La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

—Estoy sorprendido —comentó Bastian mientras caminaban hacia la casa de los Munday.

—¿Por qué? —preguntó Alice con una sonrisa en la cara.

—Hemos dormido hasta el mediodía y no me has echado la culpa por ello.

Ella se encogió de hombros.

—Necesitaba ese descanso.

Bastian le guiñó un ojo.

—Parece que estabas satisfecha y agotada.

—Bastian... —Alice se detuvo en seco, notando cómo sus mejillas enrojecían al escuchar sus palabras—. No puedes decir esas cosas. Es muy inapropiado. —Instintivamente, y a pesar de saber que estaban completamente solos, no pudo evitar mirar a su alrededor.

—¿Qué hay de inapropiado en decir que has dormido bien? —preguntó él con fingida inocencia.

Alice rodó los ojos y, con las manos a cada lado de las caderas, echó a andar de nuevo.

—No has dicho eso.

—He dicho que estabas satisfecha y agotada, que es perfectamente aplicable a alguien que ha dormido muchas horas después de un día muy largo.

Alice le golpeó en el hombro, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa.

—Eres un canalla.

—Yo también estaba cansado y satisfecho —reconoció, rodeándole la cintura con su brazo para acercarla a él, provocando que ella se detuviera de nuevo—. Nunca...

Pero Bastian no pudo terminar.

—Como me compares con otra mujer, cojo tu escopeta de caza y te disparo.

—No puedes.

—¿Por qué no?

—Porque se la llevó ayer el caballo. La había dejado colgada en la silla de montar.

Alice parpadeó. Luego miró el camino por el que habían venido, como si el caballo pudiera aparecer de un momento a otro con la escopeta en la boca a modo de disculpa.

—Has tenido suerte, entonces.

—Definitivamente, soy un hombre con suerte —murmuró Bastian antes de depositar un beso suave sobre su cabello—. Aunque no iba a compararte con nadie.

Alice lo miró de reojo.

—¿Y entonces qué ibas a decir?

—Que nunca he sido tan feliz como lo soy ahora.

El rostro de Alice se iluminó al escuchar aquellas palabras y Bastian no pudo evitar pensar lo hermosa que se veía cuando era feliz.

—Yo tampoco —reconoció ella.

Bastian inclinó la cabeza y acercó los labios a los de ella, pero antes de que pudiesen unirse, el golpeteo de unos cascos sobre la tierra mojada y un grito los interrumpió.

—¡Lord Bastian! ¡Lady Alice!…

Los dos se separaron. Entre los árboles aparecieron lord Munday y otro caballero de la cacería, ambos a caballo.

Ninguno de los dos parecía demasiado contento.

Lord Munday los observó a ambos durante unos instantes, pero, como buen anfitrión, prefirió no expresar en voz alta lo que estaba pensando y, en su lugar, dijo:

—¡Gracias a Dios! Cuando el caballo regresó sin usted, lord Bastian, nos temimos lo peor. Llevamos horas buscándoles. ¿Están bien?

Alice pensó que por lo menos el caballo estaba a salvo. Aunque lo cierto es que no había pensado en el pobre semental hasta ese momento.

—Perfectamente —dijo Bastian, con una compostura que Alice habría encontrado admirable de no ser porque a ella le latía el corazón a una velocidad bastante poco discreta—. La tormenta nos pilló lejos de la casa. Encontramos refugio en la torre del límite de su propiedad y esperamos a que amainara.

—Lady Alice —Lord Munday fijó sus ojos en ella—, su tía lleva toda la noche en vela.

—Lo imagino —murmuró Alice, entornando los ojos. Le estaba empezando a doler la cabeza de tan solo pensar en la monserga que su tía le iba a dar—. Ha sido todo un inconveniente que nos haya pillado la tormenta. Lamentamos haberles dado un susto.

Lord Munday asintió, pero no preguntó nada más.

—Fue un descuido por tu parte —dijo su tía desde el asiento frente a ella, mientras el carruaje avanzaba por el camino de vuelta a Londres—. ¿Cómo se te ocurre alejarte así en mitad de una cacería?

Alice sonrió. No podía enfadarse con ella por reñirla, y no solo porque tuviera razón, que la tenía, sino porque recordaba demasiado bien el abrazo en que la había envuelto en cuanto cruzaron la puerta de la casa de campo, sanos y salvos.

Su tía había sido la primera en recibirlos.

No había dicho nada en ese momento, solo la había abrazado con una fuerza que Alice no le conocía y que le había apretado algo en el pecho de un modo inesperado.

Después, se había asegurado de que les sirvieran un desayuno abundante, algo que Alice había agradecido más de lo que habría querido admitir porque estaba hambrienta, y de que le prepararan un baño caliente.

Solo ahora, varias horas después, limpia y alimentada y de camino a casa, su tía consideraba que había llegado el momento de la conversación pendiente.

—Tienes razón —reconoció Alice, tratando de poner una expresión de culpabilidad, sin conseguirlo del todo—. Fue un descuido.

Su tía parpadeó. Claramente, no esperaba que Alice reconociera tan fácilmente su error.

—Ha sido una suerte que el duque te encontrase.

—Sí, supongo que lo ha sido.

La mejor suerte que Alice había tenido en toda su vida.

—Entenderás que ahora tienes que casarte lo antes posible.

Alice se irguió, apoyando las manos sobre los muslos.

—Nada ha cambiado, tía. Nos casaremos como estaba previsto.

Es decir, ellos no iban a casarse. A pesar de que Alice sabía que, después de lo que había pasado entre ellos, jamás se olvidaría de Bastian, su hogar seguía estando en Yorkshire.

—Aún no hay fecha, Alice. Y puede demorarse varios meses. —Su tía hizo una pausa—. No puedes permitirte esperar demasiado después de lo que ha pasado.

—No me importan las habladurías, ni que llegue a los salones de Londres el rumor de que he pasado la noche con mi prometido en una torre durante una tormenta.

Su tía sacó el abanico y empezó a abanicarse, como siempre hacía cuando una conversación le incomodaba.

—No estoy preocupada por los rumores, Alice. A fin de cuentas, estáis prometidos y él se ha asegurado de que llegaras a casa sana y salva.

—O yo me he asegurado de que llegara él —replicó ella.

—Alice. —El abanico se movió con más energía—. Dos jóvenes prometidos solos durante toda una noche en una torre... Estas cosas a veces tienen... consecuencias.

Alice frunció el ceño.

—¿Qué clase de consecuencias?

—La clase que llega al mundo aproximadamente nueve meses después —dijo, con una delicadeza extraordinaria—. Y que es considerablemente más bienvenida dentro del matrimonio que fuera de él.

El silencio que siguió fue breve, pero muy denso.

Alice miró por la ventana del carruaje. Los campos de Surrey pasaban a toda velocidad y ella no veía ninguno. Porque no había pensado en eso. En ningún momento, ni en la torre ni en el camino de vuelta ni en el desayuno ni en el baño, se le había ocurrido pensar en eso.

Y ahora que lo hacía...

No, no iba a pasar. Seguramente no iba a pasar. Estas cosas no ocurrían necesariamente a la primera, eso también lo sabía. Pero si ocurriera...

Un hijo de Bastian.

¿Por qué aquello no sonaba tan aterrador como debiera ser?

—Alice —la llamó su tía, interrumpiendo sus pensamientos.

—Puedes estar tranquila, tía. No ha pasado nada —mintió—. No es necesario adelantar la boda.

Y aunque su tía no respondió, sus ojos oscuros descendieron unos centímetros y no fue hasta que Alice siguió el camino de su mirada que fue consciente de que tenía las manos sobre el vientre.

Las apartó rápidamente, como si la propia tela de su vestido quemara, y, evitando la mirada de su tía, se volvió hacia la ventana.

El compromiso era una farsa. Ella no iba a casarse y no estaba embarazada.

Y, en caso de que lo estuviera, lo criaría ella sola. No sería la primera mujer que lo hacía y no sería la última. Tenía carácter suficiente, y voluntad suficiente, y…

Sus propios pensamientos fueron interrumpidos por una imagen que se dibujó en su cabeza.

Ella sentada sobre una manta extendida en el jardín de Weston Hall, bajo la sombra de los árboles, con el sonido de una risa infantil llenando el aire.

Y Bastian, unos metros más allá, persiguiendo a un niño pequeño entre la hierba.

Un niño con los ojos de él y la terquedad de ella.

Su hijo. El hijo de Bastian y ella.

Corría tambaleándose sobre las piernas cortas, riéndose cada vez que Bastian fingía no poder alcanzarlo. Y él —el distante, orgulloso e insoportable duque de Weston— se reía también. Con esa risa auténtica y libre que pocas veces ella había tenido el placer de escuchar.

Alice pudo imaginarlo con una claridad dolorosa: las mangas de su camisa arremangadas, el cabello oscuro desordenado por el viento, inclinándose para alzar al niño en brazos mientras este protestaba entre carcajadas.

Y lo peor de todo fue la sensación que aquella imagen despertó dentro de ella. Porque no le produjo miedo ni rechazo, sino una ternura tan intensa que casi dolía. Como si alguna parte de ella hubiese empezado a imaginar un futuro que jamás debió permitirse desear.