La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

—¿Cómo se te ocurre no atar el caballo?

Por primera vez, Bastian pensó que Alice estaba haciendo una pregunta lógica.

—El mozo de cuadras me aseguró que era un caballo muy dócil.

—Hasta el caballo más dócil sale espantado con un trueno.

—¿Cómo iba a saber que iba a tronar? El cielo estaba despejado hasta hace unos instantes —dijo, levantando la vista.

—Deberías haberlo supuesto.

—¿Cómo exactamente? —Bastian resopló—. No soy un almirante que lleva treinta años leyendo el cielo, ni un granjero que huele la lluvia antes de que llegue. Soy un duque, Alice. Mi relación con el tiempo atmosférico se limita a decidir si llevo abrigo o no.

—Pues hoy deberías haber llevado abrigo.

—Llevo la chaqueta de caza —dijo él.

—Sabes que no me estaba refiriendo a eso —respondió ella, ceñuda.

Bastian soltó una carcajada.

—No es gracioso —murmuró Alice, cruzando los brazos por encima del pecho.

—Tienes razón, no lo es —dijo él, recuperando la compostura justo cuando varios truenos resonaron uno tras otro, cada vez más cerca y más rotundos—. Además, va a caer una buena tormenta.

Como si el cielo lo hubiese escuchado, comenzaron a caer varias gotas.

—Cuanto antes empecemos a andar, antes llegaremos a la casa.

Alice dio un paso, pero Bastian sujetó su muñeca, impidiendo que siguiese avanzando.

—Estamos en mitad de la nada. Lo más inteligente es buscar un refugio antes de que la tormenta nos pille.

—No me da miedo mojarme. —Se volvió hacia él—. ¿Qué sucede, duque? ¿Tienes miedo a estropear tu atuendo de caza? ¿Crees que se va a enfadar contigo tu ayuda de cámara?

—Para tu información, mi ayuda de cámara no me acompaña en los viajes y, dentro de lo posible, me visto yo solo. —Bastian rodó los ojos y soltó la muñeca de Alice—. Ahora, agradecería que ayudases a buscar un refugio antes de que nos pille la tormenta y acabemos los dos con pulmonía.

Como esperaba, Alice no se lo puso fácil. Con esa expresión obstinada tan habitual en ella, volvió a cruzar los brazos por encima del pecho, sin moverse ni un solo paso.

—No vamos a coger pulmonía por un poco de agua. En el campo me he mojado un montón de veces.

—Es increíble —murmuró—. Un momento estás entre mis brazos, derritiéndote, y al siguiente estás discutiendo conmigo cada palabra que digo.

Bastian estaba convencido de que Alice le llevaba la contraria por el simple placer de sacarlo de quicio.

—Yo no me derrito —negó Alice, frunciendo los labios.

—¿Lo ves? —Bastian alzó los brazos en el aire—. Discutes todo.

—Si debato cada cosa que dices es porque, la mayor parte de las veces, no tienes razón. Si quieres que esté de acuerdo contigo, empieza a decir cosas más sensatas. —Alice movió la cabeza de un lado a otro y chasqueó la lengua—. Además, eres muy tozudo. No se puede hablar contigo.

—¿Yo? —Bastian no podía creer lo que estaba escuchando. Cada una de las palabras que Alice había pronunciado era una descripción exacta de ella misma—. ¿Yo soy el tozudo? —repitió, alzando la voz—. No puedo…

Sin embargo, se detuvo cuando sintió cómo varias gotas caían sobre él con insistencia.

—Debemos darnos prisa —murmuró, volviendo a mirar el cielo.

—Sí, vamos a buscar refugio antes de que tu afición por discutir nos mate de una pulmonía.

Sin esperar una respuesta, Alice echó a andar. Pero se detuvo cuando, después de varios pasos, se dio cuenta de que Bastian no la seguía.

—Vamos, ¿qué haces ahí parado? —Se volvió hacia él, que la observaba con la boca abierta—. No tenemos tiempo que perder.

Tras unos instantes, Bastian pareció volver en sí y avanzó hasta ella.

—Tengo que reconocer —dijo caminando junto a Alice entre los árboles— que siempre consigues dejarme sin palabras.

Alice sujetó la tela de su vestido entre los dedos para no tropezarse con ella.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Pero Alice no lo escuchó.

—¡Ahí! —dijo, señalando con el dedo índice hacia un punto fijo.

Entre los árboles, al final de un sendero medio cubierto por la hierba, asomaba una torre de piedra gris.

La construcción no era demasiado alta y claramente vieja, con la piedra oscurecida por la humedad y la hiedra trepando por los muros hasta donde alcanzaba la vista.

No era exactamente un palacio, pero tenía techo.

—Servirá —murmuró Bastian.

Y, tras compartir una breve mirada, echaron a correr justo cuando la lluvia empezó a caer con más fuerza. Para cuando llegaron a la puerta de la torre, estaban completamente empapados. Bastian la empujó y la vieja madera terminó cediendo con un largo quejido.

El interior olía a piedra húmeda y a algo vegetal y antiguo. La luz entraba por dos ventanas estrechas en la pared, suficiente para ver que la planta baja era poco más que un vestíbulo de piedra con una escalera de madera en el centro.

—Vamos arriba —dijo Bastian cuando entraron.

Alice no discutió. Se recogió la falda empapada y subió los peldaños detrás de él, con cuidado.

Lo que encontraron arriba era mejor de lo que esperaban.

Era una estancia baja y circular, con las paredes de piedra y dos ventanas pequeñas con los postigos entornados que dejaban entrar la luz sin el agua.

En un rincón había un camastro estrecho con dos mantas dobladas encima, una caja de madera que hacía las veces de mesita y, sobre ella, los restos de una vela casi consumida. El suelo estaba barrido.

—Alguien ha estado aquí —dijo Alice mientras observaba su alrededor con curiosidad.

—Probablemente el guarda de la finca —dedujo Bastian, apartándose varios mechones de cabello mojado que caían por su frente—. Las propiedades grandes suelen tener gente que recorre los límites. Necesitan refugios. En las mías es así.

—Qué previsores.

—Algunos lo somos.

Alice decidió no responder a eso y se acercó a una de las ventanas.

Entornó el postigo un dedo y lo que vio no fue alentador.

El agua caía en cortinas densas y continuas sobre el prado, borrando el paisaje hasta convertirlo en una mancha gris uniforme.

Los árboles se agitaban con cada ráfaga y el cielo, de un color plomizo y bajo, no ofrecía ninguna promesa de mejora inmediata.

—No va a parar pronto —suspiró mientras cerraba el postigo—. Vamos a estar aquí un buen rato y yo estoy helada. —Alice sentía cómo comenzaba a tiritar bajo la tela mojada de su vestido, que se pegaba a su piel—. Tenemos que hacer fuego.

Bastian suspiró.

—Me temo que eso no es posible. No hay chimenea.

—Puedo bajar a buscar leña y hacer un fuego.

Bastian negó con la cabeza.

—No vas a encontrar leña seca con esta lluvia.

—Me las arreglaré —dijo Alice con decisión—. Sé encender un fuego. Crecí en el campo, no en un salón de Londres.

—No lo dudo. —Bastian exhaló un suspiro cansado, preguntándose si merecía la pena siquiera intentar hacerla entrar en razón—.

Pero la leña estará empapada, el suelo está empapado, y si por algún milagro consigues encender algo en esas condiciones, lo más probable es que quemes la torre con nosotros dentro.

Alice se irguió.

—¿Perdona?

—Que vas a quemar la torre.

—Llevo encendiendo fuegos desde que tenía ocho años. Nunca he quemado nada que no debiera quemarse.

—Hay una primera vez para todo.

—Qué poca fe tienes en mí.

—Tengo fe absoluta en ti. Pero no la tengo en las decisiones que tomas de forma impulsiva.

—No es impulsivo, es práctico. Estamos mojados y hace frío y...

—Y las mantas están secas —la interrumpió Bastian, señalando el camastro con un gesto que zanjaba el asunto—. Que es exactamente lo que necesitamos ahora mismo.

Alice miró las mantas durante unos instantes. Por un momento, Bastian creyó que, por algún extraño milagro, había entrado en razón. Hasta que habló.

—No voy a quemar la torre. Haré fuego en la planta baja —decidió, aunque con bastante menos convicción que antes.

—No, no quemarás nada, porque no vamos a buscar leña —dijo Bastian con severidad y cansancio—. Vamos, coge la manta, Alice.

A pesar de que Alice cedió, no se la puso encima de los hombros, sino que bajó la vista hacia el vestido empapado, claramente incómoda por el peso de la tela adherida a su piel.

Durante un instante permaneció inmóvil, como si estuviera debatiéndose consigo misma.

Después soltó un pequeño suspiro y empezó a desabrochar lentamente los diminutos botones del vestido.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Bastian.

—Lo que es lógico. El vestido está empapado y no me voy a entrar en calor con él puesto. Necesito que se seque.

—Alice...

—Date la vuelta.

Hubo una pausa breve.

—Date la vuelta, Bastian.

Bastian pareció dudar durante un instante.

De hecho, a Alice le pareció escuchar que murmuraba entre dientes algo similar a «es una mala idea», pero se dio la vuelta, y Alice terminó de desabrocharse el vestido con los dedos entumecidos, lo que requirió más tiempo del que le habría gustado, y lo dejó caer al suelo con un sonido húmedo y poco glamuroso.

Se quedó en la enagua y la camisola de algodón, que también estaban algo húmedas, pero infinitamente mejor que el vestido, y se envolvió en la manta hasta los hombros.

—Ya —dijo.

Bastian se volvió. Miró el vestido en el suelo, después observó la manta y luego se detuvo en su rostro.

—Van a ser las horas más largas de mi vida —murmuró Bastian con la voz ronca.

—Lo serán menos si te quitas la ropa mojada y te pones la manta —le aconsejó Alice—. Voy a cerrar los ojos, cámbiate y luego siéntate conmigo en el jergón.

—Eso no hará que las horas sean más cortas. —Bastian la miró con un brillo en los ojos que ella no supo interpretar del todo—. Las hará más largas.

—No soy una compañía tan aburrida.