La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

La penumbra del amanecer comenzó a filtrarse por las rendijas de los postigos, tiñendo la habitación de un gris azulado.

Alice abrió los ojos, pero su mente aún estaba envuelta en la niebla del sueño.

Miró el techo de piedra, confusa; no eran las vigas de madera de su alcoba ni las cortinas de seda de su cama.

Sintió una presión extraña, un peso cálido y firme que le cruzaba el abdomen. Al intentar girarse, sus piernas chocaron con algo sólido y vivo. Fue entonces cuando el recuerdo de la tormenta y el refugio en la torre regresaron de golpe a su mente.

Bajó la mirada y ahogó un jadeo. La manta con la que se habían tapado ya no estaba encima de ellos y, además, no solo compartían el jergón; estaban anudados.

Su espalda estaba pegada al pecho de él, y las piernas de ambos se entrelazaban de tal forma que no sabía dónde terminaba ella y empezaba él.

El brazo de Bastian la rodeaba con una posesividad natural, como si llevaran años durmiendo así.

Alice intentó deslizarse hacia fuera, moviendo la cadera y estirando los brazos con cuidado para no romper el silencio.

—Buenos días —dijo una voz grave justo en su oreja.

Alice se quedó petrificada, con el corazón golpeándole las costillas.

—Estabas despierto.

—Desde hace un rato —respondió, y aunque Alice no podía verlo, estaba segura de que estaba sonriendo.

—¿Y no se te ha ocurrido apartarte?

—¿Me preguntas eso cuando eres tú quien usa mi brazo de almohada?

—Yo no...

—Y quien tiene las piernas enredadas con las mías —evidenció él, sin dejarla terminar—. Para alguien que insistía en mantener las distancias, te has pegado a mí de madrugada como una hiedra a la piedra.

Alice guardó silencio, agradeciendo que la luz aún fuera demasiado débil para revelar su sonrojo. Se irguió un poco, tratando de recuperar una dignidad que era difícil de sostener estando en camisola y enredada en él.

—Yo no he hecho tal cosa —replicó—. Has sido tú.

Bastian soltó una risa baja, una vibración que Alice sintió directamente contra su espalda.

—¿Ah, sí? Así que yo me he dedicado a atrapar tus piernas con las mías y a buscar tu calor como si me fuera la vida en ello. Interesante teoría, Alice. Especialmente porque yo estaba de espaldas cuando me abordaste.

—Has tirado la manta al suelo para que tenga frío.

—La manta la has tirado tú en algún momento de la madrugada en que no parabas de moverte hasta terminar completamente enredada conmigo. Lo cual, dicho sea de paso, fue bastante antes de que yo me despertara.

—El culpable eres tú.

—Ya te digo yo que no. Aunque no tengo queja alguna. Me parece bien que tirases la manta y usases mi cuerpo para darte calor.

—Estaba dormida, no soy responsable de lo que haga mi cuerpo en ese estado.

—Tu cuerpo parece ser mucho más honesto que tus palabras —murmuró él.

Bastian se giró, quedando de costado para verla mejor.

La luz del amanecer perfilaba sus hombros anchos y el torso desnudo; solo vestía los calzones de lino, y la cercanía de tanta piel expuesta hizo que Alice perdiera el hilo de su argumento.

Él estiró la mano para apartar un mechón de pelo que tapaba su rostro.

—Mi cuerpo está muy tranquilo —replicó ella.

—¿Por qué tiemblas, entonces? —preguntó él. Su voz había bajado un octavo, volviéndose una vibración profunda que Alice sintió en la boca del estómago.

—Hace frío y esta torre es de piedra —respondió ella, aunque la mentira sonó débil incluso para sus propios oídos.

—No es frío, Alice. El frío no hace que el pulso se dispare de esta manera.

Bastian deslizó los dedos por la curva de su cuello, rozando la piel con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada.

Él sabía perfectamente que, detrás de esa fachada de indignación, Alice era una mujer que se lanzaba de cabeza a los problemas.

La había visto cabalgar sin miedo, enfrentarse a quien hiciera falta y, ahora, lo veía en sus ojos: esa chispa temeraria que la empujaba siempre al borde del precipicio.

—No es propio de una dama estar así con un caballero que no es su marido —susurró ella, aunque sus manos, en lugar de apartarlo, se cerraron sobre los hombros de él, atrayéndolo un poco más.

—Tú siempre dices que no te importan las normas —le recordó Bastian.

Alice exhaló un suspiro.

—Y no me importan, pero estoy asustada —reconoció en un hilo de voz.

Bastian se detuvo al instante. La suficiencia desapareció de su rostro, sustituida por una expresión de ternura que Alice no le conocía. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto tan suave que apenas pareció un roce de aire.

—No hay nada que temer —la tranquilizó él—. No haré nada que tú no quieras, Alice. Si quieres que me mueva al otro extremo de la habitación, lo haré ahora mismo. No pasará nada.

Alice no tuvo ni la menor duda de que las palabras de Bastian eran honestas.

—Tengo miedo de eso, Bastian —confesó ella, entrecerrando los ojos—. De que no pase nada, de que el sol termine de salir y te apartes. De que regresemos a Londres y yo me arrepienta el resto de mi vida de haber dejado pasar este momento.

Bastian guardó silencio, y Alice pudo ver cómo su mandíbula se tensaba. La luz del alba ya era lo suficientemente clara para mostrarle la tormenta que también se libraba en los ojos de él.

—Ni siquiera sabes lo que me estás pidiendo, Alice. Eres inocente.

—Que sea virgen no me convierte en estúpida. Me he criado entre el servicio, sin familia cerca que me vigilara. Margaret y las demás resolvieron todas mis dudas hace mucho tiempo.

Bastian esbozó una sonrisa cargada de una ironía suave.

—¿Y eras una joven con muchas dudas? —le preguntó él, su pulgar acariciando ahora el borde de la mandíbula de ella.

—Sobre todo, después de ver al mayordomo y a una de las sirvientas contra la pared de la despensa —confesó ella con una franqueza que le hizo ensanchar la sonrisa—. Margaret me sacó de allí antes de que pudiera entenderlo todo, pero vi lo suficiente para saber que aquello no era un castigo.

La risa de Bastian fue apenas un eco en la estancia. Se inclinó un poco más, dejando que su frente descansara contra la de ella.

—Así que mi temeraria Alice sabe perfectamente en lo que se está metiendo.

—Sé que quiero que seas tú —dijo ella, y esa confesión fue mucho más poderosa que cualquier anécdota del pasado.

Porque era cierta.

Bastian presionó sus dedos contra el jergón, fijando su mirada en la de ella.

—Si hacemos esto, Alice, no habrá vuelta atrás —le advirtió él—. No puedes recuperar la virginidad.

Ella no dudó. Ni siquiera un instante.

—Quiero perderla contigo, no recuperarla.

—¿Estás segura?

—No he estado más segura de nada en mi vida.

Bastian abrió la boca, pero Alice lo interrumpió antes de que pudiera pronunciar ni una sola palabra.

—Como vuelvas a preguntármelo, te tiro algo a la cabeza. Y ya sabes que tengo buena puntería cuando quiero.

Él soltó una carcajada.

—Está bien, está bien. —Bastian levantó las manos en señal de rendición mientras la risa moría en una sonrisa llena de fascinación—. Nada de objetos en la cabeza, por favor.

Se levantó del jergón. La luz del alba, ahora de un tono más cálido, bañó su figura mientras se despojaba de la última prenda.

Alice no apartó la mirada; se obligó a observarlo, con esa curiosidad temeraria que la caracterizaba.

Sus ojos recorrieron la anchura de sus hombros, la firmeza de su torso y su masculinidad, que ahora, completamente libre, la saludaba.

—Nunca imaginé que un hombre desnudo fuese tan bello —admitió ella en un susurro.

Aquella franqueza, tan característica en ella, hizo que Bastian se tensara, no de incomodidad, sino de deseo.

—Alice... —pronunció él su nombre como una advertencia y una súplica a la vez.

Ella no esperó a que Bastian tomara la iniciativa.

Se levantó también, quedando frente a él.

Con dedos que temblaban solo un poco, desató las cintas de su camisola.

La seda se deslizó por su piel con un roce casi imperceptible hasta amontonarse a sus pies sobre el suelo de piedra.

Se quitó también la última prenda íntima, quedando completamente expuesta ante él.

Bastian se quedó inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido en la torre. Su mirada recorrió la curva de sus caderas y la delicadeza de su vientre con una intensidad que hacía que Alice sintiera que él la estaba tocando sin mover un solo dedo.

—Eres... —Bastian no terminó la frase. Dio un paso hacia ella, cerrando el espacio hasta que el calor de sus cuerpos empezó a mezclarse en el aire frío de la mañana— preciosa.

—Nunca antes he estado desnuda delante de un hombre —admitió ella, y aunque su voz era firme, el ligero temblor de sus hombros delataba la magnitud del momento.

—Y no puedo ser más dichoso por ello —respondió él. Su voz era un murmullo denso, cargado de una gratitud oscura—. Me alegro de ser el primero y el único que te vea así.

Bastian la rodeó con sus brazos, pegando el cuerpo de ella contra el suyo. El contacto fue una revelación; la suavidad de Alice contra la dureza de él creó una fricción que hizo que el aire en la torre se volviera escaso. Sin dejar de mirarla a los ojos, la condujo de regreso al jergón.

La tumbó con una delicadeza infinita, como si Alice fuera de cristal, aunque ambos sabían que ella era el fuego que lo estaba consumiendo. Se situó sobre ella, apoyando su peso en los codos para no aplastarla, mientras sus manos comenzaban a explorar la piel que tanto tiempo habían deseado.

—Alice —susurró él, rozando con sus labios el lóbulo de su oreja mientras su mano ascendía por su muslo—, si en algún momento quieres que me detenga, solo tienes que decirlo.

—No lo diré —respondió ella, enredando sus dedos en el cabello de la nuca de él y tirando para buscar su boca—. Te lo he dicho, Bastian. No te atrevas a detenerte ahora.