Capítulo 28
Después de almorzar, Alice anunció con toda la naturalidad del mundo que necesitaba seguir con sus acuarelas.
—Estoy muy contenta con cómo está quedando —dijo, con una convicción que le pareció personalmente admirable—. Me temo que no voy a tener tiempo de terminarlo antes de que nos marchemos. Es una lástima. Habría sido un placer enseñároslo.
Por la forma en la que su tía arrugaba las cejas y fruncía los labios en una mueca de reprobación, Alice supo que no la había creído. Pero también se dio cuenta de que había tomado la decisión de no mostrar sus sospechas en voz alta.
—Ve a continuar entonces, querida —la animó lady Munday.
Alice tenía la sensación de que la anfitriona había decidido que era mejor que estuviese a su aire. Y ella no podía estar más agradecida por ello.
—Gracias, lady Munday —dijo, y se marchó de la sala antes de que alguien cambiara de opinión.
Salió al jardín con la tablilla bajo el brazo y la caja de acuarelas en la mano. En cuanto dobló la primera esquina del seto y perdió de vista las ventanas de la casa, dejó la tablilla apoyada contra la piedra del muro y siguió caminando.
El aire olía a tierra húmeda y a algo verde que no tenía nombre preciso.
El cielo estaba despejado, con esa luz limpia y fría que a veces tiene la tarde en el campo inglés cuando se porta bien, que no es siempre.
Alice caminó sin rumbo, como le gustaba hacer, siguiendo el sendero que bordeaba el jardín formal y se perdía después entre los árboles.
Era agradable, eso tenía que reconocerlo. Alice apreciaba no tener que estar sentada, ni tener que fingir interés por algo que ni siquiera había escuchado. Solo caminar, con el aire acariciando sus mejillas y el silencio alrededor, sin esperar nada y sin que nadie esperara nada de ella.
Hacía demasiado tiempo que no se permitía eso. Exactamente, desde que había llegado a Londres.
El sendero se fue haciendo más estrecho a medida que avanzaba, y el jardín de lady Munday quedó atrás sin que Alice lo notara del todo.
Al cabo de un rato llegó a un claro pequeño donde el sendero se bifurcaba.
A la derecha, el camino bajaba hacia lo que parecía ser un prado abierto.
A la izquierda, subía entre más árboles hacia la parte alta de la propiedad.
Alice fue a la derecha, porque el sol daba mejor en esa dirección y porque nadie le había dicho que no pudiera. Y aunque lo hubiesen hecho, tampoco habría cambiado gran cosa, pues ella era una mujer de ideas fijas.
Era esa sensación, pensó mientras caminaba, lo que más echaba de menos de vivir en el campo. Esa libertad sin nombre que Londres le negaba casi siempre. El poder ir y venir sin que nadie la vigilara.
Aunque, si era completamente sincera consigo misma, no era la primera vez que la sentía en Londres. La había sentido la noche que se había colado en Brooks's disfrazada, con el corazón desbocado y la cabeza despejada de un modo extraño. Y la había sentido, también, cada vez que Bastian la besaba.
Eso era lo más inconveniente de todo. Que la libertad y Bastian habían empezado a ocupar el mismo lugar en algún rincón de su cabeza, y ella no sabía muy bien desde cuándo. Tal vez desde el principio, porque Alice estaba empezando a darse cuenta de que ese hombre era su perdición.
Por eso tenía que alejarse de él y, sobre todo, dejar de pensar en él. Pero ella no se veía capaz de ninguna de las dos cosas.
Se obligó a centrarse en el prado en el que se encontraba.
Era amplio y en pendiente suave, con la hierba algo larga y dorada por los bordes.
Alice se detuvo en el límite del sendero y respiró hondo.
A lo lejos, muy amortiguado por la distancia y los árboles, se oía de vez en cuando algún sonido de voces o de cascos, pero nada cercano.
Estaba a punto de seguir caminando cuando lo vio.
Estaba al borde del prado, casi inmóvil entre la hierba larga, con las orejas levantadas y los ojos negros y redondos mirando en su dirección con esa expresión de alerta absoluta que tienen los conejos cuando no saben todavía si algo es peligroso.
Alice se quedó quieta. El conejo hizo lo mismo.
—Hola —lo saludó Alice, en voz muy baja.
El animal movió la nariz.
Era, objetivamente, la criatura más adorable que había visto en mucho tiempo. Pequeño y gris y completamente ajeno a todo lo que no fuera ese prado y esa hierba.
—No te muevas —murmuró, sin saber muy bien por qué lo decía.
El conejo ladeó la cabeza, como si la entendiera.
—No voy a hacerte daño, solo quiero ser tu amiga.
El animal la miró fijamente, sopesando la respuesta.
Debió de fiarse de ella, porque no se movió.
Tomándose aquello como una señal, Alice avanzó hacia él.
Lo hizo lentamente, temerosa de que cualquier movimiento brusco pudiera ahuyentar al pobre conejo.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se puso de cuclillas.
El conejo tenía los ojos grandes y oscuros, casi negros, y profundamente tiernos.
Estiró la mano despacio, con la palma hacia arriba. Esperó unos segundos hasta que el conejo la olisqueó, buscando ganarse su confianza. Algo que funcionó, ya que inclinó la cabeza hacia un lado, permitiendo que lo acariciara.
Alice había visto muchos conejos en el campo a lo largo de su vida, pero todos huían en cuanto oían pasos.
—Eres absolutamente precioso —murmuró, hundiendo sus manos en el pelaje del animal, algo que, por la forma en la que se inclinó aún más hacia ella, le gustó—. Voy a llamarte Esponjoso —decidió—. No pongas esa cara. Te pega.
Alice juraría que el conejo acababa de poner los ojos en blanco.
Iba a responderle cuando escuchó un disparo. A pesar de que no sonaba cercano, el estampido seco rompió el silencio del prado, provocando que Esponjoso se sobresaltara y desapareciera entre la hierba a gran velocidad.
—¡Esponjoso! —gritó, pero el animal no se detuvo.
Sin pensar, Alice echó a correr tras él.
La hierba era alta en los bordes del prado y Alice la apartaba a manotazos mientras corría, sin perder de vista el rastro de movimiento que dejaba el conejo a su paso.
Era sorprendentemente rápido para tener las patas tan cortas, aunque los conejos solían serlo, algo que siempre le había maravillado.
Pero eso no iba a detenerla. Tampoco el vestido, que se le enredaba en los tobillos. Esponjoso necesitaba que alguien lo pusiera a salvo, y ese alguien, a falta de mejores candidatos, era ella.
—¡Para! —le dijo al conejo—. ¡No te van a disparar, no voy a permitirlo!
El conejo no paró.
Siguió corriendo en zigzag con esa lógica errática que tienen los animales pequeños cuando están aterrorizados, y Alice lo siguió a través del prado sin detenerse, levantándose la falda con una mano para no tropezar.
Y entonces desapareció.
Alice se detuvo, sin aliento, mirando a su alrededor. Pero no había rastro de Esponjoso.
—Mira que eres obstinado —susurró al aire—. Deberías haber parado.
Avanzó despacio hasta el último punto donde lo había visto, dándose cuenta de que, a sus pies, medio oculta por la hierba, había una entrada en la tierra.
Un agujero que ella no sabía si lo había hecho un animal o un humano.
Se agachó para mirar allí, dejando escapar un suspiro de alivio cuando vio a Esponjoso.
—¿Estás bien? —le preguntó.
El animalito emitió un sonido pequeño y lastimero que a Alice le partió el alma, aunque tenía los ojos abiertos y se movía, lo cual era una buena señal.
—Tengo que sacarte —dijo.
Y sin pensarlo más, se tumbó en el suelo, estiró los brazos hacia el agujero y tanteó en la oscuridad. El problema era que la madriguera era más profunda de lo que parecía desde fuera y sus manos no llegaban. Se estiró un poco más. Tampoco.
—Esponjoso, necesito que vengas hacia mí. Solo tienes que avanzar un poco.
Pero el conejo no avanzó.
—Por favor.
A pesar de sus súplicas, Esponjoso no se movió.
Alice frunció el ceño y probó a meter el brazo desde otro ángulo, con la mejilla pegada a la hierba y la falda completamente arruinada, completamente ajena a todo lo que no fuera ese agujero y ese conejo y la distancia imposible entre los dos.
Tan ajena estaba que no oyó los cascos del caballo hasta que los tuvo prácticamente encima.
—Cuando creo que no puedes sorprenderme más, me sacas del error.
No necesitó girarse para saber quién era. Aun así, se giró.
Bastian la miraba desde su caballo.
—¿Qué estás haciendo?
—Lo que parece —dijo Alice, desde el suelo.
Bastian descendió del caballo y se acercó mirando la escena con la expresión de alguien que está intentando construir una explicación razonable y no encuentra los materiales.
—Lo que parece —repitió— es una dama de la alta sociedad tumbada en un prado con el brazo metido en un agujero.
Alice suspiró.
—Esponjoso está ahí dentro y no llego.
—¿Esponjoso?
—Un conejo que algún desalmado ha asustado con un disparo.
Al comprender lo que estaba sucediendo, Bastian se pasó las manos por la cara. Con un largo suspiro, volvió a mirar a Alice.
—Estamos en una cacería, Alice.
—Eso no lo justifica —respondió ella, a la defensiva.
—Alice, ¿tú qué crees que se hace en las cacerías?
—Cazar. —Alice rodó los ojos—. No soy una necia, Bastian.
—Exacto. Y ese conejo era una de las presas. —Hizo una pausa, armándose de paciencia—. La mía, para ser más exactos.
Alice abrió los ojos de par en par.
—Eres un desalmado.
—¡Estamos cazando conejos! —rugió él, y era de las pocas veces que Alice le oía levantar la voz.
Ella tenía la extraña sensación de que era algo que solo le pasaba con ella, aunque no tenía la menor idea de si eso decía algo bueno o algo malo—.
Es una cacería, no un paseo campestre. Y tú deberías estar en el jardín, no aquí en medio.
Podíamos haberte disparado, ¿te das cuenta?
Te has puesto en peligro innecesariamente.
Bastian siguió hablando, pero Alice ya no le prestaba atención.
Porque había vuelto a tender el brazo hacia el agujero y emitía una serie de sonidos suaves e imposibles de describir, una mezcla de susurros y pequeños chasquidos que constituían, al parecer, su método personal de comunicación con la fauna silvestre.
Bastian se interrumpió a mitad de una frase, mirándola con perplejidad.
—¿Qué estás haciendo?
—Hablarle.
—¿En qué idioma?
—En el suyo —contestó Alice con irritación, sin comprender por qué tenía que explicarle algo tan evidente—. Cállate o le asustarás más.
Bastian cerró la boca. Miró el cielo un instante, susurrando unas plegarias, y luego, sin decir nada más, se puso en cuclillas junto a ella.
—Déjame a mí —dijo, en voz muy baja para no asustar más al conejo.
Alice asintió y retrocedió un paso. Bastian se agachó frente al agujero y, unos segundos después, sacó a Esponjoso con cuidado.
Alice lo cogió antes de que Bastian pudiera decir nada, lo acunó contra su pecho con ambas manos y se puso de pie de un salto. El conejo se quedó completamente inmóvil entre sus brazos, con la nariz temblando a gran velocidad.
—Estás a salvo —le dijo Alice—. Ya está. Nadie va a hacerte nada.
Miró a Bastian con una expresión que dejaba muy claro que esa última parte iba también dirigida a él.
Bastian se levantó, se limpió la tierra de la manga y miró al conejo.
—¿Y ahora qué?
—Me lo voy a llevar a casa. Allí nadie le hará daño.
—Es un animal salvaje, Alice. Tienes que dejarlo en el campo.
Ella sabía que a él no le faltaba razón.
—No hasta que termine la cacería. No voy a permitir que lo cacen.
—Alice…
—No. Es de desalmados sin corazón.
—¡Por Dios, Alice! —exclamó Bastian, alzando las manos en el aire—. ¿Nunca has comido carne de conejo?
—Claro que lo he hecho y seguiré haciéndolo. Es de mi preferida.
Bastian frunció el ceño. No sabía por qué seguía esforzándose en comprender a esa mujer.
—Y ese —dijo, señalando al animalito que se había acomodado en los brazos de Alice— es un conejo. Igual que los que te has comido.
Ella le miró indignada y le tapó corriendo las orejas al animalillo.
—No digas eso delante de él.
—No nos entiende, Alice.
—Sí que lo hace —dijo ella, y bajó la cabeza para mirar al conejo—. No le hagas caso, Esponjoso. Nadie va a comerte. Tú eres diferente.
—Es un conejo.
—Se llama Esponjoso —lo corrigió Alice, apretando al animal contra su pecho—. Y los conejos con nombre no se comen. Es una norma.
Bastian arqueó una ceja.
—¿Una norma establecida por quién?
—Por mí. Ahora mismo —respondió—. Y es irrevocable.
Bastian contempló al animal acomodarse en los brazos de Alice y la forma en que ella le acariciaba la cabeza con suavidad.
Aquello carecía de toda lógica y, aun así, no pudo evitar pensar que la escena tenía algo extrañamente tierno.
Porque, por un instante fugaz, dejó de ver a Esponjoso entre sus brazos y, en su lugar, imaginó un bebé. Su hijo.
No pudo evitar preguntarse si Alice trataría con tanto cariño al hijo de ambos. Y, sin saber muy bien por qué, Bastian no tuvo ninguna duda de que sería una madre extraordinaria.
—Vamos a llevar al conejo lejos de la zona de cacería —dijo Bastian con resignación. Porque, a esas alturas, ya había asumido que no había nada que pudiera negarle a esa mujer.
Alice esbozó una sonrisa que iluminó sus ojos verdes.
—No es un conejo, se llama Esponjoso —volvió a recordarle.
Bastian entrecerró los ojos. ¿Por qué siquiera eso tenía tanta importancia para ella?
—¿No puedes darme las gracias?
—Cuando lo llames por su nombre.
—¡Por la Virgen María! —exclamó—. Vamos a llevar a Esponjoso a un lugar seguro —dijo con cansancio—. ¿Feliz?
—Mucho.
Alice alzó la barbilla y puso esa expresión orgullosa que ponía cada vez que se salía con la suya, que, cuando se trataba de Bastian, era casi siempre, y después comenzó a andar, dirigiéndose hacia el caballo.
—Sigues sin darme las gracias —dijo él mientras la seguía.
—Sujeta a Esponjoso mientras subo.
Con una paciencia que debía de estarle costando considerablemente, Bastian sujetó al conejo y se lo devolvió cuando ella estuvo arriba. Luego montó tras ella, tomó las riendas y el caballo echó a andar.
Cabalgaron en silencio un momento.
—Estoy esperando que me des las gracias.
—Es una suerte para ti que estés sentado así. No te cansarás mientras esperas.
Bastian soltó una carcajada. Una de verdad, breve y sin avisar, que a Alice le pilló completamente desprevenida porque no era algo que ocurriera con frecuencia. Aquella calidez espontánea poco tenía que ver con el duque impecable y controlado que el resto del mundo conocía.
Esponjoso movió la nariz, ajeno a todo. Y Alice pensó que el conejito probablemente los consideraba un par de locos.
Y lo peor era que no le faltaba razón. Iban los tres a caballo, ella con un conejo en brazos, Bastian con las riendas y sin decir nada, y ninguno de los dos parecía tener ninguna prisa por que aquello terminara.
Eso era, quizás, lo más demencial de todo.