Capítulo 27
Los jardines de la casa de los Munday en Surrey eran, según todos los que habían tenido el privilegio de ser invitados a la propiedad, una maravilla.
Lady Munday los había diseñado ella misma durante veinte años con la paciencia metódica de quien considera que la naturaleza, abandonada a sus propios medios, tiende al desorden, y los resultados le daban la razón: arriates perfectamente delimitados, setos recortados con escuadra, rosaledas que florecían por turno como si tuvieran horario.
Aunque Alice prefería seguir en Londres buscando a Ingrid, tenía que reconocer que eran preciosos. Ella prefería el campo a la ciudad; eso no había cambiado y estaba segura de que nada cambiaría.
Y aunque Surrey estaba cerca de la ciudad, se respiraba un aire puro, más limpio.
—Los hombres están preparándose para la cacería —anunció lady Munday a las invitadas reunidas en el jardín.
Eran cinco mujeres y, de todas ellas, Alice era la más joven por un margen considerable—.
Pero nosotras nos vamos a divertir de verdad.
He organizado para esta mañana una sesión de encaje de bolillos y para la tarde recitaremos poesía por turnos.
Hubo un murmullo general de aprobación.
—Es una anfitriona maravillosa —dijo lady Ashford con entusiasmo—. Vamos a divertirnos mucho.
Alice, como era costumbre, no estaba de acuerdo con su tía.
Lo que tenían por delante le parecía un día perfectamente diseñado para que el tiempo transcurriera lo más despacio posible, con la máxima corrección y el mínimo aliciente.
Vamos, un auténtico suplicio. Y encima, sin las gemelas.
Ni siquiera tenía a nadie con quien intercambiar una mirada cómplice cuando lady Munday explicara los pormenores del encaje de bolillos.
—Tal vez lady Alice preferiría una actividad algo más animada —sugirió lady Weston, con una entonación perfectamente neutra—. Aunque el encaje de bolillos es uno de los grandes placeres de la vida, las jóvenes no suelen ser capaces de apreciarlo.
Alice no conocía apenas a la madre de Bastian, pero habría jurado que había ironía en esa voz. Una ironía muy bien disimulada, del tipo que solo detecta quien sabe buscarla. Tal vez, por eso, el resto de las mujeres no pareció advertir nada.
—Mi sobrina puede aprender a disfrutar del encaje de bolillos —dijo lady Ashford.
—Estoy segura de ello —replicó lady Weston—. Con la edad, pero aún es demasiado joven.
Por primera vez en su vida, a Alice no le importaba que hablasen de ella como si no estuviese allí.
—No le falta razón, lady Weston —intervino lady Munday—. Nuestra invitada más joven puede disfrutar de una sesión de acuarelas por la propiedad mientras nosotras nos dedicamos a los bolillos. Los jardines ofrecen lugares espléndidos para pintar, y la luz a esta hora es perfecta.
Alice abrió la boca para decir que casi odiaba más esa actividad que la otra.
Pero, en el último instante, se arrepintió, ya que, pensándolo bien, mientras ellas estaban en el interior, ella estaría en el exterior sin supervisión.
Por lo que podría aprovechar ese tiempo para pasear por la propiedad.
—Me parece una idea estupenda —dijo su tía con una sonrisa—. Y luego Alice podrá enseñarnos sus acuarelas después de comer. Así todas podremos disfrutar de su trabajo.
Alice miró a su tía. Y su tía le devolvió una mirada que decía, con toda la claridad del mundo, «no me decepciones». Alice puso los ojos en blanco. Lady Weston, desde el otro lado del grupo, articuló un «lo he intentado» silencioso que le arrancó una sonrisa antes de poder evitarlo.
La madre de Bastian le resultaba increíblemente fácil de querer.
Poseía una naturalidad que no encontraba en casi ninguna de las damas que había conocido desde su llegada a Londres.
No parecía observarla esperando un error, ni corregir cada palabra que decía, ni medir constantemente si estaba siendo lo bastante apropiada.
De hecho, Alice tenía la sensación de que a lady Weston le divertía precisamente aquello que el resto consideraba defectos: su espontaneidad, sus respuestas impulsivas, su incapacidad para comportarse exactamente como se esperaba de ella.
Parecía que la aceptaba tal y como era.
Y, antes de poder detener el pensamiento, Alice se descubrió imaginando que no le habría importado tener una suegra como ella. La idea la golpeó con tal fuerza que se quedó rígida al darse cuenta de lo que acababa de pensar.
Definitivamente, pasar tiempo con aquellas mujeres le estaba afectando, porque ella no iba a casarse. Y, desde luego, no con Bastian Weston.
—Lo mejor será que entremos dentro —dijo la anfitriona—. Ordenaré a un sirviente que te dé los utensilios necesarios para que puedas dibujar.
Alice esbozó una sonrisa. ¿Qué otra cosa podía hacer? Al final se iba a ver obligada a dibujar aunque fuese algo.
Cuando el grupo se dirigía hacia el interior de la casa, lady Weston se rezagó un momento y puso una mano ligera en el brazo de Alice.
—¿Me permites un instante?
No era exactamente una pregunta. Alice se detuvo y dejó que las demás siguieran adelante.
—Lady Weston —dijo Alice.
—Beatrice —la corrigió ella—. Vas a casarte con mi hijo. Podemos dejarnos de formalidades.
—Beatrice, entonces.
—Y algún día, si tú quieres, podrás llamarme mamá. —Alice tragó saliva, lo que hizo que lady Weston esbozara una sonrisa suave—. Lo siento por la confianza, no quería incomodarte.
—No me incomodas —respondió Alice. Y era verdad, que era precisamente el problema.
Quería decirle que también ella deseaba que ese día llegara. Que le caía bien, que había algo en ella cálido y directo que le recordaba a su propia madre. Que sería un placer llamarla mamá. Quería decirle todo eso.
Pero no le dijo nada, porque ninguna de esas cosas tenía sentido. Ella no iba a casarse con Bastian. El compromiso era una farsa y, cuando terminara, Beatrice seguiría siendo la madre de un duque y Alice volvería a ser lady Alice Thorne y regresaría a Yorkshire, adonde realmente pertenecía.
—Solo quería darte las gracias —dijo, dejando a Alice completamente desarmada porque no se lo esperaba en absoluto.
—¿Por qué? —preguntó.
—Por hacer tan feliz a mi hijo.
Alice volvió a tragar saliva.
—No creo que eso sea así.
Lady Weston emitió una pequeña risa.
—Estoy segura de que no te lo dice, que incluso intenta disimularlo.
Pero te aseguro que es más feliz de lo que ha sido en mucho tiempo.
—Hizo una pausa—. Nunca había perdido la esperanza de que encontrara a la mujer adecuada.
Una madre nunca la pierde. Pero empezaba a temer que Bastian se había construido una vida tan cómoda dentro de su propia coraza que ninguna mujer iba a poder llegar hasta él. Me alegra haberme equivocado.
Alice no respondió.
No porque no quisiera, sino porque tenía la garganta cerrada. Aun así, carraspeó para aclararse la voz.
Esa mujer estaba siendo amable con ella; tenía que decirle la verdad y esperar que la entendiese. Que respetase su secreto.
—Bastian y yo…
—Sois los dos suficientemente inteligentes —lady Weston la interrumpió a la vez que estiraba la mano para que Alice la cogiese con la suya, algo que hizo— como para saber lo que tenéis antes de que nadie os lo tenga que decir.
No era exactamente una respuesta. Alice la miró buscando algo más en su expresión, alguna pista que le indicara qué quería decir con eso, pero lady Weston tenía el rostro de quien ha dicho exactamente lo que quería decir y no tiene ninguna intención de añadir nada más.
—Disfruta de tu mañana pintando —dijo, y le apretó la mano un momento antes de soltarla—. Y Alice, el corazón sabe cosas que la cabeza tarda mucho en entender. Hazle caso, nunca se equivoca.
Tras decir esto, se marchó hacia el interior sin mirar atrás.
Alice se quedó un instante más en el jardín. Algo le decía que la madre de Bastian sabía más de lo que debería. Que sospechaba que el compromiso era una farsa, o al menos que no era del todo lo que parecía.
Era un pensamiento absurdo. Ninguna dama de la alta sociedad toleraría semejante cosa en silencio.
Y, sin embargo, Alice estaba segura, con una certeza que no sabía muy bien de dónde venía, de que Beatrice Weston le había pedido que le diera una oportunidad a su hijo.
Que no echara a correr antes de ver adónde llevaba todo aquello.
El problema era que Alice no quería trazar ese camino porque temía que el destino al que conducía le gustase tanto que no quisiese regresar nunca más a su verdadero hogar.
Lady Alice llevaba casi una hora sentada frente a su caja de acuarelas.
Contempló la hoja de papel fijada sobre la tablilla. Pintar nunca había sido uno de sus talentos, pero no recordaba que se le diera tan extremadamente mal.
—¿Has dibujado una col? —dijo una voz masculina que ella conocía bien.
Se giró. Bastian estaba a su espalda, ataviado para la cacería, con las botas altas y la chaqueta de montar, mirando el papel con una expresión de absoluta seriedad que resultaba bastante más ofensiva que si se hubiera reído.
—Es más que evidente que es el pabellón de piedra que asoma entre los árboles, allí al fondo —dijo Alice, señalándolo con el dedo.
Bastian siguió la dirección de su dedo. Incluso se inclinó un poco hacia el papel, tratando de identificarlo.
—¿De verdad lo crees?
Alice suspiró y dejó el pincel sobre la caja.
—No. —Alice había defendido y lo seguiría haciendo, hasta la muerte, argumentos que carecían de sentido con tal de tener la razón. Pero aquello era demasiado absurdo y evidente, incluso para ella—. No sé dibujar.
—Ya.
Alice entrecerró los ojos.
—Yo sola puedo verlo. No hacía falta que lo confirmaras.
—No lo he confirmado. Me he limitado a estar de acuerdo.
Alice suspiró.
—El resto de hombres se ha marchado a cazar hace rato. Pensé que habías ido con ellos.
—He llegado hace poco.
Ellos no se habían visto hasta ese momento, pero ella pensaba que él se encontraba en la propiedad.
—Pensaba que habías venido con tu madre.
—Tenía asuntos que atender en Londres.
—¿Te has puesto en contacto con Nicholas? —preguntó ella, bajando la voz.
—Eso lo hice ayer. Pero no sé nada nuevo.
—No debería estar aquí. —Alice inspiró profundamente, sintiendo cómo la culpa volvía a instalarse en su pecho—.
Ingrid sigue desaparecida y ni siquiera sé si está bien.
Y yo estoy aquí… —bajó la vista hacia el pincel entre sus dedos, frustrada consigo misma— jugando a mezclar colores.
Debería estar en Londres, buscándola. Yo…
Bastian se puso de cuclillas y estiró la mano para acariciar la mejilla de Alice.
—Si sigue en Londres, Nicholas la encontrará.
—¿Y si no lo hace?
—Lo hará. No es la primera vez que tiene que buscar a alguien.
Alice sabía que Nicholas escondía un secreto, o tal vez varios. Pero también sabía que Bastian era un hombre honorable y no los desvelaría.
—Aun así, no puedo estar tranquila.
—No puedes hacer nada por ella ahora —dijo mientras Alice acunaba su mejilla en la mano de él, disfrutando del cariño y la cercanía—. Así que intenta disfrutar de este maravilloso día.
—Es maravilloso para ti, que te vas de cacería. Yo tengo que pintar cuando no me gusta.
—Haz otra cosa.
—La otra opción eran los bolillos.
—Entonces es mejor que pintes —replicó él con una sonrisa.
—Me dijiste que me enseñarías a disparar.
—Y tú me dijiste que ya sabías.
—Puedo ir contigo y demostrártelo.
—Algún día iremos —dijo él—. Te lo prometo. Pero hoy, lord Munday es el anfitrión, y no va a aceptar mujeres en su cacería.
—Olvidaba que eres un duque, y los duques siempre cumplen las normas.
—No lo hago. Pero, al menos, soy respetuoso con mis anfitriones.
—A diferencia de mí.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
Bastian suspiró.
—Aunque siempre es agradable discutir contigo, hoy no me apetece.
—¿Y qué te apetece?
Bastian le pasó el dedo por la comisura de los labios, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y ella emitió un pequeño sonido que no había planeado en absoluto. Él tragó saliva.
Hubo un momento, breve y completamente silencioso, en el que ninguno de los dos se movió.
—Llegas tarde a la cacería —le recordó Alice. Le salió la voz bastante más queda de lo que habría querido.
—Lo sé —dijo él. Pero no se apartó.
Tenía los ojos fijos en ella y ella no podía dejar de mirarlo.
—Mi tía o el resto de mujeres pueden vernos desde uno de los balcones si se asoman en estos momentos.
—No creo que se escandalicen por ver a dos prometidos cerca el uno del otro.
—No somos prometidos, Bastian —le recordó Alice.
Aunque pronunciar aquellas palabras dejó un amargo sabor en su boca, y por la forma en la que Bastian frunció los labios, tuvo la sensación de que a él tampoco le agradó del todo que se lo recordara—.
Y creo que tu madre sospecha algo. Ha hablado conmigo.
No ha sido clara, pero me ha dado esa impresión.
Bastian no parecía siquiera sorprendido.
—Mi madre es una mujer muy inteligente. Pero sus sospechas no me preocupan.
—A mí sí.
—Entonces haré que dejen de preocuparte —dijo él, en un tono bajo y quedo que a Alice le recorrió la columna de arriba abajo.
Se inclinó hacia ella despacio, sin apartar los ojos de los suyos, y Alice se puso de pie de golpe. La tablilla cayó al suelo con un golpe seco. Ninguno de los dos la recogió.
—No podemos seguir haciendo esto, Bastian.
Él se incorporó y la miró desde su altura.
—¿Haciendo qué, exactamente?
—Besándonos. Estamos pasando un límite.
—No pensaba que estuvieras mal con ello.
—Y no lo estoy. Pero no puedo seguir haciéndolo.
No cuando estaba empezando a sentir algo por él. Cuando estaba empezando a desear que el compromiso no fuese una farsa. Cuando estaba empezando a querer cosas que no debía desear.
—Alice...
—Ve a cazar, Bastian.
Él la miró durante unos instantes. Alice tuvo la sensación de que quería seguir insistiendo, de que guardaba decenas de cosas que quería decirle, pero no le dijo ninguna de ellas. Se giró y se marchó hacia los establos en busca de un caballo.
Alice lo vio alejarse. Y suspiró.
La situación se le estaba yendo de las manos. No había encontrado a Ingrid, estaba mintiendo a todo el mundo y estaba pintando cuando lo detestaba. Y en lo único que podía pensar era en que se arrepentía de no haber dejado que Bastian la besara una vez más.