La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Bastian se separó apenas unos milímetros, lo justo para que sus miradas se cruzaran. La intensidad en sus ojos era casi dolorosa; había un conflicto entre el deseo que lo consumía y el instinto de protegerla.

—Alice, escúchame. La primera vez, para una mujer, suele ser dolorosa.

Ella lo miró fijamente.

—Como no lo hagas de una vez, vas a ser tú quien sienta dolor.

Bastian soltó una carcajada ronca, pero su expresión se volvió seria y cargada de deseo mientras introducía dos dedos en el interior de ella y la exploraba con delicadeza.

Alice emitió un gemido que se perdió contra el cuello de él, un sonido que mezclaba sorpresa y un placer que nunca antes había experimentado.

—Estás lista para mí —murmuró él con voz ronca, su aliento cálido rozando la oreja de ella.

Alice rodeó el cuello de Bastian con los brazos, atrayéndolo hacia sí con una urgencia que nacía de lo más profundo de sus entrañas. Sintió cómo él retiraba los dedos, dejando un vacío momentáneo que fue sustituido de inmediato por una presión mucho más firme, cálida e imponente.

Bastian se posicionó entre sus muslos, y Alice tomó consciencia real de la diferencia entre ellos.

La sensación de su longitud abriéndose paso fue abrumadora; era una plenitud sólida que estiraba sus sentidos y la obligaba a contener el aliento.

No era como nada que hubiera imaginado; era una invasión lenta y deliberada que reclamaba espacio donde antes no lo había.

Bastian se detuvo cuando encontró la resistencia de su inocencia, apoyando la frente contra la de ella. Sus respiraciones se mezclaban, agitadas y cortas.

—Alice —murmuró él, con los músculos de los brazos tensos mientras se sostenía sobre ella—, solo tienes que decirme que pare.

—No —logró articular ella, aunque la presión era intensa, casi eléctrica—. No te detengas.

Bastian cerró los ojos y, con un empuje constante y cuidadoso, terminó de unir sus cuerpos.

Alice sintió un pinchazo agudo, una punzada de fuego que la hizo clavar las uñas en los hombros de él y soltar un pequeño gemido ahogado contra su cuello.

Se quedó inmóvil, sintiendo cómo sus músculos se adaptaban a la invasión, al peso y a la asombrosa realidad de tenerlo finalmente dentro de ella.

Él no se movió. Esperó, besándole la sien y las mejillas, dándole tiempo a que el dolor se disipara.

—Respira, mi valiente Alice —susurró él con una ternura que la desarmó—. Ya ha pasado.

Poco a poco, la sensación de tirantez empezó a transformarse.

El dolor retrocedió, dejando paso a un calor profundo que irradiaba desde su centro hacia todo su cuerpo.

Alice relajó las piernas, rodeando con ellas la cintura de Bastian, y suspiró cuando sintió que la plenitud ya no era molesta, sino necesaria.

—Muévete —le pidió ella.

Bastian obedeció, comenzando a moverse con una cadencia lenta y profunda que arrastró a Alice lejos de cualquier pensamiento racional. Con cada embestida, la sensación de plenitud se transformaba en una marea creciente, un calor que subía por su columna y le nublaba la vista.

Alice se aferró a él, maravillada por la forma en que sus cuerpos encajaban.

El roce constante de la piel, el sonido de sus nombres susurrados entre jadeos y la fuerza contenida de Bastian la empujaban hacia un lugar desconocido.

Ya no era solo el deseo de ser poseída; era una urgencia eléctrica que la hacía arquear la espalda buscando más, siempre más.

—Bastian… algo pasa —logró decir ella, con la voz entrecortada por la sorpresa de lo que estaba sintiendo.

—Lo sé, Alice. Déjate llevar, estoy contigo —le respondió él, aumentando el ritmo, su propia respiración convertida en un gruñido ronco.

De pronto, la tensión estalló. Alice sintió como si el suelo de la torre desapareciera bajo sus pies.

Fue una caída libre, un precipicio de sensaciones que la desbordaron por completo.

Sus músculos se tensaron en un espasmo de puro placer y su grito quedó sofocado por el beso de Bastian, mientras las ondas de ese clímax la sacudían una y otra vez.

Ese abandono total de Alice fue lo que terminó de quebrar el autocontrol de Bastian.

Él la estrechó contra el jergón con una fuerza desesperada, hundiéndose en ella una última vez mientras el placer lo reclamaba también a él.

Se tensó, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, entregándose a esa misma caída, dejando que todo su peso y su esencia se fundieran con ella.

El silencio volvió a la torre, roto únicamente por el latido desbocado de dos corazones que intentaban recuperar el ritmo. Bastian se dejó caer a su lado, sin soltarla, envolviéndola con sus brazos.

—De pequeña soñaba con vivir aventuras —dijo Alice, rompiendo el silencio con la cabeza apoyada en el pecho de él, escuchando cómo su pulso se estabilizaba.

Bastian la miró.

—¿Y te arrepientes de no haberlas podido vivir?

—Las estoy viviendo desde que he llegado a Londres. Aunque no eran como esperaba.

—¿Te han decepcionado? —le preguntó él, acariciándole el pelo con una distracción cariñosa.

—Al contrario —dijo ella, y levantó la cabeza para mirarlo—. No me arrepiento de lo que acabamos de hacer; nunca podría.

—Yo tampoco, Alice. Yo tampoco —dijo él, y bajó la cabeza para darle un tenue beso en los labios, un sello suave tras la tormenta de hacía un momento.

Se quedaron un rato así, simplemente existiendo el uno para el otro. Alice trazó círculos invisibles sobre la piel del torso de Bastian, maravillada por la calidez que desprendía.

—Ya ha amanecido y no llueve. Tenemos que regresar —dijo ella, aunque no hizo el más mínimo esfuerzo por moverse. Sus dedos continuaron su recorrido, como si intentaran memorizar la textura de su piel.

—Deberíamos, sí —concordó él. Sin embargo, en lugar de levantarse, la rodeó con más fuerza, hundiendo la nariz en su cabello, que todavía olía a la lluvia de la noche anterior.

—Me gustaría quedarme aquí para siempre —confesó ella en un susurro, cerrando los ojos contra su pecho—. Lejos de los bailes, de las apariencias y de todo Londres. Solo nosotros.

Bastian soltó un suspiro pesado.

—A mí también, Alice.

—Pero no podemos quedarnos. Estarán preocupados por nosotros.

Su tía debía estar al borde de un ataque del corazón, y sabía que le pediría unas explicaciones que ella no le podía dar. Pero a Alice no podía importarle menos. Porque lo único en lo que podía pensar, lo único que deseaba en esos momentos, era permanecer junto a Bastian.

—Bastian —lo llamó ella, obligándolo a que la mirara a los ojos.

—¿Qué? —respondió él con suavidad.

—Esto no ha cambiado nada. En cuanto encontremos a Ingrid, nuestro compromiso se romperá y yo volveré a Yorkshire.

Bastian se inclinó hacia ella y depositó un beso en su frente. No quiso discutir; las palabras solo romperían la fragilidad del momento, pero él tenía la certeza de que Alice se equivocaba. Porque lo que acababa de suceder entre ellos cambiaba todo.

A pesar de que debían marcharse, Alice no pudo resistir más el peso de sus párpados.

Se acurrucó contra él, cerró los ojos y se quedó dormida en cuestión de segundos.

Bastian se lo permitió, velando su sueño.

Él no sucumbió al cansancio; se quedó allí, simplemente mirándola, incapaz de apartar la vista de la mujer que acababa de entregarse a él con tanta franqueza.

La posibilidad de que Alice pudiera estar esperando un hijo suyo cruzó su mente y, lejos de sentir la alarma que cualquier caballero de su posición experimentaría ante un escándalo semejante, sintió un deseo profundo y primitivo de que así fuera.

No iba a decírselo, por supuesto; no quería cargarla con una preocupación más cuando ella ya lidiaba con sus propios miedos.

Pero lo tenía claro. Si antes la búsqueda de Ingrid era una misión de deber, ahora era el último obstáculo hacia su libertad. No permitiría que Alice se marchara a Yorkshire, ni a ningún otro lugar donde él no estuviera.

Esa mujer le había robado algo que él creía haber perdido hacía años: la capacidad de amar sin reservas, sin miedo al fracaso.

Iba a casarse con ella. Y esta vez, se aseguraría de que Alice no solo aceptara su nombre, sino también el hecho de que su vida ahora le pertenecía a él tanto como la de él le pertenecía a ella.

Con ese pensamiento grabado a fuego en su mente, y sintiendo el calor del cuerpo de Alice fundido al suyo, Bastian relajó por fin la guardia.

Se dejó llevar por el cansancio y, solo entonces, con la certeza de que su destino ya no le pertenecía a nadie más que a ella, cerró los ojos y se dejó arrastrar por un sueño profundo y, por primera vez en mucho tiempo, completamente tranquilo.