La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

—Los pícnics de lady Sutton son siempre una delicia —suspiró Cecily, mirando el jardín con anhelo—. Este año ha traído un cuarteto de cuerda. —Se llevó una mano al corazón—. Un cuarteto, Alice. En un pícnic.

—Maravilloso —murmuró Frances, que no compartía el entusiasmo de su hermana.

No apartaba los ojos de una abeja que llevaba varios segundos sobrevolando su sombrero—.

Absolutamente maravilloso. Música en el exterior, hierba húmeda, insectos, y ese niño de allí que no para de gritar desde hace veinte minutos.

—Pobrecito. —Cecily le dio una pequeña palmada en el hombro—. Tan solo un bebé, Frances.

—Es un incordio. Me está dando dolor de cabeza.

Acostumbrada a las constantes discusiones de las hermanas, Alice se recostó levemente sobre la manta y cerró los ojos un momento, dejando que el sol de la mañana le diera en la cara.

Hyde Park estaba precioso en esa época del año, había que reconocerlo.

Los árboles completamente verdes, el lago al fondo, que en esa ocasión pensaba evitar, y suficiente gente elegante paseando como para que su tía tuviese entretenimiento hasta la hora de cenar.

—¿Por qué odias tanto a los niños? —preguntó Cecily, mirando a su hermana con genuina curiosidad.

—No los odio. —Frances hizo una mueca y se colocó su sombrero—. Simplemente, no me gustan.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. Yo no odio la lluvia, pero tampoco me gusta mojarme.

—Pero querrás tener hijos algún día.

—Tener hijos y tener que soportarlos son cosas distintas —señaló, logrando que Cecily entrecerrara los ojos, confundida—. Para eso están las nodrizas, las institutrices y, con suerte, un internado decente en algún condado suficientemente lejano.

Cecily miró a su hermana durante unos instantes, sin poder creerse lo que acababa de escuchar. Abrió la boca para responderle, pero no debió de dar con ningún argumento lo suficientemente válido como para conseguir que Frances entrara en razón, porque miró a Alice en busca de apoyo.

—A mí no me mires —dijo Alice sin abrir los ojos, pero sintiendo la mirada de su amiga en ella—. Yo no voy a tener hijos.

—¿Por qué no?

—Porque no me voy a casar.

—Pero estás comprometida —replicó Cecily.

Alice se sentó en la manta y miró a su amiga, bajando la voz.

—Cecily, sabes que es un compromiso de mentira. En cuanto encuentre a Ingrid, regresaré a Yorkshire.

—He visto cómo os habéis mirado antes. —Cecily apoyó las manos sobre sus piernas cruzadas y le brindó una sonrisa soñadora a Alice—. Algo ha cambiado entre vosotros. Pensé que...

—Pues no pienses —la cortó Alice con brusquedad—, porque no ha cambiado nada.

Aunque, ciertamente, no era verdad del todo.

Hacía cuatro días que Alice y el duque de Weston no se veían.

Desde el almacén y la palmera de cartón y todo lo que había ocurrido dentro.

Esa tarde, al llegar al pícnic, Bastian la había saludado con una inclinación de cabeza y ella le había devuelto el saludo con una sonrisa que esperaba que pareciese completamente normal, y los dos habían seguido en direcciones distintas como si nada hubiese cambiado.

Pero algo había cambiado. Alice lo sabía porque, cada vez que él estaba en su campo de visión, era consciente de ello, y cuatro días antes no le ocurría eso, o al menos no con esa intensidad que era nueva para ella.

—¿Seguro? —insistió Cecily con picardía, inclinándose hacia ella—. Te has puesto colorada.

—Eso es porque hace calor.

Alice se abanicó con la mano. No iba a contarles que se había besado con el duque.

No porque no confiara en ellas, sino porque Cecily se haría falsas ilusiones y comenzaría a ver una historia de amor donde no la había.

Y Frances... bueno, Frances seguramente le repetiría una y otra vez el gran error que había cometido traspasando aquella línea con Bastian, y le enumeraría una larga lista de cómo ese traspié que había tenido afectaría negativamente en su misión de encontrar a Ingrid, algo en lo que Alice prefería no pensar.

—Alice... —Cecily apoyó las manos en sus rodillas y se inclinó más hacia ella, con los ojos entrecerrados, como si esperara que en algún momento Alice flaqueara y confesara la verdad.

Alice le mantuvo la mirada.

—Cecily...

—No vas a ganar esa batalla, Alice. —Frances negó con la cabeza a la vez que chasqueaba la lengua—. Mi hermana está empeñada en ver historias de amor con finales felices por todos lados.

—No es eso —dijo Cecily—. Simplemente creo que Alice está descartando la posibilidad de tener hijos muy rápido.

Alice puso los ojos en blanco.

—No me voy a casar con el duque ni con nadie.

—Técnicamente —intervino Frances—, no hace falta casarse para tener hijos.

—Frances. —Cecily abrió mucho los ojos y se llevó una mano a la boca, como si estuviera asimilando las palabras de su hermana. Después, miró a su alrededor, comprobando que no había nadie lo suficientemente cerca como para haberlas escuchado—. No digas eso. Es un escándalo.

Frances se encogió de hombros.

—Es un hecho biológico.

—Los hijos se tienen solo dentro del matrimonio.

—Se pueden tener hijos sin estar casada.

—No, no se puede.

—Por Dios, Cecily. —Frances resopló—. Ni tú puedes ser tan inocente.

Cecily se puso colorada.

—Lo que quiero decir —respondió, balbuceando levemente— es que no se debe.

Frances fue a responder, pero Alice la interrumpió.

—Están empezando con los aros —anunció, levantándose de un salto. Después, se sacudió la falda—, y le he prometido a mi tía que participaría en los juegos.

Frances la miró.

—Tú nunca haces caso a tu tía.

—Estoy en proceso de mejorar como sobrina. Y, si así consigo que dejéis de discutir, aún mejor. —Alice sonrió y le guiñó un ojo.

—Nosotras no discutimos —se quejó Cecily, mientras Frances asentía, dándole la razón por segunda vez desde que Alice las conocía—. Yo también quiero jugar a los aros —dijo, levantándose con entusiasmo.

Las tres intercambiaron una mirada. Al principio, Frances negó con la cabeza, pero después, con un suspiro resignado y dándose cuenta de que había perdido la batalla, se levantó de la manta.

Luego, se acercaron al grupo que se había formado alrededor de las varas.

Era un juego sencillo: lanzar el aro desde una distancia marcada e intentar que rodeara la vara.

Alice no había jugado antes, pero la inexperiencia nunca había sido un obstáculo para ella. Nadie nacía sabiendo, ¿no?

No pudo evitar recorrer al grupo de personas con la mirada, buscando —aunque ella nunca lo reconocería en voz alta— al duque de Weston.

Él estaba al otro lado del grupo, con las manos cruzadas a la espalda, hablando con otro caballero.

No la miró cuando se acercaron. O, al menos, no de manera visible, que no era exactamente lo mismo, porque lo cierto era que llevaba toda la tarde perfectamente al tanto de dónde estaba ella en cada momento.

No era solo por los tres caballeros que se habían acercado a felicitarle por el compromiso, asegurándole que era un hombre con una suerte extraordinaria, ni por las miradas de envidia mal disimulada que había recibido de varios más.

Era algo distinto y bastante más inconveniente, porque ese compromiso era una farsa con fecha de caducidad y él lo sabía perfectamente y, sin embargo, cada vez le resultaba más difícil recordarlo; especialmente cuando lady Alice Thorne estaba en la misma habitación.

O en el mismo jardín. O, en general, en el mismo radio de existencia.

Lo cual era, reconoció para sus adentros, un problema; sobre todo, porque en lo único que podía pensar, era en volver a besarla.

Alice esbozó una sonrisa cuando el organizador del juego les ofreció los aros, y Bastian la miró, esta vez, sin disimular. Al fin y al cabo, no era extraño que un prometido mirase a su prometida jugar.

Cecily, que estaba entusiasmada por jugar, lanzó primero. El aro rodeó la vara con una limpieza que arrancó algunos aplausos del grupo. Frances lanzó el suyo, erró por poco y declaró que el sol le había dado en los ojos, lo cual era técnicamente imposible dado que llevaba sombrero.

Después, le tocó a Alice. Cogió el aro con decisión, como si hubiera jugado decenas de veces antes. Dio un paso hacia adelante e, inspirando profundamente, lo lanzó con bastante más ímpetu del necesario.

El aro salió disparado en diagonal, pasó por encima de la vara sin rozarla siquiera y fue a aterrizar directamente en el sombrero de un caballero que paseaba por detrás sin la menor sospecha de lo que se le venía encima.

El pobre hombre pegó un pequeño brinco al sentir un objeto cayendo sobre él.

Se llevó la mano a la cabeza, sosteniendo el objeto entre sus dedos y observándolo con la boca abierta al darse cuenta de que era un aro.

—Lo siento muchísimo —se disculpó Alice, alzando la voz entre las risas de algunos asistentes. Otros, más precavidos, se mordían el labio inferior, intentando disimular la diversión.

El caballero, que era un hombre de mediana edad y ceño considerablemente fruncido, detuvo sus ojos en Alice.

—No me mire así, le puede pasar a cualquiera. Es más complicado de lo que parece. —Alice sintió la necesidad de justificarse. Aunque, al escucharse a sí misma, se dio cuenta de que, tal vez, el silencio la hubiera favorecido.

El caballero, que frunció aún más el ceño, volvió a estudiar el aro durante unos instantes, para después mirar la vara, que estaba a varios metros, en una dirección completamente distinta a la que había llegado el proyectil.

—Tal vez usted no sabe jugar —dijo, dejando el aro en el suelo. Después, se ajustó el sombrero y, con toda la dignidad que le quedaba al pobre hombre, se dio la vuelta y se alejó.

Alice cruzó los brazos.

—Qué hombre más desagradable —farfulló.

Bastian, que había estado observando la situación, se acercó a Alice con las manos cruzadas a la espalda. A pesar de que trataba de mantener esa expresión de neutra frialdad que siempre lo acompañaba, la sonrisa que se asomaba en sus labios lo delataba.