La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Bastian soltó una carcajada breve y sin humor.

Se le olvidaba, a veces, lo genuinamente inocente que era Alice Thorne debajo de toda su valentía y su descaro.

Tenía la audacia de quien no conoce el miedo y la ingenuidad de quien nunca ha tenido razones para desconfiar de sus propios impulsos.

No se daba cuenta, en absoluto, de lo que suponía estar sentada en un jergón con una manta por toda ropa, mirándole con esos ojos claros completamente ajenos al efecto que producía.

Lo cual no lo hacía más fácil. Al contrario.

—No —dijo él al fin, con una calma que le costó más de lo que aparentaba—. No eres una compañía aburrida. Ese no es el problema.

Alice frunció el ceño, intentando descifrar qué quería decir exactamente, pero Bastian ya se había empezado a quitar la chaqueta de montar empapada.

Él la miraba fijamente y ella cerró los ojos sin que se lo pidiese. O al menos, lo intentó. Los mantuvo cerrados durante lo que consideró un tiempo prudencial, pero el silencio se volvió desconcertante. Abrió los ojos apenas una rendija para asegurarse de que todo seguía en orden.

Bastian seguía allí, solo en sus calzones de lino.

No era la primera vez que veía a un hombre sin camisa.

Ella estaba acostumbrada a la tosquedad de los hombres del campo, pero él poseía una constitución distinta: hombros anchos y una musculatura firme que no dependía del trabajo bruto, sino de una elegancia atlética que la dejó sin aliento.

—Estás mirando —dijo él, con una nota de diversión en la voz a la vez que se colocaba la manta.

Alice sintió el calor subirle por las mejillas y cerró los ojos con rapidez.

—Solo ha sido un instante, para comprobar que estabas bien.

—¿Y lo estoy? —preguntó Bastian con picardía—. Porque si ese es el caso, lo justo es que te quites la manta un momento para que yo también te vea a ti.

—Eso no va a pasar —sentenció ella, apretando los párpados.

Bastian se rio. Soltó una de esas carcajadas genuinas que a Alice tanto le gustaban.

—Vamos, puedes abrir los ojos.

Alice los abrió. Bastian estaba ya envuelto del todo en la manta. Solo se le veían las piernas. Unas piernas musculosas para un duque que no se dedica al trabajo duro. Aunque lo cierto era que ella sabía muy poco de Bastian y, aun así, era suficiente para saber que él le gustaba.

¿Gustar?

La palabra llegó a su mente antes de que pudiera procesarla. ¿Cómo podía gustarle? Era arrogante, condescendiente, siempre tan seguro de sí mismo, siempre con esa calma suya que a veces resultaba desesperante. Le gustaba tener razón y siempre tenía que tener la última palabra.

Y, sin embargo...

Sin embargo, la había ayudado a buscar a Ingrid sin pedir nada a cambio.

Se había tumbado junto a una madriguera para sacar a un conejo que, en principio, iba a cazar, y lo había hecho todo por ella.

La miraba como si fuera lo único que merecía la pena mirar en cualquier habitación en la que coincidieran.

Y besaba extraordinariamente bien. Aunque era el único hombre al que había besado, y aun así tenía la certeza, sin base de comparación, de que ningún otro hombre le haría sentir lo que sentía cuando Bastian la besaba.

Como si el suelo desapareciera bajo sus pies de una manera que no daba miedo, sino todo lo contrario; como si por un momento dejara de ser Lady Alice Thorne, con todas las obligaciones y con la bastardía que escondía en silencio, y fuera simplemente ella.

Libre.

Esa era la palabra que le hacían sentir sus besos.

La misma que sentía galopando por el campo, la misma que había sentido aquella noche en Brooks's con ropa de hombre y el corazón desbocado.

Que Bastian y la libertad hubieran terminado ocupando el mismo lugar en su cabeza era, con diferencia, la cosa más peligrosa que le había ocurrido en mucho tiempo.

Él se sentó a su lado, pero Alice se levantó.

—Voy a estirar la ropa en esa caja para que se seque —dijo cuando sintió la mirada de Bastian sobre ella.

Alice no necesitaba darse la vuelta para saber que Bastian no se había creído ni una palabra. Porque la realidad era que la ropa no le importaba lo más mínimo; lo que necesitaba era espacio. Y con él tan cerca no podía pensar.

Se sujetó la manta con una mano para que no se le cayera y con la otra recogió su vestido del suelo y lo extendió sobre la caja de madera.

Luego recogió la chaqueta de Bastian y la estiró junto al vestido.

Después, hizo lo mismo con los pantalones.

Los alineó con una precisión que no tenía ninguna justificación práctica, dado que no había ninguna corriente de aire que fuera a secarlos más deprisa en un sentido que en otro, pero Alice necesitaba estar ocupada.

Bastian la observó en silencio. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo, que no era estirar ropa. Era moverse, ocupar las manos, tener algo en qué poner los ojos que no fuera él. No era difícil de entender porque a él le pasaba lo mismo, aunque por razones considerablemente distintas.

Lo de Alice era inocencia y nervios. La incomodidad genuina de alguien que no sabe muy bien qué hacer con lo que está sintiendo.

Lo de él era otra cosa: la consciencia absoluta de cada movimiento que ella hacía, de la manta que se sujetaba con una mano mientras con la otra extendía su ropa, de la camisola de algodón que asomaba por el borde y de sus pies descalzos sobre el suelo de piedra.

Mantenía un esfuerzo deliberado por conservar su semblante de siempre, esa máscara de imperturbabilidad, mientras una parte de su mente que prefería no reconocer se perdía en la urgencia de desnudarla.

Se preguntó cómo serían sus pechos bajo la fina tela.

Imaginó la forma de sus pezones, si serían pequeños o generosos, y si el roce del frío los habría teñido de un rosa pálido o de un tono más encendido.

—¿Estás bien? —le preguntó ella, sentándose de nuevo a su lado en el jergón.

—Sí —respondió él con voz ronca, aunque la rigidez de su mandíbula decía lo contrario.

Un trueno restalló contra los muros de la torre, haciendo que el sonido rebotara en la piedra con una fuerza que les vibró en el pecho, a la vez que el rugido del agua cayendo se intensificó.

—Parece que la tormenta está justo encima —murmuró Alice, estirando las piernas.

Bastian no la miró, pues era algo más fácil cuando no lo hacía. Sus ojos se mantuvieron en un punto fijo de la pared de piedra.

—Aquí estaremos seguros y secos.

—Siempre y cuando los fantasmas no nos maten.

Bastian no pudo evitar alzar una ceja.

—¿Fantasmas?

—Lady Munday nos ha contado que hay una antigua torre en la linde de sus tierras, que debe de ser esta, en la que hace años un guardabosque desapareció aquí dentro en mitad de una tormenta.

Nunca encontraron el cuerpo. Desde entonces, en las noches de tormenta, cada vez que alguien se resguarda en ella, desaparece.

Bastian tragó saliva un segundo y luego enarcó una ceja.

—Te lo estás inventando.

—Totalmente —dijo ella, riéndose—. Pero por un instante te lo has creído, y se te ha puesto cara de pánico.

—Por supuesto que no. —Bastian resopló e hizo un gesto con la mano—. Soy un caballero, y los caballeros no creemos en fantasmas.

Alice lo miró con diversión. Era evidente que Bastian les tenía cierto respeto a los fantasmas, pero era demasiado orgulloso para admitirlo en voz alta.

—¿Hay alguna norma escrita al respecto?

—No hace falta que esté escrita.

Alice se mordió el labio para no reírse más, con un éxito bastante modesto. Bastian la miraba con esa expresión suya de fingida indignación que ella había aprendido a distinguir de la real, y que le gustaba considerablemente más.

—Reconoce que te ha asustado un poco. Has apretado la manta.

—Me la estaba ajustando. Tú misma lo has dicho, hace frío.

—Bastian.

—Alice.

Se miraron un momento, y entonces, los dos se rieron a la vez.