estrecho y oscuro, con el suelo de madera que crujía bajo cada paso y las paredes manchadas de humedad hasta la altura de los hombros.

—¿Ingrid? —llamó Alice, con el corazón golpeándole las costillas.

Una joven asomó la cabeza desde el fondo del corredor y la observó con ojos asustados.

—Primera planta —indicó la chica en un susurro—. La puerta abierta.

Alice subió los peldaños de dos en dos. No tardó ni unos pocos segundos en encontrar la puerta.

Ingrid estaba allí, hundida en un jergón estrecho con las sábanas revueltas. Apenas tenía color en el rostro, el cabello se le pegaba a la frente por el sudor y sus ojos entreabiertos vagaban con la mirada turbia de la fiebre alta.

Alice se arrodilló junto a la cama, sin reparar en la suciedad del suelo.

—Ingrid —susurró, buscándole la mano—. Soy yo, soy Alice. Estoy aquí.

Los dedos de Ingrid se movieron apenas. Alice le tomó la mano entre las suyas y sintió el calor que irradiaba.

—Edmund —murmuró Ingrid, con la voz ronca y débil—. Edmund.

—Vamos a avisarle. Te lo prometo —le dijo Alice, a pesar de que no tenía muy claro que su amiga pudiese escucharla—. Pero primero tienes que quedarte con nosotros, ¿me oyes? —Apretó un poco más su mano—. Tienes que luchar.

—¿Qué le pasa? ¿Por qué está tan enferma? —preguntó Bastian, entrando junto a Nicholas en la habitación.

Nicholas miró a Alice durante unos instantes antes de responder, como si no estuviera seguro de cuánto decir delante de ella.

—Este lugar no es una casa de huéspedes corriente.

—¿Qué es? —preguntó Alice, sin apartar la mirada de Ingrid.

Nicholas vaciló.

—Es un lugar al que vienen mujeres cuando no tienen otra opción —dijo finalmente—. Mujeres embarazadas que no se pueden permitir tener ese niño.

Alice tardó un momento en entenderlo. Cuando lo hizo, cerró los ojos brevemente.

—¿Ingrid ha abortado?

—Sí —respondió Nicholas—. El método que usan aquí es... —eligió las palabras con cuidado—. No es seguro. No lo es en ningún sitio, pero aquí menos que en ningún otro. La mujer que lo practica no es médico. Usa hierbas, instrumentos... Muchas ni siquiera sobreviven a la infección que viene después.

El silencio en la habitación fue absoluto, salvo por la respiración irregular de Ingrid.

—¿Cuándo? —preguntó Alice.

—Hace tres días —dijo Nicholas—. Lleva así desde entonces. Si no la hubiera encontrado hoy...

—¿Y dónde ha estado antes?

—Por lo que he podido averiguar, trabajando para conseguir el dinero que le faltaba para abortar.

El silencio que siguió tenía un peso distinto al anterior. Alice miró a Ingrid, tan blanca como el papel, con la cara sudorosa y la respiración entrecortada. Había estado meses trabajando en quién sabe qué condiciones, ahorrando cada chelín, sola, sin decírselo a nadie.

Sufriendo en silencio.

—La mujer que le ha hecho esto... —comenzó Alice, tragando saliva.

Ni siquiera fue capaz de terminar la frase, pero Bastian lo hizo por ella.

—Terminará presa. Me ocuparé personalmente de ello.

Alice asintió.

—No se merece menos. —Estiró la mano que no sostenía la de Ingrid para apartar los mechones de cabello que se le pegaban a la frente, despacio y con cuidado—.

Vamos a sacarte de aquí —le prometió, a pesar de que no sabía si podía oírla—.

Cuando te recuperes, vas a contarme todo. Y me vas a dejar ayudarte.

Ingrid hizo un sonido ininteligible.

—Tal vez es mejor que no la movamos —dijo Bastian, observando a la joven con preocupación—. Enviaré una nota a mi médico para que venga inmediatamente.

—No podemos dejarla aquí. —Alice tragó saliva—. Las condiciones de este lugar son inhumanas.

—Tu prometida tiene razón, Bastian. Si la dejamos aquí, su estado de salud puede empeorar —intervino Nicholas, dando un paso hacia delante.

Alice dejó de mirar a Ingrid para ladear la cabeza hacia Nicholas.

Había coincidido con él en pocas ocasiones, pero en todas le había encontrado con ese humor suyo afilado como un cuchillo, ese ingenio seco que usaba para mantener al mundo a distancia.

Ahora estaba completamente serio, con una gravedad en el rostro que decía más sobre la situación que cualquier palabra que pudiera añadir.

—Y no solo eso. La situación va a ponerse fea.

—Nicholas miró hacia la puerta entreabierta, asegurándose de que estaban solos—.

No es solo esa mujer. Hay personas a quienes no les va a hacer ninguna gracia que este negocio se cierre, y van a venir a asegurarse de que no ocurra.

—Hizo una pausa breve, casi sin énfasis—.

Los estaré esperando. Pero es mejor que Ingrid no esté aquí cuando lleguen.

Bastian entrecerró los ojos. La situación era aún más complicada de lo que pensaba.

—Está bien. La llevaremos a mi casa.

—Vendrá a la mía —decidió Alice, sin soltar la mano de Ingrid—. Quiero tenerla cerca. Se recuperará mejor así. —Apretó un poco más la mano de Ingrid a la vez que la miraba—. Porque se va a recuperar.

Nadie lo discutió.

Bastian llevó a Ingrid en brazos con mucho cuidado mientras Nicholas iba delante, asegurándose de que pudiesen salir de allí sin ningún tipo de problema.

Alice iba detrás, sin perder de vista a Ingrid ni un momento, con los ojos fijos en el pecho de su amiga para asegurarse de que seguía subiendo y bajando.

Fuera hacía frío. Un frío húmedo y sin viento que se metía por todas partes, e Ingrid no llevaba más que un camisón viejo, que alguien le había puesto en algún momento que Alice prefería no imaginar.

Cuando la acomodaron en el asiento del coche, Alice se quitó el chal y se lo puso encima antes de sentarse a su lado. La piel de Ingrid ardía.

—Ve con cuidado —le ordenó Bastian al cochero.

El hombre asintió y no hizo preguntas.

El trayecto desde Southwark fue largo y silencioso.

Bastian iba sentado frente a ella, con los codos apoyados en las rodillas y la vista en Ingrid, pensando en algo que Alice no preguntó.

Ella tampoco habló. De vez en cuando, la fiebre hacía que Ingrid se removiera levemente, un sonido pequeño escapándosele entre los labios, y Alice le apretaba la mano y decía: «ya estamos, ya casi», hasta que volvía a quedarse quieta.

Pasada la medianoche cruzaron el puente y Londres empezó a cambiar de cara. Las calles se hicieron más anchas, las fachadas más altas, y las farolas más espaciadas. Mayfair apareció ante ellos.

El carruaje se detuvo frente a la casa.

Antes de salir siquiera, Alice vio a su hermano en la puerta, con el abrigo puesto a medias sobre la ropa de estar en casa y una expresión de enfado que nunca antes había visto en él. Porque sí, había visto a Dominic molesto unas cuantas veces antes, pero jamás tan furioso como en ese instante.

—¡¿Se puede saber dónde estabas?! —espetó, con los brazos cruzados y alzando la voz.

Su hermano nunca levantaba la voz. Sin embargo, Alice estaba demasiado preocupada por Ingrid como para molestarse siquiera por ello.

—Dominic —la voz de Alice salió desde dentro del coche antes de que ella hubiera terminado de bajar—, necesitamos ayuda.

La furia de Dominic fue sustituida por una expresión de confusión cuando vio a Bastian bajar del carruaje con una mujer enferma y casi inconsciente entre sus brazos.

—¿Qué ha pasado? ¿Quién es esta joven, Bastian?

—Te prometo que te explicaré todo mañana —fue Alice quien le respondió—. Pero, ahora mismo, necesitamos una habitación y un médico con urgencia.

Dominic ni siquiera se lo pensó.

—Por aquí —dijo, haciéndose a un lado para dejar pasar a Bastian al interior de la vivienda.

Y, por una vez, no hizo más preguntas.