La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

La tormenta fue perdiendo fuerza poco a poco, como una discusión que se agota sola. Los truenos se espaciaron, el golpeteo del agua contra los postigos se fue suavizando hasta convertirse en un repiqueteo suave y constante.

—Está amainando —dijo Alice, incorporándose—. Podemos irnos.

Pero Bastian no se levantó del jergón.

—Está oscureciendo.

—Aún hay algo de luz.

—Poca. Y el cielo sigue cubierto, Alice. No habrá luna esta noche. Y sin luna no vamos a ver nada en cuanto salgamos de los árboles.

Alice se frotó los brazos con la manta aún cubriéndole, sin poder evitar su inquietud.

—No podemos quedarnos aquí, Bastian.

—Es más seguro que perderse en el campo a oscuras, sin caballo y sin saber dónde estamos exactamente —razonó Bastian.

—Mi tía debe de estar preocupadísima.

—En cuanto descubran que yo también he desaparecido, se imaginará que estás conmigo —dijo Bastian, aunque intuía que eso, más que tranquilizar a lady Ashford, iba a hacer que estuviera a punto de sufrir un ataque al corazón, pero prefirió no decírselo a Alice—. Y que te protegeré.

Alice lo miró con el ceño fruncido.

—O yo a ti.

—Como sea. —Hizo una pausa—. Tu tía sabe que no somos unos insensatos, Alice. Se imaginarán que nos ha pillado la tormenta y que hemos tenido el buen tino de buscar un lugar en el que protegernos y esperar a que amanezca.

Alice suspiró.

—Mi tía cree que soy una insensata.

—Más a mi favor.

—Eso no tiene ningún sentido, Bastian.

—Sí lo tiene. No le cabrá duda de que en tu insensatez te alejaste de la seguridad del jardín, que yo te encontré, y que ahora estamos juntos esperando a que amanezca. Lo cual, por otro lado, es exactamente lo que ha ocurrido.

Alice consideró esto.

—Con algunos detalles omitidos. —Alice lo reflexionó durante unos instantes, aunque no tenía demasiadas opciones—. Está bien. Nos quedamos —cedió con un suspiro de resignación—. Pero vas a dormir en el suelo porque el jergón es mío.

Bastian asintió.

—Me parece bien —dijo, levantándose del jergón.

Alice se tumbó, se puso la manta por encima y cerró los ojos con la satisfacción de quien ha ganado una batalla. Pero su satisfacción duró aproximadamente treinta segundos.

Los mismos en los que tardó en oír un ruido a su lado y abrir los ojos para darse cuenta de que Bastian estaba tumbado junto a ella en el jergón. Había tomado su manta y se había tapado con la de ella.

—Acordamos que ibas a dormir en el suelo —se quejó.

—Dormiría en el suelo si hubiera suelo disponible.

Alice frunció el ceño mientras tiraba de la manta que compartía con Bastian.

—Hay suelo perfectamente disponible a tu izquierda.

—Es de piedra. No pensarás que duerma ahí. No pegaré ojo en toda la noche.

—Pero eso ya lo sabías antes de acordarlo.

—Si algo he aprendido de ti —dijo Bastian, que estaba de lado mirando hacia la pared— es que no merece la pena llevarte la contraria.

—Pero si me la estás llevando ahora mismo.

—No. Estoy de acuerdo contigo en todo —musitó él—. Ahora cierra los ojos, Alice. Mañana nos vamos al alba y, sin caballo, tenemos un largo camino por delante.

Pero ella no cerró los ojos. No podía, siendo tan consciente de la presencia de él, de su calor, de su aroma masculino.

—¿Te has dado cuenta de que estamos los dos bajo la misma manta en paños menores?

—Créeme, Alice, soy consciente —dijo con voz ronca, con un sonido que salió más como un aullido de dolor que un gruñido—. Demasiado consciente. Pero hay sitio suficiente para que no nos toquemos.

Alice se giró mirando hacia la pared contraria a la que miraba él, asegurándose de que hubiera esa distancia entre ellos. Una distancia razonable, una distancia prudente. Pero siguió sin cerrar los ojos.

—Bastian —murmuró, mientras sus dedos se aferraban a la manta con más fuerza de la que deberían—, tengo hambre.

—Yo también.

Aunque el tipo de hambre que Bastian sentía era mucho más primitiva y carnal que de la que hablaba ella.

Alice, completamente ajena a ese matiz, suspiró con resignación.

—Parece que no llueve, o llueve muy poco. Tal vez podamos intentar conseguir algo de comida.

—Tal vez tu conejo ha decidido seguirnos.

—¡No nos vamos a comer a Esponjoso! —exclamó Alice, furiosa.

—Tan solo bromeaba, Alice.

—Pues que sepas que no tiene ninguna gracia.

Bastian sonrió.

—Un poco sí.

—No, no la tiene.

Bastian exhaló un largo suspiro y cerró los ojos mientras intentaba encontrar una postura cómoda en el jergón.

—Duérmete, Alice.

—No tengo sueño —replicó, aunque bostezó antes de terminar la frase.

Después de eso, el silencio se instaló entre los dos.

Poco a poco, Bastian escuchó cómo la respiración de Alice empezaba a acompasarse a su lado.

Era un sonido suave, tranquilo, casi cálido en mitad de aquella torre fría y húmeda.

Y Bastian no pudo evitar pensar lo agradable que sería escucharlo cada noche durante el resto de su vida.

Definitivamente, iba a ser una noche muy larga. Lo pensó mirando hacia la pared de piedra, con la espalda vuelta hacia ella y dejando entre ambos toda la distancia posible. Aunque, en un jergón de aquel tamaño, no era demasiada.

Cerró los ojos, intentando conciliar el sueño.

Pero la lluvia golpeando el exterior de la torre, el olor húmedo de las mantas y la respiración constante de Alice seguían allí, demasiado cerca de él.

En algún momento, bastante más tarde de lo que habría querido admitir, el cansancio terminó venciéndolo.

Y Bastian acabó quedándose dormido escuchando la lluvia y la respiración de Alice, que para entonces ya se había convertido en un sonido extrañamente reconfortante.