Capítulo 34
La mansión de los Carlisle llevaba semanas siendo tema de conversación en todos los salones de Mayfair.
El vizconde, un hombre tan leído como excéntrico, había decidido abrir su colección privada a un reducido círculo de invitados, y la expectación que había generado era inversamente proporcional al número de personas que realmente entendían lo que iban a ver.
La mayoría había aceptado la invitación por la misma razón por la que aceptaban todas las invitaciones: porque rechazarla habría sido más comentado que aceptarla.
Alice Thorne no era de esas personas.
La primera sala ya la había detenido en seco.
Era una estancia larga, con las paredes forradas de terciopelo oscuro, iluminada únicamente por candelabros de cinco brazos dispuestos a intervalos regulares, y lo que contenía merecía cada uno de los rumores que había generado.
Esculturas, monedas, fragmentos de cerámica, armas ceremoniales, y joyas de procedencia incierta.
Alice observaba con fascinación una estatua de mármol iluminada por la luz dorada de los candelabros.
La estatua, que representaba a una diosa romana sin brazos, había captado su atención desde el primer instante.
Tenía esa calidad particular de las cosas muy antiguas, una densidad en la piedra que no tiene que ver con el peso físico, sino con todo lo que ha visto.
A sus pies, dentro de una vitrina, descansaban varias monedas ennegrecidas y un pequeño puñal ceremonial cuya hoja parecía, sin embargo, demasiado limpia para tener siglos de antigüedad.
Bastian estaba a su lado, con una copa de whisky en la mano, observándola a ella con la misma atención con que ella observaba la estatua. Había algo diferente en cómo la miraba desde la cacería, algo que no había estado antes o que no era tan visible. Una atención que no intentaba disimular.
—¿Te impresionan las antigüedades? —preguntó.
Alice se inclinó un poco más hacia la estatua.
—Cuando me dijiste que me traías a ver una exposición, pensé que sería otro de esos planes soporíferos de la temporada. Pero debo admitir que esto tiene cierto encanto.
—Tenía mis dudas de que te gustase —reconoció él—. Pero, en cuanto has visto la primera pieza de la colección, me he dado cuenta de que no me equivocaba.
—¿Cómo te has dado cuenta? —preguntó ella, mirándole de reojo.
—Porque te quedas muy quieta cuando algo te gusta. Es el único momento en el que dejas de pelear contra el mundo y te permites, sencillamente, estar en paz.
Alice no respondió de inmediato. Era la clase de observación que Bastian hacía a veces, sencilla y precisa y completamente inesperada, que la dejaba sin réplica porque era demasiado exacta para contradecirla.
—¿A ti también te impresionan? —preguntó al fin.
Bastian tomó un sorbo de whisky antes de inclinarse para observar las grietas finísimas que recorrían el mármol bajo la luz de las velas. Su hombro rozó el de ella sin que ninguno de los dos se apartara.
—Me impresionaría más saber cuántas son auténticas.
Alice se volvió hacia él con los ojos brillantes.
—¿Estás insinuando que lord Carlisle llena su colección de falsificaciones?
—No todas —señaló Bastian—. Pero a lord Carlisle no le importa que algunas obras no sean originales, siempre y cuando luzcan como si lo fueran.
De hecho, creo que le divierte enormemente ver cómo media nobleza londinense admira con solemnidad algo que salió del taller de un artesano de Cheapside hace veinte años.
Alice miró a los invitados, que observaban cada obra con concentración. Y no pudo evitar pensar que entendía a lord Carlisle. Aunque a ella no le importaba que la estatua que tenía frente a ella fuera falsa, ya que seguía siendo igual de bella.
—Hablas de lord Carlisle como si lo conocieras bastante bien —murmuró al cabo de unos segundos, mirando a Bastian.
—Nuestras familias se conocen desde hace muchos años. Era uno de los mejores amigos de mi padre, quien lo consideraba el hombre más brillante de Londres, y en eso debo darle la razón.
—¿Erais cercanos, tu padre y tú?
Era la primera vez que se atrevía a preguntarle algo tan directamente personal.
Lo supo cuando lo preguntó y, aun así, no se arrepintió, porque había algo en esa noche y en esa sala y en la manera en que él estaba de pie a su lado que hacía que las preguntas importantes parecieran menos arriesgadas de lo habitual.
Bastian guardó silencio un instante. La luz cálida de los candelabros suavizaba las líneas de su expresión.
—Lo éramos —dijo.
—¿Cómo era él? —preguntó con curiosidad.
—Era el hombre más trabajador, fiel a sus principios y honorable que he conocido. Y también el mejor padre que podría haber tenido.
—¿Cómo murió? —preguntó Alice en voz baja.
—Una fiebre. Llegó en otoño y no se fue. En tres semanas ya no había nada que hacer. —El rostro de Bastian se ensombreció—. Tenía cincuenta y dos años.
Alice se giró hacia él.
—Lo siento.
Era la primera vez, desde que lo conocía, que Bastian hablaba de algo personal con aquella sinceridad.
Alice estaba segura de que el duque de Weston no solía abrirse así con cualquiera, y aquella pequeña muestra de confianza la hizo sentirse extrañamente especial.
También comprendió, por la manera en que había pronunciado cada palabra, que había amado profundamente a su padre.
Y, en ese instante, ella deseó haber tenido una relación similar con el suyo.
—Ojalá tuviese una familia que me amase tanto —susurró para sí misma, pero Bastian la escuchó.
También vio sus ojos verdes humedecerse y aquella expresión de tristeza que le contrajo el corazón.
—Tienes a tu hermano Dominic.
Alice soltó una pequeña risa. Pero no era genuina y alegre, sino amarga.
—Mi hermano Dominic dejó de preocuparse por mí en el instante en el que heredó el título.
Ni siquiera se ha molestado en pasar tiempo conmigo desde que estoy en Londres.
Está contando los días para que me case contigo y deje de ser su responsabilidad.
Aunque, ¿por qué iba a importarle? Tan solo soy una. ..
La palabra «bastarda» estuvo a punto de deslizarse de sus labios.
—Mujer maravillosa por la que cualquier hombre mataría a un ejército entero con tal de tenerla en su vida.
Como hija, como hermana y como esposa —terminó Bastian por ella—.
Especialmente como esposa —susurró, alargando la mano para limpiar la lágrima solitaria que se derramaba por su mejilla.
Alice no pudo registrar aquellas palabras, porque rápidamente añadió—: Dominic te quiere, Alice.
—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso te lo ha dicho? —preguntó con sarcasmo.
—Hay cosas que no hace falta decir, sino que se ven a simple vista.
Alice no respondió. No lo hizo porque una parte de ella quería creer lo que Bastian decía.
Porque, a pesar de lo mucho que se había deteriorado su relación con el paso de los últimos años y de que se sentía decepcionada con él, Alice seguía amando a su hermano mayor; lo seguía haciendo con el mismo entusiasmo y admiración con que lo hacía esa niña pequeña de cinco años la primera vez que él le enseñó a trepar a un árbol.
Sintió la mano de Bastian en la parte baja de su espalda, un gesto discreto y completamente natural entre prometidos, y que, sin embargo, ella sintió con una claridad que no tenía nada de discreta.
La guio suavemente hacia la siguiente sala sin decir nada, y Alice lo dejó, que era algo que no habría hecho con nadie más.
La sala siguiente era más pequeña y más oscura, dominada por un sarcófago de piedra arenisca que ocupaba el centro.
Tenía inscripciones en los laterales y una tapa con la figura tallada de un hombre con las manos cruzadas sobre el pecho, y olía, pensó Alice, a siglos de polvo y a algo que no tenía nombre.
—Siempre me ha resultado extraña esa afición de coleccionar muertos como trofeos —murmuró Bastian, señalando el sarcófago con la barbilla.
Trataba de distraerla. Y, al parecer, funcionó. Porque la expresión triste del rostro de ella se difuminó para dar paso a una pequeña sonrisa que Bastian consideró el mayor triunfo que había tenido en su vida.
En aquel instante se dio cuenta de lo mucho que estaría dispuesto a dar con tal de verla sonreír. Incluso su alma. Lo daría todo para que ella nunca más estuviese triste.
—Los vivos son mucho más peligrosos —susurró.
Bastian le dio un sorbo a su whisky.
—En eso tengo que darte la razón.
—El duque de Weston reconociendo que tengo razón. —Alice abrió la boca, tapándose con la mano a la vez que se giraba hacia él—. Eso sí que es un milagro.
Bastian puso los ojos en blanco.
—El milagro es que la tengas.
La sonrisa burlona que bailaba en los labios de Alice fue sustituida por una curva furiosa.
—¡Por supuesto que la tengo! —Se llevó las manos a las caderas—. Siempre tengo la razón.
Bastian sonrió, esperando precisamente que esa fuera la reacción de Alice a sus palabras.
Eran una burda provocación, pero ella siempre caía en todas sus burlas.
El temperamento de Alice se encendía con la rapidez de la pólvora al contacto con una chispa.
Y eso era una de las cosas que, contra todo pronóstico, más le gustaban de ella.
Aunque a Bastian le gustaba todo de Alice. Había aprendido a adorar con la misma intensidad tanto sus virtudes como sus defectos.
No sabía qué tenía aquella mujer, pero estaba rendido a sus pies.
—Aún no te lo he dicho esta noche —dijo, bajando la voz a la vez que se inclinaba, hasta que su oído rozó la oreja de ella—, pero estás preciosa.
Las mejillas de Alice adquirieron un tono rojizo que Bastian encontró adorable. Después, entornó los ojos y le dio una suave palmada en el hombro a la vez que decía:
—Zalamero.
Alice nunca lo reconocería en voz alta, porque era demasiado orgullosa para ello, pero le gustaban los halagos. Le gustaba cuando él la miraba como si fuera la única mujer en el mundo, como si nada más mereciera realmente su atención. Como nadie antes la había mirado.
—Has seguido mi consejo —señaló él, incorporándose, a la vez que se llevaba el vaso de whisky a los labios—. Llevas un vestido amarillo.
Alice tardó unos instantes en entender el significado de sus palabras.
Y Bastian se preguntó si realmente ella había escogido el color de su vestido de manera consciente, recordando la conversación que habían mantenido días antes, o si lo había hecho sin darse cuenta.
Lo desconocía, pero sí sabía con absoluta certeza que Alice recordaba perfectamente que él le había confesado cuánto le gustaba el amarillo sobre ella.
Y también sabía, con la misma certeza, que ella lo negaría.
—Oh, no seas egocéntrico. —Alice entornó los ojos y lanzó un resoplido—. La elección del color de mi vestido no tiene nada que ver contigo.
Bastian esbozó una sonrisa.
—Si tú lo dices…
Alice fue a responder, pero, antes de que pudiera hacerlo, un hombre de mediana edad se detuvo frente a ellos, interrumpiendo la conversación. Su pecho subía y bajaba acelerado, tenía una expresión de preocupación en el rostro y no parecía pertenecer a aquella selecta reunión.
Bastian lo reconoció al instante.
—¿William?
El hombre hizo una pequeña inclinación.
—Señor, le pido disculpas por la interrupción, pero traigo un mensaje de Nicholas. Dice que es urgente.
Bastian tomó la nota que le tendía. La abrió, leyéndola en silencio, y Alice, que lo observaba, vio cómo algo en su expresión cambiaba de un modo que le heló el estómago antes de que dijera una sola palabra.
Levantó los ojos de la nota y la miró.
—Han encontrado a Ingrid.