La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Edmund se levantó de la silla con un grito ahogado, tropezó con sus propias piernas, se aferró al borde de la mesa para no caer y derribó dos copas vacías que rodaron por el suelo con gran estrépito.

Se quedó de pie, empapado, parpadeando furiosamente, con el pelo pegado a la frente y una expresión de perplejidad absoluta.

—¡Dios mío! —exclamó.

—Buenas noches —dijo Alice, dejando la jarra sobre la mesa con toda la calma del mundo.

Bastian no dijo nada, pero esbozó una sonrisa.

Había conocido a mujeres valientes, a mujeres brillantes, a mujeres que sabían exactamente el efecto que producían.

Alice no sabía nada. Lo hacía todo por instinto, sin cálculo, y eso era bastante más peligroso que cualquier cosa que él hubiera visto en mucho tiempo.

Edmund se pasó una mano por la cara, apartándose el agua de los ojos con expresión atónita.

Después bajó lentamente la vista hacia la manga empapada de su chaqueta, como si todavía estuviera intentando comprender qué acababa de ocurrir.

Parpadeó una vez, luego otra, y alzó la cabeza.

Miró a Alice y después a Bastian, que seguía apoyado contra la pared. Y volvió a mirar a Alice.

—¡¿Qué demonios...?!

—Siéntese, Carew —dijo Bastian.

Algo en el tono, tranquilo y absolutamente desprovisto de urgencia, logró lo que ni el brandy ni el agua habían conseguido del todo: devolverle a Edmund cierta coherencia.

Se hundió de nuevo en la silla, esta vez sin que nadie lo empujara, y miró a sus interlocutores con los ojos aún brillantes de confusión.

—¿Quiénes son ustedes?

—¿Dónde está mi amiga? —preguntó Alice antes de que Bastian pudiera responder.

Edmund parpadeó. La miró con la expresión de alguien que intenta enfocar un objeto que se mueve demasiado deprisa.

—¿La conozco?

Se tocó la sien. Estaba más lúcido, pero era evidente que arrastraba aún el peso del alcohol.

Alice no contestó. Se quitó el sombrero de un solo gesto y el pelo le cayó sobre los hombros. Edmund, que creía que nada más le podía sorprender aquella noche, abrió la boca, perplejo.

—Es usted una mujer.

—Desde el día que nací. —Alice se apartó varios mechones de cabello que caían desordenados por su frente—. Y ahora, hágame el favor de decirme dónde está Ingrid.

Aquel nombre fue como una corriente de aire frío para Edmund. Sus ojos se abrieron, se irguió en la silla y fue como si cualquier rastro de alcohol se evaporara de su cuerpo.

—Lady Alice Thorne —dijo despacio, como si estuviera leyendo algo escrito en el aire—. Tiene que ser usted. Es tal como Ingrid la describió. Intrépida y valiente.

—¿No le mencionó también que era testaruda e imprudente? —preguntó Bastian con sarcasmo.

Alice le lanzó una mirada que habría hecho retroceder a un hombre más sensato. Pero no a Bastian, quien sonrió.

—Sí —admitió Edmund—. Lo hizo.

—Entonces Ingrid la conoce muy bien.

Alice puso los ojos en blanco, pero no le dedicó más atención.

—¿Por qué Ingrid le hablaría de mí? —le preguntó a Edmund.

El joven vaciló un instante.

—Porque estamos enamorados.

—¿Enamorados?

Aquella confesión sorprendió a Alice. Su amiga Ingrid, al contrario que ella, ansiaba encontrar el amor. Puede que nunca se lo hubiera confesado a Alice, pues era demasiado tímida. Pero ¿no le contaría por carta que se había enamorado? ¿Tan poco confiaba en ella para ocultarle algo así?

—La conocí a través de mi sobrina, que es amiga de la hija de los condes de Haverstock.

Coincidimos en su cumpleaños. —Hizo una pausa y algo en su expresión se suavizó de un modo que no tenía nada que ver con el alcohol—.

Desde el primer momento supe que es diferente a cualquier mujer que haya conocido.

Nos veíamos a escondidas, cuando podíamos.

Pero cuando los condes la echaron de la casa acusándola de. ..

—Creyó las acusaciones y la abandonó —le cortó Alice.

Edmund alzó su mano derecha en un puño y se golpeó el muslo, indignado.

—Por supuesto que no hice eso.

Alice cruzó los brazos por encima del pecho y dio un paso hacia él.

—Estoy bastante segura de que sí lo hizo.

—Está sacando conclusiones precipitadas y no me está dejando explicarme.

—Acostúmbrese —dijo Bastian, que seguía apoyado en la pared—. Lo hace constantemente.

—Cállate —espetó Alice, girándose hacia él. Bastian le respondió con una ceja arqueada y con una sonrisita que prometía que no lo iba a hacer. Con un suspiro de resignación, porque el duque de Weston siempre lo complicaba todo, volvió los ojos hacia Edmund—. Bien. Explíquese.

Edmund suspiró.

—Las acusaciones eran falsas y yo lo sabía.

Quería ayudarla a restaurar su honor, pero ella se negó.

Y me dejó. —Bajó la vista a sus manos—. Dijo que no podíamos seguir viéndonos, que era lo más sensato y que ella no iba a ser la causa de ningún escándalo para mi familia.

—Hizo una pausa. Cuando volvió a hablar, la voz le salió más ronca—.

Después de que la echaran, huyó y no volvió a hablarme.

Pero yo no estaba dispuesto a renunciar a ella, así que descubrí dónde vivía y fui a verla.

El barrio era... no era lugar para Ingrid, y yo no era capaz de quedarme de brazos cruzados sabiendo las condiciones en las que estaba viviendo. Así que le propuse matrimonio.

—¿Le propuso matrimonio? —repitió Alice, y por primera vez desde que habían entrado en aquella sala, no había ironía en su voz.

—Se negó. Me pidió que la dejara en paz, que respetara su decisión.

—Edmund exhaló despacio—. Y yo no fui capaz.

Seguí yendo, seguí insistiendo. Hasta que un día llegué y ya no estaba.

La presioné demasiado y ella huyó. —Apoyó los codos en sus muslos y hundió el rostro en las manos—. Lo más probable es que fuera de mí.

—¿Y no sabe dónde puede estar?

Edmund alzó la cabeza.

—Si lo supiese, estaría allí intentando convencerla de que me aceptase como su marido.

—¿No le importa que sea de una posición diferente a la suya? —preguntó Bastian, y Alice entrecerró los ojos.

—¿Por qué lo haría? —Alice no pudo quedarse callada ante aquel juicio—. Ingrid es una joven preparada e inteligente.

—No tiene que defenderla —dijo Edmund—. No me importa su clase social, pero ella insistía en que la sociedad me daría la espalda. —Rodó los ojos a la vez que bajaba las manos—. Como si eso me importase.

Alice se dio cuenta de que él era sincero.

—A veces, puede ser muy testaruda —dijo Alice al fin, y en su voz había algo que sonaba casi a ternura—. Si se está escondiendo de usted, lo hace creyendo que es lo mejor para los dos.

—No lo es.

—No, no lo es —coincidió Alice—. Pero la encontraremos. Se lo prometo.

Edmund asintió. Se recostó despacio en el respaldo de la silla, como si aquella conversación le hubiera agotado todas las fuerzas que le quedaban.

Cerró los ojos, como si no pudiera luchar contra ello, y echó la cabeza hacia un lado mientras estiraba las piernas.

En menos de un minuto, Edmund Carew estaba profundamente dormido.

Alice recogió la chaqueta que el joven había dejado sobre una silla y se la puso encima a modo de manta. Bastian se separó de la pared y señaló la puerta con un gesto. Ambos salieron sin hacer ruido.

Cuando llegaron al corredor, Alice se volvió hacia Bastian.

—Tenemos que encontrarla. Tiene que entrar en razón.

—Lo sé —dijo Bastian—. Mañana le contaré todo esto a Nicholas. Él tiene más recursos que nosotros para rastrearla.

—¿Mañana? ¿Por qué no esta misma noche?

—Porque son las tres de la madrugada, llevas ropa de hombre y yo tengo que sacarte de este club sin que nadie repare en ninguna de las dos cosas.

—Mañana deberíamos ir con Nicholas, recorrer el barrio…

—Mañana tienes que descansar. Te recuerdo que pasado mañana vamos de cacería.

—No me importa la cacería.

—Lo sé. —Bastian hizo una mueca—. Pero si quieres encontrar a Ingrid, debemos seguir con la farsa. Y para eso, tenemos que fingir que somos una pareja de prometidos normales. —Se detuvo, como si se hubiera dado cuenta de sus palabras—. O todo lo normales que podamos aparentar ser.

Alice suspiró.

—Está bien.

Primero tenía que encontrar a Ingrid, que era la única razón por la que seguía la corriente. Y, en parte, era verdad.

Pero también era verdad que llevaba semanas interpretando el papel de prometida del duque, un papel que había aceptado como lo que era: una farsa, una mentira con fecha de caducidad.

Y, sin embargo, no sentía que estuviera fingiendo nada.

Sentía, con una incomodidad que prefería no examinar demasiado de cerca, que aquello le quedaba bien.

Como un guante que no debería ser de su talla y que, sin embargo, encajaba.

—Entonces déjame que te lleve a casa.

Alice asintió.

Salieron del club de caballeros sin que nadie reparase en ellos.

El duque había llevado su propio carruaje y regresaron en silencio durante todo el trayecto.

No era un silencio incómodo, que era lo más desconcertante de todo.

Era uno de esos silencios cómodos que resultan mucho más peligrosos que cualquier conversación: el tipo de silencio que solo se construye con alguien con quien ya tienes demasiada confianza, cuando precisamente lo que menos te conviene es tenerla.

Cuando se acercaban a la casa de su hermano, Alice le pidió que detuviera el carruaje antes de doblar la esquina. Bastian dio la orden al cochero, pero bajó con ella.

—No voy a dejarte recorrer las calles a estas horas sola.

Alice miró la calle desierta, los faroles de aceite dibujando charcos de luz amarilla sobre los adoquines y la silueta oscura de las casas con todas las ventanas apagadas. Y, por una vez en su vida, no le llevó la contraria.

Aunque, a pesar de que era la primera vez que caminaba por la calle de madrugada y resultaba un poco aterrador, no fue esa la razón por la que no se negó, sino porque le gustaba pasar tiempo con Bastian.

Caminaron juntos hasta la verja sin decir nada.

Cuando llegaron, ella se volvió para despedirse y encontró que él la estaba mirando con esa expresión suya tan difícil de descifrar.

La mayor parte del tiempo, observar a Bastian era como intentar leer un libro cerrado: nunca sabía qué estaba pensando realmente, y aquella incapacidad para anticiparlo o comprenderlo la frustraba.

—¿Cómo vas a entrar sin que te vean? —preguntó él.

—Como he salido. Saltando la verja y trepando al árbol que da a mi ventana.

Bastian la miró un momento.

—Si yo fuera tu hermano, talaría todos los árboles del jardín.

Alice sonrió.

—Es una suerte que no lo seas.

—Lo es.

Y lo dijo de un modo que no tenía nada que ver con los árboles. Alice lo supo en el instante en que lo oyó, porque no había en esa voz ni rastro de ironía, ni de ese tono ligero con el que Bastian se defendía del mundo. Solo dos palabras dichas en serio, en voz baja, en mitad de la noche.

Se giró y echó a andar sin responder, porque lo cierto era que no tenía nada que decir. O, más bien, tenía demasiado, y ninguna de esas cosas era prudente.

Ella tampoco quería que Bastian fuera su hermano. Ese no era el problema. El problema era lo que llevaba días, sin querer admitirlo, empezando a desear que fuera.