La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Ya veo que es superior a usted no lanzarle algo a las personas.

Alice se giró hacia Bastian. Por supuesto que él aprovecharía aquel momento para lanzar alguno de sus comentarios tan poco oportunos. No pudo evitar darse cuenta de que, aunque no fuera apropiado, prefería cuando se dirigía a ella dejando las formalidades de lado.

—No ha sido mi culpa —se defendió—. La vara está mal colocada. Cualquiera puede ver que está torcida.

Bastian miró la vara. No le sorprendió en absoluto que estuviera perfectamente derecha.

—No, no lo veo. Pero me parece que usted tampoco. Solo que sigue siendo incapaz de reconocer que no tiene razón.

—Es muy tozuda —dijo Cecily, provocando que Alice le lanzase una mirada furiosa, pero esta se rio.

—No soy tozuda. —Descruzó los brazos y se giró hacia el organizador, que contemplaba la escena con perplejidad—. Deme otro aro.

—Me toca a mí —dijo una joven que estaba esperando su turno.

—Tendrá que esperar. —Alice ni siquiera la miró—. Tengo que demostrarle a mi prometido que soy más que capaz de conseguirlo.

Bastian no dijo nada. Aunque Alice, de haber prestado atención, habría notado que la palabra «prometido» había salido de su boca sin el menor rastro de ironía. Pero Bastian sí lo había notado.

Alice le pidió otro aro al organizador y este se lo entregó con premura, no sería él quien se atreviese a llevar la contraria a la joven.

—Aléjese —le dijo Alice a Bastian—, por su propio bien.

—¿Me está protegiendo?

—Estoy advirtiéndole.

Bastian dio un paso atrás con una solemnidad que no engañaba a nadie y una sonrisa en la boca; desde que la había conocido, sonreía más de lo que había sonreído en toda su vida.

El aro giró en el aire, vaciló un instante sobre la vara y cayó en ella, rodeándola.

El grupo aplaudió. Cecily soltó un pequeño grito de alegría y Frances, más comedida, esbozó una pequeña sonrisa a la vez que miraba a Alice con orgullo.

Alice se giró hacia Bastian, alzando los brazos en el aire y con una expresión de triunfo dibujada en su rostro. Él la miraba con esa fisura en la comisura de los labios que ella ya sabía reconocer.

—No diga nada —comenzó ella.

—No iba a decir nada.

—Lo estaba pensando.

—Lo que estaba pensando es que está usted preciosa —susurró él.

Alice no esperaba eso. Ninguna réplica ingeniosa, ninguna observación sobre su puntería, ningún comentario con doble filo. Solo eso, dicho con la misma calma con que decía todo lo demás, pero sin ninguna ironía detrás.

—Está intentando desarmarme.

—Estoy diciéndole la verdad, lady Alice.

Alice lo miró un momento. Luego miró al grupo alrededor, que afortunadamente tenía la atención puesta en el siguiente lanzamiento.

—Eso es peor —murmuró.

Bastian tomó su mano despacio, con la misma deliberación de siempre, y le rozó el dorso con los labios sin apartar los ojos de ella.

—Lo sé —dijo.

Luego se apartó, aunque no demasiado, y se quedó a un lado, observando cómo se desarrollaba la siguiente partida.

El juego de los aros terminó con Cecily ganando por dos varas consecutivas, algo que celebró con ese entusiasmo que la caracterizaba.

Frances siguió diciendo que el sol le había dado en los ojos durante todos sus lanzamientos, que el césped estaba irregular y que los aros tenían un peso sospechoso.

Pero, como era de esperar, nadie le hizo demasiado caso.

Cuando las partidas finalizaron, el grupo se dispersó y las tres jóvenes se dirigieron hacia la mesa donde lady Sutton había dispuesto limonada y pastas. Alice se obligó a sí misma a no mirar dónde estaba Bastian. Se encontraba sirviéndose una limonada cuando una voz familiar sonó a su espalda.

—Nuestra tía está escandalizada. Dice que has atacado a lord Perrington con un aro.

Alice se giró. Dominic estaba a dos pasos de ella, con una expresión seria, pero Alice conocía lo suficiente a su hermano como para ver el brillo de diversión en los ojos de color verde que ambos habían heredado de su madre.

—La tía se escandaliza con rapidez.

—En eso te doy la razón —coincidió, haciendo una mueca. Después, su atención se posó en las gemelas, que lo observaban con interés—. Señoritas, no creo que nos hayan presentado.

—Ellas son mis amigas, Frances y Cecily Wyndham —las presentó Alice—. Él es mi hermano mayor, Dominic.

—Encantado. —Dominic hizo una pequeña inclinación—. Os diría que mi hermana me ha hablado de vosotras, pero faltaría a la verdad. —A pesar del tono alegre de sus palabras, el reproche en ellas era evidente.

—Eso es porque nunca hablamos —apuntó Alice con una sonrisa inocente—. Si no, desde luego que te habría hablado de mis queridas amigas.

—Y seguramente, todo bueno.

Cecily esbozó una sonrisa educada.

—No esté tan seguro de eso. Somos unas damas, pero podemos ser traviesas.

Frances frunció el ceño y Alice miró a su amiga con perspicacia; juraría que Cecily se había ruborizado

—No lo pongo en duda, lady Cecily. —Dominic sonrió, apenas disimulando su diversión—. Si me disculpan, las dejo que sigan disfrutando de la limonada.

—¿No quiere una? —le preguntó Cecily, como si no quisiese que se marchase aún.

—Se lo agradezco, pero debo atender a unos caballeros que me están esperando. —Se inclinó levemente—. Ha sido un placer.

Y se alejó con esa calma suya que Alice reconocía demasiado bien, porque era exactamente la misma táctica que ella usaba cuando quería escabullirse de una conversación.

Frances lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre el gentío.

—¿Qué ha sido eso? —le preguntó a Cecily.

—¿El qué?

—Has actuado más raro de lo normal.

—Eso es porque es guapísimo. —Cecily se llevó una mano al corazón con aire soñador, a la vez que exhalaba un largo suspiro—. Y además tiene ese aire…

—Aburrido —terminó Alice por ella, mientras entrecerraba los ojos. Lo que le faltaba era que su amiga se fijara en su hermano.

—Interesante —replicó Cecily—. Quería decir interesante.

—Tu gusto en caballeros es pésimo.

—Lo es —coincidió Frances—. Pero, por lo menos, este tiene título, prestigio y una fortuna considerable.

Había algo en la idea de que Dominic se casara con Cecily que no agradaba a Alice.

No era por Cecily, ni mucho menos; su nueva amiga sería la mejor esposa que cualquier caballero de Londres podría encontrar.

Pero no Dominic. Cecily era genuina, una romántica empedernida que buscaba el amor verdadero, mientras que su hermano era frío y tan solo se casaría porque tenía que hacerlo.

Cecily tendría una vida desdichada junto a su hermano. Se merecía un hombre que la hiciera feliz, y Dominic no era ese hombre.

—Dominic no está buscando casarse —dijo Alice.

Pero sus palabras no desanimaron a Cecily, que seguía con la mano en el corazón y con la mirada fija en el camino por el que Dominic se había alejado de ellas.

—La gente cambia de opinión.

—Dominic no.

—Todo el mundo cambia de opinión cuando aparece la persona adecuada.

—Hermana —Frances resopló—, si sigues así, voy a tirarme al lago.

—No serías la primera en hacerlo —dijo Cecily, mirando a Alice con una sonrisa.

Alice iba a responder, pero algo llamó su atención. Al otro lado, cerca de unos árboles, Bastian hablaba con alguien. Alice la reconoció antes de ver la cara: el porte, el cabello pelirrojo, esa manera de moverse con una elegancia demasiado consciente de sí misma.

Lady Eliza.

A su lado había un hombre, considerablemente mayor que ella, con el pelo completamente gris y el aire tranquilo de quien está acostumbrado a que lo ignoren en las conversaciones. Ella pensó que podría tratarse del padre de la mujer.

Alice no pudo evitar una punzada de celos en su estómago, lo cual no tenía sentido, ya que Bastian no era nada suyo, no le pertenecía. Se habían besado, sí, pero no había significado nada, así que no tenía ninguna razón para acercarse a ellos.

Y, sin embargo, sus pies tomaron esa decisión sin consultarle.

—Alice —la llamó Cecily a su espalda.

Pero Alice ya no la oía. Porque, justo en ese momento, lady Eliza posó la mano en el brazo de Bastian con naturalidad, como si tuviera todo el derecho de hacerlo y como si ya lo hubiera hecho decenas de veces antes.

Soltó una risa coqueta, pestañeando con rapidez y diciendo unas palabras que Alice no alcanzó a escuchar.

A Bastian no debió de resultarle tan cómico como a lady Eliza, porque no se rio; ni siquiera la comisura de sus labios se movió un poco, pero tampoco se apartó de ella, algo que enfureció a Alice.

Fue entonces cuando lady Eliza la vio llegar.

—Lady Alice. —La sonrisa de lady Eliza apareció con una precisión que Alice encontró más irritante que cualquier insulto directo—.

Justo ahora le preguntaba a Bastian dónde se encontraba usted.

—Alice lo dudaba mucho, pero decidió no decirlo—.

Permítame presentarle a mi marido, el conde de Harcastle.

—¿Su marido? —preguntó Alice, antes de poder contenerse—. Qué... encantador. Pensaba que era su padre.

El silencio que siguió duró exactamente lo suficiente para que Alice tomara plena conciencia de lo que acababa de salir de su boca.

—Le pido mil disculpas, lord Harcastle —dijo con rapidez, sintiendo cómo sus mejillas se enrojecían. Al final, su tía, su hermano, sus criadas y sus institutrices iban a tener razón: hablaba antes de pensar. Quizá había llegado el momento de empezar a medir más sus palabras.

El conde no respondió. La miraba con una expresión completamente impenetrable.

Alice, convencida de haber ofendido a un hombre de avanzada edad con el oído deteriorado, elevó el volumen considerablemente.

—¡Lord Harcastle! ¡Le estoy pidiendo disculpas!

El hombre parpadeó.

—¿Por qué grita?

—Para que pueda oírme, ya que está un poco sordo por la edad.

—¡¿Primero lo confunde con mi padre y ahora lo llama viejo?! —espetó lady Eliza, que parecía indignada, a diferencia de su marido, que no parecía afectado en absoluto.

—En realidad, las dos cosas son lo mismo.

Bastian no sabía si lady Alice estaba intentando ofender a lord Harcastle o si verdaderamente pretendía mitigar su error con aquellas palabras. Seguramente, conociéndola, era la segunda opción. Y eso hizo que no pudiera evitar soltar una carcajada.

—¿Y le parece gracioso? — Lady Eliza se giró hacia Bastian, enfurecida.

Bastian, lejos de sentirse avergonzado o arrepentido, se encogió de hombros.

—Tiene su gracia, sí.

—¿Le parece gracioso que su prometida insulte a mi marido?

—No he insultado a nadie —intervino Alice. Después, se giró hacia el conde—. Mis disculpas de nuevo, lord Harcastle.

—No se preocupe, señorita...

—Sí tiene que preocuparse —le interrumpió lady Eliza—. No puede ir faltando el respeto de esa manera. Tal vez en el campo se permita, pero en la ciudad no.

—Le recomiendo, lady Eliza, que reconsidere su manera de hablar a mi prometida. —A pesar de que las palabras de Bastian eran tranquilas, la advertencia en ellas era clara.

Lady Eliza frunció el ceño, pero decidió que era mejor no seguir discutiendo.

—Si nos disculpan, mi marido y yo tenemos que seguir saludando a otros invitados. —Esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos y, con la barbilla alzada, enlazó su brazo con el de su marido y se dio la vuelta, tirando de él.

—Pobre hombre. No le deja ni hablar —murmuró Alice cuando se alejaron—. Una lástima, porque me cae bien.

—Pues no parece que te caiga tan bien —replicó Bastian, con la ceja alzada—. Lo has llamado viejo y sordo.

Alice se giró hacia Bastian.

—Le he pedido disculpas.

—A gritos.

—Para que pudiera oírme. Aunque resulta que oía perfectamente, así que en realidad no hay nada de lo que disculparse.

—Esa lógica es exclusivamente tuya.

—Es una lógica perfectamente válida. —Los ojos de Alice se fijaron en los de Bastian y su expresión se suavizó. Después, dejando escapar un pequeño suspiro a la vez que hundía los hombros, dijo—: Gracias.

Aquella palabra sorprendió a Bastian. Si algo había aprendido de lady Alice era que rara vez le pedía perdón, y mucho menos, le daba las gracias.

—¿Por qué?

—Por lo que le has dicho a lady Eliza.

Bastian no respondió de inmediato. Miró hacia donde la pareja se había perdido entre el gentío.

—No toleraré que nadie te hable así. Aunque debo reconocer que me ha sorprendido que no me gritases a mí por defenderte.

Alice esbozó una sonrisa suave. No podía negar que aquel precisamente podía haber sido un comportamiento habitual en ella, porque ella solita libraba sus propias batallas.

No necesitaba ningún defensor, pero, en aquella ocasión, le había gustado que Bastian diera la cara por ella.

Porque eso quería decir que le importaba lo suficiente como para protegerla.

—¿Entre ella y tú hay más historia de la que quieres contar, verdad? —preguntó Alice.

Bastian la observó en silencio durante unos instantes. Alice percibió cómo su mirada se ensombrecía y cómo sus hombros se tensaban bajo la tela, pero su expresión permanecía cerrada, impenetrable, como la de un libro que nadie había logrado descifrar.

—Su padre es el marqués de Castlemoor —respondió con un tono carente de emoción—. La conozco desde la infancia. Sus padres y los míos eran grandes amigos. Nos criamos cerca.

—¿Y?

—Y nada —contestó él, cortando la conversación.

Alice se moría por seguir preguntando. Tenía al menos cuatro preguntas perfectamente formuladas y una curiosidad que no tenía ninguna intención de disminuir por sí sola.

Pero conocía ese tono. Era el tono de una puerta cerrada y, por mucho que ella tuviese la costumbre de abrir las puertas sin llamar, había algo en su expresión que, esta vez, la detuvo.

Además, no era su prometida de verdad. No tenía ningún derecho a exigirle nada. Aunque eso, reconoció para sus adentros, le importaba cada vez menos.

—Pero… —intentó de nuevo, a pesar de que se acababa de prometer a sí misma que dejaría el tema.

—Discúlpame, voy a buscar algo de beber —dijo, marchándose sin esperar respuesta.

Alice lo miró alejarse.

Se preguntó qué había entre él y lady Eliza. Se preguntó por qué no se lo había contado. Se preguntó, sobre todo, por qué le importaba tanto saberlo cuando se suponía que no debía importarle nada.

Exhaló despacio.

A su espalda, las risas del grupo que se preparaba para el siguiente juego llenaban el aire de Hyde Park, y el sol de la tarde seguía siendo el mismo de antes, indiferente y perfectamente hermoso. Algunas cosas, pensó Alice, eran mucho más sencillas cuando uno no se ponía a pensar en ellas.

El problema era que ella siempre pensaba en todo.