La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Encontraron un lugar al otro extremo de la propiedad donde los árboles eran más densos y el sonido de la cacería llegaba amortiguado y lejano. Bastian detuvo el caballo junto a un pequeño arroyo que cruzaba entre la hierba y desmontó primero para ayudar a Alice a bajar sin soltar al conejo.

—Aquí estará bien —dijo, mirando a su alrededor—. Lejos de la cacería y con agua cerca.

Alice miró el lugar y asintió. Era tranquilo y verde y olía a tierra húmeda y a hierba recién crecida, el tipo de rincón que parece existir al margen del resto del mundo, como si el tiempo pasara por él de otra manera.

Los árboles formaban una especie de techo irregular por encima del arroyo, y la luz se filtraba entre las hojas en fragmentos dorados que se movían despacio con la brisa.

Bajó los ojos hacia Esponjoso, que seguía en sus brazos durmiendo plácidamente, como si no fuera la primera vez que lo hacía.

—He tenido mucha suerte de conocerte —le dijo Alice.

Esponjoso movió la nariz y Alice posó sus labios sobre ella, consiguiendo que el animal hiciese un pequeño ruidito.

—La suerte la ha tenido él —intervino Bastian—. Iba a ser la cena.

Alice resopló y, por instinto, apretó el conejo contra su pecho, a pesar de que sabía que Bastian no le haría daño.

—Eso si lograbas cazarle. Que sepas que Esponjoso es extraordinariamente rápido para el tamaño que tiene. Tiene las patas muy cortas, y aun así, me ha costado seguirle.

—Iba a caballo.

—Aun así.

—Soy un cazador excelente. —Bastian alzó la barbilla con orgullo—. Llevo cazando desde los doce años.

Alice entornó los ojos e hizo una mueca mientras acunaba al conejo.

—Ya estás de nuevo presumiendo de tus hazañas.

—Estoy defendiendo mi honor como cazador —dijo él, con toda la seriedad del mundo, aunque Alice vio perfectamente cómo le bailaba algo en la comisura de los labios que tenía muy poco de serio.

Se estaba burlando de ella. Y lejos de enfadarle, Alice le siguió el juego.

—Tu honor como cazador ha sido cuestionado por un conejo que se llama Esponjoso. Reconócelo, él te ha ganado la partida.

—Solo porque se ha encontrado con una valiente guardiana.

La expresión burlona en el rostro de Alice desapareció al escuchar aquella respuesta, que no era ni de lejos la que esperaba. Una calidez inesperada se extendió por su pecho.

—¿Crees que soy valiente? —preguntó.

—Por supuesto —dijo él, y no había ironía en su voz—. Luchas por lo que crees justo sin importarte lo que piensen los demás. No conozco a muchas personas capaces de hacer eso. Y menos aún personas que lo hagan de manera tan completamente natural, como si no pudieran concebir actuar de otro modo.

Alice no respondió de inmediato. Estaba acostumbrada a que Bastian la sorprendiera con la guardia baja, pero cada vez que lo hacía le pillaba igual de desprevenida, con la misma falta de recursos con que uno se enfrenta a algo para lo que no ha tenido tiempo de prepararse.

Buscó refugio en lo más seguro que tenía a mano.

—Debería dejar libre a Esponjoso —dijo, cambiando de tema adrede.

Él sonrió, pero no se lo cuestionó.

—Le has cogido cariño —observó.

—Un poco —admitió ella, que era su manera de decir bastante—. Pero sé que tengo que soltarlo. No va a querer irse, claro. Después de todo lo que hemos pasado juntos esta tarde, va a sufrir alejándose de mí. Pero le convenceré, pues es lo mejor para él.

Bastian iba a señalar que llevaba conociendo al conejo menos de media hora, pero decidió, con buen criterio, que era mejor no hacerlo.

Alice se agachó despacio y depositó a Esponjoso en la hierba con todo el cuidado del mundo, con esa delicadeza que reservaba para las cosas que le importaban de verdad y que raramente mostraba en público. Retiró las manos muy despacio, como si quisiera darle tiempo a cambiar de opinión.

El conejo se sacudió. Olisqueó el aire y, sin mirar atrás, sin tan siquiera pensárselo, salió disparado hacia los árboles. Y en menos de tres segundos había desaparecido como si nunca hubiera existido.

Alice, de cuclillas y con las manos apoyadas sobre las rodillas, miró desconcertada y con la boca abierta el punto donde Esponjoso había desaparecido.

—Vaya, cuánto has tenido que luchar por convencerle —dijo Bastian detrás de ella con ironía.

—Es un desagradecido —farfulló.

Ese brillo de tristeza en los ojos de Alice hizo que Bastian suavizara su expresión y avanzara un paso hacia ella, colocándose a su lado.

—Estaba deseoso de volver a casa.

—Podría haberse despedido. No le costaba nada.

—Los conejos no se despiden, Alice.

—Esponjoso podría haber hecho una excepción. Le he salvado de una muerte segura. Lo mínimo habría sido un gesto. Algo.

—Es un conejo, Alice.

—Era mi conejo —dijo ella. Y luego, consciente de lo que acababa de decir, añadió—: Durante un rato.

Se quedó callada un momento más, mirando los árboles por si acaso Esponjoso reconsideraba su decisión. Pero no lo hizo. Luego se incorporó y se sacudió el vestido con un gesto que pretendía dar el asunto por cerrado, aunque su expresión sugería que no lo estaba del todo.

—Voy a limpiarme —dijo, acercándose al arroyo.

El agua era fría y clara, y Alice se arrodilló en la orilla y hundió las manos con un pequeño sobresalto que le arrancó un sonido involuntario.

Se lavó la tierra de las palmas, de las muñecas, de ese punto del codo donde la manga se había llenado de hierba cuando había tenido el brazo metido en la madriguera.

Era un trabajo minucioso y completamente inútil, dado el estado general del vestido, que había sobrevivido a un sprint por el campo, a tumbarse en el suelo y a montar a caballo con un conejo en brazos y ya no tenía mucho que perder.

Pero le daba algo en qué ocupar las manos, y eso tenía su valor.

Bastian se sentó en una piedra junto a la orilla sin decir nada.

Lo cual era, pensó Alice, una de sus cualidades más desconcertantes: su capacidad para estar en silencio sin que el silencio resultara incómodo.

Como si no necesitara llenar el espacio entre los dos con palabras para que ese espacio valiera algo.

La mayoría de la gente llenaba el silencio por incomodidad.

Bastian lo dejaba estar, y de algún modo eso decía más que la mayoría de las conversaciones que Alice había tenido en su vida.

—¿No van a echarte de menos en la cacería? —preguntó ella, sin volverse.

—No. Están demasiado ocupados compitiendo por ver quién caza más. Si no estoy, una competencia menos. —Se encogió de hombros—. Habrán dado por hecho que me he rendido y he regresado a la casa.

—No te tenía por de los que se rinden.

—Y no te equivocas, porque no me rindo nunca.

Y lo dijo mirándola de una manera que dejó claro que no estaba hablando de la cacería, ni de los conejos, ni de ninguna otra cosa relacionada con esa tarde en Surrey.

Alice no respondió. No lo hizo porque no tenía nada que decir. O tal vez sí, pero, por primera vez en su vida, no tenía el valor suficiente para comenzar aquella conversación. En su lugar, se echó agua en la cara, esperando que el frío le ayudara a despejar sus ideas.

—¿Y a ti no te echarán de menos? —preguntó él.

—No lo creo —dijo ella—. Mientras llegue a la hora de cenar, ni se darán cuenta. Lady Munday tiene suficiente con organizar sus actividades, mi tía estará bordando felizmente y el resto seguirá a lo suyo.

—Son unas necias. Es imposible no notar cuando no estás.

Alice se volvió a mirarle desde la orilla.

—¿Por qué?

Bastian la miró desde la piedra con esa calma suya que últimamente le costaba más sostener, como si algo que había tenido perfectamente controlado durante años hubiera decidido de pronto no dejarse controlar tan fácilmente.

—Porque cuando no estás cerca todo parece más apagado —dijo—. Como si te llevaras la luz contigo sin darte cuenta. Como si los sitios donde has estado guardaran algo tuyo después de que te vayas, y se notara la diferencia.

—No puedes decir esas cosas —susurró ella.

—¿Por qué no?

—Porque cuando las dice otro caballero me parecen necedades. Palabras vacías dichas para impresionar. Pero cuando las dices tú, me desarman. Y no me gusta estar desarmada.

—Porque yo las digo de verdad —dijo él, y se levantó de la piedra.

Alice observó cómo se acercaba a ella.

—¿Qué haces? —preguntó cuando lo tuvo delante.

—Tienes hierba en el pelo.

Le apartó un mechón con dos dedos y sacó una brizna con la concentración tranquila de alguien que no tiene ninguna prisa.

Cuando terminó, no se apartó. Y Alice no se apartó tampoco, que era quizás lo más revelador de todo.

La distancia que quedaba entre los dos era ya tan poca que ella podía ver cada detalle de su rostro mirándola sin disimulo, sin esa reserva habitual que empleaba con el resto del mundo, como si aquí, en este rincón al margen del tiempo, hubiera decidido que ya no era necesaria.

—Bastian —susurró—. ¿Qué estamos haciendo?

—Lo que deseamos —respondió él, rodeándole la cintura con el brazo y acercándola más a él—. ¿Sigues pensando que no deberíamos besarnos?

—Sí.

—¿Estás segura? —preguntó él, acercando sus labios a los de ella hasta que apenas quedaba aire entre los dos.

—Segurísima —respondió ella, y unió sus labios a los de él.

Fue Alice quien marcó el ritmo desde el principio. Puso las manos en su pecho y tomó lo que llevaba semanas negándose a sí misma, sin medias tintas, sin la coartada de que había sido el otro quien había empezado. El beso fue profundo y honesto y completamente deliberado.

Bastian la atrajo hacia sí con una firmeza que deshizo cualquier distancia que pudiera quedar, y Alice sintió que algo que había estado tenso en su interior desde hacía semanas cedía de golpe, como una cuerda que llevaba demasiado tiempo tirante.

Bastian olía a campo y a algo cálido que Alice ya asociaba solo con él, y que no sabía desde cuándo había empezado a reconocer.

Sabía que su historia no podía terminar bien. Lo sabía con la misma certeza con que sabía su propio nombre. El compromiso era una farsa, el acuerdo tenía fecha de caducidad, y ella era demasiado sensata para creer que los sentimientos solos bastaban para cambiar la realidad.

Pero Bastian la besaba como si fuera lo único valioso en su vida, y ella respondió profundizando el beso.

Se presionó contra su cuerpo, buscando sentir cada latido y cada espasmo de su respiración, decidida a ignorar las consecuencias mientras sus bocas siguieran unidas.

Decidida, por una vez en su vida, a no echar a correr.

El trueno llegó sin avisar.

Un estampido seco y rotundo que rompió el silencio del bosque de golpe e hizo que ambos se separaran al mismo tiempo, sobresaltados. Bastian levantó la cabeza, dándose cuenta de que las nubes eran oscuras y bajas. Una tormenta estaba a punto de estallar encima de ellos.

Y entonces, antes de que ninguno de los dos dijera nada, oyeron otro sonido: cascos sobre la hierba, alejándose a gran velocidad.

Bastian se giró para darse cuenta de que su caballo había desaparecido.