Capítulo 24
El Blind Man's Buff había congregado a buena parte de los invitados alrededor de un espacio despejado entre los árboles.
El organizador explicaba las reglas con entusiasmo: al que le tocase ir vendado debía atrapar a alguien del grupo; si lo lograba y adivinaba quién era, esa persona pasaba a ser la siguiente en llevar la venda.
En ese momento, Alice se encontraba al lado de su tía, que había aprovechado el momento de distracción —precisamente el instante en que Alice se había quedado quieta viendo alejarse a Bastian— para tomarla del brazo y arrastrarla a su lado sin darle oportunidad de resistirse.
Ahora, la pobre Alice sonreía y asentía mientras su tía conversaba con otras dos mujeres sobre algo que no estaba siguiendo en absoluto.
—...y el encaje de Bruselas es imposible de conseguir este año —decía su tía.
—Completamente imposible —confirmó una de las mujeres—. ¿Verdad, Alice? —le preguntó, mirándola.
—Sí —musitó Alice, que no había oído nada, pero le pareció la respuesta más segura, dado que la mujer esperaba una.
La mujer pareció complacida por su respuesta, pero su tía le lanzó una mirada breve y afilada que significaba «presta atención» en el idioma universal de las tías.
Afortunadamente, en aquel mismo instante, Cecily apareció a su lado.
—Van a empezar —anunció con nerviosismo—. ¿Juegas?
—Me encantaría —respondió Alice, que hubiese aceptado una cena con el mismo diablo por irse de allí—. Si me disculpa, tía —dijo, aunque ya se estaba alejando con Cecily sin esperar su respuesta—. Gracias —le susurró cuando dieron un par de pasos.
—He sentido que necesitabas que te salvase. —Cecily le guiñó un ojo—. Aunque, en realidad, sí que me apetece jugar.
Frances, que se acababa de acercar a ellas, suspiró.
—Es un aburrimiento de juego. Pero me apunto; si me quedo atrás, madre me va a presentar a unos cuantos caballeros aún más aburridos.
Cecily se rio.
—Solo quiere ayudar.
—Ya. —Frances hizo una mueca—. Pero que ayude a otra.
Cecily fue a responder, pero entonces miró al pequeño grupo que se había formado alrededor del organizador del juego y cualquier argumento en defensa de su madre se evaporó de su mente.
—¡Vamos, que empieza ya! —exclamó con emoción, corriendo hacia el grupo.
El primer voluntario en llevar la venda fue un joven caballero que aceptó con más entusiasmo del que la situación requería. Le ataron el pañuelo, lo giraron tres veces entre las risas del grupo, y lo soltaron.
El caos fue inmediato y alegre. El caballero vendado avanzaba con los brazos extendidos mientras el grupo se dispersaba entre risas y exclamaciones. Atrapó a una joven que no había corrido lo suficientemente rápido, adivinó su nombre entre aplausos y le pasó la venda.
La joven erró dos veces antes de atrapar a alguien, y ese alguien resultó ser Cecily, en parte porque Frances, a su lado, le había susurrado que corría demasiado despacio, distrayéndola en el momento menos oportuno. La joven vendada no necesitó más pista que esa para adivinar su nombre.
—Me has delatado —le dijo Cecily a su hermana mientras le ataban el pañuelo.
—Te he dado un consejo. —Frances se encogió de hombros—. Que no lo hayas sabido aprovechar no es culpa mía.
Fue en ese momento, mientras el grupo se reorganizaba alrededor de Cecily, cuando Alice aprovechó la distracción general para alejarse despacio, primero un paso, luego otro, hasta que los árboles se interpusieron entre ella y las risas del grupo.
Necesitaba un momento. Solo un momento a solas.
Se detuvo en un pequeño claro donde la luz se filtraba entre las ramas y el aire era más fresco.
Se sentó en un banco de piedra que alguien había tenido la consideración de colocar allí, apoyó los codos en las rodillas y miró al suelo con la concentración de quien no está mirando nada, sino pensando en demasiadas cosas a la vez.
—Pensaba que estabas jugando al Blind Man's Buff —dijo una voz a sus espaldas.
Al principio, Alice pegó un pequeño brinco, irguiéndose en el banco. Pero al instante reconoció aquella voz que se estaba convirtiendo en una familiar para ella.
—Y estoy jugando —respondió.
Bastian rodeó el banco y se sentó a su lado.
—¿Sentada en un banco, alejada del resto?
—El juego se trata de que no te pillen. Y aquí no van a pillarme. —Apoyó las palmas sobre el banco y ladeó la cabeza hacia Bastian—. ¿Me estás siguiendo?
—Te he visto irte y he pensado que podías necesitar compañía.
Alice frunció el ceño.
—Antes no te ha importado que estuviese sola.
Bastian guardó silencio un momento.
—Tienes razón —dijo al fin con un suspiro—. Entre lady Eliza y yo hay una historia. Pero está cerrada y no tengo intención de hablar de ella.
—No tienes que darme explicaciones. No estamos prometidos de verdad.
Y, a pesar de que sus palabras eran ciertas, Alice sintió como si mil pequeñas espinas se clavaran en su pecho.
Porque sí, Bastian no le debía ninguna explicación; al fin y al cabo, su compromiso era una farsa, pero a ella le hubiera gustado que Bastian tuviera la confianza suficiente para contarle qué había sucedido entre lady Eliza y él.
Puede que ni siquiera se llevaran bien del todo y discutieran la mayor parte de las veces, pero Bastian y ella formaban un equipo.
Aunque lo que más la atormentaba y hacía que esas espinas se hundieran más en su piel era que Alice no se creía que la historia entre lady Eliza y Bastian estuviera tan cerrada como él decía.
Pero no debía importarle. Porque ella encontraría a Ingrid, regresaría a Yorkshire y no volvería a ver al duque de Weston nunca más.
—No me has dicho por qué estás aquí sola —dijo Bastian, cambiando adrede de tema.
—Supongo que necesitaba un momento a solas. —Alice se inclinó ligeramente hacia delante mientras sus piernas se balanceaban en el aire—. Todas estas celebraciones pueden ser agotadoras. Y aquí, en Londres, todos los días hay alguna.
—Dentro de tres días hay una cacería en la finca de Lord Munday, en Sunrey. Y me he enterado hace un rato de que tu tía y mi madre han aceptado por nosotros. Por suerte, solo tendremos que pasar una noche allí.
—Mi tía no me ha dicho nada, pero tiende a avisarme con la menor antelación posible, como si temiese que fuese a buscar una excusa.
Bastian esbozó una pequeña sonrisa.
—¿Y es un temor infundado?
—No, no lo es —reconoció Alice—. Pensé que, al estar comprometida, dejaría de arrastrarme a tantos eventos.
Es verdad que ya no tengo que acudir cada noche a un baile distinto, pero resulta que la temporada londinense tiene una cantidad de actividades que no son bailes verdaderamente asombrosa.
Picnics, conciertos, exposiciones, visitas, carreras de caballos. .. —Hizo una pausa—. La cacería.
—Así es.
—¿Y tú no tienes nada que decir al respecto? ¿Tu madre toma decisiones por ti y lo aceptas sin más?
Bastian la miró.
—No suelo hacerlo, pero es cierto que tenemos que dejarnos ver como prometidos. Y, si evitamos los bailes, tenemos que acudir a otros eventos.
Alice entrecerró los ojos e hizo una mueca.
—Odio las cacerías.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque odias cualquier cosa en la que no puedas participar activamente. Observar no es lo tuyo.
Alice abrió la boca para negarlo. Pero después se lo pensó mejor.
—No entiendo por qué las mujeres no pueden participar —admitió—. Los hombres creen que nos vamos a hacer daño o algo igual de condescendiente.
—En realidad, es porque algunos temen que seáis mejores que ellos.
Ella se rio.
—Los hombres podéis ser muy infantiles a veces.
—No es mi caso.
—No —concedió Alice, ladeando la cabeza—. Tú eres infantil de otras maneras.
Bastian la miró con una expresión que no era exactamente ofensa, pero tampoco era del todo neutral.
—Puedo enseñarte a disparar en Surrey, si quieres —ofreció.
—Ya sé disparar —dijo Alice, ofendida de que pudiera siquiera dudar un instante de que no poseyera aquella habilidad—. Y que sepas que tengo una puntería excelente. —Alzó la barbilla, orgullosa—. Puedo demostrárselo cuando quiera.
Bastian alzó las manos en señal de paz.
—No será necesario. Me fío.
Alice lo miró con perspicacia.
—Tienes miedo de que te dé un tiro por error.
Bastian consideró esto con una seriedad que no engañaba a nadie.
—No me falta razón.
—No te preocupes —dijo Alice, con una dulzura completamente falsa—. Si alguna vez te disparo, no será por error.
—Eso no me tranquiliza en absoluto.
—No pretendía tranquilizarte.
Lejos de ofenderse por la amenaza, Bastian se rio.
—¿Quién te enseñó a disparar, tu padre? —preguntó con curiosidad.
La mención de su padre hizo que Alice se enderezara y sus piernas dejaran de moverse de golpe. Bastian observó cómo su sonrisa y la expresión relajada de su rostro desaparecían, siendo sustituidas por una mueca tensa.
—Mi padre lo único que me enseñó fue a no contar con él.
—Lo siento.
—No hay nada que sentir —dijo ella, que de lo que menos le apetecía hablar era de su padre—. Me enseñó a disparar uno de los mozos de cuadra, que tenía muy buena puntería. Lo pillé fumando en el establo uno de los puros que había robado del despacho de mi padre y lo chantajeé.
A Bastian ni siquiera le sorprendió del todo esa información. Si alguien era capaz de hacer algo así, esa era lady Alice.
—¿A qué edad?
—Once.
Aquello sí que le sorprendió.
—¿Chantajeabas al servicio con once años?
—Era una niña muy lista.
—Eras una niña muy peligrosa.
—Supongo que lo era.
—Y ahora, eres una joven peligrosa.
—Ya no chantajeo al servicio.
—No, pero eres aún más peligrosa. Por lo menos, para mí —dijo él en un tono bajo—. Tienes esa mirada que hace que me olvide de lo que es lo correcto.
Alice lo miró, aún con una ligera expresión de desconcierto.
—¿Qué mirada?
Bastian señaló sus ojos con la barbilla.
—Esa.