La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Alice no confiaba en Bastian. O, por lo menos, no en este asunto.

Ella conocía a Ingrid mejor que nadie y tenía una capacidad para sacar información a la gente que Bastian, con todo su aplomo ducal, sencillamente no tenía. Él intimidaba; ella encandilaba. Eran habilidades distintas y ambas tenían su momento.

Esta noche, era el suyo.

No estaba orgullosa de haberlo engañado. Bueno, sí lo estaba, un poco, pero eso era un detalle menor. El caso era que había logrado convencerle de que lo dejaría estar, que se quedaría en casa siendo razonable y sensata, y que confiaría en que él se encargase de todo.

Bastian debería haberla conocido mejor. Pero ese era problema de él, no de ella.

Le había enviado una carta a su tía diciéndole que se encontraba indispuesta y necesitaba guardar cama.

Su tía lo había aceptado sin preguntas y, lo que era más importante, sin presentarse en casa de Dominic para comprobarlo en persona.

Alice no sabía si atribuirlo a la confianza o al agotamiento de la temporada, pero, en cualquier caso, no iba a ponerse a investigarlo.

De esa manera había podido pasar el día ajustando la ropa de Dominic que le había cogido prestada sin que él lo supiese.

La casaca le quedaba ancha de hombros, pero, con el chaleco bien ceñido, no se notaba demasiado.

Los pantalones eran otro asunto, pero con las botas altas de su hermano y unos cuantos alfileres estratégicos el resultado era, si no del todo convincente, al menos no la delataba a primera vista.

El pelo era lo más complicado. Se lo había recogido con más paciencia de la que solía dedicarle a nada y escondido bajo el sombrero de Dominic. Se miró en el espejo.

Un caballero joven. Delgado, algo peculiar, con la casaca un poco grande. Pero un caballero al fin y al cabo.

Alice esbozó una sonrisa. Nadie sospecharía quién era realmente.

Y entonces se sentó al borde de la cama y comenzó a hacer lo que consideraba la parte más difícil: esperar.

Alice no era de las que esperaban con facilidad, pero se obligó a quedarse quieta en su cuarto, con el disfraz puesto y el sombrero en el regazo, escuchando los sonidos de la casa apagarse uno por uno.

Los pasos de las doncellas por el corredor, el ruido de las puertas cerrándose y la tos de algún criado al fondo que se disponía a retirarse a su alcoba, hasta que todos los ruidos fueron apagándose.

Esperó un poco más, por si acaso. Cuando el reloj del corredor dio las once y media y no se oía absolutamente nada, se puso en pie.

Se colocó el sombrero, se aseguró de que el pelo estuviese bien recogido y se acercó a la ventana con cuidado de no hacer ruido. La abrió despacio, centímetro a centímetro, aguantando la respiración cada vez que la madera crujía levemente.

El árbol estaba ahí, a un palmo del alféizar, con sus ramas gruesas y su corteza familiar. Alice lo evaluó un momento con la mirada experta de quien ha trepado toda clase de árboles en toda clase de circunstancias inapropiadas. Para Alice, aquello era pan comido.

Se sentó en el alféizar, se agarró a la rama más cercana y se deslizó al exterior sin hacer apenas ruido.

La casaca de Dominic se enganchó un momento en una rama menor; tiró de ella con cuidado y, cinco minutos después, estaba en la calle con los pies en el suelo y el corazón latiéndole más rápido de lo que habría querido reconocer.

Miró hacia arriba. Las ventanas de la casa seguían a oscuras.

Bien.

Se ajustó el sombrero, metió las manos en los bolsillos de la casaca con lo que esperaba que fuese un aire suficientemente masculino y recorrió la calle en busca de un coche de alquiler.

No tardó en encontrar uno. El cochero no le puso ningún inconveniente en llevarla al Brooks's.

Alice no creía que sospechase que era una mujer, aunque tampoco la había mirado demasiado, lo cual era exactamente lo que ella necesitaba.

Si algo había aprendido en su corta estancia en Londres era que, si entregabas más monedas de las necesarias, la gente tendía a no hacer preguntas.

Era una lección sencilla y extraordinariamente útil.

El trayecto fue breve. Cuando el coche se detuvo frente al edificio, Alice se bajó y se quedó un momento en la acera mirando la fachada.

El Brooks's. Iluminado, con voces masculinas apagadas filtrándose desde el interior y un portero apostado en la entrada.

Alice respiró hondo.

Solo era un hombre en la puerta. Podía con eso.

Se acercó al portero con paso firme y decidido, que era exactamente como imaginaba que caminaban los hombres cuando querían parecer importantes.

—Buenas noches —saludó, en el tono más grave que fue capaz de producir su garganta.

El portero la miró de arriba abajo y Alice intentó no entrar en pánico. No sospecharía nada; era completamente imposible que la descubriesen. O eso era lo que ella quería creer.

—Vengo a las partidas de esta noche —añadió, con una voz que consideraba bastante convincente y que sonaba aproximadamente como un joven con un resfriado severo.

—Por supuesto, señor —respondió el portero, haciéndose a un lado—. Pase usted.

Sin embargo, aquella respuesta no convenció a Alice. En realidad, ni siquiera la escuchó; había imaginado tantos posibles escenarios de ese momento, ideando diferentes planes para cada uno de ellos... Curiosamente, en ninguno de esos escenarios el portero la dejaba pasar sin resistencia.

—Le advierto que mi padre está esperándome dentro y es un hombre muy importante —espetó Alice, alzando la barbilla e hinchando el pecho—. Y no le gusta que me hagan esperar en la puerta.

El portero ni siquiera le dio una segunda mirada. Tan solo se limitó a asentir y a murmurar con voz completamente desinteresada:

—Por supuesto, señor.

El portero retrocedió un paso más, dejándole aún más espacio, esperando que aquel joven tan particular pasara.

Sin embargo, este no solo no pasó, sino que avanzó hacia él con la barbilla tan alzada que el portero pensó que se iba a romper el cuello y levantó la mano derecha, moviéndola de una forma exagerada en el aire.

—Así que le agradecería que me dejase pasar sin más dilación si no quiere que tome represalias.

—Señor —el portero entornó los ojos—, llevo un minuto intentando dejarle pasar.

Alice, que estaba a punto de seguir con su teatrillo, tuvo que cerrar la boca y apretar los labios con fuerza. Miró al portero, que señalaba la puerta abierta y que, efectivamente, le había dejado un espacio para que más de diez hombres pasaran a la vez.

—Ah —murmuró, sin saber qué más decir.

—Cuando guste, señor.

—Sí, claro. —Carraspeó—. Gracias.

Recuperándose de aquella pequeña confusión, entró con orgullo, como si perteneciese a ese lugar. Como si por dentro no se sintiese como un pez fuera del agua. Detrás de ella, el portero cerró la puerta con la expresión de quien ya no se pregunta nada de la alta sociedad desde hace mucho tiempo.

El interior del Brooks's era exactamente lo que Alice había imaginado y, al mismo tiempo, era completamente diferente.

La estancia estaba dominada por la madera oscura y el cuero envejecido de los sillones.

La luz de las lámparas apenas lograba disipar las sombras que se acumulaban en los rincones, tiñendo el salón de un aire íntimo y casi conspirador.

El olor a tabaco y brandy impregnaba el ambiente con una intensidad desconocida para ella, mezclándose con el tenue aroma de cera derretida y papel antiguo.

Pero lo que más la desconcertó fue el ruido.

No era el murmullo ordenado de un salón de baile ni la conversación cuidadosamente medida de una cena formal.

Era algo más áspero, más vivo. Risas bajas, vasos apoyándose contra la madera, voces que se alzaban sin reparo alguno.

Era el sonido de hombres hablando con absoluta libertad, sin la presencia de una dama que los obligara a moderar sus palabras o contener sus gestos.

Y, en cierta manera, le pareció refrescante.

Alice se detuvo un momento en el umbral del salón principal y sus ojos recorrieron las mesas de juego, donde los grupos de caballeros jugaban con las casacas desabrochadas y copas de brandy en la mano.

Afortunadamente para ella, nadie la miró; ni siquiera prestaron la menor atención al joven caballero de aspecto discreto que acababa de entrar.

—Todo va según lo planeado —se murmuró para sí misma, orgullosa de estar haciéndolo tan bien.

Ahora solo tenía que encontrar al hombre que había seguido a Ingrid. Alice se preguntó cuánto podía costar eso y pronto llegó a una conclusión: con su habilidad, no mucho. El problema era que no tenía ni la menor idea de cómo era ese hombre.

Alice se quedó quieta un momento, procesando ese pequeño detalle que, en el entusiasmo de la planificación, había pasado por alto. Nicholas había dicho que sus hombres lo habían visto. Que era joven, bien vestido y que frecuentaba el Brooks's los jueves.

Joven y bien vestido. Esas eran buenas pistas.

O eso creyó hasta que dio una segunda mirada por el local y se dio cuenta de que el salón estaba lleno de hombres jóvenes y bien vestidos.

—Genial —masculló con amargura, estirando los brazos y cerrando las manos en puños—. ¿Y qué hago ahora?

Alice no pudo encontrar una respuesta, porque un criado del local se acercó a ella, interrumpiendo su diálogo consigo misma.

—¿Le recojo el sombrero, señor? —preguntó, haciendo una pequeña reverencia.

—No, gracias.

Instintivamente, Alice sostuvo su sombrero negro —mejor dicho, el de su hermano— con las dos manos, aferrándose al material como si temiera que el criado fuese a arrancárselo.

—Como guste, señor. Es solo que los caballeros suelen...

—No me voy a exponer a coger un catarro —lo interrumpió Alice, con su voz más grave.

—¿Un catarro? ¿Quitándose el sombrero, señor? —El criado no pudo evitar mostrar su incredulidad. Durante los años que llevaba trabajando en aquel club había escuchado toda clase de extravagancias, pero ninguna como aquella.