Capítulo 24 #2
Alice soltó un pequeño resoplido que sonó más como una risa nerviosa. No le gustaba la forma en la que Bastian le hacía sentir, en cómo, con tan solo cuatro palabras, sin tan siquiera tocarla, su piel comenzaba a arder con fuerza y su corazón empezaba a latir en su pecho como un caballo desbocado.
—Lo que estás diciendo no tiene ningún sentido.
—Me tienes hechizado. —Bastian alzó la mano y enroscó en su dedo índice el mechón que se había escapado de su peinado—. No puedo dejar de pensar en esos labios.
—Estamos en Hyde Park durante un pícnic. Cualquiera podría vernos.
—Y no me importa lo más mínimo —replicó él, acercando su boca a la de ella.
—A mí tampoco —confesó Alice.
Y, esta vez, fue ella quien cerró la distancia.
Bastian la recibió sin sorpresa, como si la hubiese estado esperando todo el día. Le puso una mano en la cintura y la acercó despacio, y Alice se aferró a su brazo sin decidirlo.
El beso empezó suave, casi con cautela, como si ambos estuviesen aprendiendo algo que ya sabían, pero que cada vez era distinto.
Luego, Bastian la acercó un poco más y el beso se hizo más profundo, más lento, con esa deliberación suya que a Alice le resultaba simultáneamente desesperante y lo mejor que había sentido en su vida.
Le puso la mano libre en la nuca y ella cerró los ojos y dejó de pensar en Hyde Park, en los invitados, en su tía y en todo lo que había al otro lado de los árboles.
Solo estaban ellos dos en ese claro tranquilo, con la luz filtrándose entre las ramas y el banco de piedra frío bajo ellos, y Alice pensó vagamente que, si aquello era un error, era el error más agradable que había cometido en toda su vida.
—La invitación de boda sigue sin llegar y ha pasado una semana desde que nos vimos.
Ambos se separaron con rapidez al escuchar la voz masculina.
—Nicholas, ¿qué haces aquí? —Bastian miró al hombre, sorprendido y, en parte, agradecido de que la interrupción hubiera sido de él y no de cualquier otra persona, o se hubieran metido en grandes problemas.
Alice se levantó del banco de golpe. Sus labios aún estaban enrojecidos e hinchados, y su pecho subía y bajaba con rapidez, pero ella apenas parecía darse cuenta. Porque ahora toda su atención estaba en Nicholas.
—¿Sabes algo de Ingrid?
Nicholas mantenía esa postura relajada que siempre parecía acompañarlo.
Con las manos en cada bolsillo de su pantalón, los observaba a ambos con diversión.
Bastian siempre había admirado e irritado a partes iguales esa forma en la que Nicholas se tomaba la vida; como si ningún asunto fuera lo suficientemente serio o importante, como si todo fuera un juego.
—No sé dónde está, pero he descubierto algo, sí —respondió.
—¿Qué has descubierto? —preguntó Alice, dando un paso hacia él.
Bastian le rodeó la cintura con el brazo y la retuvo suavemente antes de que Alice agarrase a Nicholas por la camisa y lo zarandease hasta obtener una respuesta, que era exactamente lo que estaba a punto de hacer.
—Este no es el lugar adecuado para tener esta conversación —advirtió Bastian—. Cualquiera podría vernos.
—Un poco tarde para preocuparte de la discreción, ¿no crees? —Nicholas arqueó una ceja y Alice no pudo evitar sonrojarse—. No te preocupes, están todos ocupados con esos juegos aburridos.
—No es propio de ti dejarte ver por Hyde Park durante un pícnic.
—Me he asegurado de que nadie me viese. —Bastian conocía lo suficiente a Nicholas como para saber que esa afirmación era cierta—. No he podido resistirme, el parque está precioso en primavera.
Bastian puso los ojos en blanco. Porque, de nuevo, lo conocía lo suficiente como para intuir el verdadero motivo de su visita.
—Ella no es para ti —le advirtió.
Nicholas esbozó una sonrisa que no prometía nada bueno.
—Y eso la hace aún más interesante.
Alice no sabía de qué estaban hablando, pero no podía importarle menos en ese momento.
—Dime qué sabes —espetó, intentando soltarse del brazo de Bastian. Sin embargo, este la sujetó con más firmeza.
Nicholas los miró a los dos un instante y algo en su expresión cambió, volviéndose más seria.
—He tenido unas palabras con el casero de Ingrid. Es un ser repugnante, pero él no ha tenido nada que ver con su desaparición.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Alice—. Ha podido mentirte.
—Nadie me miente sin que yo me dé cuenta. Tengo la habilidad de que hasta el mejor mentiroso me diga la verdad en menos de diez minutos —respondió Nicholas con seguridad—. Confía en mí, puedo ser muy persuasivo. —Le guiñó un ojo—. Todo apunta a que tu amiga Ingrid se marchó por sí misma.
—No tiene sentido —balbuceó Alice, negando con la cabeza—. Dejó sus cosas.
—Tal vez no quería llevárselas —sugirió Nicholas.
—Su compañera de habitación me contó que Ingrid pensaba que alguien la seguía. Y conozco a Ingrid; ella no era una paranoica.
—Parece que eso es cierto, sí —dijo Nicholas.
—¿Y sabes quién la seguía? —preguntó Bastian.
—Mis hombres han preguntado por las calles y parece que un lord joven estuvo varios días merodeando frente al edificio donde vivía Ingrid. Los vecinos lo vieron más de una vez.
—¿Un lord? —repitió Alice.
—Eso dijeron.
—¿Y no saben quién es? —insistió Bastian.
—No.
—¡Ha sido él! —exclamó Alice—. ¡Ese lord la ha secuestrado!
—No lo creo. —Nicholas negó con la cabeza—. Él estuvo yendo unos días después de que ella desapareciese.
—¿Y sigue yendo por allí? —preguntó Bastian.
—No, ya no. Debió de darse cuenta de que Ingrid ya no estaba.
—Tal vez está escapando de él —sugirió Alice.
—Esa es una de las posibilidades que barajo.
—Tenemos que encontrarlo.
—Suerte con eso —suspiró Bastian, rodando los ojos—. En plena temporada londinense hay más lores que estrellas en el cielo.
Alice se soltó de su agarre y, esta vez, Bastian la dejó.
—¿Y entonces qué? —espetó, volviéndose hacia él—. ¿Pretendes que deje de buscarla? ¿Cómo puedes ser tan...?
—Yo no he dicho eso. Lo único que digo es que no va a ser fácil.
—¿Y entonces qué? ¿Me quedo de brazos cruzados? ¿Dejo a mi amiga tirada?
—¿Quieres dejar de atribuirme palabras que no he dicho? —se quejó Bastian—. Nadie ha hablado de rendirse.
Alice se cruzó de brazos.
—Es lo que está pareciendo.
—Aunque es muy divertido veros discutir, tengo asuntos más importantes que atender —dijo Nicholas, interrumpiéndolos—. Pero hay algo más que quizá os gustaría saber. A no ser que prefiráis seguir discutiendo, claro.
Aquellas palabras captaron la atención de Alice y Bastian, que se giraron hacia él.
—Habla —le exigió Alice con impaciencia.
—Una de las chicas que vive en el edificio, aunque no sabe el nombre del lord, al verle merodear por el edificio, lo reconoció. Resulta que lo había visto antes —dijo Nicholas—. Al parecer el lord frecuenta el Brooks's, y suele ir a las partidas privadas de los jueves de whist.
—¿Y qué hace una dama en el Brooks's? —preguntó Alice, extrañada—. Las damas no pueden entrar en un club de caballeros.
—En ese club las damas tienen prohibida la entrada, sí. —Nicholas sonrió, divertido—. Ahora, las mujeres de…
—Ya vale, Nicholas —le cortó Bastian.
—Hoy es jueves. —Alice no les estaba prestando atención, sumida en sus pensamientos—. Esta noche podría estar ahí.
—Esta noche estará ahí —confirmó Nicholas—. Es un habitual, parece.
—Entonces iremos esta noche —decidió Alice.
Bastian la miró con severidad.
—Tú no vas a ir a ningún sitio.
Alice cruzó los brazos con más fuerza.
—Ingrid es mi amiga.
—Y es un club de caballeros. No puedes entrar.
Alice abrió la boca, pero después se lo pensó mejor y la cerró. Aunque la expresión de su cara dejaba muy claro lo que pensaba de esa restricción.
—Con todo mi pesar, los clubs de caballeros no son lo mío —dijo Nicholas, completamente impasible ante la tensión entre los dos—. Pero seguiré indagando para encontrar el paradero de Ingrid. Un placer volver a verla, lady Alice.
Y, como parecía habitual en él, Nicholas se alejó antes de esperar una respuesta.
Alice ni siquiera le prestó demasiada atención. Siguió mirando a Bastian, que la observaba con severidad y una decisión tomada. Aun así, ella no se rindió.
—Tengo que ir, Bastian. Soy muy buena sacando información a la gente de manera discreta. Puedo descubrir quién es y conseguir que me cuente por qué seguía a Ingrid sin levantar ninguna sospecha. Soy muy sutil.
Bastian pensó que un terremoto destruyendo Londres sería más sutil.
—Te vas a quedar en casa. —Bastian no estaba dispuesto a ceder. No en eso—. O, si quieres entretenerte, acude al baile que haya esta noche. Yo me encargo y te prometo contarte lo que descubra. Confía en mí.
Bastian esperó una larga lista de argumentos absurdos por los que ella debía ir o una retahíla de descalificativos, pero, para su gran sorpresa, Alice asintió.
—Está bien, tienes razón. Encárgate tú.
Por un instante, Bastian temió haber escuchado mal. ¿Acaba de, no solo estar de acuerdo con algo que él decía sin rechistar, sino reconocer que él tenía razón?
No tuvo tiempo de meditarlo demasiado, porque Alice habló de nuevo:
—Es mejor que regrese antes de que se den cuenta de que no estoy.
Bastian observó cómo la esbelta y delicada figura de lady Alice se perdía entre unos árboles. Decidió esperar unos minutos antes de unirse él también al grupo.
Estaba satisfecho. Alice había resultado ser más razonable de lo esperado y había entendido lo peligroso que era para ella ir a aquel club de caballeros. Y, lo más importante, lo que hizo que una dulce sensación se instalara en el fondo de su estómago, fue darse cuenta de que Alice confiaba en él.
Y aquel fue el mejor regalo que Bastian Weston había recibido en sus veintiocho años de edad.