La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—El frío entra por la cabeza —dijo Alice, que se iba inventando argumentos al momento—. Es de sobra conocido.

—Estamos en interior, señor.

—Los interiores también tienen corrientes.

El criado la observó un momento, dándose cuenta de que no iba a ganar aquella discusión, si es que se le podía denominar de esa manera. Hizo una pequeña reverencia y se retiró con toda la discreción de su oficio.

Alice dejó escapar todo el aire que había estado conteniendo. Menos mal que tenía una mente imaginativa, capaz de improvisar en cada momento. Había logrado pasar la entrada y enfrentarse a un criado sin llamar la atención. O, por lo menos, así era como ella lo veía.

Porque el criado se dirigió hacia el fondo del salón, donde otro miembro del servicio le dijo algo en voz baja. Los dos la miraron, pero ella no se fijó porque estaba pensando en cómo continuar su plan.

Aunque, en realidad, no tenía ninguno. Y necesitaba uno.

Interrogar a todos los jóvenes era lo único que se le ocurría.

Claro que podía tirarse toda la noche sin sacar nada en claro, así que lo más sensato era acercarse a los grupos, escuchar y preguntar con naturalidad.

De manera discreta, por supuesto. La discreción era parte de ella. Siempre lo había sido.

Se acercó a la primera mesa de cartas con paso decidido. Cuatro caballeros, todos jóvenes y bien vestidos. Cualquiera de ellos podía ser su hombre.

Se sentó en la silla vacía sin que nadie se la ofreciese.

—Buenas noches —saludó, con su voz más grave—. ¿Sois habituales de los jueves?

—Algunos —respondió uno, el más joven de todos.

—¿Y a alguno le gusta seguir a mujeres por la calle?

Alice sintió la mirada de los cuatro jóvenes sobre ella. Abrían los ojos y la boca. Alice intentó identificar algún gesto, alguna expresión, algo que destacase en uno de ellos, pero todos parecían igual de perplejos.

—¿Cómo dice? —preguntó un caballero rubio, que parecía ser el único capaz de articular palabra alguna.

—Ya sabe, por conversar. —Alice se encogió de hombros—. Existen aficiones mucho más extrañas, créame. Algunos caballeros beben hasta quedarse dormidos sobre un periódico. —Señaló con la barbilla a uno, varias mesas más allá, que estaba haciendo precisamente eso—. Yo prefiero montar a caballo.

Ninguno de ellos respondió, aumentando la frustración de Alice, quien estuvo segura de que el culpable se encontraba en aquella mesa. ¿Por qué, si no, ninguno de ellos continuaría aquella conversación tan normal?

Uno de los caballeros, el rubio, repartió las cartas. Alice recogió las suyas y las miró con expresión concentrada, aunque realmente no las estaba mirando. No pudo evitar pensar que tal vez estaba siendo demasiado sutil, así que decidió ser un poco más directa. Tan solo un poco.

—¿Conocéis a una joven llamada Ingrid? —preguntó.

Los cuatro caballeros levantaron la vista de sus cartas al mismo tiempo.

Alice los estudió uno por uno. Ninguno pareció especialmente nervioso. Más bien la miraban con la expresión uniforme de quien no entiende absolutamente nada de lo que está pasando en esa mesa.

—¿Ingrid? —repitió uno. Tenía el cabello pelirrojo y los ojos azules.

—Una joven institutriz, que trabajaba en una lavandería en Lambeth. Desapareció hace unas semanas.

—No —respondió el más joven.

Los otros dos también sacudieron la cabeza y Alice albergó la esperanza de que el caballero pelirrojo supiera algo, pues fruncía el ceño con aire pensativo. Sin embargo, al cabo de un instante, él también indicó que no.

—Qué pena —murmuró Alice, preguntándose si debía confiar en sus respuestas.

—¿La está usted buscando?

—¿Yo? —Alice miró al joven pelirrojo que acababa de hacerle la pregunta.

No podía contarle la verdad, ya que aquello levantaría sospechas y podía alertar al joven que buscaba—.

No. Ni siquiera la conozco. Era otro tema de conversación.

Sois sorprendentemente callados para tratarse de un club de caballeros, ¿no os parece?

El pelirrojo intercambió una mirada con el caballero más joven. Este último se encogió de hombros y el rubio, que observaba la interacción y parecía ser el más impaciente del grupo, le hizo un gesto a Alice señalando las cartas.

—Es su turno.

Alice miró su mano, mordiéndose el labio inferior mientras observaba las cartas.

Debió de tardar demasiado en decidirse, porque el caballero rubio lanzó un pequeño resoplido.

El joven castaño de cejas pobladas, que se había mantenido en silencio hasta ese momento, se dirigió a Alice con cierta confusión.

—¿Sabe jugar?

—¡Por supuesto que sé! —respondió Alice con indignación, carraspeando al darse cuenta de que, al alzar la voz, le había salido más aguda de lo debido—. Hace muchos años que juego al whist —añadió, modulando la voz.

—Estamos jugando al macao.

Ella dejó de mirar las cartas.

—¿Los jueves no juegan todas las mesas al whist?

—En absoluto. Los jueves hay una partida privada de whist en una de las salas. Nosotros preferimos el macao.

Alice procesó aquella información. Tenía que encontrar esa sala. No hacía nada útil en esa mesa, pero levantarse de golpe pondría en entredicho toda la discreción con la que había estado obrando hasta ese momento.

Miró sus cartas. Escogió una al azar y la lanzó sobre la mesa.

—He ganado —anunció.

Los cuatro caballeros observaron la carta con perplejidad y después la volvieron a mirar a ella. Lo hicieron varias veces, como si hubiera algo que no estaban comprendiendo.

—No ha ganado —dijo el rubio.

—Claro que sí. —Alice entrecerró los ojos, porque siempre tenía que haber algún listillo en todos los grupos. Sin esperar una respuesta, se levantó, dejando sus cartas sobre la mesa—. Quédense con las ganancias. Considérenlo un gesto de cortesía de mi parte.

—No hay ganancias. Nadie ha apostado nada todavía.

—Mejor aún. —Se ajustó el sombrero—. Caballeros, ha sido un placer, pero debo irme.

Y se alejó con paso tranquilo mientras detrás de ella reinaba un silencio absoluto y perplejo.

Contenta con lo bien que había llevado la situación, se acercó a uno de los camareros que circulaban por el salón.

—¿Dónde está la sala de la partida privada de whist?

—Me temo que está terminando, señor.

—¿Aun así podría entrar?

—Es una partida privada, señor. Solo para los invitados. ¿Quiere que le traiga algo de beber?

Alice frunció el ceño. Necesitaba pensar.

—Un brandy —dijo. Era la bebida preferida de su hermano y suponía que era lo que los caballeros bebían.

Mientras el camarero iba por la copa, ella se acomodó en una de las butacas de cuero.

Si la partida estaba terminando, solo necesitaba saber cuál era la sala y esperar fuera para ver quién salía.

Después interrogaría a esos caballeros con discreción.

Con toda la discreción del mundo. Nadie sospecharía nada.

El camarero regresó.

—¿Al menos puede decirme dónde está la sala donde están jugando? —insistió, a la vez que aceptaba la copa que le entregó el camarero.

—¿Por qué quiere saberlo, señor?

El brandy le descendió por la garganta como fuego líquido, abrasándole el pecho y provocándole una tos violenta. Por un instante estuvo peligrosamente cerca de escupirle toda la bebida al camarero, que, afortunadamente, poseía unos reflejos admirables y logró apartarse a tiempo.

—¿Se encuentra bien, señor?

Tras unos instantes en los que casi creyó que se ahogaba, Alice logró incorporarse, aunque aún tenía los ojos llorosos.

—¡Por Júpiter! ¡¿Qué demonios me ha dado?! —espetó, furiosa.

Una dama no podía maldecir. Por suerte, allí nadie la reconocía como una dama. A ojos del resto, era simplemente un joven caballero, y los jóvenes caballeros, al parecer, podían blasfemar cuanto les viniera en gana.

—Brandy, señor. Lo que ha pedido.

Alice observó el vaso que sostenía en la mano derecha. En apariencia parecía idéntico al que tomaba su hermano, pero no podía serlo. Por lo que tan solo había una explicación posible.

—¿Está intentando envenenarme?

—¿Por qué querría envenenarle? —El camarero parpadeó un par de veces, confundido—. Ya se lo he dicho, es brandy. Es el mismo que servimos a todos los caballeros.

—Es imposible que sea el mismo que les da a todos —espetó ella—.

Ninguno de esos hombres parece debatirse entre la vida y la muerte después de probarlo.

—Alice miró durante unos instantes a unos jóvenes que se encontraban a unos pasos de ella, con la misma bebida que ella parecía tener en la mano, y que bebían tragos generosos sin que les estuvieran consumiendo las entrañas cada vez que lo hacían—.

Que sepa que voy a presentar una queja formal al director del club.

—Señor, le aseguro que es exactamente el mismo brandy. No sé qué ha podido suceder.

Alice, que ya se estaba recuperando, decidió que podía aprovechar la confusión del hombre. Dejó el vaso con ese líquido del infierno y se puso de pie.

—Mire —dijo, bajando la voz con aire condescendiente—, estoy dispuesto a olvidar este desafortunado incidente. Soy un hombre razonable. Pero necesitaré que me indique dónde se encuentra la sala de la partida privada. Como compensación por el disgusto, comprenderá usted.

El camarero la miró.

—La segunda puerta al fondo del corredor, señor —dijo al fin, con la resignación de quien sabe que es más sencillo ceder—. Aunque la partida está a punto de terminar.

—Tiene usted mi palabra de que no volveré a mencionar el asunto del brandy —dijo Alice, con una inclinación de cabeza solemne.

El camarero la miró extrañado, pero ella ya se estaba dirigiendo hacia el corredor con paso resuelto, completamente satisfecha con cómo estaba llevando la situación.

No tenía ninguna duda de que nadie, absolutamente nadie, sospechaba de ella.

Alice estaba segura de que había nacido para la investigación.

En cambio, detrás de ella, el camarero que le había servido el brandy observaba cómo se alejaba con la expresión de quien tiene muchas cosas que decir y ha decidido que ninguna de ellas merece el esfuerzo.

En la mesa del macao, cuatro caballeros seguían sin ponerse de acuerdo sobre qué había ocurrido exactamente en los últimos diez minutos.

Y el portero de la entrada, que llevaba veinte años en su puesto y había visto de todo, estaba considerando seriamente si mencionar el incidente al director o simplemente dejarlo pasar como una de esas noches que es mejor no recordar.

Sin embargo, Alice no era consciente de ninguna de estas cosas. Avanzaba por el corredor con paso resuelto, convencida de que la segunda puerta a la izquierda era su destino y de que todo iba exactamente según lo previsto.