La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

No había recorrido ni cinco metros cuando una mano le sujetó el brazo con firmeza y la condujo hacia un rincón apartado antes de que pudiera reaccionar.

Alice supo quién era incluso antes de girarse. Aquel perfume amaderado, y profundamente masculino, resultaba inconfundible. Aun así, se volvió bruscamente, soltándose de su agarre.

—Buenas noches —saludó, con su voz más grave—. ¿En qué puedo ayudarle?

Bastian Weston estudiaba su rostro con la misma intensidad con la que lo había hecho en los últimos encuentros que habían tenido.

Alice no tuvo la menor duda de que aquel hombre sabía quién era ella; y su cuerpo, tan traicionero cuando se trataba de él, se derretía ante su cercanía.

Sin embargo, ella continuó con esa expresión solemne que había intentado mantener toda la noche y la espalda bien erguida.

—Alice —murmuró él.

—No conozco a ninguna Alice —respondió ella—. Me llamo Alec.

Bastian entornó los ojos.

—Estás empezando a agotar mi paciencia —le advirtió con un gruñido.

No obstante, como siempre, lady Alice no hizo caso de su advertencia.

—Alec. Con C al final —insistió ella—. No es un nombre tan extraño. Aunque es más común en Escocia, mi padre era de allí…

Pero no pudo seguir con su estratagema porque Bastian le quitó el sombrero.

—¡¿Cómo se atreve?! —Alice pegó un salto, intentando, sin éxito, recuperarlo—. ¡Devuélvame el sombrero! Voy a resfriarme por su culpa.

Bastian levantó el sombrero y, a pesar de que Alice pegaba pequeños saltos, era lo suficientemente alto para que ni siquiera pudiese llegar a rozarlo. El pelo de Alice, mal recogido y ya medio suelto, se deshizo completamente.

—El pelo largo está muy de moda —se justificó ella antes de que él pudiese decir ni una sola palabra—. Muchos caballeros lo llevan. Lord Byron, sin ir más lejos, y nadie cuestiona su masculinidad.

—¿Lord Byron? —repitió Bastian, preguntándose por qué siquiera estaba participando en aquella conversación.

Era evidente que lady Alice se lo había inventado.

—Es un caballero muy distinguido que frecuenta los mejores círculos y tiene una melena envidiable y…

—Cállate —susurró, y antes de que ella pudiese replicar, la besó.

No fue un beso como los anteriores. La pilló de improviso, con la urgencia de un hombre que ha decidido no esperar un segundo más.

Él la acorraló contra la pared, usando su cuerpo para anular cualquier distancia, mientras una mano le sujetaba la mandíbula y la otra la ceñía por la cintura.

Sin rodeos, sin la calma deliberada de otras veces.

Bastian profundizó el beso sin vacilación, deslizando la mano hacia su nuca para asegurar el contacto, como si temiera que se escapara. Aunque Alice no tenía ninguna intención de apartarse; al contrario, se aferró a las solapas de su casaca con ambas manos, tirando de él.

—Más —susurró Alice entre sus labios, o quizás solo lo pensó, pero sus manos delataban que no quería que parase.

Un sonido involuntario escapó de su garganta. Bastian respondió con un gruñido bajo y contenido contra su boca, un sonido que no parecía destinado a salir, pero que se le escapó de forma ruda. Aquella pérdida de control, más que el beso mismo, fue lo que terminó por desestabilizarla.

Él presionó su frente contra la de ella, sin romper el contacto del todo, mientras sus dedos se hundían en el pelo suelto de Alice. Les faltaba el aire, pero ninguno parecía dispuesto a dar el primer paso para alejarse.

—Te dije que yo me encargaba —siseó Bastian.

—Lo sé, pero Ingrid es mi amiga. No podía quedarme en casa esperando —dijo, con la voz entrecortada, sin molestarse en seguir fingiendo. Ya no tenía ningún sentido.

Bastian no se apartó. Seguía con la frente apoyada en la de ella, los dedos enredados en su pelo, y Alice podía sentir su respiración, todavía algo irregular, mezclándose con la suya.

—Y has decidido disfrazarte y colarte en un club de caballeros llamando la atención.

—No he llamado la atención. He sido muy discreta.

Él soltó una carcajada, breve y genuina, y le dio un beso en la nariz antes de separarse de ella.

—Llevo toda la noche en la sala privada jugando al whist —dijo—. Estamos completamente aislados del salón principal. Y, aun así, han entrado tres camareros distintos a comentar entre ellos sobre el joven caballero con actitudes extrañas.

—Se referirían a otro. He visto a muchos caballeros extravagantes esta noche.

Bastian negó con la cabeza.

—Qué voy a hacer contigo…

—¿Has podido entrar en la partida? —preguntó ella, pasando por alto completamente lo que acababa de decir, como si la conversación anterior no hubiese existido.

—Sí.

—¿Cómo lo has conseguido sin invitación?

—He logrado que me inviten.

—¿Cómo?

Bastian hizo una mueca.

—Soy un duque, Alice.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que necesitas.

Alice decidió dejarlo estar por el momento.

—¿Has averiguado algo? —preguntó, inquieta.

—Bastante. —Bajó la voz—. He pasado la noche jugando con cuatro caballeros.

Dos de ellos, jóvenes. Al principio no sabía cuál era de los dos o si era alguno, ya que podía no haber venido esta noche.

Pero el alcohol y las cartas tienen una manera muy eficaz de hacer hablar a la gente.

—Hizo una pausa—. Se llama Edmund Carew.

Es el tercer hijo del marqués de Dunmore.

—¿Y por qué seguía a Ingrid? ¿Le ha hecho algo?

—Eso es lo que vamos a averiguar ahora.

—¿Ahora?

—Los demás jugadores se han marchado hace un momento.

Él sigue dentro. Solo. —Bastian le puso el sombrero en la cabeza con suavidad y le metió el pelo debajo, aprovechando para acariciar su mejilla durante un segundo—.

Por eso salí a buscarte cuando supuse que eras tú el joven extraño.

No podía dejar que vagaras por el club mientras intentaba interrogar a un hombre.

—Estaba buscando la manera de colarme en la sala.

—Y lo habías logrado.

—Claro que sí —respondió ella con una sonrisa.

—Llamando aún más la atención, logrando que acabasen descubriéndote y echando por tierra todo lo que llevo esta noche construyendo.

Alice dejó de sonreír.

—Eso no habría pasado.

—Por supuesto que sí. —Bastian entrecerró los ojos—. Cuando te he encontrado, ibas directa hacia la puerta con intención de entrar.

Alice se encogió de hombros.

—Iba a ser discreta.

—Tan discreta como un elefante en el salón de baile de la reina.

—¡¿Cómo te atreves?! —replicó ella, indignada.

Bastian le tomó la mano sin decir nada más, enredando los dedos con los suyos, y tiró de ella suavemente.

—No nos demoremos más. Venga, vamos.

Alice sintió el calor de su mano en la suya y decidió que había cosas más urgentes en las que pensar que en lo que le producía ese contacto.

Cosas como Ingrid, por ejemplo. Encontrar el paradero de su amiga era lo más importante; aunque, en los últimos días, parecía olvidarlo cada vez con más frecuencia.

La condujo por un corredor lateral que Alice no había visto, alejado del salón principal y del tráfico de camareros, hasta detenerse frente a la segunda puerta a la izquierda. La misma que le había indicado el camarero.

Bastian la abrió despacio.

La sala olía a tabaco, a brandy derramado y a partida larga.

En el centro había una mesa de juego con las cartas todavía repartidas y varias copas vacías.

Las velas estaban casi consumidas. En una butaca al fondo, con la cabeza ladeada y los brazos abiertos, dormitaba un joven de unos veinticinco años.

La casaca arrugada, el pelo revuelto, y sostenía una copa vacía todavía entre los dedos.

Alice supuso que él era Edmund Carew, tercer hijo del marqués de Dunmore. Frunció el ceño ante el espectáculo que ofrecía: la cabeza ladeada, la boca entreabierta y el corbatín deshecho. Incluso roncaba levemente.

—Está muy borracho.

—Lo he dejado demasiado tiempo solo. —Bastian cerró la puerta detrás de él y suspiró cuando contempló al joven—. Está profundamente dormido. Dudo que consigamos nada hoy —observó—. Tendremos que interrogarlo en otro momento.

Ahora que sabían quién era, no sería complicado para Bastian volver a encontrarlo cuando Edmund Carew estuviese más despierto y sobrio. Fue a sostener la muñeca de Alice para tirar de ella e irse de la sala antes de que entrara algún empleado, cuando esta se deshizo de su agarre.

—¿Acaso has perdido el juicio? —siseó—. No he venido hasta aquí, y puesto mi vida en riesgo con una bebida que hace que aún me queme la garganta, para regresar a casa sin nada.

Sin esperar la respuesta de Bastian, se acercó a Edmund con paso decidido, se detuvo frente a él y lo estudió un momento como si fuera un problema aritmético de solución incierta. Luego le puso una mano en el hombro y lo sacudió sin la menor delicadeza.

—¡Señor Carew!

El joven emitió un sonido que podría haber sido una palabra o simplemente aire escapando de sus pulmones, y volvió a sumirse en el silencio. Impaciente como era ella, Alice lo sacudió con más fuerza.

—¡Señor Carew, despierte!

Nada.

Bastian, que se había apoyado contra la pared y cruzaba los brazos mientras observaba a Alice, inclinó la cabeza hacia un lado.

—Quizás si le hablara con más suavidad... —sugirió.

—O quizás si usted le hubiera dado menos brandy —replicó ella sin volverse.

Con un resoplido, miró a su alrededor, buscando algo útil. Sonrió al ver una jarra de agua sobre la mesa que se encontraba frente a ella. Definitivamente, aquel debía ser su día de suerte.

—Alice... —la advirtió Bastian, intuyendo sus intenciones—. No serás capaz.

Ella lo miró y esbozó una sonrisa.

—Claro que lo voy a hacer.

Y antes de que Bastian pudiera añadir nada más, Alice tomó la jarra y vació la mitad del contenido directamente sobre la cabeza de Edmund Carew.

El efecto fue instantáneo.